El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 3

Chapter 33,974 wordsPublic domain

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos, pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios, buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre, estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena, hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo. ¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier, los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos _lazzaronis_, el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los _uscoques_, los dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos; simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía _Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio_, era para hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra. Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría, como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles, insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán, figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque, y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, _la Carniola_, robada á los _uscoques_ por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo, su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas, prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró, hablando del drama, lo había llamado _El gran Cerco de Viena_, y Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones. Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía:

--El célebre Molière le leía sus comedias á la criada. Yo te voy á leer á tí algunos pasajes...

Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro. El origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser más humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito del Socorro en un teatrucho donde representaban el Nacimiento con figuras, no con actores; y aún no habían tenido tiempo de reir las gracias del pastor Bato y de la tía Gila, cuando les echaron á la calle. Esto y los cosmoramas ó _tutilimundis_ instalados en la vía pública, diéronle la noción primera del arte de fingir sucesos y personas... Desde que su amo empezó á leer, comprendió Centeno que aquello pertenecía á un orden más elevado, al teatro grande que él no había visto, aunque lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la mayor parte de las cosas, parecía como que se las apropiaba por el sentimiento, extrayendo del seno de un lenguaje no bien comprendido, el espíritu y esencia de ellas. La armonía de versos, ahora floridos, ahora graves; la música de las rimas, el relumbrar de las imágenes, el énfasis de los apóstrofes, producían en él efectos de vértigo y desmayo. Era como el influjo, en los sentidos, de multiplicadas luces giratorias ó de aromas muy fuertes. Se aturdía y se mareaba... En cuanto á la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que aquella mentira para cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando llegaba Alejandro á una escena dramática en que había choque de espadas, uno que se cae, otro que grita, ó cosa así, ya estaba Felipe con los pelos de punta, lo mismo que si presenciara el lance entre personas de carne y hueso. Pues digo... si el poeta leía una escena de amor, con ternezas y sentimientos expresados á lo vivo, ya estaba Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.

La aurora les sorprendía en esta exaltación, ambos gozando lo increíble: el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan diferentes, algo les era común: el entusiasmo, quizás la inocencia. La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo. Se acostaba rendido de fatiga, y le entraba delirio, con escalofríos muy penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta el tapete de la mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama no era suficiente, y apagaba la luz, á quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba las maderas para fingir la noche, y acostábase vestido en el sofá. Por un rato, oía el canto de los machos de perdiz, colgados en el balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores, que sonaban secos en la calle aún casi desierta; al fin se dormía profundamente para soñar con magnates, con príncipes vestidos de tela como la de las casullas, con _venecianos forrados de hierro_, con las _galeras_ del Duque, que él creía eran carromatos; con el Vesubio, que es un monte encendido, y con aquellas frases tan bonitas, tan finas y amorosas que _la Carniola_ decía siempre que hablaba.

Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad. Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.

Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de ellos dijo á Felipe con mucha sorna:

--¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?

El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te pusieras á estudiar...»

Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su amo.

VI

El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la historia la figura de _El Grande Osuna_ para vaciarla en un molde dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase, sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él, recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos... Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente á las ideas de _tuyo_ y _mío_, y considerarlo como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de un elemento orgánico un verdadero órgano.

¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle. Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.

Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100 de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!

Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero, porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba, necesitaría la vida eterna.

Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y tristísimos augurios.

--Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su propio fuego.

--Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará todas juntas, porque me parece que se lo sorben.

El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro, y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle... ¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán, verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.

Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al ama de la casa.

--Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre--decía.--No estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!

Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer de madre con los huéspedes.

--Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y, sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa. ¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...! Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí, y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no. Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de cuello vuelto le enderezaba.

Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su vida miserable.

Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que proporcionaba.

Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado--le decía,--que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que intereses de cuantía estén en manos de una demente...»

Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad, estaba él hinchado de optimismo. _El Grande Osuna_ se representaría en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol. Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión... Sentía lástima de los que no eran autores de _El Grande Osuna_, y de Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.

Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá: ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales... etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial, aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose... ¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en cuanto se representara _El Grande Osuna_... ¡Vaya una obrita! Se había de llamar _El condenado por confiado_, y era cosa sublime: un señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus dolores morales y físicos.

Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido aún.»

VII

La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó, á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes de la _Comedia humana_ conocía como si los hubiera tratado. Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto, Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su cuarto, decía que _daba té_ y que _se quedaba en casa_. Era un salón literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.

Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:

--Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.

Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:

--Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.

Pero el catalán, por seguir la camorra, decía:

--¿Y usted qué sabe si yo tengo talento ó no?...