Part 15
--Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero, no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila... ¿Qué opinas?
El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.
--Me parece muy bien.
--Llámate á Cienfuegos. ¡El pobre...! Quiero darle una sorpresa. Verás qué alegre se pone.
Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión á la pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina con un puño en cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon un mal suceso.
--Que vaya usted, señor de Cienfuegos,--fué lo único que dijo Felipe.
Y él se quedó allí, llorando con gran desconsuelo. Don José Ido no estaba presente; pero sí Rosita, la cual creyó muy del caso consolar á su amigo con las frases propias de la ocasión, entremezcladas de suspiritos:
--Hijo, es preciso conformarnos con la voluntad de Dios. ¡Ay, Jesús, qué mundo éste!... No hay más que penas.
El Doctor se limpió las lágrimas, y serenándose un tanto habló así con su amiga:
--Chiquilla, ¿por qué no vas á acostarte? ¿Qué haces tú por aquí á esta hora?
--Puede ofrecerse algo... ya ves... Hasta que papá no se acueste... Vaya un escándalo que hubo esta noche, ¿lo oíste? cuando vino la señora aquélla, loca... Dicen que esa señora lava la sal antes de echarla en el puchero... ¿Pues y la _chubasca_?... ¡Lo que te perdiste! Ella no se quería marchar; pero tanto le dijo el señor de Ruiz... ¡Ay! hijo, el señor Ruiz es como un predicador. Dice mamá que para obispo no tiene precio. Ahora está durmiendo. ¿No oyes sus ronquidos?... Pues la Tal salió hecha un veneno. Yo subía la escalera cuando ella iba para abajo. En cada descanso se paraba y volvía los ojos para arriba. Daba miedo verla. El señorito Poleró bajó con ella, y el señorito Arias también. Los dos se reían y le decían cosas... «Mujer, no te enfades... no hagas caso de ese farsante de Ruiz...» El señorito Poleró la pellizcaba. ¡Qué pillos!... ¿eh? y ella tan seriota...
--Rosa--dijo don José, presentándose de improviso en la puerta de la cocina,--acuéstate al momento. Es muy tarde.
Notó Felipe en su amigo una exaltación, un extraño júbilo, que hacía, sobre su apenado semblante, efecto parecido al de los fuegos fatuos. Sus mechones bermejos parece que tendían á engalanarle el rostro como guirnalda de triunfo.
--¿No sabes lo que ocurre?--dijo á Felipe mostrando en la palma de la mano dos monedas de oro.--Pues verás: me llama ese bendito don Alejandro... Entro, hijo, y me da estos doblones... Dice que no le hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender á mis necesidades. Francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo estoy conmovido... ese joven es un santo... pero si mañana hiciera falta este dinero para el entierro...
Diciendo esto, guardaba las monedas.
--Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble amo--añadió retrocediendo,--amigo Felipe, liberal joven, digno Panza de aquel bravo don Quijote, ¿por qué no me das uno de los dos panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu amo está rico. Estos pobres niños no quieren dormirse por la gran necesidad que tienen...
Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.
--Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar, velar...
Poleró entró en la cocina diciendo:
--Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que durará pocas horas... Felipe, te llama.
Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas palabras:
--Que me dejen solo con Felipe.
Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.
--Aristóteles...
--Aquí estoy.
--Ponte más cerca.
Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.
--Así... Ahora siento una languidez, un sueño... No me duele nada. Parece que me voy á dormir, y que estaré durmiendo días y días. Ya es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche como he pasado. Un encargo te voy á hacer. ¿Lo cumplirás?
--Pues ya...
--Cuidado, Felipe, cómo te descuidas... Si me duermo esta noche, y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño profundísimo que siento venir, ¿entiendes?... en cuanto llegue mi madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes el cuerpo bien sacudido...
--Descuide usted,--dijo Felipe con el corazón traspasado.
--En tí confío, Aristóteles... y así podré dormirme tranquilo... Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me despertará por muy dormido que esté.
Dejó caer los párpados... Murmullo lento y hondo salía de sus entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarle de cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro, abrió los ojos...
--Aristo...
--Señor.
--Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita memoria mía... Se me escapan las ideas... Dime si en estos últimos días ha venido á verme...
Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno consolarle en aquella ocasión...
--Ya lo creo que ha venido, sí, señor... Sólo que no hemos querido dejar entrar á nadie... Como estaba usted durmiendo...
--Ha venido...--balbució Miquis, y en aquel mismo instante apareció tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se espantaron. Era otro, era un muerto.
--Sí, señor--dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo;--ha venido... siempre tan... cariñosa... Llorando por no poder verle, y diciendo que...
--Cállate,--dijo bruscamente Cienfuegos.
Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:
--Aristo...
--Señor...
--Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una cosa...
--¿Qué?
--Quemar _El Grande Osuna_...--murmuró Alejandro con visible esfuerzo, que parecía un tanto doloroso.--Es detestable... Es feo y repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta vulgar al lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al lado de esta creación de las creaciones, que titulo _El Condenado por confiado_... Es la salud, es el vivir sin dolor... Aquí veo otra figura, otra belleza suprema... Á su lado aquélla es fealdad, impureza... podredumbre... consunción...
--¡Quemar _El Osuna_!... no, señor... ¡qué dirá la señorita Carniola..!
Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto. Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, muy amarga... Más que habladas, fueron estertorizadas estas palabras:
--La aborrezco...
Felipe le observaba... Cienfuegos le puso la mano en la frente... Momento de terror... Inmenso sueño aquél.
--Se ha dormido,--murmuró Felipe atónito.
--¡Qué muerte tan dulce!--dijo Cienfuegos.
VI
La escena representa el interior de un coche de alquiler. En el fondo, _Aristóteles_ y _don José Ido_ ocupan el asiento principal; á izquierda y derecha, cerradas portezuelas con ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire. Veterano corcel tira con trabajo de la escena, á la cual preceden otros cinco vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas, su dormilón cochero y su caballo claudicante. La fila marcha perezosa, por calles y caminos, siguiendo á otro armatoste poco agradable de ver, cosa negra y desapacible, sobrecargada de tristeza y duelo.
IDO.--(_Acariciando él hombro de su amigo._) Pues esto no tiene ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con la voluntad de Dios, y pongas ya término á tus lágrimas, ayes y suspiros. Empiezas á vivir; tienes mucho mundo por delante; estás en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No quieras hacerte superior á tus años prolongando tu dolor más de lo que corresponde, y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo, y considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros que podrías desear para instruirte en el gobierno de tí mismo y en todo el saber de la vida. (_Sintiéndose inspirado._) Considera que esto es para tí ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota de dolor y resguardado tras el durísimo broquel de la experiencia; y francamente, naturalmente... yo, en tu lugar, me alegraría de haber visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste... No seas tonto: encontrarás ahora colocación mejor y amos generosos que te protejan...
ARISTÓTELES.--(_Dando un gran suspiro._) No encontraré otro amo como el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...
IDO.--(_Con agudeza filosófica._) Es que, según dice un libro que leí anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas, con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y picardía.
ARISTO.--Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró le llamaba el _goloso de las damas_, y Arias decía que había hecho voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?
IDO.--(_Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso modo, la misma sabiduría._) Todos, todos los humanos, si no fuéramos lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas mismas son penitencia á la par que son pecados.
ARISTO.--Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un _hombre en verso_, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo sonaba, sí, sonaba como las panderetas.
IDO.--(_Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas._) Mal terrible es ser _hombre-poema_ en esta edad prosáica. El mundo elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como la vocación de ruiseñor en una familia de castores.
ARISTO.--Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...
IDO.--(_Enternecido._) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada que me puse, para venir dignamente al entierro.
ARISTO.--(_Afligidísimo._) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó. Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.
IDO.--(_Desperezándose._) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.
ARISTO.--Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro del señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dió doña Virginia y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita de Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían nada... Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole, y nada pasó; pero esta mañana, cuando salí á llevar los recados á los amigos para que vinieran al entierro... esa sinvergüenza, esa Cirila de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer...
IDO.--(_Aterrado._) ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa hembra sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese monstruo rapaz, profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda valiosa...!
ARISTO.--(_Llorando con rabia._) Le quitó la levita. Cuando entré y lo ví, me dió una cosa, señor don José, me corrió un fuego por todo el cuerpo... Volé á la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento... Me fuí derecho á ella, y le dije todo lo que había callado en tanto tiempo... yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido á bocados... Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge Resplandor por la cintura y me sujeta, hay allí la del Dos de Mayo. Todavía me dura el sofoco... Me la ha de pagar... No se la perdono, no se la perdono.
IDO.--(_Con apacible serenidad y con unción que no parece suya, sino de los espíritus de santos ó filósofos que andan por dentro de su cuerpo._) Modérate, ¡oh, Felipe! y templa tus excesivos arrebatos, impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por cima de las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer tendrá el castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de ella. Déjala tú... El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito amo del abrigo y confortamiento de una levita. ¿No nos dice la Religión que el cuerpo es polvo y ceniza? El polvo, digo yo, ¿para qué necesita del auxilio de los sastres? Cierto que el acto... llamémosle acto... de esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no es más que un despojo miserable que vamos á entregar con solemnidad convencional á la tierra. No le quitará Cirila á tu amo su glorioso vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de Miquis padecerá de frío en las regiones invisibles, intangibles é inmensurables. Y sin traspasar con el pensamiento las fronteras que de tu amo nos separan, podrás hallar consuelo considerando que la rapacidad de una vil patrona no despojará á tu amo de la gloria mundana que envolverá su nombre, cuando sea conocido ese portento literario, ese drama de los dramas...
ARISTO.--(_Con hondísima pena._) Esa es otra... ¡señor don José de mi alma!... ¡Usted no sabe!...
IDO.--¿Qué?... No cuentas hoy más que desdichas... Apenas abres la boca, ya tiemblo.
ARISTO.--Pues tiemble usted todo lo que quiera... pero sepa que el drama ya no existe. Esta mañana, cuando fuí á casa de Resplandor en busca de un poco de agua para lavarme, ví que doña Ángela (¡mal demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le estaba arrancando las hojas para hacer papillotes con que sujetar los rizos de las niñas... Al ver esto me volé. Ella dijo: «pues tonto, ¿para qué sirve esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que era...» Recogí algunas hojas. Después ví que Ruiz se llevaba otro acto. El tercero le sirvió á Cirila para encender la lumbre. Con el quinto hacían pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y lo guardaré toda mi vida...
IDO.--(_Meditando._) ¡Gran desastre es que obra tan supina haya caído en manos de gente indocta! Yo que tú, procuraría restaurar toda la obra, recordando algunos pasajes y añadiendo de mi cosecha lo que se me hubiera ido de la memoria.
ARISTO.--(_Prontamente._) Usted es bobo... por fuerza... ¡Qué cosas se le ocurren!
IDO.--Siento de veras la pérdida de ese precioso manuscrito... ¡Obra más hermosa...! Si se representara, daría mucho dinero... Y no me has dicho una cosa que deseaba saber. ¿Cómo se han arreglado para los gastos del entierro?
ARISTO.--Como saben que don Pedro Miquis ha de mandar lo necesario, echaron un guante entre todos para anticipar la cantidad. Poleró dió ocho duros, Arias cinco, Cienfuegos devolvió la cantidad que mi amo le había dado, menos treinta y dos reales. Doña Virginia también dió algo, y Ruiz ni una mota, porque dice que tuvo que pagar una cuenta. Ese es de lo más farsante que hay. No sirve más que para dar órdenes, meterse en todo y hacer pamemas. Estaba durmiendo cuando el señorito espiró. Al entrar en el cuarto, no hacía más que lamentarse de que no se le hubiera avisado. Echó una voz muy hueca y dijo: «Señores, el romanticismo ha muerto.» Y luego: «¿Qué hacemos, pero qué hacemos?...» Yo no sabía lo que me pasaba. No quería creer que don Alejandro estaba muerto, porque un momento antes me había dicho cosas... Se murió en mitad de un suspiro, con medio sollozo dentro y medio fuera. El alma se le salió sin darle ni una chispa de padecer... Se quedó tan sereno, que parecía que estaba durmiendo y soñando las cosas bonitas que él sabía soñar... Cienfuegos, que no tiene más falta que ser tramposo, lloraba como un chiquillo; le abrazaba y le besaba la mano... Yo también...
IDO.--Sosiégate... no llores, repitiendo la escena luctuosa. Tu edad juvenil es propicia al olvido, y la energía reparatriz derramará pronto en tu ánimo su bálsamo consolador.
ARISTO.--(_Cortando la relación con suspiros._) Poleró también lloraba, porque es buen chico, y Arias, pálido y muy triste, decía: «Yo no sirvo para esto.» Se quitaba y se ponía los lentes sin parar. Mirando á mi amo, echaba suspiros. Ruiz era el que no dejaba de hablar, y siempre á gritos. Salía al pasillo, diciendo á todo el que pasaba: «Ya espiró, ¡pobre amigo!» Y luego entraba otra vez, y cruzándose de brazos decía: «Pero ¿qué hacemos? ¿Están ustedes lelos ó qué...? Hay que determinar algo.» ¡Cansado hombre, qué ruido hacía para nada!... Después se quejó de que don Alejandro se hubiera muerto sin religión, y dale otra vez con aquello de «yo me lavo las manos, yo no tuve la culpa...» Un rato larguísimo estuvieron tratando del parte que habían de poner á la familia... si lo pondrían así ó asado. Por fin salió el parte y yo fuí al telégrafo. Ruiz bajó por la mañana á la estación por si llegaba doña Piedad... pues... para prepararla, y enterarla poquito á poquito de la defunción del hijo. Pero doña Piedad no vino. Como al Toboso no va telégrafo, creen que el parte puesto ayer al Quintanar no se habrá recibido hasta hoy... Después que se arregló lo del telégrafo, empezaron á ocuparse de cómo le vestían. Yo buscaba ropa... nada; revuelvo todo y... nada. ¡Aquella ladrona, aquella Caifasa...! ¡Ay! don José, yo tengo envenenada la sangre... Por fin le vestimos, como usted sabe mejor que nadie, porque me ayudó en ello... Los señoritos, reunidos en la cocina, hicieron cuentas de lo que costaba el entierro, y luego echaron un guante... y con el dinero que sobró, compró Cienfuegos una corbata negra. Los coches los pagan ellos también á escote, para lo cual pidieron á todos los amigos, y éste una peseta, aquél dos, se juntó la cantidad. En el primer coche va Ruiz con un señor manchego que conoce á la familia. Don Federico preside, porque si le quitan el presidir y el ponerse delante de todos, creo que le da un soponcio... Á mí no me querían llevar... Yo hubiera ido á pie... pero el señorito Arias fué el primero que dijo: «Felipe no puede faltar.» Total: seis coches y catorce personas.
IDO.--(_Patéticamente._) ¡Tales desengaños encierran los designios de los hombres! El que estaba designado á ser fanal de gloria, muere obscuro; el que parecía llamado á conmover y entusiasmar á las muchedumbres, es conducido á su última morada en pobre convoy sin más compañía que la de unos cuantos amigos. (_Mostrándose tan inspirado que sin duda no es él, sino Salomón, el que habla._) ¿De qué valen las glorias humanas? ¡Ay! humo son y polvo de los caminos. Para combatir la aflicción, seamos buenos y echemos de nuestros corazones la vanidad. La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá... Ten confianza en Dios, Felipe, que si con tu amo ha sido justiciero, lo será también contigo, dándote alientos para seguir por el derrotero de la vida. Y no te aflijas porque estés algunos días sin colocación. En mi casa, hijo, ya sabes que no reina la abundancia; pero lo poco que hay será partido alegremente contigo, mientras no halles acomodo... No, no tienes que agradecernos nada. (_Con iluminismo._) Bien dijo el otro: «Bienaventurado quien piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová...» Y ahora que me acuerdo, voy á proponerte una colocación decorosa. Es más de lo que podías soñar.
ARISTO.--(_Con vivo interés._) Dígamelo pronto.
IDO.--Pues un amigo tengo, persona respetabilísima... no vayas á creer que es un cualquiera... que se dedica á especulaciones mercantiles y al comercio ambulante de petróleo, quiero decir, que es de esos que van por las calles con un caballo cargado de cántaras de aquel inflamable líquido. Á un chico, de tu edad poco más ó menos, que era su dependiente, le despidió hace pocos días por ciertas desazones, y ayer me dijo: «Señor de Ido, búsqueme usted un buen muchacho de estas y estas circunstancias para que me ayude en mi trajín.» Al pronto no me acordé de tí; pero ahora caigo en la cuenta de que te ha venido Dios á ver con esta proporción... Todo se reduce á conducir el caballo; el trabajo no es grande; paseas de lo lindo, y hasta es un gusto ir por esas calles tocando la corneta para que bajen las criadas. Parecerás el ángel del Juicio Final. ¿Te conviene? Dí sí ó no.
ARISTO.--Lo pensaré, señor Ido, y la cosa está en saber lo que su amigo ha de darme por ese trajín de estar todo el santo día en la calle dando trompetazos.
IDO.--Creo que los emolumentos no serán flojos. Y en todo caso, más vale siempre algo que nada. (_Repítese el fenómeno de que la sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale á sus labios._) El hombre, en toda ocasión, debe aprovechar lo que encuentra, y sin perjuicio de sus aspiraciones á lo mejor, coger lo bueno y lo posible que á su lado vea. Sí: cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo, lo mejor es contentarse con poco, para esperar siempre más, pues si alimentaras aspiraciones desmedidas, al satisfacerlas creerías tener menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes de ella y la revieses.»
ARISTO.--(_Mirando con malicia á don José, pues no comprendiendo que Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro está algo bebido._) Don José, usted está hoy muy sabio.
IDO.--Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me han quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura, y una frase feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan nuevo ser á mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra...» Yo, además, tengo motivos para no estar tan triste como otras veces. Sabrás, caro Felipe, que me han salido dos discípulos.
ARISTO.--¿De veras? Ese sí que es favor de Dios.