Part 14
--Indudablemente este pobre Miquis valía--declaró Ruiz, dejando la lectura con aires de indulgencia crítica.--No lo digo por este drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo, permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia, urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey, fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y, por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se representara, que no se representará, el público tiraría las butacas al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables: no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo, y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores, disparates, cosas de chiquillos...
Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción grandísima que él había sentido.
IV
Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres apariencias.
--¿En dónde está mi sobrino?--preguntó sin dirigirse á ninguno.--Me llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...
Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió así:
--¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen que ver.
--Señora--le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,--tenga usted la bondad de sentarse...
--Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.
Entró Cirila en aquel momento.
--¿Es usted, señora--le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,--la dueña de este palacio?...
--¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.
--Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?
Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus padecimientos...
--Señora--balbució Cirila,--ocúpese usted de su sobrino... que está... ¡pobrecito! en las últimas...
--Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?... Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería. Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar infinitamente privado de agua.
Poleró entró muy alarmado, diciendo:
--No conviene que la señora pase en este momento...
Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.
--No hay nada que hacer--observó Cienfuegos sollozando.--¿Á qué martirizarle, si no se ha de conseguir nada?
Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían á la señora. La criada de ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina; mas tampoco quería sentarse...
--Grande horror tengo de esa enfermedad--volvió á decir la Godoy;--pero yo quiero verle... ¡Oh! si asearan la casa, si lavaran esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre, y tanta basura, el pobre angelito sanaría.
Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse á la puerta de la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar y el temor ó escrúpulo que sentía del contacto del enfermo. Poleró acudió junto á ella, temiendo que se desmayara... Desde la puerta miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no fué bastante á vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un finísimo pañuelo que se llevaba á los ojos para secar sus lágrimas.
--Hace años y años que no lloro--dijo á Poleró.--Esto que ahora veo me desmenuza el corazón... y no es mi corazón de carne, es de hierro que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el dolor se quedó dentro...
Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre que acercaba á la nariz...
--Si no fuera por esta precaución, me infestaría, ¿no es verdad, caballero?... No puedo ver lo que veo... ¡Pobre Alejandro, pobre niño mío, pobre ángel de mis entrañas!...
Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.
--Retírese usted, señora,--indicó Arias.
--Pase usted aquí... al salón de embajadores,--dijo Poleró, no queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la mente de la Godoy.
--¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace tiempo. Yo lo sé todo.
Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad insufrible le dijo:
--Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión, no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo, no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me lavé las manos...
--¿Se lavó usted las manos?--dijo la tiíta reparando en las extremidades del astrónomo.--Pues no se conoce. Las tiene usted que parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas de chivo! Quiten para allá...
Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las lágrimas se lo había metido en el bolsillo.
--¿Por qué no se sienta usted, señora?
--Estoy bien...--replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.--No me siento, no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...
--Si la señora quiere pasar á mi casa--manifestó don José Ido con urbanidad,--allí encontrará un asiento más cómodo. Tenemos una butaca...
--Buena estará también... ¡Ay, qué palacios éstos!... Hay salones que parecen cocinas inmundas... Prefiero mi choza... ¿Es usted el médico que asiste á mi sobrino?
--No, señora--replicó Ido del Sagrario con un registro de voz que parecía el aleteo de una mosca.--Soy profesor de Instrucción primaria, con título y...
--Porque si fuera usted el médico, le diría que puede estar tranquilo. Alejandrito no se morirá: yo lo sé, yo lo he visto... Alejandrito no tiene más que un fuerte mal de amores: así lo dicen las _acepciones de amor_, _desvío_, _mudanza_, _mujer morena_... Con que no se aflijan, señores: lo digo yo, que he nacido en Jueves Santo.
Mirábanse Poleró y Arias aguantando la risa, y á pesar del dolor que les embargaba, casi no podían contenerla.
--Pero siéntese usted, señora...
--Que no me siento... Y si pudiera no tocar el suelo con mis pies... Es muy tarde: Teresa y yo no tenemos costumbre de andar de noche por esas calles. Nos retiramos.
--Uno de nosotros la acompañará á usted.
--¡Oh!... no... gracias. No se molesten... Cuiden bien al pobrecito enfermo, y denme aviso mañana de su mejoría... Aseo, aseo, agua y jabón es lo que hace aquí falta.
En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en la puerta de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor de agitado coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja: la una era Cirila, la otra su hermana. La primera, que había salido con una luz para buscar algo en uno de los cuartos obscuros, decía: «No entres: está muy mal. Estos señores no permiten... Más vale que te vayas.» Federico Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vió llegada la coyuntura más bonita para el acto de ejemplaridad que anhelaba realizar. Por fin, gracias á él, los buenos principios iban á tener cumplida satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y la impureza sufrirían rudo escarmiento en la más solemne de las ocasiones. Salió prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de buenas á primeras esta indirecta:
--Óigame, señora: haga usted el favor de salir de aquí. En nombre de la familia, yo...
--¡Eh!--dijo Poleró,--no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted: le tengo más miedo á su celo que á un cañón Krupp.
Del estrecho pasillo de la casa salieron todos al larguísimo y no muy ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la claridad competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió, ganosa de aplacar á don Federico, llevaba la luz y alumbraba las figuras movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían á lo largo de las paredes y salían hasta la escalera.
--No se puede tolerar--dijo Ruiz, con acento de calorosa honradez,--que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo, venga usted á escarnecer con su presencia...
--Señor de Ruiz--observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á alzar la voz,--es mi hermana; y esta casa...
--No hay casa que valga, no hay hermana que valga...--clamó el astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que tenía de darse importancia.--Si usted me levanta el gallo, ahora mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto... ¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos momentos, y á insultarnos á todos...?
--No alborotar, no hacer ruido--volvió á decir Poleró, creyendo que la expulsión se debía verificar con menos bambolla...--Está con la moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.
Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando de esta suerte:
--¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en nombre de lo más sagrado...!
¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla. Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.
--Para evitar cuestiones--gruñó Cirila, empujando suavemente á su hermana,--más vale que...
En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las sombras de los demás. Paróse, miró á todos uno por uno, después á la Tal... La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de muñeca de porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra muñeca, de carne y hermosura, torneada con gallardía, y barnizada de expresión melancólica.
--Esta señora--dijo Ruiz,--es la perdición de nuestro amigo... ¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! Ó ella, ó nosotros...
Con espontaneidad, que resultaba muy donosa, se escaparon de los labios de la Godoy estas palabras:
--María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!
Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de la mujer de vida libre, el cual, iluminado, resplandeció como sol de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos la Tal. De sus labios, ni una sola sílaba... Dejando la luz, doña Isabel lanzó un gran suspiro. Siguió observando.
--¡Gracias á Dios que veo aquí una persona limpia...! Y eso que las manos no están muy lavadas que digamos... Usted es de las que no cuidan más que el palmito...
Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para exclamar:
--Princesa... no me le dejes morir.
Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban como esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la expresión de su cara variaba... Casi, casi sonreía.
--La señora es de la familia--dijo Cirila señalando á la Godoy y mirando á Ruiz,--y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.
--Pero la señora--objetó Ruiz,--se ha escapado de un manicomio.
Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dió tres vueltas sobre sí misma, y en cada una tocaba el brazo de la Tal, repitiendo:
--No le dejes morir, no le dejes morir.
Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora para encaminarla á la escalera. La criada quiso también llevársela... Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras; virgen madre de todos los desatinos; maga, sibila, vestal, momia llena de gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo. Llévante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos á los ángeles, como te pareces tú á una pura ninfa de los tiempos que no volverán.
Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera, acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una observación corriente:
--Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan hermosa medicina. Los ojos matan, ¡ay! los ojos también curan... y resucitan. Que la vea... Se pondrá bueno al instante: lo sé, lo leo bien claro en las _acepciones de reconciliación, cariño mutuo, castidad_.
Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los escalones, por si no estaban seguros... Desapareció en la espiral tenebrosa como si se la tragara la tierra.
En el pasillo largo continuaba la escena, cuyos actores eran: Ruiz en el foro de los principios morales; la Tal en el de la pasiva resistencia á los dichos principios; Poleró en segundo término, murmurando:
--No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe dónde pone el púlpito.
--Ya, ya se está usted marchando de aquí--decía Ruiz.--No tengo que añadir una palabra más.
Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después, cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus blancos dientes y sus encías rojas.
--Más vale que te vayas--le dijo Cirila.--Así no tendremos cuestiones.
--¡Que traigo una pareja!
--Sosiéguese usted, hombre de Dios.
--¡Que la traigo!...
La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe Dios las perrerías que le dijo:
--Vaya, vaya--dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola consigo.--Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.
Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también. La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo, con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.
V
Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad, se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo, ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos, acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado catre.
Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe, y le dijo:
--¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?
--¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?
--Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un carretoncillo.
--Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.
--Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme. Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba, guapo!
Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á caer en el sillón.
--Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil, relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece, Cienfuegos?
--Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete ahora.
--¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!--replicó el enfermo, respirando con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á una.--¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda una escena de _El Condenado por confiado_.
--La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?
--Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó es cierto que viene mi madre á buscarme?
--Es cierto que viene--manifestó Cienfuegos.--Ya te dije que la espero mañana.
Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por no alarmarle.
--¿Pusísteis telegrama?
--No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?
Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.
--¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...
--Mañana la tendrás aquí.
El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.
--Ó me engaño mucho, ó sólo con verla entrar creo que me restableceré por completo.
--Como si lo viera... Procura serenarte ahora, y duerme. Voy á ver si se han dormido esos chavales y á echar un cigarro con ellos si están despiertos. (_Sale Cienfuegos._)
--Aristóteles.
--Señor...
--¿Estás aquí? No te veo bien.
--Si estoy aquí...--dijo Centeno, acariciándole las manos, que tenía entre las suyas.
--¿Hay luz en el cuarto?
--Sí.
--Me pareció que estaba esto muy obscuro. Pues lo que es mis ojos bien claro ven. Á tí te distingo como un bulto. ¿Sabes una cosa...?
--¿Qué?--preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.
--Que me han entrado fuertes deseos de...
--¿De qué?
--Te vas á reir,--murmuró Alejandro riendo á su vez; pero su jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.
--No, no me río.
--Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo... Yo no puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón. ¡Cosa más particular!... Dámelo tú á mí.
Tan aturdido estaba Felipe, que no acertó á satisfacer el deseo de su amo. Fué preciso que éste repitiera su mandato para que el Doctor se pusiese en pie, y acercándose á Miquis todo lo más que podía, le estrechara en sus brazos.
--No, no aprietes tanto, que me ahogas... así. Ya ves qué antojos me entran. ¿Qué dices á esto?
Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba. Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.
--¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?
--No, señor--replicó el otro con risa convulsiva:--es que me he dado un golpe en este codo.
--Ven acá; no te separes de mí...
--Aquí estoy.
--Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.
--Eso sí.
--Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería... se me antoja que vamos á separarnos.
--¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!