Part 13
Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores que toman siempre la delantera, se había anticipado á su señor, la vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad. Sensaciones había ya inactivas, y partes desalojadas. Por momentos creeríase que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba fuera desordenada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos, las fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y bulla; en otros, marasmo, silencio... El pulso á veces se dormía, á veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida, deseosa de inundar regiones que por el fuero fisiológico le están vedadas. Su ardor, aumentado por la carrera, difundía el espanto aquí y acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!» Otros: «¡bastante hemos trabajado!» Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en la parte de los nervios, que ya no reconocían ley, ni se dejaban gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada. Cual desmoralizado ejército, que al saber el abandono de la plaza se niega á combatir y á la crápula y al desorden se entrega, aquellos condenados discurrían ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo epiléptico, ya jugaban al histerismo, á la litiasis, á la difteria, á la artritis. Para que su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de salud, difundiendo por toda la casa un bienestar engañoso. Todo era allí jácara, diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento, lo recibían á golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre que la sangre traía alguna substancia medicamentosa, si era tónica, la arrojaban con desprecio; si era calmante, la cogían y hacían burla y chacota de ella. Todos se confabulaban contra el sueño, que quería entrar. Apenas éste se presentaba, tales empujones recibía, y tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre salía más que de prisa... En el cerebro, las funciones más notables, desoyendo aquel tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba proyectos luminosos y vastos. La forma artística se ataviaba de galas vistosísimas; la crítica pedanteaba, y hablando todas de un glorioso más allá, parecían, no en vías de concluir, sino de empezar. La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el señor había querido que hasta el último instante estuviese expedita, y corrientes los nunca gastados hilos de la palabra...
--Hola, chico.. ¿qué tal? Venga un abrazo.
--Ruiz... ¡cuánto me alegro de verte!
--¿Y qué tal estás hoy?
--Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fué horrible. Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así, la semana que viene podré marcharme.
--Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no te ahogas.
El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás, el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.
Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que daba el quién vive.
--No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia--le dijo Alejandro.--El otro día no hiciste más que entrar y salir... Es magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes gran talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año que viene.
Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto, el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos. Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. En todo lo que hacían sus amigos veía grandes bellezas, y á Ruiz le diputaba por uno de los mayores talentos. La comedia era sosa, y á él le pareció salada; era roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral papaveráceo, y sus efectos serían admirables si al teatro fuéramos á dormir. Era un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver allí lo desgraciados que son los solteros, y las felicidades sin fin que cosechan en la vida los que se casan. Para esto, los personajes, cuidándose bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del matrimonio, quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante y el vicio rudamente castigado. El éxito fué regular, y los amigos llamaron al autor al final de cada acto. Los periódicos dijeron que aquel Ruiz astrónomo, era un genio, un tal y un cual... Pero á los ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima del olvido.
Ruiz no se forjaba ilusiones vanas. El Teatro ofrecía poco estímulo. ¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si él hubiera nacido en otro país, se dedicaría seguramente al Teatro; ¡pero aquí...! En Francia habría ganado diez ó doce mil duros con una sola obra. En España todo es miseria. Y de que su obra gustó al público, ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande que se hubiera representado al fin de temporada! Toda la prensa había puesto en el mismo cuerno de la luna la excelente versificación, y copiado algunas redondillas de las más resonantes. Pero lo que el autor estimaba más en su obra; era el pensamiento. ¡Ah! ¡qué cosa tan moral y edificante!...
Á pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el Teatro. Este empezaba á fastidiarle, como le habían fastidiado antes la Astronomía y la Música... Y siendo su pensamiento refractario á la holganza, de las cenizas de su amor al Teatro nació, polluelo de ave Fénix, un amor nuevo, una vehemente afición á otro linaje de estudios: á la Filosofía... Burla burlando, ya tenía escrito un estudio sobre Hegel, y había empezado á estudiar varios sistemas desconocidos en España, á saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del _Krausismo_, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en Bélgica. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo, porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no hay filósofos. Él acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que en el curso próximo había de hablar en el Ateneo. No: ninguna ocupación de la mente era más bonita que aquélla. Recomendaba á su amigo Miquis que tan pronto como entrara en la convalecencia, se diese un buen atracón de filósofos y se dejara de dramas... Tanto, tanto habló sobre esto, acompañando su perorata de extravagantes cambios de postura, que al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al raudal de la filosófica oratoria, y le dijo:
--Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque éste es así. Antes se dejará desollar que ofender á un amigo... Con tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen á los condenados que se vuelven locos.
II
Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía: «mírame.»
Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.
Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno, Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y decoro, decía:
--Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el deber...
Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas. Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen _Cerato simple_ estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.
--Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho--le dijo.--Tenía tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro abajo.
Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo se le había antojado comer.
--¡Ay, hijo!--exclamó doña Nicanora afligidísima.--Cuánto siento no poder dártelo.
Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó prontamente, diciendo:
--Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo. Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.
--Si el señor don José me quisiera dejar el drama--dijo otra de las presentes cuando Felipe salía,--para que lo lea mi marido... Él lo entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á teatro lo sabe al dedillo.
Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo. Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego, carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo á Poleró:
--Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?
--Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.
--No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te debo algo?
--¿Á mí? Nada, hijo.
Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una cuenta que me ha baldado.»
Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:
--Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros... Tómalos del cajón.
Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles, que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?
Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:
--¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.
--¡Ah! ¡pillo!...--replicó Alejandro, riendo también.--Bien es verdad que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.
III
Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo, cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:
--¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos quedamos sin tu amo.
La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de las lágrimas.
Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis, y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba llena de baúles y trastos.
Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego. Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer, volvió decidido á quedarse toda la noche.
--Me parece que hago falta--decía con petulancia,--porque esta casa es un _pandemonium_. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me retiro...
Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía, dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades, haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:
--Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos. ¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...
Y en otra ocasión vino con este mensaje:
--Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto, estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación, un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la ponga en la puerta...
Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:
--No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á usted _Don Urgente_, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.
--Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta. No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la urgencia de atender á su alma.
--Yo no se lo digo.
--Ni yo...
--Pues yo se lo diré--afirmó Ruiz con énfasis.--No son ustedes hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores: hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á hablar con Miquis.
Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle. Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras, y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del recogimiento de toda la vida en el cerebro.
--¿Qué tal te encuentras?--le dijo Federico acariciándole la barba.
--Ahora, bien--replicó el tobosino con cierta facilidad de respiración y palabra que antes no había tenido.--¿Qué hora es?
--Las ocho.
--¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué obscuro está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz: ya empiezan á verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran á la piedad y á la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?
--Por allí veo el _Escorpión_. Aquella hermosa estrella es la llamada _Antarés_, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La constelación correspondiente á este mes es el _Toro_, San Marcos, porque el sol entra en sus dominios, y en ellos está _Aldebarán_, San Juan Bautista, que se celebra el 24 de este mes...
--¿Y estamos á...?
--Á 18... Te encuentro muy bien esta noche.
--Sí--dijo el paciente con animación.--Respiro sin trabajo. Se me figura que de esta vez la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay conciencia física, como decía el bendito don Jesús Delgado, y la mía me está dando avisos de salud... Esta noche me dijo Moreno que ya la semana que entra podré marcharme. El ordinario me ha dicho que está hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho que ha llovido... ¡Qué ganas tengo de verlo!...
--Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes? debes ocuparte, debes pensar... No quiere esto decir que haya peligro... Los hombres deben hallarse siempre preparados para todo lo que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así es que...
Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente, diciendo:
--Ruiz, que le llaman á usted...
_Don Urgente_ salió.
--Este pobre Ruiz--observó Miquis con penetración admirable,--porque me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve... él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro. Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José, estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que cada vez parece que hay menos aire, y más calor.
En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar, poniéndose de parte del catalán.
--No te metas en eso--le dijo el aprendiz de médico.--El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo, allá con los Santos Inocentes!...
--Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve _bajo un prisma_,--decía Poleró.
--Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de conciencia--manifestó el astrónomo con cierta pompa,--yo me lavo las manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted, no mía.
Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido, á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del moribundo.
--¿Qué tal está ahora, amigo Arias?
--Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.
--Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se podrá ofrecer.
--¿Qué lee usted?
--Un acto de _El Grande Osuna_. Ya lo conocía; pero veo que hay modificaciones.
--Yo intentaré descabezar un sueño--murmuró Arias, tendiéndose en un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico departamento.--¡Hace un calor!...