El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 12

Chapter 123,605 wordsPublic domain

Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos, depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda combinación dramática está en _salvar_ á alguien. Este sistema ya interesa poco y ha pasado á las óperas.

Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira, sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación, ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista, y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola, después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse. Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable... ¡Adiós!

Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:

--Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó cuatro congojas más, no las resiste.

Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba cansada: ¡qué escalera!

--¡Pobrecito!--murmuró.--¡Parte el corazón verle!

--Si tira una semana, será mucho tirar.

--Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...

--Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....

--Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...

--¡Qué guapa estás!...--exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar de otra cosa.--¿Vas á los Campos?

La Tal hizo un mohín de disgusto...

Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí... ¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»

En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano, Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente todo el trágico final de ella.

La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo, donde aquellos enemigos, los secuaces del Cardenal, han encerrado al Grande Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso de la obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha vendido, entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil herejías. Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye á condenarla más en el ánimo de Téllez Girón, que acusa con la misma rabia á Jacques Pierres, primitivo amante de Catalina. Furiosa como leona, la guapa hembra pone por testigos de su inocencia á Dios y á San Jenaro, patrono de Nápoles... Preséntase Jacques Pierres, que está preso en otro calabozo, dispuesto ya para la horca. Este caballerete se la tiene jurada á la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole por el Duque, y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su venganza. Á él le ahorcan. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión (allá en el primer acto) escribió la buena moza á Barbarigo. La carta es un testimonio de culpabilidad aparente... Pasa aquí algo semejante al pañuelo de Otelo y á la carta de Desdémona á Casio. El Duque se ciega, saca su daga y la mata... Ella muere gozosa, bendiciéndole, declarando que le adora, y que en la otra vida reconocerá él su error y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces, tiernas y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan á pelo en casos semejantes, y es: «¡estoy vengado!...» Cuando aparecen los que han de llevarle al patíbulo, el Duque les dice que lo maten pronto; después se inclina sobre el cadáver de la Tal para darle besos y decir que la mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían también un favor en quitarle á él de encima el peso de la vida, y el agonioso fardo de su itálico sueño.

Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su alma:

--¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con música de Verdi... ¡Y se hará; tarde ó temprano se hará!... Habrá _Il Magno Ossuna_, como hay _Il Trovattore_ y _Simone Boccanegra_.

VIII

El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía de tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían criar plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima, pues las temperaturas oscilaban á principios de Junio entre los 30 grados y una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de 40, y algo más, que nos trae Julio para que tengamos una idea de Zanzíbar y otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba por su cuenta la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con sus rayos, caldeándola por dentro, resecando el yeso, derritiendo la resina del pino, la respiración se hacía difícil, aun para aquéllos que tuvieran sanos sus pulmones. Poníase la tal salita como un horno. Su ventana, que era puerta del Cielo, á ciertas horas parecía serlo del Infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión del espíritu á los sofocos del cuerpo.

Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba á la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo traía sobre la asfixia la ceguera, y ofendía los ojos aquella bóveda azul sin el regalo de nubes, la cual con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias, defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su tiesto, atado á los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y apenas exteriorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir á baños.

--Quítate de esa ventana, Aristóteles--le decía su amo.--Me sofoco de verte.

--Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire. ¡Vaya un día!... Señor, es preciso que busquemos otra casa.

--¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de unos días, nos iremos á la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se desempeña toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para el 10 ó el 15 de este mes (Junio) tomo el tren para Quero, á donde irá mi padre á esperarnos con el coche. Nada, nada: te llevo... Quisiera antes despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama. El _Condenado por confiado_. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor que _El Grande Osuna_. No te digo más.

Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía en el sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho por la gran molestia del calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente comezón declamatoria. Felipe se afligía de verle así, porque los períodos de excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos generalmente del desmayo y de los violentísimos ataques de tos que le ponían á morir. Su demacración era ya espantosa; su cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas de granulaciones, se teñían á veces del vinoso color de las rosas marchitas. ¡Pero qué luz echaba de sus ojos en momentos de fiebre y locuacidad! Aquel destello era la cifra de sus proyectos locos, y de su parentesco con doña Isabel de Godoy. Miquis echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada á la cartomancia.

De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima idea y atestada de riquezas morales.

--Porque en ese drama--decía el enfermo acentuando con brioso gesto la palabra,--voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría...

--Este verano--dijo Centeno,--cuando vayamos á la Mancha, yo me dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas y más escenas...

--Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio... Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas, las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como agua. No te olvides.

--No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar. Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el _Osuna_. ¡Otro como ese!...

Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.

--Aristóteles.

--¿Qué?

--Dí algo, hombre. ¿Qué haces?

--Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar tanta cosa...

--¡Dinero...! ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá me mandará otra letra. La espero todos los días... El dinero viene siempre; á veces tarde: es un viajante que no se queda nunca á mitad del camino. Cuando no se le espera, es mucho más grata su aparición. Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso... Afanarse por dinero es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo creo que el dinero se ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula breve del esperarlo y el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz, que vale mucho menos que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad... ¡Dinero!... Cuando lo tengo, me considero administrador de los que lo necesitan. El placer de los placeres es dar, y varío pedestremente los versos de Quevedo, diciendo:

Sólo á un dar yo me acomodo, Que es el dar de darlo todo.

FELIPE.--Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque es cosa mala no tener qué comer, mientras otros se hartan con nuestro dinero.

ALEJANDRO.--(_Con iluminismo._) Yo miro al tiempo y á la inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida. Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo hay en la tierra: el amor... ¿En dónde está? Hay que buscarlo. Decir buscarlo es lo mismo que proclamar su existencia. Es parte principal del destino humano, si no es el destino todo entero... Te encuentras en mitad de la vida. Por un lado, te ves rodeado de conveniencias y trabas sociales; por otro, te ves solicitado del amor. ¿Qué haces? Yo lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo encuentro nunca completo y tal como lo he soñado; pero voy en pos de él sin cansarme nunca, para entretener, con el dulce afán de poseerlo, la tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio de su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?

ARISTÓTELES.--(Con malicia.) Sí, señor. El señorito Arias le decía que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan fuerte á las señoras... Todos dicen lo mismo. Á usted le da muy fuerte, y no repara...

ALEJANDRO.--Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas, es algo semejante al suicidio; es como el no comer. Y que no me venga Arias con músicas, tratando de persuadirme de que no debo querer á persona indigna de mí por éstos ó los otros defectos. (_Con creciente exaltación._) No: los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional de las costumbres, y errores de estos instrumentos de óptica que llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de todo lo ruín, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida... Yo me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo purifico con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza. Cada cual arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo exterior. (_Disparatando.) _Hay quien empequeñece lo que mira, yo lo agrando; hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros buscan siempre la imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para otros todo es malo, para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden á pulir, engalanar y purificar lo que se aleja un tanto del excelso y bien concertado organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de lo absoluto. Los seres, las acciones, las formas todas, las cojo y á la fuerza las llevo hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y las acomodo al canon de la idea misma... Acostúmbrate á hacer esto, y serás feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón, un espejo con sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para allí el impulso de las ideas y de las pasiones de los demás... ¡Oh, Dios!... ¡qué tos!... ¡me ahogo!

Á su locuacidad, que era como un síntoma morboso, sucedieron las manifestaciones propias de su grave mal. Pasó la noche en malísimo estado, y Felipe creyó que se moría. Á la mañana siguiente, Alejandro no hacía más que preguntar:

--¿No ha venido?

Ya sabía Centeno por quién preguntaba, aunque á nadie nombrara, y por consolarle le decía:

--De esta tarde no pasa. Verá usted cómo viene.

El perseguidor de lo ideal estaba tristísimo con aquel desvío, pues cuatro días pasaron sin que la Tal dejase ver su lindo rostro. Aventuróse Felipe á preguntar á Cirila, la cual, con mucho misterio, le manifestó su parecer de este modo:

--No me la nombres, _Arestótilis_... Ahora no vendrá en muchos días. Está en grande... Aquí donde me ves, ni yo misma sé dónde para. ¿Está con el Duque ó con ese condenado?... No lo sé, hijo... Averígualo tú si puedes.

--¿Yo?... que carguen los demonios con ella.

Aquella misma noche, al volver de la calle, dijo el filósofo griego á la sin par Cirila:

--La he visto, _señá_ Cirila. ¡Iba más guapa...! ¡Qué mujer! Le digo á usted que me quedé como un poste. Llevaba un traje todo de seda muy hueco, y un sombrero con largas plumas. La gente se paraba á mirarla. ¿Lo creerá usted?

--¿Pues no lo he de creer?... ¡Anda, anda, si cuando se pone de gala, hay que alquilar balcones!... Y no creas... es de buena pasta; sólo que tiene la cabeza del revés. ¡Si vieras cómo llora cuando habla de tu amo y de lo que tu amo ha hecho por ella! Parte el corazón. Si pudiera ser formal, lo sería, ¿pues qué duda tiene? Sólo que uno la quiere llevar por aquí, otro por allá, y ella no sabe qué hacer... Cuantos la ven, hijo, se enamoran de ella...

--Es una diosa,--murmuró con éxtasis Felipe, acordándose de un verso de _El Grande Osuna_.

VII

FIN DEL FIN

I

Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia el 10 de Junio, y le acompañaban y asistían algunos ratos. Otros iban poco por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban contados, acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado antes, y haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró, después de oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron escribir á la familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía el manchego, la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y Poleró, yendo á la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían oído contar á Miquis las rarezas de su tía. Ésta les recibió con urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de modales, y rompiendo en denuestos contra la juventud del día, les llamó gandules y les dijo que se pusieran en la calle. Acentuando ellos su cortesía, hablaron del triste asunto que les llevara allí; pero la señora les interrumpió de este modo:

--No es Miquis, es Herrera; no es sobrino, es segunda vez nieto mío. ¿Y á ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún Micifuf á extraviar mi buena razón, y á trastornarme el clarísimo juicio de que, á Dios gracias, gozo?

Poco le faltó á Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias se contuvieron.

--Bien, bien--manifestó la señora, señalándoles la puerta.--Yo me enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el estado de aquel ángel... porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves Santo. Y si quieren una prueba de ello, diréles lo que ha hecho Alejandro en el tiempo en que no le he visto con estos ojos.

Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.

--Á mí nada se me oculta; para mí nada hay secreto, ni aun lo que se esconde en las entrañas de la tierra. Ustedes, que son compañeros de Alejandro y le han ayudado á gastar mi dinero, verán si me equivoco... ¡Ah! el muy pícaro no ha cumplido su palabra; no supo ó no quiso emplear aquel dinero en instruirse y afinarse; gastólo en francachelas con damas y galanes de la embajada de Austria... Se entregó á los desvaríos y excesos de la pasión amorosa... Una princesa garrida le arrastró á las mayores locuras, llevándole á vivir consigo y gastándole bonitamente los millones que le dí. Hoy, él y la bella princesa viven en arruinado palacio, pasando mil molestias y privaciones... ¿Es ó no cierto? Desmiéntanme si se atreven.

Los ojos de la tiíta despedían fulgores de fósforo. Arias la miraba con lástima y cierto terror supersticioso. Ambos se esmeraron en ser corteses, manifestándose pasmados de la adivinación de la señora y de lo bien que sabía todo cuanto en el mundo pasaba. Era, por lo mismo, conveniente que la dama zahorí visitase á su sobrino, que estaba en peligro de muerte, y ellos se brindaron á llevarla en coche al arruinado palacio. Á lo que contestó doña Isabel que ella sabía ir sola, y que no necesitaba de tal compañía... Después, mirando al suelo, se lamentó de la suciedad que ambos jóvenes habían traído en sus botas.

--¡Buena, buena me han puesto la estera con el barro de las calles!... Váyanse de una vez, que vamos á empezar la limpieza... ¡Á la calle, á la calle!...

Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio á la calle de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo que al de doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un fanal en cualquier Museo para que todo el mundo fuera á verla y admirarla. Dijéronle á Miquis:

--Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar á tu tía á tanto la entrada.