El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 10

Chapter 104,041 wordsPublic domain

Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho, Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.

--Yo pago, yo pago...--gritó con cierto frenesí.

Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación; pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente, dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.

Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol. Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo, contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día... ¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!... ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de soledad y escasez?...

Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?

Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado. Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre. ¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?

Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.» Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió ánimos para empujar la puerta...

Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana perspicacia:

--Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...

Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para increpar á su criado:

--Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.

Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.

--Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?

--Vaya... pues con el permiso de usted...--indicó don José, dispuesto á retirarse.--Ya tiene el señor compañía...

Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación cumplida de su tardanza!

--Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos--le dijo Miquis riendo,--te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre, enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...

Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.

No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y cansancio.

IV

El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo, y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara, en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad, conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu. Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas. Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa, los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del médico se regalan con los suspiros del moribundo.

Aquella mañana (no sabemos bien qué día era) el médico y Cienfuegos conferenciaron en la escalera, por no poder hacerlo en la casa. Cara triste tenía Moreno Rubio cuando dijo:

--Se va por la posta... ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido casi todo el parénquima. Han empezado de una manera alarmante el reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con una rapidez que me sorprende, porque al principio noté cierta lentitud en el desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo tiraría hasta el otoño.

--La voz--dijo Cienfuegos, no menos triste,--se le transformó desde ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.

--La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes cavernas... Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso fenómeno de la pectoriloquia... En fin, seguir con la digital, y de noche los calmantes.

* * * * *

Oyó Felipe esta conferencia, y su terror fué grande. Quedóse como quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima catástrofe; pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo primero que hizo fué echarse á llorar; mas pronto comprendió la necesidad de contenerse y envalentonarse para que su amo no se acobardara viéndole tan afligido. Compuso su semblante lo mejor que pudo, y entró en el cuarto. Felizmente estaba el enfermo tan aferrado al bello engaño de su pronta curación, que no era preciso fingir alegría para darle ánimos. Desde el día anterior no cesaba de hacer proyectos, los unos de arte y de trabajos para el año próximo, los otros bucólicos y de vida regalona.

--¡Qué buenos días voy á pasar en la Mancha este verano!--decía,--pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de Junio podré marcharme. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va cediendo, á mi parecer... Porque yo me siento mejor, sí, señor; y aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy á llevar. Verás cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?... Si no tiras, yo te enseñaré... Es un gusto ir á codornices... Mi padre tiene un monte... Ya se me hace la boca agua, pensando en el apetito que allí se me abrirá de par en par... me comeré hasta los platos... Mira tú: nos salimos de madrugada y nos llevamos el almuerzo en una cesta... creo que hasta la cesta nos la tragaremos... Á las diez ya no podremos tenernos de hambre.

Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para ponerse en aquel estado, por ser su alma genuinamente arrebatada y soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba muy inquieto con ciertas ideas referentes á lo que en la escalera había oído. Entrando y saliendo á sus quehaceres, ni por un momento se apartaba de su alma aquella pena, y á la pena se unía un prurito de rebelión contra el dictamen de Moreno Rubio. No: su amo no podía estar tan malo como el médico decía; su amo no se moriría... ¡pues no faltaba más! Sin duda Moreno Rubio era un bruto que no entendía el oficio, y soltaba tales paparruchas para darse importancia. ¡Morirse tan joven, morirse habiendo hecho _El Grande Osuna_! Esto no podía ser. Si Felipe fuera ya médico, si él supiera ya todo lo que trataban los libros de Cienfuegos, de fijo pondría á su amo más sano que una manzana.

«Los médicos de ahora no sirven--pensó.--Para médicos los de mañana, los que van á venir.»

Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de exámenes, allí tenía sus libros para darse alguno que otro atracón tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas obras tan sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfermedad de Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni jota, y como todo era terminachos obscuros, más se desesperaba cuanto más leía. Por último, encontró una palabra que Moreno Rubio había pronunciado en la escalera. _Parénquima _decía el libro. Allí estaba el busilis... ¡Oh! si él hubiera aprendido siquiera alguna cosita; pero no, no sabía nada: era más bruto que Moreno Rubio y que el mismo Cienfuegos... Se golpeaba Felipe su respetable cráneo, esperando que por este medio brotara en él alguna chispa de sabiduría médica; pero nada, nada... todo era cerrazón, dureza, ignorancia... Después buscaba las láminas de los libros, con esperanza de encontrar en ellas alguna idea. Las láminas tampoco le decían lo que él anhelaba saber. Ninguna halló que dijera: «Estado de los pulmones del señorito Alejandro.»

Su avidez le quitó el sueño aquella noche: nada le distraía, nada le consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán, ¡ay! afán de amor y curiosidad. ¿Cuál era su antojo? Nada menos que averiguar cómo era su amo _por dentro_; meter sus miradas en aquel dichoso parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos, para ver en qué consistía el daño, y por qué se había de morir su amo. Mentalmente le abría en canal con un grande y cortante instrumento que no causaba daño, y luego introducía con sutileza sus manos para extraer el mal... Lo dicho, dicho: Moreno Rubio era un pobre hombre que no sabía el oficio.

Aquellos días tenía Miquis, á ratos, la compañía de Ruiz, y por las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo de la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad á la raza de maestros de escuela. El uno de ellos cojeaba, el otro tenía las piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio leporino, y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por no decir otra cosa. Además, estaban pálidos, cacoquimios, llenos de manifestaciones escrofulosas. ¡Pluguiera á Dios que no representara tal familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas, gimnasia, aire, urbanización.

Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza y gracia. Era sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se habría ganado todos los premios. Tenía los ojos azules; el pelo de color de esponja y enmarañado; la boca grande, sin duda de tanto charlar; los modales desenvueltos. Andaba á saltos, comía devorando. Era el tipo de los salvajes de buhardilla, que se extienden por la línea de tejados de Madrid, cerniéndose sobre la población como bandada famélica. Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos, y piden sin cesar. Descienden rara vez, porque no tienen ropa con qué presentarse. Viven en aquella altísima capa urbana, situada entre el cielo y los ricos.

Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe. Mañana y tarde oíase la argentina voz de Rosa Ido en la puerta: _¿Dan ustedes su primiso?_ Y sin esperar respuesta se metía dentro. Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes de la vecindad. Cuando Felipe iba á un recado le acompañaba hasta media escalera, y cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio con su harapienta muñeca en brazos. Centeno, á su vez, si su amo tenía visita, íbase á la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de sus acerbos males, le hacía los honores con regaños.

El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla conducente á los tejados y á la pequeña azotea donde las vecinas tendían la ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que eran pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo, con los cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su _boudoir_, consistente en un espejo roto, dos flores de trapo, acerico, medio peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y vestía á la muñeca, asistida de su amigo, que para estas cosas no carecía de habilidad. Cuando estaban solos eran las grandes confianzas. Vaya de muestra.

ROSA IDO.--Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo el día y volviste bebido, vino la Tal... ¡Qué enfado me dió!... Me la hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá Cirila es otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa es porque se da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente, porque ellos, aunque pobres, son de buena familia... El papá de mi mamá era lo que llaman _cabrerizo_ de Palacio, de esos señores que van montados al lado de la Reina.

FELIPE.--(_Con autoridad._) Se dice caballerizo y no cabrerizo.

ROSA.--Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí, vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.» ¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso _alejos_... ¿te enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me acuerdo. Ello fué una cosa _mu_ tierna, _mu_ tierna. ¿Sabes lo que dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... _Dimpués_ que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una gran turca en el café...

FELIPE.--(_Avergonzado._) Es mentira... Si la cojo...

ROSA.--Aguarda. Los dos se rieron, y _aluego _hablaron de otra cosa. ¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo, y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se _prosimó_ entonces y le dió la mano. _Dimpués_ sacó ella pesetas y las puso en la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.

FELIPE.--¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...

ROSA.--(_Bajando la voz._) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy volada. Me dan ganas de decirle: «_so tía_...» Es que tengo yo un genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha de morir... que no llega al mes que viene...

FELIPE.--(_Dando un suspiro._) Cállate, mujer.

V

Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana... Debe de ser cosa del _parénquima_... ¿sabes tú lo que es el _parénquima_?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy malas, muy malas.»

--¿Y qué le damos para esos tabernáculos?--preguntó Rosa consternada, teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer espirante.

--En vista de que las funciones tal y cual--dijo Centeno, ni serio ni festivo--no van como es debido; y en vista de que la inflamación de la pulmonía de la clavícula interesa al hueso palomo del infarto de la glándula estomacal mocosa...

--Tú estás de broma... y el pobre animalilo se muere... ¿Ha venido el señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al michito bonito... Verás tú cómo con algo de la botica se pone bueno.

--Yo pondré la receta. Oído... Del extracto de chuleta: tres grados centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos. Mézclese, agítese, platéese y dórese...

--¡Qué gracioso!...

--Veamos ese pulso. Está durillo... Un sopicaldo de ratón; después un poco de merluza.

--¿Merluza? Dios la dé... ¿Te parece que le demos unas friegas?...

--No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita. Frótale hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?

--Quita... si es un jovencito... si nació el año pasado.

--¡Ah!... abusos de la juventud... Le conviene el cambio de aires... Panticosa.

--¡Qué chusco...!

Alejandro llamó á su criado, y la señorita de Ido quedóse sola con su enfermo, á quien administraba cariño, suaves y amorosas friegas y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el _dan ustedes su primiso_, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de lágrimas. El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda! Estaba ella dándole una miguita de pan mojada en leche, cuando el pobre animal estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con los ojos vidriados y el hocico entreabierto... No pudiendo soportar el espectáculo tristísimo del cadáver de _Michín_, Rosita lo había puesto en la azotea, entre dos tiestos de flores que allí vió, y se había bajado á su casa y al pasillo para llorar más á sus anchas. Alejandro la consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de Santa Ana uno de Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma, y el pelo largo y fino, como seda.

Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado, donde estaba el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía, sin atreverse á rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba lo que el otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo á un ángulo protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí...

--¿Qué haces, Felipe?

--Lárgate de aquí... Tu madre te está llamando: desde aquí oigo sus gritos. Te va á pegar. Corre, vete.

Desde donde estaba pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una piedrecilla que le dió en la cabeza.

--¡Qué bruto eres!

--Pues vete. Si no bajas, te pego.

--¡Qué bromas tienes!

--No es broma.

Rosa se fué. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor mayor. Hasta entonces no se vieron en sus rasgos infantiles los firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Hallábase tan poseído de un ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la voz de su amo le habría distraído en aquel momento. Sentado en la azotea, con el tieso animal entre las rodillas, sacó una navaja del bolsillo, y ¡zas!... Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís á esto? El cuchillo estaba bien afilado. Empezó Felipe con tacto y maestría: su ardiente afán no le alteraba el pulso, y supo desprender con serenidad la piel. Había en su espíritu misteriosas intuiciones de cómo había de proceder; antojábasele que ya lo había hecho otra vez... No, no eran enteramente nuevos para él los goces de aquel sangriento juego... Si jamás lo hizo, sin duda lo había soñado.

Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la boca. ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la lengua, y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de púas... Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete, cuello. Por aquí será... Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde tienen los mayidos.» Con la punta de su navaja reconoce durezas, discierne el cartílago del hueso, aparta tegumentos y músculos. Pone especial cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar las arterias.

--Hola, hola, aquí tenemos los pulmones: son estas esponjas, estas cosas llenas de huequecillos... Me parece que este caballero y mi amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada.. ¿Y el parénquima? Será esto que está detrás. ¿Pues y esta canal? Por aquí va lo que comemos. Me parece que el corazón está por aquí. Por estos caños entra y sale la sangre... Sigamos la canal abajo. ¡El estómago! Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!... ¿De qué has muerto, gato? La sangre no corre: apelmazada aquí, en el corazón, y el estómago lo tienes negro... Tú no has comido en muchos días... ¿Y el solomillo, dónde está? ¡Zas!... Ahora con finura, para sacar el buche entero. ¿Qué es esto? Las _asaúras_ serán. ¿Y para qué sirven?... Por estas cuerdas que aquí veo, tirabas y aflojabas para correr... ¿Pero ese condenado parénquima, dónde anda? Los _bofes_ son éstos. Esto es el respirar y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el canto, el enfadarse... Corazón, échate á un lado: tú eres el querer, el llorar, el arrepentirse...

La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.

--Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?

--Aguarda, mujer... no subas. Dí al señorito que espere.

--Felipe.

--Dale.

--Felipe, que no seas majadero, que bajes.

Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente, con curiosidad que le abrasaba el cerebro... ¡Si tuviera tiempo de abrir la cabeza para ver _la crisma_, donde está todo el intríngulis del pensar...!

--¡Felipe!

--¡Que allá voy!

--Tú estás haciendo alguna cosa mala.

Apresuradamente trataba Centeno de arreglar el deshecho cuerpo del animal, poniendo cada cosa en su sitio y tapándolo con la piel. Si allí tuviera hilo y una aguja, de seguro, ¡recontra! lo dejaría en tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho... Tantas veces le llamó su amo, que al fin echó á correr...

--Dame agua para lavarme las manos,--dijo precipitadamente á Rosa.

--¡Ah, pillo!... ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre animalito.

--Agua.

--¡Verdugo!... Vaya una gracia...

--Mujer... para saber lo que tenía... Agua.

--Le has hecho la _utosia_.