Part 1
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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.
* Se ha respetado la ortografía original --que difiere ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más recientes.
EL DOCTOR CENTENO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
EL DOCTOR CENTENO
TOMO II
14.000
[Ilustración]
MADRID OBRAS DE PÉREZ GALDÓS 132, Hortaleza 1905
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. Carrera de San Francisco, 4.
EL DOCTOR CENTENO
IV
EN AQUELLA CASA
I
Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas de cuenta vivíamos en casa de doña Virginia, y considera cómo el rodar de los tiempos, dando la vuelta de veinte años, ha cambiado cosas y personas. La casa ya no existe; doña Virginia y su marido, ó lo que fuera, Dios sabe dónde andan. Ni he vuelto á verles, ni tengo ganas de encontrármeles por ahí. Aquellos guapos chicos, aquellos otros señores de diversa condición, que allí vimos entrar, permanecer y salir, en un período de dos años, ¿qué se hicieron? ¿Qué fué de tanto bullicioso estudiante, qué de tan variada gente?
En la marejada de estos veinte años, muchos se han ido al fondo, ahogados en el olvido ó muertos de veras. Los pocos que sobrenadan son: Zalamero, que ha llegado á ser ministro, cosa que entonces nos habría parecido inconcebible; Poleró, que estudiaba para Caminos y después pasó á la Armada, en la que ocupa excelente puesto; Arias Ortiz, que es hoy Ingeniero jefe de una gran empresa minera, y tiene canas y cuatro hijos, de los cuales uno es nada menos que bachiller; Cienfuegos, que es médico de un pueblo... En cambio, el pobre Sánchez de Guevara, que estudiaba Estado Mayor, pereció, siendo comandante del Cuerpo, en las calles de Valencia, combatiendo una sublevación. Pues y el bendito Miquis, ¿qué se hizo?... ¿y el _Señor de los prismas_, de misteriosa condición y oficio no comprendido? ¿y el infelicísimo _eautepistológrafos_?... ¿y el sesudo don Basilio Andrés de la Caña, á quien nunca humanos ojos vieron en otro estado que en el de la formalidad y seriedad más imponentes?... Estos y otros que no nombro, ¿do están? ¿viven? ¿se salvaron, ó se sumergieron para siempre?
Detente, memoria; deja á un lado las tristezas, y prueba á referir lo pasado y pintar el teatro de tan grandes sucesos y notables personas, sin interrumpir tu narración con ayes lastimeros. Procura reproducir, si para ello tienes poder bastante, aquel largo pasillo, con tres vueltas, parecido á una conciencia llena de malicias y traiciones; aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un poco de prisa; aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían; aquella sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de campanillas; aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía por toda la casa, saliendo hasta la escalera para dar el _quién vive_ á todo el que entraba.
Repite, memoria, la persona y hermosura de la gallarda Virginia, ama de tal cotarro; ayúdate, si es posible, de algún histórico papel para que puedas decir ahora qué casta de pájaro era la tal, de dónde había venido, por qué andaba en aquellos trotes hospederiles, y, en fin, cuál era su verdadero estado... No olvides al buen señor, marido suyo, ó cosa así, pintor de heráldica, holgazán de profesión todos los días, y los más de ellos consumado borracho, á quien llamábamos Alberique, sin más nombre de pila; ten presente aquel perro humilde que nunca ladraba, y que á la hora de comer iba de cuarto en cuarto avisando á los huéspedes; animal comedido, modesto y meditabundo, á quien llamaban, no sé por qué, _Julián de Capadocia_.
De los antecedentes de Virginia, nada debemos decir. Todo es obscuridad en esta parte de la historia patria, y las distintas versiones que corrían en lenguas de los estudiantes no tienen la suficiente autoridad para ser estampadas como verdades inconcusas. Algún atrevido sostenía haberla visto, años atrás, en tratos peores que los de Argel; pero ¿con qué pruebas corrobora esta declaración impertinente? Con ninguna. Mucho cuidado con las indiscreciones en lo que atañe á la buena fama de las personas; y antes se ha de romper la pluma que usarla para llevar al papel versiones maliciosas, no depuradas por una crítica severísima. Sobre que era guapetona, no cabe vacilación. Y más lo fuera si el constante trabajar y lo mal que vestía no disimularan un tanto su belleza. Representaba más de treinta años, y tenía el cutis blanquísimo, los dientes perfectos, el seno alto, el pelo negro, el genio irascible y pronto, las manos perdidas del trabajo, el habla dulce y castellana fina, el corazón ya duro, ya fundente, según las circunstancias; la voluntad fuerte y activa. No se explicaba su unión con aquel tagarote de Alberique que se pasaba la vida en el comedor, delante de una _chica_ ó _grande_ de Baviera, leyendo papeles políticos, y que las rarísimas veces que trabajaba, más era tormento que alivio de su mujer, porque no se le podía sufrir, y estaba todo el día riñendo con la criada, con Julián de Capadocia, con los huéspedes. Y todo, ¿por qué? Porque le echaban á perder sus trabajos, porque le ensuciaban las vitelas, porque le habían perdido el rojo, porque le habían quitado la tinta china. Hombre más inaguantable no ha existido en el mundo. Siempre con su gorro turco ó fez, la negra pipa en la boca, pictórico, harto y un poco asmático, parecía la imagen del sensualismo y de la brutalidad. Se pasaba el día enredando, haciendo y deshaciendo, echando pestes y pintando aquellas monerías insubstanciales y desabridas de la heráldica. Por aquí cuartelillos, animalejos por allá. Sus trabajos no se acababan nunca. Su taller era la mesa del comedor, y cuando, llegada la noche, había necesidad de quitar los chismes pictóricos para poner los manteles, tenía que oír... Todo era echar maldiciones y decir á cada instante su interjección favorita: _¡Verbo!_... Allí, ¡Verbo! no entendían trabajos tan delicados. El señor de Alberique, ¡Verbo! se marcharía de la casa, y se iría á donde supieran apreciar el mérito de los artistas. Era de tierras de Levante: un morazo, un cartaginés ó sabe Dios qué, resultado de la mezcolanza de razas africanas, ó de la degeneración arábiga. Tenía facha berberisca, y no le faltaba más que el alquicel para estar con toda propiedad. Eran sus facciones bastas, su color retinto, su fuerza muscular cual de un caballo, su ánimo cobarde, como no fuera para echar maldiciones. Y, sin embargo, las manos de aquel bárbaro tenían delicadeza y pulso para hacer miniaturas y pequeñeces que se debían mirar con microscopio. El oso es un animal hábil.
II
Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y cada cual ocupaba su sitio. Temporada hubo en que se reunieron veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres ó cuatro señores graves que daban respetabilidad á la mesa y á la casa. Entre los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún empleado ó pretendiente. De los señores que se denominaban _fijos_, merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona y circunstancias dignas de estudio. Había, sin duda, misterio en aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba á nadie, y se pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al mes á pagar el hospedaje y á enterarse de sus necesidades. Se llamaba don Jesús Delgado, y cuando decían «á comer,» era el primero que franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando á que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando éste sonaba era para preguntar á la criada ó á Virginia si había venido el cartero.
Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato, medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de todo hacía un poco y de todo nada, que á veces parecía acomodado, á veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que, por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la vida de don Leopoldo algo de misterio, pues no se le conocía empleo. Sin embargo, solía decir: «hoy, al salir de la oficina...» y otras cosas que ponían en grande confusión á los que le escuchábamos. Á éste le llamaban el _Señor de los prismas_, porque en su lenguaje petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo la frase: «mirando tal ó cual cosa _bajo el prisma_...» En toda discusión política de las que un día y otro se trataban en la mesa, salían á relucir tantos prismas, que á poco más se vuelven prismáticos la mesa y los huéspedes.
Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor, de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna, no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción, admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida, había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas, que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San Bernardino.»
Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto, que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia, teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.
Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes, y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules. Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana. Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio, el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy mona. En su hablar era el mismo comedimiento.
Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles han llamado _potencia empollatriz_.
Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio, pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se divertía buscando camorra al _de los prismas_, y tomándole las vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo. Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si, por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó _Clarinete_, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.
Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara), apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde. Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora, con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha fortalecido tanto, que da gusto verle.
Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.
III
Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes, y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.
¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay, Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber oído á su amo una frase provocativa.
--Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos: O’Donnell...
--O’Donnell es un pillo.
--¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!
--Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas las cosas _bajo el prisma_ democrático... No, no es eso.
--¿Á mí qué me viene usted con historias...?
--Permítanme ustedes, señores...
--Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...
--Permítame usted... pero permítanme ustedes...
El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...
--Silencio, que quiere hablar don Basilio.
--Permítanme, señores...
--Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...
--Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son pamplinas.
--Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!
--Permítanme...
--¡Silencio!
--Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe. Siempre miro las cosas _bajo el prisma_ de la lógica.
--Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la revolución.
--Al pesebre.
--Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.
--Permítanme ustedes, señores...
--Si tergiversamos las cuestiones...
--Permítanme...
Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio imponente.
--Están ustedes fuera de la cuestión--dijo con reposado lenguaje.--Se ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?
Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando garbanzos.
--Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica, ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el _déficit_... Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.
Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.
--El _déficit_, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro, presentando las cosas...
--Bajo un falso _prisma_...
--Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro... los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés...
--La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...--dijo Arias interpretando el cansancio de algunos.--En lo que usted cuenta habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...
--Permítame usted...
--Tiene razón don Basilio--gritó Poleró saliendo á su defensa y enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el paso más cómico que podían desear.--Así no se puede discutir. Los que no conocen bien la Hacienda...
--Eso es música.
--Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.
--Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á... Que les aproveche.
--No es eso, no es eso.
--Cállate, Poleró.
--Cállate tú, Cienfuegos.
--Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...
--Si no ha de volver...
--Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su fórmula de _todo ó nada_...
--No se les puede sufrir.
--Permítanme ustedes...
--Y sobre todo, ¿de qué se trata?
--Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su retraimiento estúpido...
--Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...
--¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.
--Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...
Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso... Al freir será el reir.»
Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué ha sido?»
El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan, á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana, cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las cosas _bajo el prisma_ de la serena razón, y... á buena parte iban...