Part 9
Don Pedro estaba grave y patético. No le decía injurias, pero no le disculpaba; no le llamaba «ladrón sacrílego» como Marcelina, pero tampoco profería una sílaba en su defensa.
Por último, se atrevió Felipe á balbucir alguna excusa. Más que defenderse, lo que intentaba era pedir perdón. Pero aún no había abierto la boca, cuando las dos mujeres clamaron á una:
--No se le puede creer nada de lo que diga; no abre la boca más que para decir mentiras.
Felipe se calló, y he aquí que don Pedro afirmó con prontitud:
--Es cierto: no dice más que mentiras, y nada de lo que hable se le puede creer.
Parecía que el formidable maestro revolvía en su mente una determinación grave. De repente dijo con sequedad:
--Felipe, ahora mismo te vas de mi casa.
--¡Ahora mismo!--repitió doña Claudia.
--¡Antes ahora que después!--regurgitó la fea de las feas, que, habiendo subido al desván, volvía espantada de los destrozos que en las cosas santas hiciera Felipe.
Y más pronto que la vista volvió á subir y tornó á bajar con un lío de ropa, que entregó al criminal, diciéndole:
--Aquí tienes tus pingajos.
--Ni un momento más.
Felipe lloraba tan copiosamente, que las lágrimas le llegaban á la cintura. El retratista dijo estas atinadas palabras:
--Con las cosas santas no se juega.
Y se marchó. El Doctor salió á la antesala ó recibimiento, donde estaba la puerta de la escalera, y se dejó caer en el suelo. No podía tenerse en pie, pues con tantas lágrimas parecía que se le echaban fuera todas las energías de la vida. Desde allí veía parte de la sala donde estaban sus amos, enfurecidos contra él y haciendo comentarios sobre su horrible crimen. De pronto oyó una voz dulce, amorosa, celestial; voz que sin duda venía á la tierra por un hueco abierto en la mejor parte del Cielo. La voz decía:
--Don Pedro, don Pedro, perdónele usted.
--No puede ser, no puede ser.
Protestas de las dos señoras, acusaciones, y recargadas pinturas del feo delito... Pero la voz, constante y no vencida, repitió:
--Perdónele usted... cosas de chicos...
Felipe estaba tan agradecido, que hubiera adorado á la voz indulgente como se adora á las imágenes puestas en los altares. El condenado á muerte no mira al Crucifijo con más esperanza, con más unción, con más gratitud que miró él á la persona que palabras tan cristianas decía.
Polo, cuyo semblante expresaba inexplicable desasosiego, salió á donde él estaba, y le dijo con estudiada entereza:
--No hay perdón, no puede haber perdón. Vete pronto.
Y se volvió adentro... Silencio. Felipe oyó un suspiro, expresión lacónica y hermosísima de un alma que se sentía impotente para hacer el bien que deseaba... Otra gran pausa... Parecía que se retiraban todos á las habitaciones interiores. Desplomábase con lenta caída el día sobre la tarde, la tarde sobre la noche, y la casa se obscurecía gradualmente.
Esperó Centeno un rato. En la soledad era su pena más acerba, su contrición más honda. No tenía fuerzas para marcharse. Quería morir abrazado al suelo y besando los ladrillos de la casa en que había hallado un asilo, sustento, y el pan del alma, que es la instrucción... Sintió pasos. Vió aparecer una hermosa y celestial figura, _La Emperadora_, la de la voz que pedía misericordia por él... Fuese ó no la tal una beldad perfecta, á él, en tan crítico instante, se le representó como superior á cuanto en la tierra había visto, hermosura de mundos soñados y de sobrenaturales regiones. Por la ventana entraba la luz del crepúsculo. Sobre ella se destacaba la soberana belleza de aquella mujer, rodeada de rayos de oro, echando de su frente fulgores de estrellas. Su ropaje, que sin duda era de lo más vulgar, se le representó á Felipe compuesto de arreboles ó centelleo de pedrerías, y teñido de tintas irisadas, todo sublime, imaginativo, conforme al extraño y admirable caso. _La Emperadora_ le miró sonriendo, y le dijo con voz de serafines:
--No quieren perdonarte... ¡Pobrecito!...¿En dónde pasarás la noche?... Hijo, ten paciencia, y Dios te amparará.
En sus manos blancas y hermosas traía manzanas, pedazos de pan, pasteles y otras cosas dulcísimas de comer.
--Toma esto--le dijo.--No llores tanto. Ten paciencia... Con esto puedes remediarte esta noche.
Después le pasó sus dedos finísimos y frescos por la barba. Él estaba tan ardoroso, que aquellos dedos le parecían de mármol. Aún hizo ella más. Con su pañuelo, que á delicadas esencias olía, le limpió las lágrimas. Después...
Felipe la vió retroceder, mirar hacia la sala, como temerosa de que la espiaran. Volvió junto á él. Metió la mano en el bolsillo, sacó una cosa que relucía y sonaba. De sus dedos salían rayos de plata. Centeno estaba absorto, pasmado, y de su alma se amparaba lentamente un consuelo inefable, paz deliciosa y gratitud que, sobreponiéndose á los demás sentimientos, los sofocaban, y al fin triunfaban de su honda pena.
_La Emperadora_ dió un gran suspiro. Era un alma abrumada que no podía echar de sí esta idea: «¡Qué mal hacen en no perdonarte!»
Y luego le tomó una mano, que él tenía cerrada; abriósela no sin esfuerzo; le puso en el hueco una cosa, cerrándosela luego y apretando los dedos de él; y al concluir, le dijo:
--Con esas seis pesetas te arreglarás por ahora... No puedo darte más.
Felipe se fué.
III
QUIROMANCIA
I
Federico Ruiz... ¡Singular hombre, dado á la ciencia, al arte; el astrónomo que más entendía de versos, el poeta más sabedor de cosas del Cielo! Diez años hacía que su espíritu navegaba jadeante por los espacios del saber buscando una vocación, y de ensayo en ensayo, de una en otra tentativa, el entusiasmo se le enfriaba y su voluntad padecía desmayos. Era español puro en la inconstancia, en los afectos repentinos y en el deseo de renombre. Primero fué músico, después cursó la Facultad de Ciencias y obtuvo la plaza del Observatorio, en la cual no estaba contento. Su espíritu tenía un desasosiego y escozor semejantes á la inquietud del enfermo que busca su alivio en los cambios de postura.
Era de costumbres apacibles, un tanto egoísta y un tantico avaro. Carecía de entusiasmo profesional; pero desempeñaba á conciencia, si no de buena gana, los servicios del Observatorio. Soñaba con triunfos en el teatro, ¡demencia española! y se creía, como tantos otros, un ingenio no comprendido y sacado de su natural asiento, víctima de la fatalidad y de las perversas contingencias locales. Todo ecléctico es triste: la perplejidad del espíritu hace displicentes humores. Y el bueno de Ruiz, en las melancolías que le ocasionaba una profesión considerada como interina, decía: «¡Qué país éste!... ¡Desgracia grande vivir aquí! ¡Si yo hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia...!» Muchos ¡ay! que dicen esto, revelan grande ingratitud hacia el suelo en que viven, pues si en realidad hubieran nacido en otros países, estarían quizás haciendo zapatos ó barriendo las calles. De todo esto se desprende que Federico Ruiz, astrónomo sin substancia, debía de ser adocenado poeta. Incapaz de dar direcciones nuevas al arte, no sabía más que trillar los viejos caminos donde ya ni flor había ni hierba que no estuviesen cien veces holladas y aun pisoteadas.
Era el eternamente descontento, el plañidor de su suerte, el incansable arbitrista de su propio destino. Seguramente, desde que una obra suya pasara de las musas al teatro, le entrarían ganas de dar nueva ocupación á su espíritu. Un hombre tan sin centro y de pensamientos tan variables, no podía ser gordo. En efecto: Federico Ruiz era flaco, tan flaco, que los carrillos se le besaban por dentro; y cuando se sentaba, tomando extrañas posturas, sin las cuales no demostraba comodidad, todo él se volvía ángulos. Era un zig-zag... Por extraña armonía, su pensamiento era lo mismo, y hablando variaba de dirección rápidamente y describía con la palabra un vaivén mareante. Nada había derecho en él, ni el cuerpo ni el juicio. Andaba con cierta vacilación, semejante á la de los que han bebido más de la cuenta, y su voz era desentonada.
Último toque. Era ferviente católico, ó al menos así lo decía él. Con su mejor amigo era capaz de pegarse si le hurgaba tantico, sacando á relucir divergencias entre la Fe y la Ciencia. Casamentero de las ideas, hacía singulares contubernios, y para ello tenía caudal copioso de oportunas y originales razones. Con su verbosidad errática y un si es no es elocuente, defendía todo lo defendible, logrando encontrar tales armonías entre el _Génesis_ y el telescopio, que al fin sus contendientes no tenían más remedio que callarse.
En el Observatorio su trabajo era más bien meteorológico que astronómico. Desempeñaba una plaza de auxiliar. Por ausencia ó enfermedad de algún astrónomo, hacía las observaciones corrientes y algunos estudios matemáticos. Aunque no lo hacía mal, sus jefes no le confiaban ningún trabajo delicado. Tardaba mucho, se fatigaba, y además... Entre fórmula y fórmula, ¿cómo no dar descanso y consuelo al ánimo con un par de versitos?
En los tiempos aquéllos en que le conocimos estaba el hombre muy encariñado con una idea católico-astronómica, que confiaba á sus amigos. Hay motivos para creer que la tenía formulada en diversos papelotes. La cosa era muy original, y hasta útil, filosófica, y como simbólica de la deseada concordia entre la Ciencia y la Religión. He aquí la idea de Federico Ruiz:
¿Por qué los planetas y las constelaciones, todas las unidades, familias ó grupos sidéreos han de tener nombres mitológicos? ¿Qué significación ni sentido podemos dar en nuestra edad cristiana á los nombres y á las aventuras amorosas ó criminales de tanto dios adúltero y brutal, de tanto semidiós canalla, de tanta ninfa sin vergüenza, de tanto animal absurdo? ¿Por ventura no tenemos, en lo espiritual, nuestro magnífico Cielo cristiano poblado de santos patriarcas, ángeles, profetas, vírgenes, mártires y serafines? Y si lo tenemos, ¿por qué no hemos de concordarlo y emparejarlo con el Cielo visible, dando á los astros los excelsos nombres del Cristianismo? Así tendríamos el Almanaque práctico, religioso, y una como cifra exacta de la presencia de los bienaventurados en el Cielo, lo mismo que están esas hermosas luces en el vacío infinito. ¿Qué inconveniente hay en que ese grandioso planeta, llamado hasta aquí _Júpiter_, dios de una falsa doctrina, se llame ahora San José? Y los demás planetas de nuestro sistema, ¿por qué no habían de tener el nombre de otros patriarcas, Adán, Noé, Abraham...? Esto se cae de su peso. Pues siguiendo este trabajo de bautizar firmamento, las doce partes del Zodiaco vienen que ni de molde para los doce Apóstoles. Todas las constelaciones boreales y australes tendrían su santo correspondiente, y las grandes estrellas representarían los santos más famosos. _Arcturus_, por ejemplo, sería San Francisco de Asís; _Aldebarán_, San Ignacio de Loyola; el _Alpha del Centauro_, Santiago; la _Cabra_, San Gregorio Magno; _Vega_, San Agustín; _Rigel_, San Luis Gonzaga... La _Cabellera de Berenice_ tomaría el nombre de la Magdalena; las _Pléyades_ serían las once mil Vírgenes; la _Espiga_ ó _Alpha de la Virgen_, Santa Teresa de Jesús, y _Antarés_, la Verónica... _Sirius_, la mayor maravilla del Cielo, tendría la representación de la Madre de Dios más propiamente que la Polar. Al hacer las denominaciones, se tendrían además presentes los días en que la Iglesia celebra las festividades de los santos; de modo que al paso del Sol por cada región zodiacal determinara las fiestas de los Apóstoles, y así no se diría _sol en Piscis_, sino _sol en San Pedro_... En cuanto á los cometas...
--¡Ja, ja, ja!--Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, á quien Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la del domingo 19 de Septiembre de aquel año.
--No te rías... Esto es muy serio. Tengo todo preparado para escribir una Memoria. Sin ir más lejos, el Almanaque sería entonces una verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya ni altares ni iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor catedral que la aparente bóveda del Cielo? Los hombres adorarían á la entidad San José, San Juan en la imagen luminosa de éste ó del otro astro; y como la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un fenómeno astronómico, he aquí establecida simbólicamente una armonía sublime entre la religión y las matemáticas...
--¡Ja, ja, ja!--Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso era con lo que oía.
Cienfuegos dijo así:
--Querido Ruiz, no te metas en poner motes... Deja que conserven por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea, Ofiucus, Júpiter... Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo el nombre de cualquier santo á una señora que se ha llamado Venus, te van á sacar los ojos.
Esto lo hablaban en la gran sala cuyo techo y muros están hendidos, formando una línea en la dirección ideal del meridiano. Esta hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes á las que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie de cureña, tiene aspecto de cañón aéreo. Le sostienen postes de granito; sólo gira en un plano vertical, y hay sin fin de ruedas y palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarlo en el ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda, y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el espacio y ver todo transeunte del meridiano, sea chico, sea grande: de día, el padre Sol; de noche, ésta ó la otra res del inmenso rebaño de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar, impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos á entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros por los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y que tienen, ¡quién lo diría! aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos animalejos las arañas, que, sin saberlo, son tejedoras de las cuerdas, casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida á las proporciones billonarias del firmamento!
El péndulo sidéreo, colocado á la derecha, parece la imagen de la discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos, embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un ser vivo, de madre nacido, con facciones de números y entrañas de animado metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas. Por el mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador parece también un personaje; sólo que el primero es de lo más serio y reposado que se puede imaginar, mientras el segundo, organismo admirable que sabe redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un antropoide cuyo origen no sabe el profano si atribuir á la invención de la leyenda ó á los cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece que tiene alma, y hace ruidos graciosos y extraños, cual si á media voz cantara misteriosas endechas. Hace toda la gracia un escape que juega con la palanca; siguen á esto ruedas silenciosas y graves, y en el término del mecanismo tiene el endiablado instrumento su pedacito de lápiz, con el cual escribe sobre un cilindro de papel... Cuando hay tempestad es cuando tiene que ver. Entonces, agitado el mercurio, que es su sangre, actúa sobre todos sus miembros, y se le ve febril, echando sobre el papel unas rúbricas que son fehaciente expresión del variable peso de la atmósfera.
II
Ruiz, taciturno y atento sólo á su deber, hizo la observación del paso del sol por el meridiano. No se efectuó el acto sin cierta solemnidad como religiosa, con silencio, sosiego y aun algo de poesía, por cuya circunstancia, y por ser operación diaria, decía Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes del momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad, manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta del Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el sillón, abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso entraba en el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de araña permitía determinar, por cálculo, el mediodía medio, por donde regulamos y medimos estas divisiones convencionales del tiempo, á las cuales acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló otra vez para hacer caer la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las compuertas y tapado el anteojo, registró los cronómetros y apuntó su observación en un cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían visto esto muchas veces, permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados ritos. El uno leía un periódico, el otro se paseaba inquieto á lo largo de la sala.
Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden estar en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de alguna broma, es pensar lo imposible. Á la iglesia van muchos á pasar ratos divertidos, cuanto más á una sala meridiana donde no hay más respeto que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto, y aun se fumaría si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera. No había concluído Ruiz sus apuntes, cuando Miquis se echó atrás el sombrero, y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:
--Á ver tú... ¿por qué no me sacas mi horóscopo?
Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocurrían! Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no tenía entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh! Sin ir más lejos... si él hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia, habría tenido aquél y otros respetos, sí, señor, porque seguramente ganaría mucho dinero con la ciencia; ¡pero aquí, en este perro país!... Como español (y gato de Madrid, por más señas), podía hacer mofa de todo. Manos á la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien; ¿y de qué se trataba?
Cienfuegos, que sentado en una silla leía _La Iberia_, alzó los ojos del papel para decir:
--Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren meterse en vidas ajenas... Desde que se ha empezado á decir de ellos que tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es á saber, que están habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con nosotros... ¡Oh! si hablaran, Miquis lo agradecería... Está el pobre que no le llega la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución, de una sentencia...
Ambos le miraron. Miquis se paseaba á lo largo de la sala, con las manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.
--¿Qué es eso, Alejandrito?... ¿Amores?
--¡No, no: valiente tontería! Mejor dicho, vida ó muerte para mí--dijo el estudiante de Derecho parándose ante el astrónomo.--Figúrate que con esta vida jamás está uno en fondos, y la verdad... mejor sería no carecer de nada.
--Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.
--Yo te diré lo que hay--manifestó Cienfuegos.--Alejandro tiene una tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo... Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.
--Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.
--Un día más ó menos...
--Es que tengo un desasosiego...--suspiró Miquis, mostrando bien en su voz y en su gesto lo que decía.--Temo que si pasa tiempo, recobre mi tía el juicio.
--Que lo pierda, querrás decir.
--No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada... Estoy agonizando... ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por el mundo, sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque se dan casos de que la vean, antes que nadie, los topos.
--Pues vete á su casa, tonto, y pregúntale, y dile: «Señora tía, ¿me da usted ó no lo que me ha prometido?»
--Es tan nervioso y tan pusilánime--observó Cienfuegos,--que no se atreve á ir, porque si la señora le dice que no hay nada, se desmaya.
--¡Yo no voy, yo no voy!--declaró el manchego volviendo á pasearse.--Si después de haberme consentido dice nones, creo que cojo una enfermedad.
Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona que tenía para todo, para lo grave y lo cómico.
--Te voy á sacar el horóscopo, Alejandrito. Vamos á ver. Hay que principiar por saber la fecha del nacimiento de tu querida tía.
--¡La fecha del nacimiento!--exclamó Cienfuegos.--Debió ser el año de la Nanita.
--Eso lo sabrá la diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha. Debe proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!... es lo mismo que los chiquillos, ¡y me quiere tanto...! No nos burlemos... señores.
--¡No, no nos burlemos!--declamó Ruiz, remedando la tiesura de un sacerdote de ópera.--Siento no tener aquí una sotana de ala de mosca y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te digo que te voy á sacar el gran horóscopo, y á adivinarte lo que deseas... Sin ir más lejos: en este momento, ¿qué hora es? las doce y veintidós minutos y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el Sol está saliendo de la constelación del León, á quien yo llamaría San Marcos, y entra en Virgo... ¡La Virgen! tu tía... Luego viene la Balanza... ¡dinero...! Esto es más claro que el agua. Tenemos también á Mercurio sobre nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas de Bolsa, el papel-moneda. Lo dicho, dicho: el encuentro de Mercurio y la Virgen, puede considerarse como felicísimo augurio. Y si añadimos que al entrar en la Balanza pasa junto al Centauro, que yo llamaría San Ignacio de Loyola, resulta lo siguiente: ¿Qué representa Mercurio? El comercio, las transacciones, el correo. Por algo le representaban aquellos brutos con aladas zapatillas. El correo, fíjate bien. De todo se desprende que debes escribir una carta á tu tía prehistórica, preguntándole qué vuelta llevan esos dinerillos que te prometió, y que no has visto todavía.
--Pues eso no me parece mal--dijo Miquis meditando.--¿Y si me contesta que no?
--Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos vacíos, y te quedas fresquecito, de verano...
Alejandro volvió á pasearse, y Cienfuegos á leer su periódico. De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras vacilaciones dolorosas se decide á tomar un partido, gritó:
--¡Pluma, papel, tinta!... Voy á escribir la carta á la diosa Isis...
--Calma, calma: iremos á la Biblioteca. No hay que alborotar en esta santa casa.
--¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!...
--No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.
Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío, qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien á su pensamiento. La una decía:
«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»
Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:
«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me prometió...»
Ras, ras... tampoco valía...
Otra:
«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»
Fuera.
Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un suspiro al cerrarla y repitió su queja:
--No vamos á tener quien la lleve.
--¡Qué pesadez!--dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su lectura.--Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.
--Si es en los quintos infiernos... allá, donde Cristo dió las tres voces.