El Doctor Centeno (Tomo I)

Part 8

Chapter 84,017 wordsPublic domain

Precisamente en la mañana que siguió á la noche de referencia, fué cuando el Doctor se espantó de ver á su amo: ¡tan desfigurado estaba! Era su rostro verde, como oxidado bronce. Sus ojos, que tenían matices amarillos y ráfagas rojas, recordaban á Centeno la bandera española, y sus labios eran del color de la tela con que se visten los obispos. Tuvo tanto miedo Felipe, que no se atrevió á ponérsele delante. Aquella mañana don Pedro no quiso celebrar la misa. Mandó un recado á las monjas diciendo que estaba malo, y malo debía de estar, pues no probó bocado en todo el día, desairando las fruslerías selectas que para engolosinarle inventó doña Claudia.

Pero, no obstante su enfermedad, si alguna había, bajó á la clase y fué más cruel y exigente que nunca. ¡Día de luto, día de ira! Las lágrimas que corrieron fueron tantas, que con ellas se podrían haber llenado todos los tinteros, si alguien intentara escribir con llanto la historia de la desventurada escuela. Hasta los ojos de don José Ido contribuyeron con algo al crecimiento de aquel caudal tristísimo. Los chichones que se levantaban en ésta y la otra cabeza fueron tantos, que era una erupción de cráneos. Las orejas crecían por pulgadas, y poco faltó para que hubiera piernas rotas y espinas dorsales quebradas por la mitad. Don Pedro, aquel constructor de jorobas intelectuales, quería desfigurar también los cuerpos. Tenía como un furor de odio y venganza. Creeríase que los muchachos le habían jugado una mala pasada teniéndole por maestro. Doce ó catorce se quedaron sin comer. Felipe estuvo aterradísimo todo el día, y evitaba el mirar á su amo y maestro. También él se quedó en ayunas, y en su mísero cuerpo no hubiera sido posible poner un cardenal más: tan bien ocupado y distribuido estaba todo.

Por la noche, cuando se acostó, después de haber jugado un poco al toro, dando testarazos á las imágenes, soñó diversas cosas terroríficas. Primero, que don Pedro era el león de San Marcos y se paseaba por la clase fiero, ardiente, melenudo, echando la zarpa á los niños y comiéndoselos crudos, con ropa, libros y todo; segundo, que don Pedro, no ya león, sino hombre, iba al convento y castigaba á las monjas, cual hacía diariamente con los alumnos, dándoles palmetazos, pellizcos, nalgadas, sopapos, bofetones y porrazos, poniéndoles la coroza y arrastrándolas de rodillas.

Otra mañana, cuando limpiaba el cuarto del señor, vió en el suelo pedacillos de papel. Sin duda don Pedro había pasado la noche escribiendo cartas. Alguna le salió mal, y la había roto; pero los trozos eran tan chiquirrititos, que apenas contenían un par de sílabas. La vela estaba apurada, señal de haber pasado el señor capellán la noche de claro en claro... Para que todo fuera extraño, llegó también un día en que don Pedro estuvo tolerante y hasta benignísimo con los muchachos. No solamente dejó de pegar y tuvo en paz las manos en aquel venturoso día, sino que á cada momento amenizaba las lecciones con chuscadas y agudezas. ¡Qué risas! Nunca fueron humanas gracias más aplaudidas, ni con mayor plenitud de corazón celebradas. Aún no había abierto la boca el maestro, y ya estaban todos muertos de risa. Humanizada la fiera, perdonaba las faltas, alentaba con vocablos festivos á los más torpes, y los aplicados recibían de él sinceros plácemes. Hasta don José Ido se permitió unir su delgada voz al coro de los chistes, diciendo algunos que no carecían de oportunidad.

Para que en todo fuera dichosa aquella fecha, don Pedro comió vorazmente; pero estaba tan distraído en la mesa, que no contestaba con acierto á nada de lo que su madre y su hermana le decían. Cuando se levantó para fumar, puso bondadoso la mano sobre la despeinada cabeza de Felipe, y dijo estas palabras, que el Doctor oyó con arrobamiento:

--Es preciso hacer á Felipe algo de ropa blanca.

Centeno, que mejor que nadie sabía cuán grande era su necesidad en ramo tan importante del vestir, no tuvo palabras para dar las gracias. ¡La gratitud le volvía mudo!

--¡Se le hará, se le hará!--afirmó doña Claudia, mirando embobada á su hijo, pues desde que empezaron aquellos desórdenes orgánicos, la madre no cesaba de leer atentamente á todas horas en la fisonomía del capellán, buscando la cifra de sus misteriosos males.

--Es preciso que te sangres, Pedro,--dijo Marcelina, mirándole también con perspicaz cariño.

--Sí, hijo: sángrate, sángrate.

XII

De cuantos recados hacía Felipe, ninguno para él tan grato como ir á la Cava Baja á recoger los encargos que traía para doña Claudia el ordinario de Trujillo. Esto se verificaba dos veces cada trimestre, y apenas la señora recibía la carta en que se le anunciaba la remesa de chacina, ya estaba mi Doctor pensando en los deliciosos paseos que tenía que dar. Porque doña Claudia era muy impaciente y le mandaba cuando aún no había llegado el ordinario; con lo que la caminata se repetía dos y hasta tres veces. Díjole, pues, una mañana: «Esta noche, después de cenar, te vas corriendito á la Cava Baja, ya sabes. Cuidado cómo tardas.»

Lo de tardar sería lo que Dios quisiera. Pues á fe que la tal calle estaba á la vuelta de la esquina. Ya tenía Felipe para dos ó tres horitas, porque la detención se justificaba con la enorme distancia y con una mentirilla que parecía la propia verdad, á saber: que el ordinario de Trujillo estaba en la taberna; que tuvo que ir á buscarle, y volver y esperar...

Las nueve serían cuando partió, acompañado de Juanito del Socorro, que fiel le esperaba en la puerta. En la redacción le habían mandado á entregar unas pruebas en la calle de la Farmacia, recado urgentísimo que él se apresuraba á desempeñar dando antes la vuelta grande á Madrid. Lo que gozaban ambos en sus nocturnos paseos no es para referido. Empezaron aquella noche por pasar revista á los escaparates de la calle de la Montera, haciendo atinadas observaciones sobre cada objeto que veían. Mirando las joyerías, Felipe, cuyo espíritu generoso se inclinaba siempre al optimismo, sostenía que todo era de ley. Mas para Juanito (alias _Redator_) que, cual hombre de mundo, se había contaminado del moderno pesimismo, todo era falso.

Esta diferencia de criterio revelábase á cada instante. Pasaban junto á un coche descubierto que llevaba hermosas señoras, y el Doctor, pasmado y respetuoso, decía:

--¡Buenas personas!... ¡gente grande!

--Pillos, hijí... Tú no tienes mundo... Esa es gentecilla. ¿Crees que porque van bien vestidos...? Mamá, allí donde la ves, tiene vestidos muy majos, y no se los pone nunca para que no la tomen por esas... Cuando va á pasar el verano á las haciendas, se pone uno azul, ¿estás?...

Siguieron por la calle del Arenal adelante, despacito para ver bien todo, estorbando el paso á las señoras y quitando la acera á todo transeunte. El descarado Juanito no se privaba, cuando había oportunidad para ello, de echar un piropo á cualquier mujer hermosa que encontrase, ya fuera de clase humilde, ya de la más elevada.

--Hombre, que te van á pegar,--le decía el Doctor.

--Déjame á mí, hijí... que yo soy muy largo--contestaba el otro.--¡Yo he corrido más!... tú no entiendes... ¡Si vieras á papá! Es un buen peje para mujeres... En casa no hay criada que dure, porque les dice cosas y les hace el amor... Mi madre se pone volada y las despide. Cuando mi padre y mi madre riñen, sale aquello de que papá quiso á la señá marquesa. Porque cuando era soltero... tú no sabes... todas las marquesas se volvían locas por papá y por su hermano, que era torero, y lo mataron en una revolución. Mi tío era un gran hombre, un peje gordo... y se echó á la calle á matar tropa por la libertad; pero le vendieron, y ese pillo de O’Donnell le mató á él... Papá tiene su retrato en la sala, pintado de tamaño de las personas, y á tantos días de tal mes, que es el universario, ¿estás, hijí...? le pone dos velas encendidas y un letrero que dice: _Imitaz á este mártir_.

Absorto oía Felipe estas maravillosas historias, no sin reirse interiormente de la fatuidad de su amigo. En cuanto al legendario tío de Juanito, torero, miliciano y mártir de la libertad, constábale ser cierto lo del retrato de tamaño de las personas, porque lo había visto con el mencionado letrero... En estos dimes y diretes, pasaban junto al Palacio Real. Mudos contemplaron los dos un instante su mole obscura y misteriosa, tanto balcón cerrado, tanta pilastra robusta, las ingentes paredes, aquel aspecto de tallada montaña con la triple expresión de majestad, grandeza y pesadumbre. Felipe miraba el edificio en el imponente reposo de la noche, y como la primera observación que hace el espíritu humano en presencia de estos materiales símbolos del poder es siempre la observación egoísta, no desmintió él este fenómeno, y dijo con toda su alma:

--Juanito, ¡si esto fuera mío!...

El otro, siempre tocado de un escepticismo postizo, le contestó con desdén:

--Pues yo... para nada lo quería... Como no me lo dieran lleno de dinero...

--¡Lleno de dinero!

Felipe se mareaba.

--¿Pues qué crees tú? Los sótanos están llenos de sacos de oro y de barricas de billetes.

--¿Lo has visto tú?

--Lo ha visto papá...--afirmó el del Socorro, después de vacilar un rato.--Papá conoce al... ¿cómo se llama? al entendiente, y algunos días viene á ayudarle á hacer cuentas.

--Yo quisiera ver esto por dentro, ¿oyes? Será bonito.

--Hijí... no tienes más que decírmelo el día que quieras. Mamá conoce á la gran zafata... ¿estás? la que gobierna todo, y cuida de la ropa blanca y tiene las llaves. ¡Yo he venido más veces...! ¿Que si es bonito dices?... Así, así... de todo hay... Tiene un salón más grande que Madrid, con alfombras doradas, de tela como las de las casullas, ¿estás? El coche de la Reina sube hasta la propia alcoba... yo lo he visto. Aquí todo está lleno de resortes. Calcula tú: tocas un resorte, y sale la mesa puesta; tocas otro, y salen el altar y el cura que dice la misa á la Reina... tocas otro...

Felipe, riendo, daba á entender que si tocaba más resortes, las mentiras de su amigo no tendrían término. Pero acobardado _Redator_ por la incredulidad de Centeno, dejó correr sin tasa la inagotable vena de sus embustes. Pasando calles, llegaron por fin á la Cava Baja, donde Felipe no pudo cumplir su encargo, porque el ordinario de Trujillo no había parecido aún. Bien: ya tenía para otra noche. Era ya tan tarde, que los amigos sintieron un poquito de recogimiento y estrechura en las respectivas conciencias, aunque la de Juanito del Socorro era más ancha que la puerta de Alcalá, y por ella cabían las más grandes faltas sin doblarse ni romperse. Emplear dos horas en un recado urgentísimo, para el cual le habían señalado veinte minutos, era cosa muy adecuada á un carácter tan entero como el suyo. Ya sabía que cada minuto de más le valía igual número de golpes de su papá; pero tenía la piel curtida y el espíritu fortificado por las contrariedades.

--Vamos, vamos--dijo Felipe inquieto.--Es muy tarde.

Apresuradamente corrieron hacia los barrios del Norte, y aunque Juanito quería detenerse á oir los cantos de Perico el ciego, el Doctor tiraba de él y á prisa le llevaba. Llegaron por fin á la calle de la Farmacia, donde Redator debía entregar su encargo, y mientras éste subía al piso tercero del núm. 6, vivienda del infelicísimo escritor que desde las nueve estaba esperando sus pruebas, Felipe se paseó en la acera de enfrente, entre la Escuela y la esquina de San Antón. Como en todo se fijaba, observó que junto á una de las rejas bajas del edificio había un bulto, un hombre con las solapas del gabán negro de verano levantadas... Al pasar, Felipe notó un cuchicheo; miró... Aunque la noche estaba obscura... ¡sí, sí, era él!... Felipe se estremeció, embargado de grandísima sensación de pavor y vergüenza. Sintió el ardor de la sangre en su cara hasta la raíz del cabello... ¡Era, era don Pedro!

Siguió adelante, y pronto hubo de unírsele Juanito, á quien comunicó sus impresiones. Su amigo le dijo:

--Vamos á pasar otra vez.

Lleno de terror, Felipe se agarró al brazo de su amigo para detenerle, y le decía:

--¡No, no, no; pasar no!

Pero más pudo la maliciosa sugestión del pícaro que el miedo del Doctor, y pasaron otra vez. En el momento mismo, el bulto se apartó de la reja. Felipe y él se encontraron frente á frente, y se vieron... ¡Era, era!

La vacilación de don Pedro fué instantánea. Siguió su camino. Tras él, á mucha distancia, iban Felipe y su amigo: aquél tan turbado, que no sabía por dónde caminaba; éste haciendo comentarios sobre lo que habían visto.

--¿Te parece que le tiremos una piedra?--propuso Socorro á su compañero, el cual, indignado, repuso:

--Si tiras, te pego... ¡no es broma, te mato!

Y más adelante, dominado siempre por inexplicable vergüenza y terror, decía Centeno:

--¡Me ha visto, me ha visto!

Cuando llegó á la casa, ya don Pedro había entrado. Felipe pensaba de este modo: «Ahora, por lo que he visto y por lo que he tardado, me desuella vivo.» Pero no fué así. Doña Claudia dormía ya, y Marcelina, que no quería alborotar á deshora la casa, tan sólo le dijo:

--Mañana, mañana te ajustará mamá las cuentas...

¡Siniestra y misteriosa figura! Don Pedro se paseaba en el comedor, meditabundo. Felipe deseaba que le tragase la tierra, ó que el señor se quedase ciego para que no le pudiese mirar. Fingiendo hacer alguna cosa, evitaba los ojos de su amo; pero al fin, en una vuelta que dió, encontrólos inesperadamente... ¿Qué expresión era aquélla? ¿Qué decían aquellos ojos?

Turbóse más Felipe observando que los ojos del capellán, al mirarle, no echaban llamas de ira. Expresaban algo que él no entendía, una perplejidad terrorífica, el estupor del calenturiento. ¡Ah! Felipín era muy chico y no sabía leer en las fisonomías; apenas deletreaba. No podía entender bien la zozobra del grande ante el pequeño, el despecho formidable del vendido por el acaso, el temblor del león delante de la hormiga, la humillación trágica del poder ante la debilidad.

Don Pedro no dijo nada, y se metió en su cuarto.

XIII

En la clase, al día siguiente, Felipe temblaba más que de ordinario. Pero contra su creencia, Polo no le tomó lección ni le aplicó ningún castigo. Podría creerse que se proponía no mirarle y como figurarse que no existía. Estaba el señor triste, fosco, entenebrecido y como avergonzado. Lo poco que tenía que decir decíalo en voz baja, y desparramaba miradas sombrías y recelosas por toda el aula. De rato en rato veíasele apretar los dientes y juntar uno contra otro los labios, cual si quisiera hacer de los dos uno solo. Aun de lejos podían observarse en la piel de su cara movimientos y latidos enérgicos, ocasionados por la contracción de los músculos maxilares. Pensaría cualquiera que el buen capellán se mascaba á sí mismo.

Por último, llegó Felipe á sentirse lastimado del poco caso que su amo y maestro hacía de él. Aunque le tirase de las orejas y le diera alguna bofetada, habría preferido que don Pedro le tomase lección, y que le mirara y atendiera. Tan marcado desdén era quizás una forma extraña y traicionera de la ira. Felipe tenía presentimientos y sentía en su alma un desasosiego inexplicable. Pero aún le quedaba mucho que ver. Ocurrirían casos con los cuales había de llegar al último grado su sorpresa. Por la noche, doña Claudia, mientras se comía su salpicón, reprendíale por haber dejado de hacer no sé qué. Él, callado, oía la terrible plática sin contradecirla. Considerad su asombro cuando vió que don Pedro á su defensa salía. ¡Cosa fenomenal, inaudita y tan peregrina como la alteración de las órbitas celestiales!... Don Pedro, ya dispuesto para salir, bastón en mano, paróse ante su madre, y dijo estas benévolas y santas palabras:

--¡Qué diantre! si no lo ha hecho será porque no habrá tenido lugar.

Después le miró. ¿Era indulgencia, era temor lo que en el rayo de su mirada resplandecía? ¿Era el más terrible de los odios, ó traición, debilidad, cobardía, el agacharse de la fiera herida? Fuese lo que quiera, Felipe, inocente, lo interpretó como señal de amistad. Púsose muy contento, y diéronle ganas de contestar de mala manera á doña Claudia, mandándola á paseo.

También aquella noche salió á la calle á traer de la botica aceite de beleño que la señora usaba para combatir el ruido de oídos. Dice Clío que por las noches le zumbaban á doña Claudia en el órgano auditivo los números de la lotería, y que para aliviarse de esta molestia se ponía algodones mojados en cualquier droga narcótica. Cuando Felipe salió, dijo la Cortés á su hija:

--Parece chanza; pero lo podría jurar. En los oídos me suena el 222... créelo que me suena.

Felipe no pudo ver sino breves instantes á Juanito; pero éste tuvo tiempo para hablarle del encuentro de la noche anterior, y añadió esta observación maligna:

--Á mamá le conté lo que vimos. ¿Hijí... sabes lo que dice mamá? Que tu amo es un buen peje, y las chicas esas unas cursis.

Indignadísimo y avergonzado Felipe, sólo contestó á su amigo dándole un empujón hasta ponerle en medio del arroyo. Que no se pegaran aquella noche, fué prueba evidente de su cordial y sólida amistad. Felipe no podía pensar nada malo de su maestro, á quien tenía por el mejor y más completo de los hombres, sin que alteraran esta opinión la crueldad y saña de que eran víctimas los alumnos. Y tan gratamente impresionado estaba el ánimo del buen Doctor con las palabras que en su defensa había dicho don Pedro aquella noche, que subió al desván pensando en él y representándose una escena, un lance en que los dos, maestro y discípulo, eran muy amigos y se contaban cariñosamente sus respectivas cuitas y aventuras.

Antes de acostarse, se puso la cabeza del toro y jugó larguísimo rato. Algunas figuras quedaron en disposición de ir á la enfermería... «¡Oh!--pensaba él.--Si me atreviera... si me vieran entrar con mi cabeza de animal... ¡María Santísima!... ¡Pues sí me atreveré! Don Pedro no me dirá nada. Es mi amigo y me quiere mucho... Si sabe que llevo allá mi cabeza, se reirá, y... Claro, hoy por tí y mañana por mí... Todos pecamos.»

Al día siguiente, doña Claudia dió un grito, ¡ay! y con tanto énfasis señaló un punto de la _Lista grande_, que hizo en ella un agujero pasando su dedo á la otra parte. El 222 había tenido un premio pequeño, tan pequeño que no valía la pena de celebrarlo con grande algazara. No obstante, el feliz suceso era tan raro, que la señora alborotó la casa.

--Anda, corre, vuela--dijo á Felipe después de comer.--Lleva la lista á doña Enriqueta (la fotógrafa) y á Amparo. Pobre Amparo, ¡cuánto me alegro! le han tocado seis pesetas. Diles que mañana se cobrará y que vengan á recoger su parte.

La mañana en que debía cobrarse el capital ganado (obra de ciento sesenta reales), llegó con la puntualidad de todos los mañanas que se convierten en hoy, haya ó no en ellas cantidades que ganar ó perder. Era jueves, día de medio asueto en la temporada de verano. Por la tarde los chicos se iban de paseo, y don José Ido descansaba de sus hercúleas tareas... Era jueves, y Andrés Pasarón, el hijo del tendero de ultramarinos, había pegado en una tabla del solar el cartel risueño de azul y oro que decía: «_Corría extralinaria á munificio de la Munificencia_,» con toda la relación de los toros, diestros, ganadería, divisas, suertes y demás pormenores cornúpetos... Era jueves, y toda la clase se había dado cita en el solar. El día era espléndido, risueño como el cartel, y también de azul y oro. El alma de Felipe despedía centelleos de esperanza, de temor, de miedo, de alegría. Andaba por la casa afanadísimo, desplegando una actividad febril para desempeñar en poco tiempo todos los servicios que le correspondían aquella tarde.

Había formado propósito de escaparse si no le dejaban salir. Estaba frenético. Su anhelo era más fuerte que su conciencia. ¡Ay! tarde de aquel día, ¡qué hermosa eras! Eras un pedazo de día, rosado y nuevecito, lo más bello que se había visto hasta entonces salir de las manos laboriosas del tiempo... Creyó Felipe que el Cielo se le abría de par en par cuando don Pedro llegó á él y le dijo, sin mirarle de frente:

--Felipe, ya has trabajado bastante. Toma dos cuartos y vete á dar un paseo.

¡Estupor!... Felipe creyó que el Ángel de la Guarda se encarnaba en la persona tremebunda y leonina del señor de Polo... Echó á correr, temiendo que su maestro se arrepintiera de tanta benevolencia. Subió como un rayo al desván... ¡Oh, toro! bendito sea el padre que te engendró, el escultor que te hizo y San Lucas divino que te tuvo á sus pies. ¡Pobre San Lucas! por el boquete que tenías en tu cuerpo cabía ya todo el de Felipe. La Fe estaba acribillada. ¡Pobre Fe! no contabas con la acometida de este Doctor maldito, cuyos agudos y formidables cuernos podrían llamarse Martín Lutero el uno y Calvino el otro. Para ensayarse, Centeno hizo gran destrozo aquella tarde: derribó, apabulló, destripó, tendió, aplastó. No quedó títere con cabeza, como se dice comúnmente, ni barriga sana, ni cuerpo incólume, ni ojo en su sitio, ni boca de su natural tamaño y forma. Daba compasión mirar tanta estrago. Él, mientras mayor destrozo hacía, más se encalabrinaba. Se volvía feroz, brutal. Después... ¡á la calle!

Bajó pasito á paso á la casa, queriendo ver quién estaba allí y si podía salir sin que lo notaran. Desde la puerta de la cocina vió á doña Claudia y á Marcelina, ambas de manto, que hablaban con don Pedro. ¡Iban á salir! Doña Claudia daba dinero á su hijo y le decía: «Seis pesetas para Amparo, que vendrá á recogerlas; lo demás para doña Enriqueta... Nos iremos á ver á las de Torres. Parece que la pobre doña Asunción está expirando...» Don Pedro no decía nada, y dejaba las pesetas sobre la mesa del comedor. Pausada y lúgubremente, cual sombras que se desvanecían, salieron la madre y la hija.

No se sabe la hora ni el momento preciso en que hizo su aparición en el redondel aquella novedad inesperada, admirable, verdadera. Imposibles de pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje y frenética alegría con que Felipe fué recibido... Hubo delirante juego, pasión, gozo infinito, vértigo... después, cuando menos se pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución, golpes... Así acaban las humanas glorias. Vióse una víctima por el suelo, hecha trizas: una cabeza partida en dos, en tres, en veinte fragmentos. Por aquí un cuerno, por allí un pedazo de cráneo, más lejos medio hocico. El guarda recogió los diversos trozos en un pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano izquierda, con la derecha agarró al criminal y se dispuso á llevarle á la presencia del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia. La partida se dispersaba por la calle de la Libertad, dando gritos, silbidos y alilíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el peso de su conciencia.

Cuando el guarda llegó á la casa-escuela, encontró al fotógrafo en la puerta y le dijo:

--He llamado tres veces, y no abren. Parece que no hay nadie.

Enterado inmediatamente de la fechoría de Felipe, dijo aquel gran hombre las cosas más sesudas acerca de la moral pública y privada.

--Ahora recuerdo--añadió,--que te ví salir á las tres con un bulto envuelto en un pañuelo, y dije para mí: ¡Si habrá robado algo ese perillán!... Ahora, ahora, amiguito, te las verás con tu amo.

Subieron y llamaron. Transcurrido un largo rato, el mismo don Pedro abrió la puerta... ¡Tremenda escena! Felipe rompió á llorar con vivísimo desconsuelo. El guarda hablaba, el fotógrafo hablaba, don Pedro hablaba. Todos, todos le abrumaban á gritos, apóstrofes y acusaciones; pero él no podía responder. El fotógrafo se permitió estirarle una oreja, diciendo:

--Principias mal... mal. ¿Á dónde llegarás tú con estas mañas?

Lo peor del caso fué que en éstas llegaron doña Claudia y Marcelina. Pronto se informaron las dos del nefando suceso, y por poco descuartizan allí mismo al pobre Doctor; pues si ésta le tiraba de un brazo, aquélla le sacudía el otro con furor de justicia.