Part 13
Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo humano cabe. Pues no faltaba más... Al prometerlo así, hablaba como una máquina: su entendimiento seguía en rebelión, arrastrado en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su tía, cuando concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de aquel prurito de recorrer la habitación y apartar un insecto... Vestía la Godoy traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía como toca flotante. Alejandro no pudo menos de representársela semejante á la imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil, y los aspavientos de la buena señora eran lo más adecuado á los ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel la roba y se la lleva en brazos, á caballo, por los polvorosos desiertos.
--Adiós, tía.
Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dió un cariñoso beso... ¡Plata y verde relucieron en su mirada! Á los ojos de Miquis, todo se transformaba. Por momentos, doña Isabel parecía volver al prístino estado que representaba su retrato en galana y fresca miniatura; la estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba bendiciones; al santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro...
¡Á la calle!
IX
Entre tanto, á Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy peregrinas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de los gatunos ojos, y alumbrado por ellas, aguardaba el escudero á su señor, pidiendo á Dios que saliese pronto, porque se aburría, acompañado tan sólo de los mansos animales, que se le subían por brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vió con asombro que el animal echaba chispas... chispas azuladas, lívidas... ¿Qué podía ser?... Pasaba, pasaba la mano, y las gotas de luz salían de entre los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en todos ocurría lo mismo. Esto y la obscuridad de la casa infundíanle mucho miedo... Quieto se estuvo en el durísimo asiento, hasta que se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En este segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible! Aquella claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de un altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran sin duda imágenes de diablos y criaturas infernales. También vió Felipe una mesa llena de naipes, y junto á ella una figura siniestra y horripilante: una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo arrumacos y garatusas.
Retiróse de la ventana el muchacho asustadísimo, diciendo para sí: «Esta ha de ser la casa del Demonio... Yo también, como los gatos, echaré chispas.» Se pasaba las manos por sus propios hombros, á ver si él también chispeaba; pero nada: frota que frotarás, no podía sacar de sí ni una sola centella. Por fortuna suya, salió Miquis de la sala, y ambos se fueron á la calle. Doña Isabel dió á Felipe, al despedirle, un puñado de cañamones tostados, que él tomó con ánimo de tirarlos en cuanto salieran, como lo hizo, murmurando:
--Aquí todo es brujería... por fuerza... Quieren que yo me coma esto para que me vuelva pájaro...
Y le faltó tiempo para contar á su amo lo de las chispas gatunas y lo de las velas verdes. Miquis, al poner el pie en la calle, como que descendió á la atmósfera real de la vida, dejando atrás y arriba la quiromancia con sus mentirosos embolismos. Reíase á carcajadas de los terrores de Felipe, al cual desde aquel momento designó y consagró por sirviente, espolique ó secretario, diciéndole:
--Pues no hay más que hablar, chiquilín. La cosa salió bien. Eres mi criado. Yo necesito ahora de un ayuda de cámara, porque...
Sus ideas no eran claras, y el correr de su mente tan veloz, que las ideas no tenían tiempo de esperar la expresión de los labios. Se desvanecían al nacer, dejando tras sí otras y otras.
--¿Te parece que tomemos un coche?--preguntó á Felipe.
La imaginación de éste se encendió en pintorescas ilusiones al pensar que iba á andar sobre ruedas. Tomaron el vehículo en la calle de Tintoreros. Alejandro le dijo al cochero: «Por horas: las nueve están dando.» Y ambos se metieron adentro. El cochero preguntó:
--¿Á dónde vamos?
--¡Ah!--exclamó el estudiante;--es verdad... Á donde quieras... No, no: á la calle del Rubio.
Al sentirse rodado, Felipe, que jamás se había visto en semejantes trotes, se reía como un bobo. Alejandro le miraba á él, y se reía también. Felipe iba en la bigotera, asomado á la ventanilla. Cuando pasaban junto aun farol, ambos se miraban y como que se regocijaban más, contemplando respectivamente su dicha propia, reflejada en el semblante del otro.
--¡Cuánta tienda!--observó Miquis, y empezó á cantar á gritos.
Alentado por el ejemplo, soltó también Felipe la voz infantil. Cantaba lo único que sabía, el himno de Garibaldi, que dice: _Si somos chiquititos_... La gente, al pasar el coche, se detenía á mirarles, pasmada de aquel extraño júbilo. Los cantos de Alejandro eran en retumbante italiano de ópera: _in mia mano al fin tu sei_... ó cosa por el estilo.
Pasaron por una casa de cambio. Miquis gritó al cochero que parase, porque se le ocurrió cambiar al punto un billete. En su delirio de acción, en su afán de realizar en breve término añejos deseos y propósitos, no quería esperar al día siguiente para pagar ciertas deudas enojosas. Cambió su billete en un momento, y Felipe, que le aguardaba en el coche, vióle llegar con los bolsillos repletos de duros y pesetas. Los billetes pequeños agregábalos al paquete de los grandes.
--Sigue, cochero.
Eran las nueve y cuarto.
Aunque era domingo, muchas tiendas estaban abiertas. Pasaron por una zapatería, cuyo iluminado escaparate contenía variedad de calzado para ambos sexos.
--Para, cochero--gritó Alejandro,--y tú, Felipe, baja. Te voy á comprar unas botas, porque me da vergüenza de que te vea la gente con esas lanchas que tienes, que parece fueron de tu señor tatarabuelo.
Felipe bajó gozoso; entró en la tienda. Al poco rato volvió á decir á su amo:
--Me he puesto unas... Pide cincuenta y seis reales.
--Toma el dinero, paga y ven al momento.
Al poco rato volvió á aparecer el gran Felipe muy bien calzado y con las botas viejas en la mano.
--¿Qué hago con éstas?
--Tira eso; tíralas...
Felipe las tiró en medio de la calle, no sin cierto desconsuelo, porque las botas, aunque feas, todavía servían, y era él sujeto arreglado y aprovechador, que no gustaba de tirar cosa alguna.
--Adelante, cochero.
Felipe levantaba los pies del suelo, y se reía de verse tan majas las extremidades inferiores. Eran las nueve y media.
--¡Cochero, cochero!--volvió á gritar Miquis.
Detúvose el vehículo á la entrada de la calle de la Montera, y Alejandro, desde el ventanillo, llamó á un amigo á quien había visto pasar.
--¡Arias, Arias!
El llamado Arias acudió, y ambos amigos dialogaron un instante, con entrecortado estilo, en la ventanilla.
MIQUIS--¿Vas al café?
ARIAS.--Sí: ¿por qué no has ido á comer?
MIQUIS.--He tenido que hacer... Ya contaré.
ARIAS.--_(Con intuición.)_ Tienes cara de contento... ¡Tú posees vil metal!... ¿Á dónde vas ahora?
MIQUIS.--Á casa del famoso _Gobseck_. Quiero pagarle un pico esta misma noche.
ARIAS.--_(Lleno de júbilo.)_ Estás en fondos. Ni llovido, chico, ni llovido me vendrías mejor. Si hicieras el favor de prestarme cuatro duros... Tengo un compromiso.
MIQUIS.--_(Con efusión.)_ Toma ocho... ¡Cochero, arre!
Eran las nueve y cuarenta.
Pasaron por una tienda de tabacos habanos... «¡Cochero...!» Miquis había pensado que no tenía tabaco, y que el habano es muchísimo mejor que el llamado vulgarmente _estanquífero_. Aunque no se había acostumbrado á fumar puros sino rara vez, quiso proveerse de todo, y además adquirir tres ó cuatro boquillas, porque en verdad la absorción de la nicotina por los labios y lengua es cosa muy mala. Adelante. Eran las nueve y cincuenta.
--Calle del Rubio, 41.
Subió Alejandro como una exhalación al piso tercero, y bajó al poco rato un tanto desconsolado. El prestamista no estaba. La ilusión del pagar tiene también sus desengaños, como la del recibir, y Miquis se entristeció de no poder abrumar al usurero aquella noche con el bello espectáculo de su solvencia.
MIQUIS.--Cocherito, á mi casa.
COCHERO.--¿Y dónde es su casa de usted?
MIQUIS.--Es verdad... ¡qué tonto! No vaya usted á mi casa: aún es temprano. ¿Á dónde vamos, ilustrísimo Centeno?
Felipe, que se había vuelto un tanto taciturno á causa de la grandísima necesidad que tenía, respondió con desenvoltura:
--Á donde se coma.
--¿Pero tú tienes ganas de comer? Yo no. Quisiera ir antes á comprar unos libros.
--Si están las tiendas cerradas... ¡qué hombre éste...!
--Vamos á casa de don Alonso Gómez... Auriga: Sordo, 14.
Alonso Gómez era un acreedor de Miquis, estudiante y buen amigo. Tuvo la suerte de encontrarle aquel excelente pagador, y después de darle veinte duros que le debía, le prestó encima otro tanto, viniendo á ser inglés el que antes estaba bajo el nefando peso de una deuda. Eran las diez y diez.
--Quiero desempeñar esta noche misma mi reloj--pensó Alejandro.--¡No puedo estar sin saber la hora! Automedonte, Montera, 18... ¡Ah! no... tengo que ir antes á casa por la papeleta.
Y el coche siguió su laberíntico viaje por calles y callejuelas. El bienaventurado manchego subió á su casa. De sus compañeros de hospedaje, algunos estaban en el café, otros estudiaban. Cienfuegos le salió al encuentro. Vióle exaltado y como delirante.
CIENFUEGOS.--Chico, acuéstate; tú no estás bueno.
MIQUIS.--_(Delirando.)_ Tiíta... cañamones... horóscopo... papeleta... juros... coche abajo... reloj... buenas noches.
CIENFUEGOS.--Que no estás bueno, hombre... ¿Pero qué hay? ¿Y aquello?
MIQUIS.--(Más dueño de sus ideas.) Todo á maravilla. ¿Y tú?
CIENFUEGOS.--_(Estrujando un libro.)_ Yo desolado... Pensaba vender mi esqueleto... calavera... doce duros... Quiero decir, el esqueleto que compré para estudiar... ¡Horror de los horrores! Doña Virginia esta noche...
MIQUIS.--_(Impaciente, sin sosiego.)_ ¿Qué?... ¿Habráse atrevido...?
CIENFUEGOS.--(Casi llorando.) Me ha armado un escándalo... delante de todos... Que si no le pago...
MIQUIS.--_(Echando fuego por los ojos.)_ No te apures.
CIENFUEGOS.--_(Con el alma en un hilo.)_ ¿Y tú podrás...?
MIQUIS.--_(Sacando con gallardía un puñado de rayos de oro y otro puñado de hojas sobadas y mugrientas, que son las plumas de los ángeles.)_ Mira... cuatrocientos, quinientos, seiscientos... ¿Es bastante?
CIENFUEGOS.--_(Á punto de desfallecer de emoción.)_ Sí... ¡oh! (Canturriando.) «Dell commendatore non é quella l’ statua.»
MIQUIS.--_(Echando música, luz y espíritu por todos sus poros.)_ Abur, abur... «Bel raggio lusinghier...»
Recogida la papeleta, volvió al coche, y sin pérdida de tiempo redimió su reloj cautivo. Cuando bajó con él al coche, eran las diez y treinta y cinco. Encontró á Felipe desfallecido. El pobre muchacho le dijo con desmayado acento y mucha cortedad que él no podía aguantar más; que si tenía su amo la bondad de darle real y medio, se iría á cualquier taberna y se tomaría unas judías ó media ración de cocido.
--Ya verás, ya verás qué bien vas á comer hoy--le dijo su amo.--Mayoral, á una fonda.
--¿Á cuál?
--Á la primera que encuentres... Ahí, en la calle del Carmen.
X
Llegaron, salieron del coche, pagaron, y viéraisles á los dos en el cuartito estrecho, pero cómodo, de una fonda ó _restaurant_. Miquis, exaltado y como demente; Centeno, muerto de hambre y al mismo tiempo encogidísimo de verse allí frente á un espejo, bajo los mecheros de gas y en mesa para él tan rica y elegante. Pidió Alejandro dos cubiertos de los más caros, y mientras preparaban el servicio, Felipe se iba atracando con la vista. Algo había ya en la mesa á que hubiera echado mano, como las ruedas de salchichón, los rabanitos, el pan y la mantequilla; pero su respeto puso frenos al salvaje apetito que tenía, y no tocó nada hasta que trajeron la sopa. Al pobre Doctor le parecía mentira que había de venir la tal sopa, y cuando llegó y tomó él la primera cucharada, pasóle lo que al héroe de Quevedo, esto es, que hubo de poner luminarias en el estómago para celebrar la entrada del primer alimento que tras de tan larga dieta entraba. Y razón había para ello, porque estaba con un triste pedazo de pan duro que había tomado por la mañana.
Miquis no acertó á comer: estaba impaciente, inquietísimo, hablaba solo... Á ratos miraba á su protegido, y se reía paternalmente de verle tan aplicado á la obra de reparar sus fuerzas. «Come, hombre, come sin reparo. No te dé vergüenza de comer todo lo que tengas gana, que harto has ayunado.»
Felipe seguía estos saludables consejos al pie de la letra, y la emprendió con los manjares que el mozo iba trayendo, sin perdonar ninguno. Aplacada su necesidad, quedóle tiempo á su espíritu para maravillarse de todo, así de los gustosos platos como del servicio. Nunca había visto él mesa tan bien puesta y servida. Después de observar tanta elegancia, la transparencia de las copas, la limpieza de las servilletas y manteles, la abundancia de golosinas, la esplendidez de tanto y tanto plato de carne, substanciosos y exquisitos, la claridad del gas que tales maravillas iluminaba; después de observar esto, digo, y el primor de la habitación con su mullida alfombra y su gran espejo, se dirigía recelosas miradas á sí mismo, y comparaba la riqueza del local y de la comida con su estampa miserable. Su ropa... ¡vaya una porquería! Sin ser andrajosa, más era de mendigo que de caballero... Su facha, sus manos... ¡qué vergüenza! Por eso el mozo le miraba y parecía burlarse de él... Otros mozos cuchicheaban en la puerta, como pasmados de ver allí semejante tipo. ¡Gracias que tenía las grandes botas del siglo!... ¡Ay, si don Pedro y don José Ido le vieran en aquellas opulencias... delante de tanto plato fino, y bebiendo en aquellas copas, y comiendo todo lo que quería...! Cosas le sirvieron que no sabía cómo se habían de comer, por lo cual creyó prudente no tocarlas y afectar que no tenía más gana. Lo que no perdonó fué el sorbete, golosina que él ya conocía, aunque no había probado de ella más que porción mínima, cuando una señora, en el café de Zaragoza, le dió á lamer la copa en que la había tomado.
¡Y ya, Jesús divino, no era sólo lamer la dulzura pegada á un frío cristal, sino que se lo envasaba todo entero, desde el pico hasta el fondo; y no sólo devoraba el suyo, sino también el de su amo, que, gozoso de ver tan hermoso apetito, le dijo: «Tómate también éste!...» Luego pastas, dulces, frutas...
Ó aquello era sueño, ó ya no hay sueños en el mundo. Pero él, sin entender de Calderón ni haberle oído mentar en su vida, decía rudamente y á su modo lo que significan las famosas palabras: _soñemos_, _alma_, _soñemos_. Interesante grupo formaban los dos, el uno come que come, y el otro piensa que piensa, soñando de otra manera que Felipe y gastando anticipadamente la vida de los días sucesivos; lanzando su espíritu al porvenir, sus sentidos á las emociones esperadas, empeñando su voluntad en grande lides y altísimos propósitos. Ideales de arte y gloria, pruritos de goces, ahora sublimes, ahora sensuales, caldeaban su mente. Parecíale pesado y cojo el tiempo, que no traía pronto aquellos _mañanas_... Él, con la labor de su fantasía, estaba ya gozando y viviendo antes de que llegaran. Para no esperar más, aquella misma noche había de procurarse emociones y dulzuras, de las que tan hambrienta estaba su alma.
Felipe, regocijado ante su inexplicable suerte, decía: «Ya me vino Dios á ver.» Pero no acertaba á figurarse lo que detrás de aquel espléndido cambio vendría. Como que apenas conocía á su amo, y aún no las tenía todas consigo respecto al acomodo que le ofreciera. Alejandro, soñador de empuje y que en todas las ocasiones iba más allá de la realidad presente, no veía con vaguedad el porvenir; veíalo claro y distinto, cual hermosísimo paisaje alumbrado por el más puro sol. Todo se presentaba á sus despabilados ojos con fortísimas tintas y limpios contornos. La gloria artística, el triunfo del más atrevido de los dramas, dichosos lances de amor y fortuna, degustación de placeres desconocidos, poesía y realidad, todo lo sentía vivo, corpóreo, de carne, de sangre y de hueso, encarnado en seres humanos, con voz y figura que él plasmaba en su imaginación creadora.
En los capítulos siguientes se contarán las hazañas de estos dos niños. En vez de un héroe ya tenemos dos.
FIN DEL TOMO PRIMERO
ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO
Páginas.
I.--Introducción á la Pedagogía. 5
II.--Pedagogía. 57
III.--Quiromancia. 161
End of Project Gutenberg's El Doctor Centeno (Tomo I), by Benito Pérez Galdós