Part 11
¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada, más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca, porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia. El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen. El pan de las tahonas... _vade retro_. El ordinario de Quintanar le traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.
Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de _titos_, que es un guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.
El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición. ¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca, hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España. Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos, chorizos y jamón.
Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En Cuaresma hacía lo que llaman por allá un _ajillo de patatas_, y el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados. Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea. Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía más que de nombre.
La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que llaman _higa_, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.
Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo, presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la casa había.
V
Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.
No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones, que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores y capellanes de Reyes Nuevos.
Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, fueron la única sucesión del don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas hermanas discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando á lo sentimental, conforme á las costumbres y á la literatura de aquellos tiempos. Dígase también que la tradición las designaba como las personas más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la _Casandra_, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba llorando á moco y baba tres meses. Conocían también otras obras, muy en boga entonces, como _Ipsiboe_ y _El Solitario_, del vizconde D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas. Pero la lectura que más particularmente había afectado á Isabel Godoy era la de aquella dramática y espasmódica novela de _Madame Cottin_, _Matilde ó Las Cruzadas_, la comidilla más sabrosa de aquella generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu de la joven la influencia de tales lecturas, suministrándole, casi hasta nuestros días, motivos de comparaciones. Así, decía: «es un moreno atrevidísimo como Malek-Adhel», ó bien «celoso y fiero como un Guido de Lusignan.» Las anticuadas láminas de Epinal que su sala ostentaba, habían tenido ya su período de éxito en la casa paterna.
No faltaba, veinte ó treinta años há, entre los desocupados del Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos cuando le hicieron á doña Isabel la preciosa miniatura que hemos visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas calendas en el Quintanar un galán de hermosa presencia, tan notable por su gallardía como por sus modales y educación, hombre peregrino en aquellas tierras, á las que fué con hastío de la Corte, buscando un descanso á sus viajes y á las fatigas de la moda y del mundo. Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de gran familia, los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el Toboso. Él le correspondía; eran públicos y honestos sus amores; parecía natural que la solución y término de esto fuera el matrimonio... mas no sucedió así. De la noche á la mañana, con pasmo y hablilla de todo el pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel, sino con su hermana.
Guardó la ofendida las apariencias de conformidad, y ni en su rostro ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida, que sólo cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen de vida muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo antes que después del repentino inexplicable cambalache. Piedad tuvo una niña, y murió al año de casada; murió, ¡ay! según se dice, de ignorada y misteriosa pesadumbre; de una tristeza que le entró de súbito y la fué secando, secando, hasta que, no teniendo más que los huesos y el alma, ésta se partió sin dolor, porque nada había ya en aquel cuerpo que pudiera doler. Poco tiempo después del fallecimiento de su mujer, Herrera se fué á América, en donde hizo dos cosas igualmente desatinadas: se volvió á casar y se murió de la fiebre.
Á la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también Piedad, por ser este nombre el de la patrona de aquellas tierras, y tan común allí, que no hay familia donde no haya un par de Piedades. Crióla con extremado mimo doña Isabel, que á ella se consagró, haciendo voto de soltería eterna. No se consideraba tía, sino verdadera madre, por exaltación de su espíritu y maniobra sutilísima de su entendimiento. Consumada idealista, empapando sin cesar su espíritu en la memoria de su hermana, había logrado realizar el fenómeno psicológico de la transubstanciación. En sus soledades y abstracciones había llegado á decir casi sin pensarlo: «Yo soy Piedad... yo soy mi hermana...» Y otra vez se le escaparon estas palabras: «La que se murió fué Isabelita.»
La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes. Mimáronla mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fué regocijo y paces hasta que llegó á ser mujer. Aquí viene el punto capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada, la enaltecida hija-sobrina de esta señora, la heredera de los claros nombres de Herrera y Godoy, se enamoriscó de un tal Pedro Miquis; resistió tenaz y heróicamente la oposición de su familia; se dejó depositar y se casó con él... ¡Abominación! Los Miquis habían sido criados de los Godoyes.
¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que el caso produjo en ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso de su corazón, añadido á las llagas pasadas, no le quitara la vida. Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto.» Porque pensar que ella había de transigir con tal ignominia, era pensar en las nubes de antaño... Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, á Quintanar, á toda la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino á Madrid. Su odio á los Miquis era tan profundo, estaba tan entretejido con sus convicciones, que en cuanto se tocaba este punto, rompía en una charla de tarabilla, y su interlocutor, aburrido, tenía que marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar á los Miquis era nombrar lo más bajo de la humanidad. Los Miquis del Toboso eran escoria, desperdicios de nuestro linaje. En semejante muladar había caído aquella temprana rosa. No era posible sacarla; y aunque se la sacara con pinzas, ¿de qué serviría ya?
Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de escribir muchas cartas cariñosísimas y humildes á su tía-madre, la Miquis consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida. De allá le enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó algo, y las relaciones se restablecieron fríamente, por escrito. Pasados quince años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel despedía cierto calor. El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella, hacía nueva conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con Piedad llegó á ser un hecho; pero en ninguna de sus cartas dejaba de poner la Godoy una frase desdeñosa para su yerno y toda su aborrecida parentela.
Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un hombre y con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fué á estudiar á Madrid, llevó encargo de visitar á la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo que le había de decir, lo que debía callar!... En la primera visita, doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección y recelo. Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de lástima y amor, diciendo:
--¡Eres el vivo retrato de mi niña!
Al instante se le descompuso la estudiada severidad, echóse á llorar, y estuvo besándole sin tregua más de una hora, en los cabellos, en las sienes, en las mejillas.
--Vente por aquí todas las semanas--le dijo:--creo que no podré estar muchos días sin verte. Siempre que quieras comerás conmigo.
Pero Alejandro, no bien probó una vez la extraña comida de su tiíta, hizo firme propósito de no volver más. Porque verdaderamente los piruétanos, las gachas, el ajillo, y, sobre todo, aquel postre ornitológico de cañamones, no eran, no, para estómagos de cristianos. Luego, la señora le hacía tomar de sobremesa un tazón de salvia que le ponía enfermo. En dos días no se apartaba de su olfato aquel maldito olor de orégano y anís, que eran inseparables de la imagen de su tía, del recuerdo de la casa, de los pájaros y del camello que estaba sobre la cómoda.
Otro motivo de disgusto para Alejandro era que la tiíta no se recataba de manifestar descaradamente ante él su desprecio de los Miquis, de su padre y tíos, tan queridos y respetados en toda la Mancha, y les daba nombres chabacanos, como los Micifuces, los _Mengues_, los Micomicones.
--Tu abuelo--le decía,--fué mozo de mulas en mi casa, cuando yo levantaba tanto así. Era un bruto. Me parece que le veo con su gorro de pelo y su manta al hombro. Sus hijos se engrandecieron, como se engrandecen todos los brutos en estos tiempos de faramalla y de equivocaciones. Uno compró bienes del clero por un pedazo de pan, y se hizo rico negociando con la fortuna de la Iglesia, con lo que es de Dios y de sus ministros. Gumersindo Miquis y tu padre también han hecho mil picardías para enriquecerse. ¡Qué manera de juntar dinero! Con la contrata del fielato, vejando y martirizando á los pobres paletos que entraban dos docenas de huevos... Una vez desnudaron á una pobre mujer que entraba media sarta de chorizos en el refajo. Eran odiados en toda la Mancha... Gaspar Miquis ya sabemos que contratando carreteras ha hecho un capital. Así están aquellos caminos. Donde debía poner piedra ponía barro, y el puente sobre el Jigüela creo que lo hicieron de papel... En las Casas Consistoriales de Quintanar hay cada expediente... Pero ellos, ya se sabe, sacando votos para los diputados han hecho lo que han querido y se han burlado de la justicia... En mi tiempo, hijo, había, sí, ladrones de caminos, gentuza mala, es verdad; pero no había caciques, no había estos salteadores públicos que hacen lo que les da la gana: oprimen al pobre, roban al rico, amparados de la política. ¿No es un horror ver á Gaspar Miquis repartiendo las contribuciones y echando á algunos tantísima cuota, mientras él, que es el primer propietario de Criptana, no paga nada? Tu papaíto también es buena pieza. Compra el azafrán á seis duros, valiéndose de la miseria de los pobres labradores, y luego lo vende á catorce... Así se han hecho poderosos. Yo me acuerdo de haber visto al padre de tu abuelo, á tu bisabuelito, sí, venir á casa todos los sábados á recoger las limosnas que daba papá. Aquel viejo, con ser mendigo, era más decente que todos sus hijos y nietos. Últimamente se entregó á la bebida; pero cuando estaba bueno, tenía mucho arte para coger cangrejos del Jigüela, por Cuaresma, y le traía espuertas llenas á papá, que gustaba mucho de ellos...
Don Pedro Miquis no participaba de esta inquina, y en las cartas á su hijo solía poner un párrafo como éste: «No dejes de visitar con frecuencia á la tiíta Isabel, y aguántale sus rarezas.» Otras veces le decía: «Cuidado con la tiíta. No te incomodes si la oyes decir algún disparate. Esta buena señora tiene la cabeza como Dios quiere. Siempre fué lo mismo. No hay que llevarle la contraria, sino decirle á todo amén, aunque luego no se haga lo que mande.» Ya hacía tres años que Alejandro estudiaba, cuando en una carta de su padre halló esto: «Ha llegado don Santiago Quijano y me ha dicho que la pobre está rematadamente loca. ¡Pobre señora! Visítala; sírvela en lo que puedas, y trátala con tacto y estudio para no ofenderla.»
Casi en los mismos días en que Alejandro recibía esta carta, su tía, hablando con él de cosas de la Mancha y de antepasados, que era la conversación más de su gusto, le dijo así:
--¡Ay! qué trastada le voy á jugar á los Micifuces.
Y el regocijo ponía extrañas claridades en sus ojos; se reía y daba palmadas, aplaudiéndose á sí misma, como los niños cuando están contentos ó proyectando alguna travesura. Alejandro nunca le pidió explicaciones de estas rarezas, porque siempre que la Godoy ponía de oro y azul á sus enemigos, él, entre avergonzado y colérico, no chistaba. En otra ocasión dijo la señora:
--¡Cómo me voy á reir! Me parece que estoy viendo á tu padre, furioso, echando espumarajos por aquella boca... ¡Que reviente... mejor! Digan lo que quieran, todos los _Mengues_, uno tras otro, han de tener su castigo en este mundo.
Alejandro no daba gran importancia á estas razones, porque tenía en muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas y tonterías. Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente á los caciques del Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le decía siempre Alejandro Herrera) estaba siempre á partir un piñón. Le recibía gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas sobre sus estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón de la cómoda panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una moneda de dos duros.
--¿Ves? ¡qué rica!--le decía, mostrándosela entre dos dedos.--¿Te gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro á ver una función honesta y entretenida.
Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la juventud de estos tiempos.
--Los chicos de hoy--le decía,--sabrán más que los de mi tiempo: en eso no me meto. Y no sé, no sé: si de lo que aprenden hoy se quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea lo que quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en modales están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus amigos alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir finuras á una dama, y sostener con ella conversación amena, cortés y escogida? Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben decir palabrotas, recostarse en los asientos de los cafés, disputar á gritos, escupir en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y expresarse como los jayanes y matachines. Poco del mundo actual conozco, porque no salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me da mucho asco... Es menester que tú no te parezcas á esos gandules de los cafés; es preciso que adquieras buenos modales, que seas fino, que frecuentes la sociedad, que te hagas presentar en alguna honesta reunión, y que huyas de las tertulias hombrunas, donde no se aprenden más que groserías.
Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre, que le ordenaba llevar en todo el genio á la tiíta, Alejandro le llenaba la cabeza con éstos y otros inocentes embustes:
--Pues, tiíta, yo voy todas las noches á una tertulia de señoras finas, donde no se habla más que de cosas honradas... Me van á llevar á los bailes de la Embajada de Austria, para lo cual me he encargado ya el frac... Tengo pensado ir á Palacio. Un amigo quiere presentarme á Su Majestad...
Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:
--¡Así, así te quiero!... Lo de ir á Palacio á besar la mano de esa perla de las reinas, me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja, iría también... Tengo prometida una visita á Su Majestad; pero ¿para qué quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes cristianos... ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!
VI
Para concluir. Doña Isabel Godoy era supersticiosa en grado extremo; fenómeno que, si se examina bien, no es incompatible con la devoción maniática, ni con los rezos de papagayo. Con ser una de las principales ostras de los bancos parroquiales de San Pedro y San Andrés, más raíces tenían en el espíritu de esta señora ciertas creencias y temores vulgares que la pura idea religiosa. Cierto que ella defendía con rutinario tesón los dogmas de la Fe; pero les añadía innúmeros suplementos, fundados en todo lo vano, pueril y ñoño que ha imaginado el miedo y la ignorancia del pueblo. Creía en las fatalidades del núm. 13, de la sal vertida y de los espejos rotos; sentía horror del murciélago, por suponerlo emisario del Demonio; atribuía mil ridiculeces al erizo ó puerco-espín; creía, como el Evangelio, que las culebras maman y que hablan las cigüeñas; que hay gallos que ponen huevos, y que el pelícano se saca la sangre para alimentar á sus polluelos; sostenía la existencia de los dragones, salamandras y basiliscos con sus propiedades mitológicas; creía también en el ave fénix y en las influencias de los astros benignos ó adversos y de los cabelludos cometas, precursores de calamidades; daba fe á la influencia de la imaginación materna sobre el crío y á los antojos; prestaba crédito á las buenaventuras de los gitanos, y era para ella artículo dogmático la existencia de los zahorís, personas que, por haber nacido en Jueves Santo, tienen la virtud de ver lo que hay bajo tierra. Como la propia doña Isabel había nacido en Jueves Santo, se tenía por zahorí de lo más sutil y agudo que pudiera existir. Igualmente daba oídos á los saludadores, que todo lo curan con saliva, y á los embrujados. No había quien le quitara de la cabeza que hay personas que aojan, es decir, que hacen mal de ojo, y matan ó resecan á los niños sólo con mirarles. Los sueños eran para ella revelaciones de incontrovertibles verdades. Si oía por la noche el aullido de un perro, ya tenía por seguro un mal caso; si entraba en la sala una mariposa negra ó moscardón, señal era de inevitable desdicha; si alguno hacía girar una silla sobre una pata, indicio era de contiendas. Al salir á la calle, cuidaba de sacar primero el pie derecho que el izquierdo, pues, de otro modo, no volvería á casa sin dar un mal paso.
Quiso su mala suerte, para acabar de rematarla, que tuviera por vecina en Madrid á una de estas sacerdotisas de la magia, que, contra todo el fuero de la verdad y la civilización, existen aún para explotar la inocencia y barbarie de la gente. Y no son las más humildes, que jamás vieron el abecedario, las que estos tugurios de la magia frecuentan, sino que allá van alguna vez damas principales á que les echen las cartas. Esto parece mentira; ¡pero qué verdad es!