Part 1
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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.
* Se ha respetado la ortografía original --que difiere ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más recientes.
EL DOCTOR CENTENO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
EL DOCTOR CENTENO
TOMO I
14.000
[Ilustración]
MADRID OBRAS DE PÉREZ GALDÓS 132, Hortaleza 1905
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. Carrera de San Francisco, 4.
EL DOCTOR CENTENO
I
INTRODUCCIÓN Á LA PEDAGOGÍA
I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho, mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan insignificante, que ningún transeunte, de éstos que llaman personas, puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador de alimañas lo coja para engalanar su colección entomológica... Es un héroe más obscuro que las historias de sucesos que aún no se han derivado de la fermentación de los humanos propósitos; más inédito que las sabidurías de una Academia, cuyos cuarenta señores andan á gatas todavía, con el dedo en la boca, y cuyos sillones no han sido arrancados aún al tronco duro de las caobas americanas.
Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturaleza el lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una y otra función vital con el alborozo y brío de todo sér que estrena sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, á trozos escalera, á trozos senda mal empedrada y herbosa, incitado sin duda por los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, da un par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego media docena de saltos, agitando á compás los brazos como si quisiera levantar el vuelo. Desvíase pronto á la derecha y se mete por los altibajos del cerrillo de San Blas; vuelve á los pocos pasos, vacila, mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta...
Es un señor como de trece ó catorce años, en cuyo rostro la miseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe á cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando á grandes, el conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades domésticas, y ausencia completa de platos y manteles para comer; las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón á la borgoñona, todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión ó cimera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que ha visto en sus tenderetes el Rastro.
De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi hombre, á una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece un pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de estanco; por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen ó llueven seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo se descubre un papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero, un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado, con los dobleces rotos y ennegrecidos... Aparta con diligente mano aquellos objetos que hasta ahora no se consideran digestivos, desenvuelve y tiende sobre el suelo el periódico á modo de mantel, y sobre él va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca bien, echando una pierna á cada lado del papel; quita, pone, clasifica, ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.
No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y arrojando á la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; si se lleva á la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en él con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado espíritu un gracioso prurito de _comer como los señores_, ¿por qué se ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que el historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual que pide su oficio, se remonte ahora á los orígenes de aquella propiedad, y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el fiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual, si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará de sabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sin fin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros, estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece á la admiración de sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de la sabiduría española:
Á 10 de Febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en la Ronda de Embajadores, fué mi hombre obsequiado con bellotas por una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet, de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera recompensa de uno ó de varios servicios, quizás recados á la vecina, ir á comprar dos libras de jabón, ó traer un saco de ropa desde el lavadero de las Injurias. Y de igual modo aparecen sacadas de la obscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones, igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la calle? ¿Se lo dió Mateo del Olmo, sargento primero de artillería montada?... Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual la suprimimos. Adelante.
Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarse ricamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío. ¡Lástima no tener fósforos de _velita_ para echar al viento la llama y encender, á estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroe coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa la rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el color verdoso de la retorcida hierba, toda llena de ráfagas negras y de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por partes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con distintas substancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de á tres... ¡Fuego!
Un papelillo entero de mixto se consume en la empresa incendiaria; pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante la cola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas, que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible, titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada tripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapa con imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas lentamente, se retuercen, se esparranclan, se dividen en cortecillas foliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asoma fiera por entre tantas cenizas y lavas... Pero el intrépido fumador no se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Allá te va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al insecto que coge me lo deja en el sitio. Síguele otra que el héroe despide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra que manda con fuerza hacia el Este. El Ocaso, el Norte son infestados después. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales que se retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de país sub-urbano que se extiende ante su vista, el cual comprende el Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos, y, por fin, los áridos oteros de los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las últimas construcciones se nota algo que brilla á trechos entre los pelados chopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper en las manos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su celebridad á su pequeñez, y su existencia á una lágrima que derramó sin duda San Isidro al saber que estos arenales iban á ser Corte y cabeza de las Españas. El héroe mira todo con alegría, y después escupe.
Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazares para uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que no tienen término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo y llevando largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren. ¿Á dónde irá? Puede que á la Rusia ó al _mesmo_ Santander... ¡Qué _tié_ que ver esto con la estación de Villamojada! Allá va echando demonios por aquella encañada... Sin _ponderancia_, esto parece la gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!... Al héroe le entra una risa franca y ruidosa, y vuelve á escupir.
¿Pues y la casona grande que está allí arriba, con aquella rueda de _colunas_?... ¡Ah! ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho. Ya se va _destruyendo_. ¡Sabe más cosas...! En aquella casa se ponen los que cuentan las estrellas y _desaminan_ el sol para saber esto de los días que corren y si hay truenos y agua por arriba... Paquito le ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan grandes como cañones, con las cuales... Otra salivita.
¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El Hospital empieza á tambalearse, y por fin da graciosas volteretas poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos descalzos. La Estación y sus máquinas se echan á volar, y el río salpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón al que se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera á nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia... El monstruo, vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otro dominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado, pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muerto por rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.
Silencio: nadie pasa... Transcurren segundos, minutos...
II
Alejandro Miquis[1], estudiante de leyes, natural del Toboso, de veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes, alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio. Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés, esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años, que parecían aparatos de calefacción ó salida de los humos de la cabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidad de continente, heredada de la generación anterior, imponía á todo madrileño fino el deber de añadir á su cabeza, á todas horas, el inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dicha nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando su uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña de _La Iberia_ (fijarse bien en la fecha, que era por Febrero de 1863), y á ratos leía, á ratos peroraba. Miquis, con la capa terciada, el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto cantaba como tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta una frase parlamentaria; Miquis, sin oirle, dijo en tono de teatro aquellos afamados versos de Quevedo:
[1] Hermano de Augusto Miquis. (_La Desheredada._)
Faltar pudo su patria al grande Osuna, Pero no á su defensa sus hazañas...
Iba á seguir; pero, sorprendido, gritó:
--¡Un muerto!--y fué corriendo hacia donde estaba el héroe.
--Quita, hombre, si es un chico... Duerme.
Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos, arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron. Nada: como un saco.
--Parece desmayado... ¡Eh! chico, despabílate. ¿Tienes hambre, frío?... Á ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?
--¿Qué ha de ser? Borrachera... Es un pillete. Mira cómo abre los ojos... ¡Eh! mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si hubiera por ahí un jarro de agua, se lo echaríamos por la cabeza... ¡Eh! perdis, levántate.
--Hombre, no le pegues.
--Enséñale dos cuartos y verás cómo salta.
El héroe abrió los ojos... Pero como si la impresión de la luz renovara su mal, apretó los párpados, quedándose otra vez como muerto.
--¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes, te echaremos á rodar por el cerrillo abajo.
Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon un rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y Miquis, con seriedad filantrópica, dijo á su compañero:
--Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros... Si yo fuera médico... Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te ocurre, qué dices? Hombre, receta.
--Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.
El héroe, sin abrir los ojos, empezó á temblar. ¡Pero qué temblor de agonía!
--Si lo que tiene es frío...
--Puede ser. En tal caso no hay mejor boticario que un sastre.
Miquis se quitó al punto la capa. El otro, que le conocía bien, echóse á reir.
--Bonita te la pondrá... Deja, hombre, deja. Ahora me acuerdo: tengo un gabán, que no me sirve, con más ventanas que la catedral de Toledo... Mequetrefe, despierta, abre los ojos, responde: ¿te pondrías tú mi gabán?
Ni respuesta ni señales de haber oído dió el infeliz, que sólo parecía tener vida para sus violentos temblores. Miquis le echó encima su capa, y procuraba envolverle en ella, cosa no fácil estando el otro tendido en tierra. Fué preciso liarle dándole sucesivas vueltas sobre sí mismo. Cienfuegos se moría de risa viendo á su compañero en aquella faena, no menos humanitaria que cómica. En aquel punto y ocasión pasó un señor, hombre respetable por su edad y figura, alto, afable, y que en todo se revelaba como persona de esa clase intermedia en que suavemente se verifica la transición del estado humilde al acomodado. Iba decentemente vestido. Según se mirase á ésta ó á la otra parte de su empaque, debía de variar la calificación que de él se hiciera, pues por el gabán correcto y cepillado parecía más, por la gorra de paño menos de lo que realmente era. Por su corbata de seda negra, traspasada con alfiler de cabecita de oro y menudas perlas, figuraba más; menos por el cesto de provisiones que colgado del brazo llevaba. Los que no le conociesen como conserje del Observatorio, creeríanle algo á manera de caballero sirviente. Paróse á ver la curiosa escena y á dar un palmetazo en el hombro de Cienfuegos, el cual se volvió y dijo con énfasis el nombre de aquel sujeto, cortándolo con la cadencia y número de un endecasílabo:
--Don Floren...cio Mora...les y Temprado.
--Se saluda á la pareja... ¿Vienen ustedes á tomar café con el señor de Ruiz? Estará haciendo la observación de las doce... Pasen ustedes... ¿Y qué es esto? Ya: un borrachillo. ¡Se ven por aquí unos puntos!... El señor director trabaja para que el ministro nos mande cerrar estos terrenos, á ver si nos vemos libres de la gentuza que viene aquí á tomar el sol... ó á tomar la luna, que de todo hay... ¡Oh! Miquis, le ha puesto usted su capa. ¡Vaya con usted!
--Lo que tiene este caballero es hambre.
--Pues por un pedazo de pan no ha de quedar.
--Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado,--dijo Miquis, mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.
El héroe empezó á dar señales de vida. Agasajábase poco á poco en la pañosa, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.
--Como me la rompas, verás...--le dijo Miquis amenazándole.--Vamos á cuentas. ¿Te tomarías tú un café?
Creyérase que estas palabras tenían la preciosa virtud de resucitar á los muertos, según se despabiló nuestro hombre.
--No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.
--¿Te comerías tú una chuleta?
El muchacho miraba con espanto á su favorecedor. Estaba atónito de puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.
--Si es idiota... ¿pero no lo ves?
--Dime, ¿eres idiota?
El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su muda réplica quitaba toda duda.
--No, tú no eres memo; pero eres un grandísimo pillo.
Otra negativa del héroe, pero tan enérgica, que á poco más se le cae la cabeza de los hombros.
--Ya... Lo que no tiene duda es que eres mudo.
El héroe sonrió un poco, y con trémula, pero muy clara voz, dijo así:
--No, hombre, que sé hablar.
Desde la puerta del Observatorio viejo, otro joven, bastante menos joven que Miquis y Cienfuegos, dió dos ó tres gritos de esta manera:
--¡Eh, perdidos! ¡Juan Antonio!... caballeros, ¡que estoy aquí!
Cienfuegos corrió hacia arriba, y cuando estuvo junto á Ruiz, que así se llamaba el auxiliar de astrónomo, el primer saludo fué:
--Mira ese tonto de Miquis.
--¿Qué hace? ¿Con quién habla?
--¿Pero has visto qué célebre...?
--¿Quién está ahí en el suelo?... ¿una chica?
--Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado su capa.
--¡Alejandro!... ¡Otro como éste...!
Miquis subía paso á paso, frotándose las manos. Con zumba y chacota le acogieron sus dos amigos.
--Tú no aprendes nunca--le dijo el registrador del firmamento.--Dale bola... que te vas á quedar sin capa... Y van dos.
--No lo creas. Es una persona honrada.
Ruiz se partía de risa.
--Este pobre Miquis es de lo más inocente...
Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo, donde está la gran ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero al poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado su capa. Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien dentro de su inesperado sayo, y empezaba á mirarlo como cosa propia. Poquito á poquito se fué acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza del paño, y al fin, como quien no hace nada, se embozó hasta los ojos. ¡Qué gusto!... ¡Y qué bien comprendía la felicidad de los escogidos mortales que poseen una capa! En su vida había probado él las delicias de prenda tan amorosa. Así, cuando se vió solo, aliviado del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó más con la hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí. Lentamente se desvanecía el horrible malestar que le había privado de conocimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas eran escasas, y cuando probó á ponerse en pie tuvo que dejarse caer de nuevo, porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija herida, se fué arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado. Buscando apoyo en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se colgó la capa sobre la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando abierto más que un triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos y nariz.
Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante en las momias egipcias ó en salvajes y feos ídolos africanos. Como había cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar á la rampa. «¡Ah! pillo»,--murmuraba, volviendo á un lado y otro los ojos, hasta que llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:
--Señor... que no me he ido... que estoy aquí.
--Pues te vas haciendo confianzudo... ¡Qué fresco!...--le dijo el estudiante de leyes, sentándose frente á él.--Si creerás que te voy á dar la capa... No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.
--Señor, tengo mucho frío... Luego se la daré.
--Me gusta la franqueza... Parece que no eres corto de genio.
El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo que cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un solo fenómeno.
--Vamos á ver. Has de responderme sin mentira... porque tú eres muy mentiroso... ¿Cómo te llamas?
--_Celipe._
--¿Y qué más?
--Celipe Centeno.
--¿De dónde eres?
--De Socartes.
--¿Y dónde está eso?
--Al lado de Villamojada... ya lo sabrá usted. Donde están las minas...
--Pero ¿qué minas, hombre, qué minas?
--Las minas de Socartes... Aquí está el río, aquí Villamojada, aquí mis minas...
--Enterados... ¿Y tienes padre y madre?
--Sí, señor. Pero como no querían que yo _desaprendiese_... me tomé la carretera y me vine acá.
--Anda, pillete... Á buena cosa habrás venido tú... Con que á _desaprender_... ¿En qué has venido? ¿en tren, en carromato...?
--Re-córch... Á patita limpia, señor... Siete _desemanas_ y dos días.
--¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear...
El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera, habría protestado severamente. Tan sólo dijo:
--Busco un _desacomodo_.
No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de mi hombre aquel barbarismo de anteponer á ciertas palabras la sílaba des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y expresión y que se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.
--¿Buscas un des...? ¿Qué dices, muchacho?...
--Digo que estoy buscando... de ver cómo encuentro... de que poniéndome á servir á un señor, me deje tiempo para _destruirme_.
--Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que he visto... Pero explícame, ¿cómo te las arreglas? ¿cómo y dónde vives? ¿quién te mantiene?
El héroe dió un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro de la rotonda del Observatorio.
--Una noche dormí en aquella casa.
Señalaba al Museo.
--¿En el Museo?... ¿dentro?
--No, señor. ¿Ha visto usted unos _ujeros_ que hay por _desalante_, donde están unas figuras muy guapas?... Pues allí. Otra noche dormí en la puerta de esa _fráica_...
--¿Qué?
--De esa _fráica_ que hay allá... donde hacen el _desalumbrado_ de las calles.
--El gas... ¿Y cómo hiciste el viaje?... ¿pidiendo limosna?
--¡Re-có...! ¿no le digo?... Pues yo traía dinero... Cuando llegué á este pueblo, no me quedaba nada... El primer día me dieron medio pan... Yo gano también haciendo recados á las lavanderas, y en la Estación un señor me dió á llevar el _desequipaje_...
--¿Y qué enfermedad tienes?... ¿Por qué estabas desmayado?
--Porque me fumé un cigarro que me dió ayer Mateo del Olmo, sargento de la _desartillería_. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y fué novio de mi hermana Pepina... _Desencendí_ mi cigarro, y cuando tan siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.
--¿Y dónde vives ahora?
--En un tejar que hay allá abajo... ¿Ve usted aquella chimenea grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene unas letras que dicen: _Calenturón_.
--¿Cómo?
--_Calenturón_. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres. Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.
--¿De qué almacén?
--Del almacén de _Calenturón_.
--¿Qué es eso?
--Venden cal-en-terrón.
--¿Sabes leer?