El Diablo Cojuelo

Part 2

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«Vélez de Guevara, como Quevedo--notó el señor Bonilla--, es un escolástico del idioma. No hay que perder una sola de sus palabras, no hay que confiar en el valor directo de cualquiera de sus frases, porque lo mejor del cuento pasaría quizás inadvertido. Es preciso estar siempre ojo avizor para saborear como es debido aquellas atrevidas metáforas, aquellas extravagantes relaciones, aquellos estupendos equívocos, aquellas arbitrarias licencias en que se complace. Esta indispensable atención fatiga en ocasiones; pero hace sacar doble fruto de la lectura de un libro cuyo atractivo consiste, más bien que en el interés de los lances, en la ingeniosidad de los pensamientos. Sólo el muy familiarizado con los secretos del habla podrá darse cabal cuenta de las bellezas de una obra semejante.» Exactísimo todo ello, y porque lo es y a los más de los lectores falta esa extremada familiaridad a que se refiere el señor Bonilla, no podían buenamente pasar sin nota muchas de las frases que no la tienen en sus ediciones. Ciento treinta y cinco que están en este caso señalé de primera intención cuando, leído el sobredicho discurso del señor Nercasseau y Morán, me sentí deseoso de preparar, para la simpática colección de «Clásicos Castellanos», esta humilde edicioncita de _El Diablo Cojuelo._

Como el señor Bonilla, «procuro pecar antes por carta de más que por carta de menos, por lo cual a veces he explicado palabras y giros que podrán parecer a los eruditos de muy llana inteligencia. Téngase en cuenta, sin embargo--añado con él--, que me dirijo a la generalidad y que mi propósito es facilitar la comprensión del libro de Vélez de Guevara a todo género de lectores.» Con mayor motivo había yo de hacer lo propio en una edición vulgarizadora, como es la presente. Pero aun así, he huído con mucho cuidado de escribir notas por las cuales se me pudiese encasillar junto a Lucas de Valdés y Toro, aquel empecatado cirujano cordobés que en 1630 dió a la estampa un opúsculo perogrullesco intitulado así: _Tratado en que se prueba que la nieve es fría y húmeda[36]_.

No obstantes mi buena voluntad y la diligencia con que procuré evitarlo, se me han quedado por entender algunas frases del texto. Hay quien, puesto a anotar uno cualquiera, explica lo que buenamente se le alcanza, y en cuanto a lo que no, hace, como dicen, la vista gorda y pasa de largo sin decir palabra, dando a colegir con su silencio que aquello que no explicó no lo ha menester, por ser cosa llanísima. Jamás cometí esa reprobable fullería: antes por el contrario, en casos tales confieso paladinamente que aquel lugar merece y pide explicación, y que, por malos de mis pecados, yo no acerté a dársela[37].

Por último, aunque en esta edición sigo el texto de la original de Vélez de Guevara (Madrid, Imprenta del Reyno, 1641), no la he copiado tan fielmente, tan servilmente, que reproduzca su endiablada ortografía, digo, la de los bárbaros cajistas que compusieron los moldes. «Para regalar a los lectores--escribí trece años ha[38]--con bocados como _abaricia_, _hajo, coetes, hizquierda, voca, vobos, obtica, valbucientes, abitos, hancas y hacechar_, como lo hizo el señor Bonilla reproduciendo la edición príncipe de _El Diablo Cojuelo_, siempre hay tiempo, o, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco _hacer morder el ajo_ a uno; pero hacerle morder el _hajo_ es crueldad doblada, porque pica aún más la _hache_ que el _ajo_ mismo.»

Y con esto, lector amable, quédate a Dios, y perdóname si te causé enfado o tedio con la lectura de mi prólogo.

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN.

_Madrid, 2 de junio de 1918_.

EL DIABLO COJUELO

DEDICATORIA DE VÉLEZ DE GUEVARA

[AL EXCMO. SR. D. RODRIGO DE SANDOVAL, DE SILVA, DE MENDOZA Y DE LA CERDA, PRÍNCIPE DE MÉLITO, DUQUE DE PASTRANA, DE ESTREMERA Y FRANCAVILA, ETC.]

Excelentísimo señor:

La generosa condición de V.E., patria general de los ingenios, donde todos hallan seguro asilo, ha solicitado mi desconfianza para rescatar del olvido de una naveta[39], en que estaba entre otros borradores míos, este volumen que llamo _El Diablo Cojuelo_, escrito con particular capricho, porque al amparo de tan gran Mecenas salga menos cobarde a dar noticia de las ignorancias del dueño. A cuya sombra excelentísima la invidia me mirará ociosa, la emulación muda, y desairada la competencia; que con estas seguridades no naufragará esta novela y podrá andar con su cara descubierta por el mundo. Guarde Dios a V.E., como sus criados deseamos y hemos menester.

Criado de V.E., que sus pies besa,

LUIS VÉLEZ DE GUEVARA.

PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS[40] DE LA COMEDIA DE MADRID.

Gracias a Dios, mosqueteros míos, o vuestros, jueces de los aplausos cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a luz concebido sin teatro original fuera de vuestra juridición; que aun del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que nacistes para número de los demás, y para pescados de los estanques[41][42], de los corrales[43], esperando, las bocas abiertas[44], el golpe del concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio. Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes[45] de la Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa[46], entretanto que otros fluctúan por las maretas[47] de vuestros aplausos, de quien nos libre Dios por su infinita misericordia, Amén, Jesús.

CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO[48] O MORENO LECTOR.

Lector amigo: yo he escrito este discurso, que no me he atrevido a llamarle libro, pasándome de la jineta de los consonantes[49] a la brida de la prosa, en las vacantes que me han dado las despensas[50] de mi familia y los autores de las comedias por su Majestad[51]; y como es _El Diablo Cojuelo_, no lo reparto en capítulos, sino en trancos[52]. Suplícote que los des en su leyenda[53], porque tendrás menos que censurarme, y yo que agradecerte[54]. Y, por no ser para más[55] ceso, y no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia.

De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y tal[56].

EL AUTOR Y EL TEXTO.

DE DON JUAN VÉLEZ DE GUEVARA A SU PADRE.

SONETO[57]

Luz en quien se encendió la vital mía, De cuya llama soy originado, Bien que la vida sólo te he imitado, Que el alma fuera en mí vana porfía,

Si eres el sol de nuestra Pöesía, Viva más que él tu aplauso eternizado, Y pues un vivir solo es limitado, No te estreches al término de un día.

Hoy junta en el deleite la enseñanza Tu ingenio, a quien el tiempo no consuma, Pues también viene a ser aplauso suyo.

Y sufra la modestia esta alabanza A quien, por parecer más hijo tuyo Quisiera ser un rasgo de tu pluma.

TRANCO PRIMERO

Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles[58], y, por faltar la luna, juridición y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches[59] en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua[60], decían el _Ite, río[61]_ _es[62]_, cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos[63], caballero huracán y encrucijada de apellidos[64], galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances[65] por un estrupo[66] que no lo había comido ni bebido[67], que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno[68], pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado[69]; y como solicitaba escaparse del «para en uno son[70]» (sentencia difinitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso[71], juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda[72] de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca[73] a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro[74] y los honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño[75], doncella chanflona[76] que se pasaba de noche como cuarto falso, que, para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas[77] de aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada[78] que llevaba cautiva la honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos[79], que juraba entre sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón[80] de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba _tía,_ liga donde había caído tanto pájaro forastero.

A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso[81] y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región donde había arribado, por las estranjeras estravagancias de que estaba adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena[82] papeles infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas[83], dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico; escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:

--¿Quién diablos suspira aquí?, respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y estranjera:

--Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra[84], y es mi alcaide dos años habrá.

--Luego ¿familiar eres?--dijo el Estudiante[85].

--Harto me holgara yo--respondieron[86] de la redoma--que entrara uno de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:

--¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

--Y de gran nombre--le repitió el vidro endemoniado--, y el más celebrado en entrambos mundos.

--¿Eres Lucifer?--le repitió don Cleofás.

--Ése es demonio de dueñas y escuderos--le respondió la voz.

--¿Eres Satanás?--prosiguió el Estudiante.

--Ése es demonio de sastres y carniceros--volvió la voz a repetille.

--¿Eres Bercebú?--volvió a preguntalle don Cleofás.

Y la voz a respondelle:

--Ése es demonio de tahures, amancebados y carreteros.

--¿Eres Barrabás[87], Belial, Astarot?--finalmente le dijo el Estudiante.

--Esos son demonios de mayores ocupaciones--le respondió la voz--: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme[88], el enredo, la usura, la mohatra; yo truje al mundo la zarabanda[89], el déligo[90], la chacona[91], el bullicuzcuz[92], las cosquillas de la capona[93], el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado[94]; yo inventé las pandorgas[95]; las jácaras[96], las papalatas[97], los comos[98], las mortecinas[99], los títeres[100], los volatines[101], los saltambancos[102], los maesecorales[103], y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.

--Con decir eso--dijo el Estudiante--hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa merced me conozca por su servidor; que hay muchos días que le deseaba conocer. Pero, ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo apellido[104]?

--Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o los suyos--dijo el Cojuelo--, porque hemos sido vecinos por esa dama que galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fuí el primero de los que se levantaron en el rebelión[105] celestial, y de los que cayeron y todo[106]; y como los demás dieron sobre mí, me estropearon, y ansí, quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos, en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento[107]; aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste vinagre, a quien por trato[108] me entregaron mis propios compañeros, porque los traía al retortero a todos[109], como dice el refrán de Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio. Sácame deste Argel de vidro; que yo te pagaré el rescate en muchos gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis tachas buenas y malas[110].

--¿Cómo quieres--dijo don Cleofás mudando la cortesía[111] con la familiaridad de la conversación--que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?

--A mí no me es concedido--dijo el Espíritu--, y a ti sí, por ser hombre con el privilegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal[112]. Toma un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma; que luego en derramándome me verás visible y palpable.

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote[113] del vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vió en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas[114], sembrado de chichones mayores de marca[115], calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania[116]; los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí[117], a fuer de los espárragos, legumbre[118] tan enemiga de la compañía, que si no es para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone la malicia la comparación.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de los gatos que le siguieron (salvo el guante[119] a la metáfora), y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por la buarda como si los dispararan de un tiro[120] de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador[121], mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas[122], verdugados[123], guardainfantes[124], polleras[125], enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y engestándose[126] al camarada, el Cojuelo le dijo:

--Don Cleofás, desde esta picota[127] de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, malaño[128] para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fué esotra con ella segunda deste nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y gorras.

TRANCO II

Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones, dijo:

--¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.

Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:

--Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.

Don Cleofás le dijo:

--Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para servillas[133].

--Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos príncipes cristianos--dijo el Cojuelo--, y se han quedado, con las caponas[134], sin ejercicio.

--Dejémoslos cenar--dijo don Cleofás--, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos, y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa[135] de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas.

--Mira allí--prosiguió el Cojuelo--cómo se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba[136] y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula[137], y don Toribio su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera[138] torcidas de papel en las guedejas y el copete[139], sebillo en las manos[140], y guantes descabezados[141], y tanta pasa[142] en el rostro, que pueden hacer colación[143] en él toda la cuaresma que viene. Allí, más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra[144], que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos[145], como si se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. Vuelve allí, y mira con atención cómo se está untando una hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran junta de brujas que hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que hace[146] el cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que tuvimos; que también entre los diablos hay libro del duelo[147], porque el autor que le compuso es hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel estranjero rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está aquel talego de vara y media estofado de patacones[148] de a ocho, a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder arrancalle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrille, y henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo demás, y comenzando a desatalle, saca el tal estranjero (que estaba dentro dél guardando su dinero, por no fialle de nadie) la cabeza, diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos»[149], cayendo espantados uno a un lado y otro a otro, como resurreción de aldea[150], y se vuelven gateando a salir por donde entraron.

--Mejor fuera--dijo don Cleofás--que le hubieran llevado sin desatar en el capullo de su dinero, porque no le sucediera ese desaire, pues que cada estranjero es un talego bautizado[151]; que no sirven de otra cosa en nuestra república y en la suya, por nuestra mala maña.

Pero, ¿quién es aquella abada[152] con camisa de mujer, que no solamente la cama le viene estrecha, sino la casa y Madrid, que hace roncando más ruido que la Bermuda[153], y, al parecer, [bebe][154] cámaras de tinajas y come jigotes de bóvedas?

--Aquélla ha sido cuba de Sahagún[155], y no profesó--dijo el Cojuelo--si no es el mundo de agora, que está para dar un estallido, y todo junto puede ser siendo quien es: que es una bodegonera tan rica, que tiene, a dar[156] rocín por carnero y gato por conejo a los estómagos del vuelo[157], seis casas en Madrid, y en la puerta de Guadalajara[158] más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al cielo derecha; que aunque pongan una garrucha en la estrella de Venus y un alzaprima en las Siete Cabrillas, me parece que será imposible que suba allá aquel tonel; y como ha cobrado buena fama[159], se ha echado a dormir de aquella suerte.

--Aténgome--dijo don Cleofás--a aquel caballero tasajo que tiene el alma en cecina, que ha echado de ver que es caballero en un hábito[160] que le he visto en una ropilla[161] a la cabecera, y no es el mayor remiendo que tiene, y duerme enroscado como lamprea empanada, porque la cama es media sotanilla, que le llega a las rodillas no más.

--Aquél--dijo el Cojuelo--es pretendiente, y está demasiado de gordo y bien tratado para el oficio que ejercita. Bien haya aquel tabernero de Corte, que se quita de esos cuidados y es cura de su vino, que le está bautizando en los pellejos y las tinajas, y a estas horas está hecho diluvio[162] en pena, con su embudo en la mano, y antes de mil años[163] espero verle jugar cañas[164] por el nacimiento de algún príncipe.

--¿Qué mucho--dijo don Cleofás--si es tabernero y puede emborrachar a la Fortuna?

--No hayas miedo--dijo el Cojuelo--que se vea en eso aquel alquimista que está en aquel sótano con unos fuelles, inspirando una hornilla llena de lumbre, sobre la cual tiene un perol con mil variedades de ingredientes, muy presumido de acabar la piedra filosofal y hacer el oro; que ha diez años que anda en esta pretensión, por haber leído el arte de Reimundo Lulio y los autores químicos que hablan[165] en este mismo imposible.

--La verdad es--dijo don Cleofás--que nadie ha acertado a hacer el oro si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya.