Chapter 6
--¿Y ahora?--dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.--¿Te imaginas que van a dejarse coger otra vez?
--Por ti, no--respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.
Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era yo y qué pretendía.
Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.
--¡Maravilloso, chica!--dijo él, y nada más.
En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante a los que nos pintan las leyendas del Norte.
Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.
--¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!
--No seas loca, chiquilla--dijo él cerrando los ojos.--Haz como yo, vamos a dormir.
Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo sacudí fuertemente.
Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse vivamente para correr tras de mí.
Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:
--Bueno, ahora, ven.
Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.
Allí fue donde le hice entrar.
--¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica--dijo él al mismo tiempo que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían casi al nivel del agua.
--Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.
Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.
Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio cerrados, alzaba los ojos hacia mí.
De repente se me ocurrió esta idea:
«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»
Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la cara.
--¿Eres miedosa, chiquilla?--me preguntó.
Yo sacudí la cabeza.
--Entonces, ven.
--Ya estoy a tu lado.
--Ponte allí, delante de mí.
Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.
De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.
Lo miré riéndome.
--¡Cómo!... ¡Cómo!...--dijo.--¡No hay de qué reírse! Si te dejara caer...
--Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!
--No. Antes quiero que me confieses algo.
--¿Qué?
--¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más. Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
--Pero yo puedo sufrirte--le dije.
--¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
--Porque soy una muchacha mal criada.
--¡Enhorabuena!--dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a encontrar de pie sobre la piedra.
--Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.
Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad; pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
--Tienes razón...--respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
--¿Por qué, pues, procedías así?
--Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
--Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él, pensativo.
--¡Miren eso!--dijo.--Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
--¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
--Tómala aparte, uno de estos días--me ha dicho,--y explícate con ella. Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que no te tuviera cariño.
--¿Marta ha dicho eso?--exclamé, y las lágrimas me asomaron a los ojos.--¡Qué corazón, qué corazón de oro!
--Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
--¿La amas?--dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
--Sí, profundamente--respondió él pensativo, con los ojos fijos en el agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así, pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía hacia él.
--Y... ¿ella lo sabe?
--Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...
--¿Cómo?...--balbucí.--¿Tú no... no... se lo has dicho?
Roberto sacudió tristemente la cabeza.
Yo caí desde lo alto de las nubes. ¡De modo que los bosquecillos de nuestro jardín nunca habían prestado su abrigo a dos enamorados; la luna, que brillaba por entre las ramas, nunca había sido testigo de besos clandestinos! ¡Puras quimeras todas mis imaginaciones!
Pero, en medio de mi desilusión, sentía una profunda compasión por ese gigante, que, sin más fuerzas que un niño, buscaba amparo en mí. Me juré que su confianza en mí no sería vana.
--¿Y por qué has guardado silencio?--insistí.
Pareció que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza; sin embargo, dijo con un profundo suspiro:
--En aquel tiempo, yo era un muchacho tímido y no encontraba el valor necesario para hablar. ¡En esos primeros años de locura se siente uno tan transportado, si obtiene siquiera un apretón de manos a hurtadillas! Se figura uno que el mismo matrimonio no podrá ofrecer un deleite mayor. Pero en realidad tú no puedes comprender eso.
--¿Quién sabe?--repliqué en mi inocencia.--Mucho he leído ya sobre eso.
--En resumen--prosiguió él,--yo era entonces más o menos tan ingenuo como tú ahora. Y hoy, ¿sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.
--¿Entonces, no quieres vincularte?--le pregunté con sorpresa.
--No tengo derecho para ello--gritó,--no tengo derecho. No sé si podré hacerla feliz.
--¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión: «¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
--Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y grave pudiera volverse tan apasionado.
--Confíame tus tormentos, Roberto--dije, poniéndole la mano en el hombro.--No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu corazón.
--¡No puedo!--gimió,--¡no puedo!
--¿Y por qué?
--Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta. ¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después de nuestro matrimonio?
Un helado calofrío me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la horrible manera en que debía realizarse esa frase, llena de presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertírmelo: sólo experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por demás prosaico para mi gusto, un giro tan romántico como fuera posible. Desgraciadamente no había gran cosa que hacer. Por lo menos asumí una expresión capaz y busqué en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o los confesores dan ordinariamente como viático a los amantes desgraciados.
Y él, como un gran niño que era, bebió esas tontas palabras de consuelo con la avidez de un hombre que se muere de sed.
--¿Pero tendrá paciencia ella también?--me preguntó, y parecía perder nuevamente el valor.
--¡Sí, la tendrá! ¡Confía plenamente!--grité con arrebato.--Puesto que espera desde hace tanto tiempo, podrá muy bien tener paciencia uno o dos años más. Ya verás cómo se somete de buen grado.
--¡Y si, aun más tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!--objetó Roberto.--¡Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su corazón! ¡No, no hablaré; antes me arrancarán la lengua, no hablaré!
--Si no querías hablar, ¿para qué viniste entonces?
Dios sabe cómo ese pensamiento de doble filo vino a mi espíritu de joven aturdida. Sentí confusamente que al pronunciar esas palabras cometía un acto de crueldad, pero... ya era tarde.
Vi palidecer su rostro, sentí que su respiración ardiente se exhalaba en un suspiro.
--Soy un hombre de honor, Olga--murmuró entre dientes;--¿para qué atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrás una respuesta. He venido porque ya no podía vivir sin ella, porque quería beber en sus ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza de que las cosas aquí pudieran tomar otro giro, que todo pudiera arreglarse para que yo me la llevara conmigo.
--¿Y las cosas no se arreglan?
--¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde el fondo del corazón:
--Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
--Sí, te ayudaré--respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la solemnidad de mi promesa.
--Veo que ya no eres una niña--continuó él,--eres una joven enérgica e inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber hablado? ¿Lo quieres?
--Sí, velaré--repetí.
--¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
--Te escribiré--volví a contestar.
--Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y para siempre.
Y me besó en los labios...
Cinco minutos después estábamos a caballo, y trotábamos rápidamente hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.
--¡Cuánto han tardado!--dijo Marta que estaba en el terrado, con su delantal blanco, y nos sonreía desde lejos.
Cuando la vi, experimenté el sentimiento de que toda la ternura que yo pudiera prodigarle, sería poca. Me precipité hacia ella y la besé impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me parecía que así borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprendí de sus brazos, con el corazón oprimido, y me alejé. En la mesa, esa misma noche, no cesé de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordaría con una seña nuestro convenio secreto. Pero él no pensó en ello; sólo cuando todos se levantaron deseándose «buena digestión,» me estrechó la mano de un modo muy particular, como nunca lo había hecho antes.
Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnífico presente.
Esa noche, me costó mucho trabajo esperar el momento en que me encontraría en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme así, una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y soñando: tenía la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo que quería, y de dormirme tan pronto como me parecía conveniente; para ello no tenía más que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha. Esta vez me estiré en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca había conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecían colmados. Mis mejillas ardían y en mis labios tenía, todavía sensible, la picazón ligera del primer beso con que un hombre--papá, naturalmente, no contaba,--los hubiera rozado.
Y si, contemplándolo de cerca, ese beso se dirigía también a otra, ¿qué me importaba? Era tan joven todavía, que no podía pretender semejante cosa para mí sola.
Volví una vez más a mi idea predilecta: ¿Qué haría yo si estuviera en el lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de imaginaciones, que no eran más que puras quimeras--ese día me lo había probado bien,--pero podía trabajar en él con toda tranquilidad, y fue lo que hice en mi desvelo o en mis sueños, hasta la mañana siguiente.
Dos días después, Roberto partió. Algunas horas antes de marcharse tuvo una larga conversación con Marta en el jardín.
Los vi internarse en él sin sentir celos, y fue para mí un placer indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.
Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus miradas serias y tristes.
No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida esperanza.
En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:
--¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?
Hice un signo de afirmación enérgica.
--¿Y me escribirás pronto?
--Seguramente.
--¿Adónde debo dirigirte la respuesta?
Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado siempre más afecto que nadie.
VIII
El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días, y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para mí!
Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos; había penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me envolvían por todas partes y podía--¡oh deleite!--divertirme con ellos: estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que debía asegurar la felicidad de mi hermana.
Era maravilla ver, después de esa visita de Roberto, cómo Marta volvía a la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos días de existencia en común con él habían obrado sobre ella como un baño fortificante, y más aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual había bebido furtivamente a grandes tragos.
Sin duda, no había recobrado su brillante alegría de otros tiempos, que esos siete años de ansiosa espera parecían haberse llevado irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios, pero un brillo suave y cálido animaba sus facciones como si una luz salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acogía con una sonrisa amistosa.
Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba más y más y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no hacía más que aumentar mi cariño e impulsarme a rogar a Dios para que derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.
Mientras no me abriera su corazón ella misma, no podía ni quería confesarle cuán profundamente mis ojos habían penetrado ya en él.
Más de una vez me sorprendí contemplándola con un sentimiento maternal, si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con Roberto, me figuraba que verdaderamente tenía la felicidad de ambos en mis manos.
En mi presunción, me consideraba fácilmente como un buen genio, vestido de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa vertía bendiciones. Mientras tanto, contaba los días hasta la llegada de una carta de Roberto, y corría de acá para allá, con las mejillas encendidas, cuando, al fin, la llevaba sobre mi corazón.
Esas cartas se me habían hecho tan necesarias, que me era difícil concebir cómo había podido vivir antes sin ellas. So pretexto de contarle los hechos y dichos de Marta, sabía muy bien ahuyentar las penas de su corazón con mi charla, infantil y loca como gusta a los hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de madurez, como se había vuelto mi corazón. Le agradaba mi cháchara, cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un pájaro cantor, y yo no pedía más. ¡Le estaba tan agradecida porque me había asociado a su grande y sincera pasión, a mí, a la chicuela a quien todavía hacían salir de la habitación cuando la gente grande quería hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo tenía a mis propios ojos, me venían de ese papel de protectora.
Así crecía yo con ese amor, me alimentaba con esa pasión, de la que nunca la menor migaja debía caer para mí de la mesa.
* * *
Cuando llegó el otoño, noté que Marta manifestaba una agitación extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permanecía a veces la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo ademanes cuando creía estar sola, y se estremecía violentamente cuando se veía sorprendida.
Informé fielmente a Roberto de lo que había observado y le pregunté además si no había hecho quizá esperar su visita para aquella época, pues toda la manera de ser de Marta me parecía provocada por una sobreexcitación enfermiza de la espera.
Tuve ocasión de estar satisfecha de los conocimientos psicológicos de mis diecisiete años, pues mis previsiones eran justas.
Profundamente abatido, me escribió que efectivamente, al separarse de ella, había expresado la esperanza de poder volver en el otoño siguiente con cara más alegre; pero se había equivocado: estaba, más que nunca, sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin ver brillar el menor fulgor de esperanza.
«Por lo menos--le contesté,--líbrala del tormento de la espera e informa a nuestros padres, con miramientos, de tu situación.»
Así lo hizo: dos días después, papá, muy apenado, trajo la carta que a causa de mi juventud, todavía demasiado irracional, yo no debía leer.
Esa carta tuvo sobre el ánimo de Marta una influencia que me asustó y me conmovió. La sobreexcitación de las últimas semanas desapareció repentinamente, como barrida de golpe, y dejó el lugar a ese abatimiento desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la había convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueció, y dos surcos profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorcía en crisis dolorosas, otra vez también le había vuelto ese perpetuo deseo de llorar que, a la menor ocasión, se daba curso en torrentes de lágrimas.
Esta vez, papá no mandó buscar al médico: podía fijar el dianóstico él mismo. Hasta mamá se compadeció de los sufrimientos de la desdichada, tanto como se lo permitía su apatía, y ésta no consentía que se alejase de la estufa para atender a su hija enferma.
En cuanto a mí, encontré entonces por primera vez la ocasión de mostrar a los míos que ya no era una criatura y que mi voluntad tenía algún valor, aun cuando se tratara de cosas serias.
Asumí toda la dirección de la casa, y por más que todos sonrieron maliciosamente y protestaron, y Marta me explicó repetidas veces que jamás consentiría que yo, la más joven, la suplantase, me las compuse tan bien que al cabo de quince días yo era quien manejaba toda la casa.
Fue aquella la única época en que tuviéramos todos que disputar con Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo hacía era por amor a ella, y finalmente concluyó por ser la primera en agradecérmelo. Por otra parte, se acostumbró a cederme en más de un punto, aunque tratando de disimularse a sí misma mi influencia y dando a entender que había que dejar hacer su voluntad a los niños.
En mi correspondencia con Roberto, aprendí por primera vez que se puede mentir por amor. Le disimulé el triste efecto que había producido su carta; sí, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba perfectamente. Procedía así porque estaba persuadida de que la verdad lo habría sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no dejarían de abatirlo, puesto que nada podía remediar. Pero entonces se me hacía terriblemente difícil conservar el tono de charla ligera, y muy a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.
Y todo se ensombrecía de día en día en torno nuestro. Papá estaba cabizbajo, porque las malas cosechas habían defraudado sus más bellas esperanzas; mamá murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se marchitaba cada vez más.
Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces nuestro apacible interior había visto otras.
En torno del flamante árbol de Navidad, que esta vez yo había adornado e iluminado en lugar de Marta, permanecíamos inmóviles sin saber qué decirnos, tan oprimido teníamos el corazón. Y, como nadie se decidía a hacerlo, tuve que esforzarme en reír y hacer lo posible para borrar las arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no encontré eco y por último nos dimos la mano deseándonos buenas noches para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabíamos cómo entrar en materia los unos con los otros.
Cuando llegué al lado de Marta, que estaba sentada en un rincón, con los ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sentí que un doloroso estremecimiento me atravesó el pecho, como si le hubiera hecho un agravio que debiera reparar; pero ignoraba cuál podía ser ese agravio.
Ella me dijo al besarme en la frente;
--¡Que Dios te conserve tu valiente corazón, Olguita! Te agradezco mucho las bromas que te has esforzado en decir hoy.
No supe qué contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no podía definir, me desgarraba el corazón.
Cuando me encontré sola en mi cuarto, me dije: «¡Bueno, ahora vas a festejar la Navidad!» Saqué las cartas de Roberto de la gaveta en que las tenía cuidadosamente escondidas y resolví leerlas hasta una hora avanzada de la noche.
La tempestad sacudía los postigos, la nieve, empujada por las ráfagas del viento, barría los vidrios con un roce ligero y la lámpara de pantalla verde suspendida del cielo raso, esparcía sobre mí su fulgor apacible.
En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración mezclada con sollozos.
«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»--pensé juntando involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran culpables.
«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo silencio?»--me pregunté.
Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba esas cartas.
«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»--me dije en seguida.--«Ella que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de su corazón.»
«Y tú oyes sus sollozos--continuaba una voz dentro de mí,--y la dejas presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes un secreto con él, con él, que pertenece sólo a _ella_.»