Chapter 5
Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi ideal.
Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.
A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando algo me desagradaba.
A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía fuerza de ley en toda la casa.
A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en particular.
Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.
En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté, mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.
Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé, otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera, con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.
Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.
Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.
--¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?--dijo.--Estas no son cosas que haces todos los días.
Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me llamó y murmuró:
--Te quiero mucho, hermanita.
La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y, tomándole la cabeza con las manos, le dijo:
--¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!
Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:
--¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!
Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá entró con una carta abierta en la mano.
--Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido--dijo riéndose.--¡Adivinen cómo se llama!
Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que tenía en la mano tembló perceptiblemente.
--¿Esa ave ha venido ya alguna vez?--preguntó lentamente y en voz baja, sin alzar los ojos.
--¡Vaya si ha venido!--dijo papá sin dejar de reírse.
--Entonces, es... Roberto Hellinger--dijo.
Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir aquello.
--¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!--dijo papá amenazándola con el dedo.
Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.
Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince años.
Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.
Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.
Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas habitaciones habitualmente cerradas.
Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas, y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña, que no se sabía si era llanto.
Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se encontraba.
--Ya lo ves: preparo las camas--balbució al cabo de un instante.
--¿Para quién?--pregunté.
--¿Acaso no sabes que esperamos una visita?
--¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?--repliqué, encogiéndome ligeramente de hombros.
--¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.
--¿Y nada más?--dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto hacer la víspera a papá.
Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a la puerta.
A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había podido nacer ese amor.
Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:
--Aquí es donde se han paseado secretamente.
Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:
--Aquí es donde se han dado cita.
Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:
--Aquí es donde han cambiado dulces palabras.
El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no debiera adivinarlo.
Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que perteneciera a otro mundo.
Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.
Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas pueden tenerse en pie.
--Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir--dije;--¡Ah! ¡Si se pudiera morir con ella!»
Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las impresiones sentimentales del otoño.
--Qué odiosas son esas bromas--me dije.--Pero de mí nadie se burlará; sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de ardor y de amor por la humanidad.
--Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.
Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría la frontera.
Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión; el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca, que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi padre.
Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.
Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.
El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.
* * *
Roberto llegó al día siguiente.
En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón, Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el oído:
--Marta, creo que ahí está.
Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:
--¿De quién quieres hablar?
--¿De quién? Pues del primo, naturalmente.
--¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?
Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que había dejado caer y volvió a su tarea.
--¿Y esa es toda la alegría que sientes?--continué, encogiendo el labio con expresión despreciativa.
Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad inacostumbrada.
--¡Vete, chiquilla, te lo ruego!
Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.
En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.
«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno, con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.
--«No falta más que la yugular,»--pensé para mis adentros.
De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:
--¡Hola! ¡Buenos días, Marta!--gritó.
Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se quedó como petrificado en medio de la escalera.
--¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!--dije un poco humillada.
--¡Ya me lo decía yo!...--exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y agrietada.
--«¡Qué palurdo!»--me dije mentalmente.
Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.
--Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.
--«¿Yo, parecerme a Marta?--pensé--¿Cuándo me habré parecido a Marta?»
--Pero no--continuó,--ella no era tan alta, sus cabellos eran más claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan severos.
--¡Ah, Dios del Cielo!--me dije.--¿Acaso nunca has visto los ojos de Marta?
En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación. No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y los labios le temblaban.
--Bienvenido seas, Roberto--le dijo tímidamente por detrás, pues él se había vuelto hacia mí.
Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento, sin articular una sílaba.
Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el resultado burlaba lastimosamente mi espera.
Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.
--Sí, pero ni siquiera lo ha hecho--agregué para mis adentros.
Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos manos.
Al fin, Marta le dijo:
--¿No quieres sentarte, Roberto?
Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de un largo rato, dijo:
--¡Mucho has cambiado, Marta!
Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.
Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:
--Sí--dijo.--¡Mucho debo haber cambiado!
Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.
--¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?--concluyó por decir.
--No lo sé--replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de amargura.
--¿No podías escribírmelo?
--Pero, ¿acaso nos escribimos?
Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.
--Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...
No supo decir más.
Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!
--Tú sabes--dijo Marta,--que el enfermo es siempre el último en saber que no está bien.
--Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.
--¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?
Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.
--¡Oh, Marta!--gritaba una voz dentro de mí.--¿Por qué me has rechazado?
En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.
--Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía--dijo mirando en su derredor hasta en los rincones.
Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa estrepitosa.
Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran mi presencia.
--¿Y qué dices de nuestra Olguita?--preguntó Marta, tomándome por la mano con ademán maternal.--¿Te gusta?
--Ahora un poco más--dijo examinándome.--Antes me pareció demasiado enseñorada.
--Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida--repliqué.
--¿Y por qué no?--repuso con una sonrisa.--¿Crees que no habría habido bastante lugar para ti?
--No--dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.--Ese no es mi lugar.
Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:
--¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.
Yo iba a replicar, pero papá entró.
En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que observar; apenas si cambiaron algunas miradas.
--Más tarde, cuando nuestros padres duerman--me dije,--tratarán de escaparse.--Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la ventana, con su bordado.
--Quizá son demasiado tímidos--me dije,--y esperan que la ocasión se presente sola.--Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de atreverme a volver.
--Ahora--me dije,--él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?--le preguntará,--y ella, ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.
Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.
Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.
Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.
--¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!--pensé, y resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.
Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar me oprimía el pecho hasta ahogarme.
¿Y qué fue lo que vi?
Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes no existía.
--¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?--me preguntó Marta.
Y Roberto agregó:
--Parece que no tengo la aprobación de la señorita.
--Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos--me dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.
Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer, representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía, hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.
Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.
Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.
Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto nuevamente en nubes de humo, exclamó:
--¿Has pasado la noche llorando o bailando?
--Bailando--repliqué,--en el Brocken con otras brujas.
--No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,--dijo moviendo la cabeza.
--A preguntas necias...--repliqué.
--¡Vaya! no volveré a abrir la boca--dijo riéndose;--de lo contrario se me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he comido.
Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.
Poco me faltaba para llorar.
--He ahí, pues, mi destino--me decía:--desconocida por todo el mundo, aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.
Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse esperar.
¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él, y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía totalmente.
Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio sobre nuestro primo.
VII
Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de improviso y me dijo:
--Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a caballo conmigo?
--¡Qué honor!--repliqué.
--No, no hay que volver a empezar en ese tono--dijo con una risa en la cual se notaba algo de enfado.--Tratemos de ser buenos camaradas por media hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
--Ves, Marta--dije para mis adentros,--así es cómo me iría con él a través del vasto mundo, si fuera su querida.
Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.
--Monta bien--pensé en seguida;--mi «hijo del rey» no sería mejor jinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre, en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
--¿Bueno, chiquilla?
--¿Qué hay, «grande»?
--¿Regresamos?
--¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de una satisfacción tan completa.
--Entonces, ¡al bosque de Illowo!--dijo él señalando la mancha azulada que cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se irguió y partió dando saltos.
--¡Bravo, por la chica de quince años!--gritó él detrás de mí.
--¡Dispense, dieciséis!--repliqué, volviéndome a medias hacia él.--Por otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó nuestra camaradería!
--¡En nombre del Cielo!--dijo él riéndose.
Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.
El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua, cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a formarse inmediatamente después.
Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando, mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el bosque.
Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.
--Quiero bajar--le grité,--ven a ayudarme a echar pie a tierra.
De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.
--¿Qué quieres hacer?--me preguntó.
--Vas a verlo--dije,--pero primero suelta los caballos...
--¡No faltaba más!--dijo Roberto riéndose.--Me haces el efecto de quien quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.
E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.
--¡Suéltalos!--ordené.
Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos galopaban ya libremente en el bosque.