Chapter 2
--¡Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a las puertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo no pongo fin a todos estos manejos mostrándole la puerta, podría muy bien suceder que un día Roberto la tomara por la mano y nos dijera: «Ahora, papá y mamá, tengan ustedes la bondad de darnos su bendición.» Pero, antes que ver una cosa semejante, Adalberto...
En el mismo instante, un gran ruido de pasos resonó en el vestíbulo; y casi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.
--¡Toma!--dijo la señora Hellinger.--He ahí uno que hace tanto estruendo como un alguacil. ¡Todavía no estamos en ese estado, sin embargo!
Y con mucha suavidad, y mucha tranquilidad, dijo: «¡Adelante!»
El viejo médico penetró en la habitación. Tenía el sombrero echado hacia atrás, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba como después de una carrera desenfrenada. Se olvidó de dar los buenos días y no hizo más que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.
--¡En nombre del Cielo, doctor!--le gritó el señor Hellinger precipitándose a su encuentro.--¡Nos embistes como un toro!
La señora Hellinger, al contrario, asumió su aspecto áspero y refunfuñó algo como: «modales de fumadero.»
Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que, con la cara de todos los días, lo miraban con estupor, se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio. ¡Así, pues, la terrible cosa no se había realizado! Pero, un instante después, la ansiedad volvió a apoderarse de él.
--¿Dónde está Olga?--tartamudeó alzando los ojos hacia la puerta, como si fuera a verla entrar en ese instante.
--¿Olga?--dijo la señora Hellinger encogiéndose de hombros.--¡Qué sé yo! Sin duda va a venir de un momento a otro; ¿es por algo urgente?
--¡Alabado sea Dios!--exclamó el doctor juntando las manos.--¡De modo que ya ha bajado!
--No, eso no--dijo la señora Hellinger.--La señora Duquesa se ha dignado dormir hoy un poco más.
--¡Dios del Cielo!--exclamó de nuevo él.--¡Y nadie ha ido a verla! ¿Nadie sabe nada de ella?
--Doctor ¿qué te pasa?--gritó el viejo Hellinger que comenzaba a inquietarse.
Sin duda, el doctor se acordó en ese momento de la súplica que terminaba la carta de despedida de Olga; comprendió que, de ese modo, su deseo de respetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto, e hizo un último y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.
--¿Qué me pasa?--balbució con una sonrisa dolorosa.--¡Pues nada! ¿Qué había de tener? ¡Mil millones!...
Y, en seguida, abandonando todo fingimiento gritó:
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Has permitido la espantosa desgracia! ¡La has dejado de tu mano!
Y poco le faltó para dejar correr sus lágrimas; pero, reuniendo toda la energía que quedaba en su cuerpo gastado, se enderezó recto como una I:
--Venid al cuarto de Olga--dijo,--y no os asustéis, cualquiera que sea el estado en que la encontréis.
El viejo Hellinger palideció y su mujer se puso a gritar y sollozar: se aferraba al brazo del doctor y quería saber lo que había sucedido, pero éste no decía una palabra más.
Así subieron los tres la escalera que conducía al cuarto de Olga, mientras que en el vestíbulo los sirvientes se reunían y los contemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.
Delante de la puerta de la habitación de Olga, la señora Hellinger tuvo un ataque de desesperación.
--Toque usted, doctor--dijo con un sollozo.--Yo no puedo.
El anciano tocó.
Nadie contestó.
Tocó una vez más y puso el oído en el agujero de la cerradura.
Siempre el mismo silencio.
Entonces la señora Hellinger se puso a gritar:
--Olga, querida hija mía, abre; somos nosotros, tu tío, tu tía, y tu viejo tío el doctor. Puedes abrir sin temor, querida mía.
El doctor dio vuelta al botón; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar por el agujero de la cerradura; estaba tapado.
--¡Manda buscar al cerrajero, Adalberto!--dijo.
--¡No!--gritó la señora Hellinger, mandando de repente al diablo toda su pena.--Yo no lo sufriré; no ha de suceder así: la vergüenza sería demasiado grande; yo no podría sobrevivirle. ¡Qué vergüenza! ¡qué vergüenza!
El doctor le lanzó una mirada en que se leían el asco y el desprecio. Pero ella no le hizo caso.
--Tú eres fuerte, Hellinger--dijo.--Apóyate contra la puerta, quizá consigas romper la cerradura.
El señor Hellinger era un coloso. Apoyó uno de sus robustos hombros en la tabla cuyas junturas, al primer esfuerzo, comenzaron a crujir.
--Despacio--le dijo su mujer.--Los sirvientes están en el vestíbulo.
--¡Idos a hacer algo en la cocina, montón de perezosos!--gritó en la escalera su voz regañona.
Abajo se oyeron golpes de puertas. Un segundo empujón, y una de las tablas se partió por en medio; por la rendija, un rayo de luz se filtró en la semiobscuridad del corredor.
--Déjeme mirar por allí--dijo el doctor, el cual, esperando lo peor, había recuperado su serenidad y su sangre fría.
Hellinger arrancó algunas astillas de madera, de manera que, por la abertura, se pudiera ver todo el cuarto.
Frente a la puerta, a pocos pasos de la ventana, estaba la cama. La sobrecama arrojada a los pies formaba un montón blanco detrás del cual brillaba la línea rubia de las trenzas de Olga; también se alcanzaba a ver una parte de la frente, que resaltaba tan blanca como la sábana. Los pies estaban descubiertos; parecían haberse estirado en convulsiones contra la madera de la cama y después haber vuelto a caer sin fuerza.
A la cabecera, la ropa estaba cuidadosamente doblada en una silla; las enaguas y las medias puestas las unas sobre las otras muy en orden, y sobre la pequeña alfombra del lado de la cama las zapatillas dispuestas de manera de poder deslizar en ellas los pies al levantarse.
Sobre el mármol de la mesa de noche, medio apoyado contra la lámpara, reposaba un libro, todavía abierto, como si se le hubiera dejado allí en el momento de apagar la luz. Sobre todo aquello parecía cernerse esa paz serena e indefinible que revela el alma pura de una niña. La que allí moraba se había dormido la víspera con una plegaria para despertarse en la mañana con una sonrisa.
Cuando el doctor hubo hecho su examen en silencio, se apartó de la abertura.
--Pasa tu brazo por allí, Adalberto--dijo,--y procura alcanzar la cerradura. Ella la ha cerrado por dentro.
Pero la señora Hellinger, apretándose contra la puerta, suplicó a grandes gritos a «su querido tesoro» que se despertara y abriera ella misma. Al fin, se consiguió apartarla y abrir la puerta.
Los tres se acercaron a la cama.
El rostro blanco como un mármol parecía mirarlos con sus ojos vidriosos, medio cerrados, en los labios una sonrisa extática.
La encantadora cabeza, de líneas firmes y nobles, se inclinaba un poco sobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera suelta se desparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho que la camisa de noche, desgarrada, dejaba en descubierto. El botón de nácar, al cual se adhería un jirón de tela y que se había quedado en el ojal, era lo único que indicaba que, antes de dormirse, la joven había debido ser presa de una violenta agitación.
--Duermes, tesoro mío, dime que duermes,--dijo la señora Hellinger sollozando.--Dime que no has hecho semejante afrenta a tu tía, a tu querida tía que te ha criado y cuidado como a su propia hija.
Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoderó de la mano lívida que colgaba y trató de levantarla.
Su marido, más sensible, se había ocultado el rostro entre las manos y lloraba.
El doctor no se dejó llevar por la emoción. Había sacado de su bolsillo su estuche, y, rechazando a la señora Hellinger con un ademán apenas cortés, se inclinó sobre el pecho que, con un movimiento brusco, había descubierto por completo.
Cuando se enderezó su rostro estaba mortalmente pálido.
--¡Una última tentativa!--dijo.
E hizo una rápida incisión horizontal en el brazo, en el sitio en que una arteria se dibujaba en línea azulada en la blancura nívea de la carne. Los bordes de la herida se apartaron sin llenarse de sangre; sólo al cabo de unos segundos, dos o tres gotas negras rezumaron lentamente.
Entonces el anciano arrojó lejos de sí el luciente bisturí, y con las manos juntas, luchando con las lágrimas, se puso a rezar un _Pater Noster_.
III
El mismo día, a eso de las doce, a través de los terrenos pantanosos que se extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje de un caballo se dirigía hacia la pequeña ciudad.
Tan tupidas y pesadas que parecía que se las pudiera tocar con las manos, las nubes se extendían sobre la llanura. De trecho en trecho se alzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce, completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes, colgadas en largas filas de las desnudas ramas.
Las ruedas se hundían profundamente, en el barro del camino, que corría entre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cada instante hasta la caja del coche. El que lo conducía poco se preocupaba del paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permanecía sumido en su rincón, y sólo se enderezaba a ratos, cuando las riendas amenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseñaba la estructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchaba como si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerraba dentro de sus pliegues.
Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor proporción, y el rostro también presentaba una semejanza que no podía engañar; pero las facciones, que en el padre habían conservado, hasta bajo los cabellos blancos, una amable dulzura, se habían acentuado en él en pliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez, un humor sombrío y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñada envolvía las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, y adquiría en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobre el pecho en dos puntas de un rubio apagado.
Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, el prometido de Olga.
De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no dejaba adivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente a lo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Era que sabía que tendría todavía mucho que hacer antes de poder llevarse a su novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y la victoria misma no le llevaría más que inquietudes y tormentos. Volvía a ver con el pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y que apenas alumbraron algunos rayos de sol.
Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su condición de hijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse a la pequeña ciudad y llevar en ella una vida apacible y cómoda. Desde ese día comenzó su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tan pesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo la carga: todo lo que conseguía ganar con sus manos encallecidas, todo lo que ahorraba en sus gastos personales, desaparecía absorbido por las reclamaciones de los suyos. Y no podía quejarse; todo sucedía conforme al derecho más estricto, pues la herencia fue exactamente distribuida hasta el último centavo entre él y sus seis hermanos y hermanas--sin hablar de la reserva que habían estipulado para ellos los padres.
Cada teja de su techo y cada terrón de sus campos estaba empeñado; sobre cada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de su madre, que vigilaba severamente para que los réditos no se atrasaran un minuto.
¿Acaso no estaba en su derecho? ¿Podía él exigir que lo quisiera con mayor cariño que a sus otros hijos? Sus hermanos tenían que seguir una carrera, sus hermanas se habían casado, gracias a la dote; todos y todas fijaban en él miradas ansiosas y ávidas como en el autor y el sostén de su dicha.
¡Los réditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonaba a toda hora, amenazante, en sus oídos, y por la noche le hacía despertarse sobresaltado y llenaba sus sueños de visiones espantosas.
¡Los réditos! ¡Cuántas veces, por causa de ellos, se había golpeado la frente con los puños cerrados! ¡Cuántas veces había corrido, obsesionado, atontado, a través de los campos fangosos, para escaparse de esa tropa de demonios chispeantes; cuántas veces, en un acceso de loco furor, rompió con el puño algún utensilio, arado o vara de coche, como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Pero ellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguían con más tenacidad y más de cerca, le chupaban más y más ávidamente, hasta la médula, todo el vigor de su juventud.
¿Y de qué le servía dominarlos, si alguna vez lo conseguía? A esa hidra le brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre se alzaba, más temible, hinchándose más desmesuradamente ante sus ojos llenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre él, a aplastarlo con el peso de su mole gigantesca.
Así se había arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de un condenado, desde el día solemne que fue alegremente celebrado y rociado con vino y con champaña en _El Águila Negra_.
¡Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no le perdonaba uno solo de los espárragos que se habían reservado en la primavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la época de la cosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.
«Quien no quiere escuchar debe padecer,» era su máxima predilecta, y él nada escuchaba ¡oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple «sí,» habría podido poner término a todos sus tormentos, habría podido vivir hasta el fin de sus días en la abundancia y en la alegría; y que no quisiera pronunciarlo, por una obstinación estúpida e inconcebible, que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo que su madre no podía perdonarle.
Dos años transcurrieron así. Entonces sintió que, si continuaba esa existencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. La vacilación, el temor, lo enervaban más y más: resolvió, pues, buscar un fin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le habían prometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labios pálidos.
Y llegó el día en que llevó como esposa bajo su techo a la amada de su juventud, que hacía poco se había quedado huérfana y sin hogar.
Era un sombrío y triste día de noviembre; las nubes grises corrían en el cielo como siniestros pájaros. Temblorosa y muy pálida con su vestido negro, la delicada y enfermiza criatura se suspendía de su brazo y se estremecía bajo las miradas con que la examinaban los extraños, en las cuales se mezclaban la compasión y el desdén.
Su suegra la había acogido con reproches e imprecaciones, y transcurrió casi un año antes que entre ellas se establecieran relaciones algo tolerables.
Marta se había mostrado valerosa y activa, y había, no obstante su mala salud, trabajado de la mañana a la noche para poner en orden todo lo que un amo, largo tiempo soltero, había dejado ir a la deriva.
Y cuando, después de tres años de vida común, llena de paz y de consuelo, el Cielo prometió bendecir su unión, ella no cesó, aunque su estado exigía los mayores cuidados, de ir y venir, arreglándolo y dirigiéndolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi parecía que hubiera querido ganar así para su marido la dote que no había podido llevarle.
En tales circunstancias--dos días después del nacimiento del niño,--Olga había llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la había visto desde el día de su casamiento; y casi se asustó de su aspecto al verla dirigirse hacia él tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se había desarrollado su hermosura.
¡Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! ¡Qué mundo de sufrimientos, sin embargo; cuántos días de sorda desesperación, y cuántas noches de horripilantes fantasmas habían transcurrido entre aquel día y el presente!
Roberto se estremecía; no quería pensar más en ello; ahora todo parecía arreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonreía apaciblemente desde arriba y lo bendecía, y, como una flor brotada de su tumba, la dicha parecía abrirse de nuevo para él.
Las torres de la pequeña ciudad se acercaban progresivamente; se destacaban cada vez más detrás de los bosques de alisos. Un cuarto de hora después, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.
Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso la gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban, los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto como podían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas las casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían de rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él, desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.
Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estaba ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de aquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.
En la esquina de la plaza del mercado--en el sitio donde estaba antes la casilla de impuestos--se hallaba la vieja ama de llaves del doctor: tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.
Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.
--¡Vamos, señora Liebetreu!--dijo él alegremente.--¡Al fin me encuentro con alguien que no huye al verme!
La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.
--¡Ah, mi joven señor!--dijo, se le llamaba siempre el joven señor, para distinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido los treinta.--El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querría hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.
--¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?
La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado de darle la penosa noticia.
--¡Ah! ¡Qué sé yo!--exclamó.--No me ha dicho más que eso.
--Bueno, salude usted afectuosamente a mi tío, y dígale que tengo que hablar primero con mis padres--él sabe de qué se trata--y que inmediatamente después iré a verlo.
La anciana murmuró algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El carruaje continuó su camino hacia la casa del viejo Hellinger, situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel. Los vidrios de las ventanas le dirigían miradas amistosas; las lustrosas tejas del techo brillaban; se sentía, como siempre, que ese techo abrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. Ató su caballo en la verja del jardín y subió con paso pesado y ruidoso la pequeña escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, los ásteres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.
La campanilla hizo oír su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie se presentó a recibirlo. Arrojó su capa empapada por la lluvia sobre uno de los grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de la ropa maternal. Después entró en la sala, estaba desierta.
--Los viejos son muy capaces de estar durmiendo la siesta--murmuró;--creo que hoy será prudente dejarlos dormir.
Se dejó caer en el rincón de un sofá y miró a la puerta, pues esperaba, en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajara para tenderle la mano.
No tardó en impacientarse. ¿Y si Olga había ido a la granja? Pero no; ella sabía que él debía venir para hablar con sus padres.
Por fin se decidió: «Voy a ir a llamar a su puerta,» y se levantó.
Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde la víspera por la tarde, había aspirado sin tregua a encontrase con ella, se sentía invadido, en el momento de volver a verla, por una especie de aprensión singular. Esa timidez, esa confusión que en otros tiempos se apoderaban siempre de él en su presencia, volvían a dominarlo. ¿Era posible que hubiera tenido la víspera a esa mujer en sus brazos? ¿Y si se había arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?
Pero en ese instante, toda su audacia se despertó. Abrió los brazos en toda su extensión, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que lo inundaba el recuerdo de las recientes horas, exclamó:
--¡Que haga la prueba! ¡Con estas mis manos la alzo y me la llevo a casa! ¡Puesto que Marta ha dicho «sí,» yo querría ver que alguien se opusiera!
Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subió la escalera que no por eso dejaba de gemir bajo su peso.
Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: veía la raya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.
Tocó la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entró.
* * *
Un segundo después, la casa se conmovía hasta sus cimientos, como si el techo se desplomara.
Los dos ancianos que se habían retirado a su dormitorio para recuperar las fuerzas después de las horas dolorosas de la mañana, se levantaron espantados.
Llamaron a los sirvientes; pero éstos habían volado a hacer que la ciudad no quedara por más tiempo privada de las últimas noticias del triste acontecimiento.
--Sube tú--dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.
Y, estremeciéndose, extendió la mano hacia el frasco de gotas de Hoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vida que tenía miedo.
Cuando el viejo Hellinger penetró en la habitación de arriba, el espectáculo con que se encontró le heló la sangre en las venas.
El cuerpo de su hijo yacía en el suelo, cuan largo era. Debía, en su caída, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cual habían puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre él, entre tablas rotas, el cadáver estaba extendido, en su larga camisa, con su rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre la frente de éste.
En ese momento, Roberto recuperó el sentido y se enderezó. La cabeza de la muerta se deslizó y golpeó el suelo...
--¡Roberto, hijo mío!--gritó el anciano precipitándose hacia él.
Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una mirada vidriosa; parecía no haber vuelto en sí todavía. De repente descubrió uno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalaba hacia un lado, se había atravesado sobre su pecho. Su mirada recorrió aquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro que sonreía fijamente.
Sostenido por los dos brazos de su padre, se levantó. Vacilaba sobre sus piernas, como un toro que ha recibido un hachazo.
--¡Por Dios, hijo mío, vuelve en ti!--exclamó el anciano tomándolo por los hombros.--La desgracia se ha consumado. Somos hombres, tenemos que resignarnos.
Roberto le lanzó una mirada tímida, desesperada, como un niño. Luego se inclinó hacia el cadáver, lo levantó y lo puso en la cama rechazando con el pie la parihuela destrozada. En seguida se sentó junto a ella, a la cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo índice un mechón de la suelta cabellera.
El viejo comenzó a temer por la razón de su hijo.
--Roberto--dijo acercándose a él.--Tranquilízate, sal de aquí, con quedarte no le devolverás la vida.
El joven prorrumpió en una risa tan estridente y tan siniestra, que su padre se estremeció hasta la médula de los huesos.
Su estupor acababa de disiparse de improviso; saltó con los ojos brillantes, e hinchadas las venas de las sienes.
--¿Dónde está mi madre?--gritó avanzando hacia el anciano.
Este trató de calmarlo.
--¡Por piedad, tén un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.
La señora Hellinger, quien, desde hacía ya un momento, escuchaba en la escalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando por delante de su padre, Roberto se precipitó hacia ella con violencia, como si fuera a empuñarla por el cuello. Pero tenía todavía suficiente razón para comprender lo monstruoso de su conducta. Dejó caer sus brazos, inertes; se sentía sofocado, como si la cólera, que trataba de contener, fuera a ahogarlo.