Chapter 10
--He hecho comer antes al personal de la granja--dijo Roberto, volviéndose hacia mí,--pues no he querido darte el disgusto de ver caras extrañas.
Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba en su mano y fijó la mirada en el salero.
--¡Pero tú no comes!--dijo al cabo de un instante.
Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por completo.
Siguió un nuevo silencio.
--¿Cómo la encuentras tú?--preguntó él al fin.
--No sé--dije, violentándome para hablar,--si debo sentir alegría o inquietud.
--¿Por qué inquietud?--preguntó bruscamente.
Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.
--Marta se atormenta a sí misma.
Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que decía: «¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño desperezándose y exhaló un suspiro. Su cabellera enmarañada le caía sobre la frente y en las extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se acentuaban aún más.
Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no parecía una acusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?
--Te ama demasiado--repuse, apretando los dientes.
Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.
Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza sincera, inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:
--Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.
Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente no merecía esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de sol: sólo en mi corazón reinaban las tinieblas.
Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.
Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté bruscamente.
--Buenas noches, Roberto--dije, sin tenderle la mano.--Estoy extenuada, necesito acostarme; deja, un criado me indicará el camino. ¡Deja, te digo!
Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se detuvo, cortado.
XV
En la penumbra del corredor, el aire fresco me calmó muy pronto. Di algunos paseos y después fui en busca de una criada para que me indicara mi habitación.
--La señora ha arreglado todo ella misma en el cuarto y ha prohibido que lo toquen; hay también una carta para la señorita.
Cuando me quedé sola, pasé revista a la habitación. ¡Querida y excelente hermana! Había pensado en mis menores deseos, se había acordado fielmente de mis menores costumbres de otros tiempos para dar a mi aposento toda la comodidad y todo el encanto que se pueden imaginar. Nada faltaba allí, de lo que mi corazón más apreciaba antes. Sobre la cama caían cortinas de flores encarnadas, semejantes a las que habían abrigado mis primeros sueños de niña; en el borde de la ventana había geranios y artanitas que yo siempre cultivaba; adornaban las paredes algunos cuadros sobre los cuales mis miradas descansaban en otros tiempos al despertarme, y en los estantes encontré los libros en que había aprendido las primeras nociones del amor.
El drama de _Ifigenia_, que, en aquellos días claros y sin nubes, había sido mi poema predilecto, estaba abierto sobre la mesa. ¡Oh, bondad del Cielo! ¡Cuánto tiempo hacía que lo había leído, cuánto tiempo hacía que lo evitaba temerosamente, de tal modo que la tranquila majestad de la santa sacerdotisa hacía sufrir a mi alma!
Entre las páginas del libro encontré la carta de que me había hablado la criada. Tuve un dulce presentimiento, el presentimiento de que iba a encontrar una nueva prueba de afecto inmerecido, y, rasgando el sobre, leí:
* * *
«¡Hermana muy querida!
»Cuando entres en este cuarto no podré desearte la bienvenida: estaré enferma y quizá hasta mis labios se habrán cerrado para siempre. Todo lo encontrarás como tenías la costumbre de verlo en casa; todo esto estaba preparado para ti, y te esperaba desde hace mucho tiempo. Que sea el dolor o el gozo lo que te acoja en el umbral de esta casa, descansa en paz y duérmete con el sentimiento de estar en tu casa. Esfuérzate en amar a Roberto, como él mismo te amará. Entonces todo irá bien todavía, ya sea que Dios me deje con vosotros o que me llame a Él. Tu hermana, _Marta_.»
* * *
Nada nuevo había en lo que allí me decía y, sin embargo, me sentí tan violentamente conmovida por esa sencilla y enternecedora prueba de su cariño, que no tuve en el primer momento más que un pensamiento: ir a arrojarme al pie de su cama, y confesarle cuán indigna era aquella a quien ofrecía el asilo de su corazón y de su techo.
Ciertamente, ya no me cabía ninguna duda. Esa fatal pasión, que yo creía haber arrancado de mi alma con todas sus raíces, se había cubierto de una nueva y frondosa vegetación; las heridas cicatrizadas desde hacía tiempo se habían vuelto a abrir con la presencia de Roberto; me parecía sentir que mi sangre ardiente se escapaba de ellas a torrentes.
Ya era inútil ocultar o disimular. Se habían acabado, desde hacía largo tiempo, ese fulgor inseguro y seductor que colora los sentimientos nacientes, y ese dulce abandono que permite la embriaguez inconsciente de la juventud; en su lugar estaban la luz brillante y cruda de un conocimiento madurado por los años, la actitud fría y rígida que impone una conducta severa.
Sí, lo amaba, lo amaba con una pasión tan ardiente, tan dolorosa como sólo el corazón retemplado en el fuego del odio y del sufrimiento puede amar. Y eso no databa de hoy, eso no databa de ayer.
Había crecido con ese amor, me había aferrado a él en la pasión secreta de mi corazón; mi ser había encontrado en él su vigor: era mi fuerza y mi debilidad, era mi vida y mi muerte.
¿Lo merecía Roberto? ¿Me comprendía? ¡Qué importaba! Nunca lo comprendería después de todo. Y luego, no era él sino yo la que tenía que conquistar un derecho a su amor. A esa hora sabía que jamás podría desterrar de mi pecho esa pasión. Se trataba de someterse a ella como uno se somete al eterno destino, pero era necesario que no se hiciera criminal: debía reinar pura en el fondo de mi corazón puro.
Y, en verdad, no me habían llamado a esa casa para labrar su desgracia.
Una gran misión, una misión sagrada me esperaba. Marta vería en breve que un genio bienhechor reinaba en torno de ella en la casa: aprendería conmigo a emplear de una manera eficaz, para la salvación de su marido muy amado, el amor que la consumía en vano. Su valor, a mi lado, iba a rehacer, su alma iba a tomar nuevas fuerzas. ¡Cómo me prometía sostenerla y consolarla en las horas de dolor y de abatimiento; cómo me violentaría para reír cuando la melancolía la envolviera con su velo sombrío! Sabría, con mis bromas alegres y vivas, disipar las nubes, devolver a las frentes su serenidad, y haría de modo que siempre brillara entre esas paredes un último rayo de sol.
Mi vida transcurriría sin deseo, feliz tan sólo de la dicha de los míos, en una abnegación discreta y resignada.
Ya no necesitaba vagar en torno de la estatua de Ifigenia, pues yo también iba a desempeñar el papel augusto y sublime de la sacerdotisa.
Este piadoso pensamiento hizo caer la agitación de mi alma, y con él me dormí.
XVI
Cuando me desperté esa primera mañana, me sentí satisfecha, casi feliz. En mí reinaba una paz casi religiosa que no conocía ya, desde hacía un número infinito de años. Sabía que en lo sucesivo no tenía por qué temer el encontrarme con él.
Marta dormía todavía. Cuando miré a la habitación por la abertura de la puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia atrás, y oí una respiración corta y oprimida.
Tranquilizada, me alejé para entrar inmediatamente en mis funciones de ama de casa.
--Ya no necesitará extenuarse en el trabajo--pensé, penetrada de una secreta alegría.
Hice, para tomar oficialmente la dirección de la casa, una inspección que duró casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no habría tardado en imponérselo.
A la hora del almuerzo me encontré con Roberto. Sentí al entrar al comedor una leve palpitación del corazón, la que desapareció tan pronto como me acordé de mi juramento de la víspera. Me le acerqué, serena, mirándolo de frente, y le extendí la mano.
--¿Marta duerme todavía?--pregunté.
Él sacudió la cabeza.
--He mandado buscar al médico--dijo.--Ha pasado una mala noche... la emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.
Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.
--¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.
Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.
Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.
--¿No te sientes bien, Marta?
Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso quería decir: Ven, siéntate a mi lado.
Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.
--Dame una frazada gruesa--murmuró,--tengo mucho frío.
Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse con su contacto.
--¿Has dormido bien?--preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no le conocía.--Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi corazón!
--¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?--continuó ella, al mismo tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de malicia.
A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de agradecimiento.
--¡Sí, bésame, bésame otra vez!--dijo ella.--Tu boca es tan bella, tan ardiente: da calor al cuerpo y al alma.
Y un nuevo calofrío la sacudió.
Un instante después entró Roberto.
--Prepárate, querida--dijo acariciando la mejilla de Marta;--el médico, nuestro tío, ha llegado.
En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios de sus antiparras.
--Entonces, ¿es ella?--dijo extendiéndome la mano.
Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin reserva.
--¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!--continuó él.--De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado, Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.
Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a derecha e izquierda sus puñitos.
--Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad--pensé mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita; ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura infinita.
--Desde ayer te has vuelto más pura y mejor--me dije mentalmente.
La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado, furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar algo.
--He alejado a Roberto--dijo.--Necesito hablar a solas con usted.
Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera humeaba todavía.
--Tengo por usted un respeto muy grande, señorita--comenzó enjugando las gotas de sudor de su frente.--Por todo lo que he oído decir, es usted una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.
--Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor--dije, sintiéndome palidecer.
--¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...
Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.
--¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!
Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así del borde de la mesa para no caer.
--¡Vamos! ¡valor, valor!--murmuró él poniéndome la mano en el hombro.--La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil despedirla.
Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no pudiera formarme una idea de sus terrores.
--¿Roberto lo sabe?
Ese fue el primer pensamiento que me vino.
El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.
--He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la mitad de la verdad.
--¿Y cuál es la verdad entera?
Y enderezándome lo miré en los ojos.
Él guardó silencio.
--¿Va a morir?
Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto a encontrar mis fuerzas.
--Doctor--dije,--si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no flaquearé: necesito una certidumbre.
--Una certidumbre, querida niña--repuso él apoderándose de mis manos,--no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en su germen, y entonces todo se habrá salvado.
--¿Qué puedo hacer por ella?--exclamé, extendiendo hacia él mis manos juntas.--¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.
Él me miró sorprendido.
¿Cómo habría podido comprenderme?
XVII
Y ahora he llegado a la parte más difícil de mi relato. Desde hace ocho días, doy vueltas en torno de estas páginas sin atreverme a tomar la pluma. Un calofrío de espanto me invade al pensar en lo que me espera.
Y, sin embargo, me hará bien el acordarme una vez más de esos tres días y esas tres noches terribles, precisamente ahora que un sentimiento más tierno, una melancolía más dulce, parecen saturar mi corazón. ¡Atrás, atrás, todo pensamiento lisonjero que me hable de dicha y de paz! Estoy destinada a vivir sola y a renunciar a los goces de este mundo, y si alguna vez lo olvido, la historia de esos tres días sabrá hacerme recordarlo...
Cuando acerqué mi silla a la cama de mi hermana para comenzar mis funciones de enfermera, la encontré dormida; pero ese no era el sueño que fortifica y prepara la convalecencia; era un sueño que pesaba sobre ella como una pesadilla y le cerraba por fuerza los párpados. Cuando su pecho se levantaba o se bajaba, se habría dicho que obedecía a una fuerza extraña que lo dilataba y lo comprimía alternativamente. Su rostro pálido, color de cera, surcado por venas azules, estaba medio hundido en las almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo cruzaban, semejantes a reptiles. Oculté mi cara entre las manos: no podía soportar ese espectáculo.
Las horas del día pasaron. Ella dormía, dormía sin pensar en despertarse.
De vez en cuando oía afuera el paso ligero de las criadas; aparte de eso, todo estaba silencioso y desierto en derredor nuestro. De Roberto, ni trazas.
A mediodía no pude dejar de preguntar por su paradero. Le habían visto por la mañana salir a los campos, seguido por sus perros. Y así, desde hacía horas, vagaba bajo la lluvia.
El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando agua, con la mirada empañada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente.
Debía haber sufrido horriblemente.
Quise acercarme a él, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me atreví. La mirada huraña y sombría que me lanzó, me decía con bastante claridad: «¿Qué quieres? Déjame solo con mi dolor.»
Había asido una de las columnas de la cama y permanecía allí, con los ojos fijos en Marta, mordiéndose los labios. Después salió, como había venido, sin decir una palabra.
Pasaron dos horas más en el silencio y la espera. Los vapores de fenol que se desprendían del plato colocado frente a mí, principiaban a darme dolor de cabeza. Apoyé la frente en los vidrios para refrescarla, siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento levantaba y hacía revolotear hasta la ventana.
Comenzaba ya a obscurecer, cuando oí de repente afuera, en el corredor, una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la enferma, dormida, se estremeció dolorosamente.
La cólera me subió a la cara. Quise correr para echar de la casa a la persona que hacía tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropecé con ella.
A la primera mirada reconocí esa cara colorada e hinchada, esos ojillos perversos. ¡Quién podía ser sino _ella_, la mejor de todas las tías y de todas las madres!
--¡Al fin--exclamé para mis adentros,--al fin voy a verte de frente, mis ojos en los tuyos!
--De modo que tú eres Olga--exclamó siempre en el mismo tono estridente y llorón que llenaba la casa.--¡Buenos días, mi queridita! ¡Oh! ¡Qué desgracia! ¿Entonces es verdad? ¡La noticia me ha trastornado!
--Le ruego, querida tía--le dije cruzándome de brazos,--que vaya usted a trastornarse a otra parte y no aquí, y que a la cabecera de la enferma modere usted el tono de su voz.
Ella se quedó cortada. La mirada envenenada que me lanzó entonces, no la olvidaré en mi vida.
Pero ya sabía con quién tenía que habérmelas. Por otra parte, ella recogió el guante en seguida.
--Haces muy bien, hija mía--dijo, y su voz tomó de pronto un sonido metálico, como una trompeta de guerra,--haces muy bien en atender a tu pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es inútil ahora; soy yo quien va a quedarse aquí.
«Espérate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato»--exclamé mentalmente.
E irguiéndome cuanto pude, le respondí con mi sonrisa más fría:
--Se equivoca usted, querida tía; se le ha prohibido a mi hermana de la manera más formal que la visiten personas extrañas. Le ruego, pues, que se retire a la habitación contigua.
Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habría sido capaz de estrangularme allí mismo. Pero se marchó y el buen tío, sin voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrás de ella, la siguió.
En mi triunfo solté una gran carcajada.
Pero también, ¿qué venís a hacer, almas codiciosas, en el templo del dolor? ¡Atrás!
XVIII
Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.
El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al despedirse y dijo:
--Continúe usted con el fenol, toda la noche.
A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un vago encogimiento de hombros.
No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse afuera?--me preguntaba.--Casi se diría que le está prohibida la entrada.»
El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa parece entregada al reposo.
El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?
El furor de la desesperación se apoderó de mí.
Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar el paso a ese demonio amenazador.
¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado antes que aquél en el umbral de la puerta!
Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una puñalada.
Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas horas.
Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra, pero guardó silencio como antes.
Poco después de media noche salió del cuarto.
Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la esperanza.
Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean allá arriba en la inmensidad.
El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.
«¿Volverá?--me pregunté, aplicando el oído al ojo de la cerradura.--Seguramente no puede dormir.»
Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.
Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:
«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí? ¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»
Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.
Ella no se despertó. Recogida en su dolor, yacía, triste esqueleto. En sus pómulos se encendían pequeñas llamaradas. La respiración silbaba.
Por un instante sus labios se agitaron; parecía querer hablar, pero las palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.
¡Qué terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj hacía oír su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana venía el ligero quejido del viento y en el interior de la habitación resonaba el ruido de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.
Y de improviso me pareció oír, en medio del silencio, que mi sangre se agitaba y hervía dentro de mi cuerpo. Escuché con atención. Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas. «¿Por qué no circula apaciblemente como de costumbre--me pregunté,--y como lo exige mi gran resolución? ¿No he extirpado de mi corazón con todas sus raíces la idea de un crimen? ¿No lo he purificado con ayuda de mil fuegos? ¿No estoy aquí para desempeñar el papel de sacerdotisa, de sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?»
¡Y escuché nuevamente!
«Son alucinamientos»--me dije.