Homes and Haunts of the Most Eminent British Poets, Vol. 2 (of 2)
Chapter 7
Cinco meses más tarde el vicario general fue nombrado obispo. La señora de Listomère había muerto y dejaba en su testamento una renta de mil quinientos francos para Birotteau. El día en que se conoció el testamento de la baronesa, monseñor Jacinto, obispo de Troyes, estaba a punto de salir de Tours para ir a establecerse en su diócesis; pero retrasó su marcha. Furioso al ver que le había engañado una mujer a la cual había dado la mano mientras que ella tendía secretamente la suya al hombre que él miraba como su enemigo, Troubert amenazó de nuevo el porvenir del barón y la pairía del marqués de Listomère. En plena asamblea, en el salón del arzobispado, profirió una de esas frases eclesiásticas llenas de meliflua mansedumbre, pero impregnadas de venganza. El ambicioso marino corrió a ver a aquel presbítero implacable, que debió imponerle duras condiciones, porque la conducta del barón demostró entero sometimiento a los deseos del terrible congregacionista. El nuevo obispo entregó, con todas las formalidades necesarias, la casa de la señorita Gamard al capítulo de la Catedral; dio la biblioteca y los libros de Chapeloud al seminario; dedicó los dos discutidos cuadros a la capilla de la Virgen; pero se guardó el retrato de Chapeloud. Nadie se explicó esta casi total dejación de la herencia de la señorita Gamard.
El señor de Bourbonne supuso que el obispo conservaba secretamente la parte líquida a fin de poder sostenerse con arreglo a su categoría en París si era llamado al banco de los obispos de la Alta Cámara. Pero la víspera de la partida de monseñor Troubert, el viejo maligno logró por fin adivinar el cálculo que ocultaba aquella acción, golpe de gracia descargado por la más tenaz de todas las venganzas sobre la más débil de todas las víctimas. El legado de la señora de Listomère le fue discutido a Birotteau por el barón so pretexto de captación. Unos días después de entablado el pleito, el barón ascendió a capitán de navío. Por medida disciplinaria se impuso el entredicho al cura de San Sinforiano. Los superiores eclesiásticos juzgaron el proceso a priori. ¡El asesino de la señorita Gamard era, pues, un bribón! Si monseñor Troubert hubiese conservado la herencia de la solterona habría sido difícil fulminar sobre Birotteau la censura.
En el momento en que monseñor Jacinto, obispo de Troyes, cruzaba en silla de postas el muelle de San Sinforiano, camino de París, el abate Birotteau había sido puesto al sol, en una butaca, sobre una terraza. El pobre clérigo, castigado por su arzobispo, estaba pálido y enflaquecido. El dolor, impreso en todas sus facciones, descomponía enteramente aquel rostro, antes tan dulcemente alegre. La enfermedad ponía en aquellos ojos, antes candorosamente animados por los placeres de la buena pitanza y libres de ideas graves, un velo que simulaba un pensamiento. Aquello no era más que el esqueleto del Birotteau que un año antes rodaba tan vacío, pero tan contento, a través del Claustro. El obispo lanzó a su víctima una mirada de desprecio y compasión; luego, consintió en olvidarla y pasó.
Sin duda en otros tiempos Troubert habría sido un Hildebrando o un Alejandro VI. Hoy la Iglesia ha dejado de ser una potencia política y no absorbe ya las fuerzas de las gentes solitarias. El celibato tiene el defecto capital de que, poniendo todas las cualidades del hombre al servicio de una sola pasión, el egoísmo, hace a los solterones inútiles o nocivos. Vivimos en una época en que la falta de los gobernantes consiste en haber hecho al hombre para la sociedad y no la sociedad para el hombre. Hay un combate perpetuo entre el sistema que quiere explotar al individuo y el individuo que desea explotar el sistema; mientras que antaño el hombre, en realidad más libre, se mostraba más generoso con respecto a la cosa pública. El círculo en que se agitan los hombres se ha ensanchado sensiblemente; el alma que pueda abarcar su síntesis siempre será una excepción; porque habitualmente, en moral como en física, el movimiento pierde en intensidad lo que gana en extensión. La sociedad no debe fundarse en excepciones. En principio, el hombre fue pura y simplemente padre y su corazón latía calurosamente concentrado en el radio de la familia. Más tarde vivió para un clan o para una pequeña república; de ahí sus grandes abnegaciones históricas en Roma y Grecia. Luego perteneció a una casta o a una religión por cuyo esplendor luchó sublimemente; pero ya entonces el campo de sus intereses se acreció con todas las regiones intelectuales. Hoy su vida está ligada a la de una patria inmensa, y se dice que pronto su familia será el mundo entero. Este cosmopolitismo moral, esperanza de la Roma cristiana, ¿no será un sublime error? ¡Es tan natural creer en la realización de una noble quimera, en la fraternidad de los hombres! Mas, ¡ay!, que la máquina humana no tiene tan divinas proporciones. Las almas suficientemente vastas para concebir una grandeza de sentimientos reservada a los grandes hombres no serán nunca las de los simples ciudadanos ni las de los padres de familia. Algunos fisiólogos piensan que cuando el cerebro se ensancha de ese modo, el corazón se contrae. ¡Error! El egoísmo de los hombres que llevan en su seno una ciencia, unas leyes o una nación, ¿no es la más noble de las pasiones y, en cierto modo, la maternidad de las masas? Para alumbrar pueblos nuevos o para producir ideas nuevas, ¿no han de unir en sus poderosas cabezas los pechos de la mujer a las fuerzas de Dios? La historia de los Inocencio III, de los Pedro el Grande y de todos los directores de siglo o de nación probaría, si hiciese falta, en un orden muy elevado, el inmenso pensamiento que Troubert representaba en el fondo del claustro de Saint-Gatien.
Saint-Firmin, abril 1832.
Notas del traductor:
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