Homes and Haunts of the Most Eminent British Poets, Vol. 2 (of 2)

Chapter 5

Chapter 53,785 wordsPublic domain

Estas palabras causaron un doloroso estremecimiento al vicario, que comprendió al fin el carácter de Troubert y la profundidad de una venganza tan lentamente calculada cuando encontró al canónigo establecido en la biblioteca de Chapeloud, sentado en el bello sillón gótico de Chapeloud, durmiendo, sin duda, en el lecho de Chapeloud, alojado en el corazón de Chapeloud, anulando el testamento de Chapoloud y arrebatando su herencia, por último, al amigo de Chapeloud, de aquel Chapeloud que durante tanto tiempo le había tenido confinado en casa de la señorita Gamard, impidiéndole todo avance al cerrarle los salones de Tours. ¿Qué varita mágica había obrado aquella metamorfosis? ¿No era, pues, todo aquello de la propiedad de Birotteau? Al ver el gesto sardónico con que Troubert contemplaba la biblioteca, el pobre Birotteau comprendió que el futuro vicario general estaba seguro de poseer para siempre los despojos de aquellos a quienes había tan cruelmente odiado: a Chapeloud, como un enemigo, y a Birotteau porque en él existía todavía Chapeloud. Mil ideas se alzaron en el corazón del buen hombre y le sumieron en una especie de desvarío. Permaneció inmóvil y como fascinado por los ojos de Troubert, que le miraban fijamente.

-No creo, señor -dijo Birotteau, al cabo-, que quiera usted privarme de las cosas que me pertenecen. La señorita Gamard puede haber sentido impaciencia para alojar a usted mejor, pero debe ser lo bastante justa para darme tiempo a elegir mis libros y mis muebles.

-Señor -dijo fríamente el abate Troubert, sin dejar que asomase a su rostro señal alguna de emoción-, la señorita Gamard me dio ayer cuenta de la marcha de usted, cuya causa desconozco todavía. Si me he instalado aquí, ha sido por necesidad. El señor abate Poirel ha tomado mis habitaciones. Ignoro si las cosas que hay aquí pertenecen o no a la señorita Gamard; pero si son de usted, ya usted conoce su buena fe: la santidad de su vida es una garantía de su probidad. Por mi parte, no ignora usted la sencillez de mis costumbres. He dormido durante quince años en una habitación desnuda, sin fijarme en su humedad, que, a la larga, me ha matado. No obstante, si usted quiere habitar aquí de nuevo, yo le cederé la vivienda de buena gana.

Al escuchar estas terribles palabras, Birotteau olvidó el asunto de su canonjía, bajó con la rapidez de un muchacho en busca de la señorita Gamard, y como la encontrase en el ancho rellano que unía los dos cuerpos del edificio:

-Señorita -dijo, sin reparar ni en la sonrisa agriamente burlona que se dibujaba en sus labios ni en el resplandor extraordinario que daba a sus ojos la claridad de los ojos de tigre-, no me explico que no haya usted esperado a que me lleve mis muebles para...

-¡Cómo! -dijo ella interrumpiéndole-. ¿No he enviado todos sus efectos a casa de la señora Listomère?

-Pero, ¿y mi mobiliario?

-¿Entonces, no leyó usted su contrato? -dijo la solterona con un acento que necesitaríamos escribir musicalmente para que se comprendiese cómo supo su odio matizar la acentuación de cada palabra.

Y la señorita Gamard pareció agigantarse, y sus ojos brillaron aún más, y su rostro se dilató, y todo su cuerpo se estremeció de placer. El abate Troubert abrió una ventana, como para leer más claramente en un volumen infolio. Birotteau se quedó como herido del rayo. La señorita Gamard le trompeteaba en los oídos las frases siguientes:

-¿No es cosa convenida que si usted salía de mi casa su mobiliario me pertenecería, para indemnizarme de la diferencia que existía entre el precio de su hospedaje y el que pagaba el respetable abate Chapeloud? Y como el señor abate Poirel ha sido nombrado canónigo...

Al oír estas últimas palabras, Birotteau se inclinó débilmente, como para despedirse de la solterona; luego salió a escape. Tenía miedo, si continuaba más tiempo allí, de perder todos sus ánimos y dar a sus implacables enemigos un triunfo demasiado grande. Caminando como un hombre ebrio, llegó a casa de la señora de Listomère, donde encontró su ropa interior, sus vestidos y sus papeles encerrados en una maleta. Ante los despojos de su ajuar, el desgraciado presbítero se sentó y se tapó el rostro con las manos para que nadie viera sus lágrimas. ¡El abate Poirel era canónigo! ¡Él, Birotteau, se veía sin asilo, sin fortuna y sin mobiliario! Por fortuna, la señorita Salomón acertó a pasar en carruaje. El portero de la casa, que había comprendido la desesperación del pobre hombre, hizo una señal al cochero. Después de cambiadas unas frases entre la señorita y el portero, el vicario, medio muerto, se dejó llevar ante su fiel amiga, a la cual sólo pudo decir algunas palabras incoherentes. La señorita Salomón, asustada por el desvarío momentáneo de una cabeza de suyo tan débil, le condujo inmediatamente a La Alondra, atribuyendo aquel principio de enajenación mental al efecto que debía de haber producido en el vicario el nombramiento del abate Poirel. Ignoraba el convenio del presbítero con la señorita Gamard, por la suprema razón de que él mismo desconocía su alcance. Y como es ley natural que lo cómico se encuentre a veces mezclado en las cosas patéticas, las extrañas respuestas de Birotteau casi hicieron sonreír a la señorita Salomón.

-Chapeloud tenía razón -decía el vicario- ¡Es un monstruo!

-¿Quién? -preguntaba ella.

-Chapeloud. ¡Todo me lo ha quitado!

-¿Poirel?

-No, Troubert.

Por fin llegaron a La Alondra, donde los amigos del presbítero le prodigaron cuidados tan cariñosos que, al anochecer, se calmó y lograron arrancarle el relato de lo sucedido durante la mañana.

El flemático propietario quiso ver el contrato en el cual, desde la víspera, adivinaba la clave del enigma. Birotteau sacó del bolsillo el fatal papel sellado y se lo dio al señor Bourbonne, quien lo leyó rápidamente y llegó en seguida a una cláusula concebida en estos términos:

«Como existe una diferencia de ochocientos francos anuales entre el hospedaje que pagaba el difunto señor Chapeloud y aquel por el que la dicha Sofía Gamard consiente en admitir en su casa, en las condiciones arriba estipuladas, al dicho Francisco Birotteau; considerando que el abajo firmante Francisco Birotteau reconoce más que suficientemente no hallarse en condiciones de pagar durante varios años el precio que pagan los huéspedes de la señorita Gamard, y especialmente el abate Troubert; por último, en atención a diversos anticipos hechos por la dicha Sofía Gamard abajo firmada, el dicho Birotteau se compromete a cederle, a título de indemnización, el mobiliario de que esté en posesión a su fallecimiento o cuando, por cualquier causa, deje voluntariamente en cualquier época las habitaciones que ahora se le alquilan, y a no aprovecharse más de sus concesiones estipuladas en los compromisos contraídos por la señorita Gamard para con él más arriba...».

-¡Dios! ¡Qué atrocidad! -exclamó el propietario-. ¡Y qué ganas tiene la dicha Sofía Gamard!

El pobre Birotteau, que no había imaginado con su infantil cerebro causa alguna que pudiese separarle un día de la señorita Gamard, esperaba morir en su casa. No recordaba aquella cláusula, que tampoco fue discutida en sazón; hasta tal punto le había parecido justa cuando, en su deseo de pertenecer a la solterona, habría firmado cuantos pergaminos le hubiesen presentado. Su inocencia era tan respetable y la conducta de la señorita Gamard tan atroz, era tan deplorable la suerte del pobre sexagenario y su debilidad le hacía tan conmovedor, que, en un primer arranque de indignación, exclamó la señora de Listomère:

-Mía es la culpa de que se haya firmado el contrato que le arruina a usted, y yo debo devolverle el bienestar de que le he privado.

-Pero el contrato -dijo el señor de la Bourbonne- constituye un dolo, y hay en él materia de proceso...

-Bueno, pues litigará Birotteau. Si pierde en Tours, ganará en Orleans; si pierde en Orleans, ganará en París -dijo el barón de Listomère.

-Si quiere pleitear -repuso fríamente el señor Bourbonne-, le aconsejo que primeramente renuncie a su vicariato.

-Consultaremos con abogados -dijo la señora de Listomère- y pleitearemos si hay que pleitear. Pero este asunto es demasiado vergonzoso para la señorita Gamard y puede hacerse demasiado enojoso para el abate Troubert para que no obtengamos alguna transacción.

Después de deliberar maduramente, todos prometieron al abate Birotteau su ayuda en la lucha que iba a entablarse entre él y todos los adeptos de sus antagonistas. Un firme presentimiento, un instinto provinciano indefinible los obligaba a unir los nombres de Gamard y Troubert. Pero ninguno de los que se hallaban a la sazón en casa de la señora de Listomère, exceptuado el viejo maligno, tenía idea exacta de la importancia de semejante combate. El señor de Bourbonne llamó a Birotteau aparte.

-De las catorce personas que hay aquí -le dijo en voz baja-, no contará usted con una dentro de quince días. Si necesita usted llamar a alguien en su auxilio, sólo a mí me encontrará con bastante atrevimiento para tomar su defensa, porque conozco lo que son las provincias, los hombres, las cosas y, sobre todo, los intereses. Pero todos sus amigos, algunos llenos de buenas intenciones, le están metiendo en un mal camino, del que no saldrá usted con bien. Oiga mi consejo: Si quiere usted vivir en paz, deje el vicariato de Saint-Gatien, márchese de Tours. No diga a dónde va; busque un curato lejano donde Troubert no pueda encontrarle.

-¿Abandonar a Tours? -exclamó el vicario con un terror indescriptible.

Era para él una especie de muerte. ¿No era romper todas las raíces que le sujetaban al mundo? Los solterones reemplazan los sentimientos con costumbres. Cuando a este sistema moral, que les hace, más que vivir, atravesar la vida, se une un carácter débil, las cosas exteriores adquieren sobre ellos un imperio asombroso. De esta suerte, Birotteau se había convertido en algo así como un vegetal: trasplantarle era poner en peligro su inocente fructificación. Así como para vivir un árbol necesita hallar constantemente los mismos jugos y tener sus raíces en el mismo terreno, a Birotteau le era indispensable corretear por Saint-Gatien, andar siempre por el paseo del Mazo, que era su paseo habitual, recorrer invariablemente las calles por donde solía pasar, continuar yendo a los tres salones donde por las noches jugaba al whist o al chaquete.

-¡Ah! No había caído en ello -respondió el señor de Bourbonne, mirando al presbítero con cierta compasión.

Todo el mundo supo en Tours en seguida que la señora baronesa de Listomère, viuda de un teniente general, recogía al abate Birotteau, vicario de Saint-Gatien. Este hecho, que muchos habían puesto en duda, planteó las cosas rotundamente y dividió claramente las opiniones, sobre todo cuando la señorita Salomón se atrevió, la primera, a hablar de dolo y de proceso. Con la sutil vanidad que distingue a las solteronas y el fanatismo de personalidad que las caracteriza, la señorita Gamard se sintió sordamente herida por la actitud de la señora de la Listomère. La baronesa era una mujer de alta categoría, de costumbres elegantes, y a quien no se podía discutir el buen gusto, las maneras corteses y la religiosidad. Al recoger a Birotteau desautorizaba francamente todos los actos de la señorita Gamard, censuraba indirectamente su conducta y parecía sancionar las quejas del vicario contra su antigua hospedera.

Para la inteligencia de esta historia, hay que explicar aquí hasta qué punto el discernimiento y el espíritu analítico con que las viejas se dan cuenta de los actos ajenos fortalecían a la señorita Gamard y cuáles eran los recursos de su partido. En compañía del silencioso abate Troubert, pasaba la noche en cuatro o cinco casas donde se reunían una docena de personas ligadas entre sí por los mismos gustos y por analogía de su situación. Eran uno o dos viejos que compartían las pasiones y los chismorreos de sus criados; cinco o seis solteronas que se pasaban el día entero tamizando las palabras y envidiando las acciones de sus vecinos y de las personas colocadas en la sociedad por bajo o por cima de ellas; y luego, algunas mujeres de edad, exclusivamente ocupadas en destilar maledicencias, en llevar un registro exacto de todas las fortunas o en investigar los actos ajenos: pronosticaban los matrimonios y censuraban la conducta de amigos con igual acritud que la de sus enemigos. Estas gentes, situadas en la ciudad a la manera de los vasos capilares de una planta, aspiraban, con la misma sed que una hoja el rocío, las noticias, los secretos de cada casa; los inflaban y se los transmitían maquinalmente al abate Troubert, como las hojas comunican al tallo la frescura que han absorbido. Cada noche, excitados por esa necesidad de emoción que experimenta todo el mundo, aquellos buenos devotos hacían un balance exacto de la situación de la ciudad, con una sagacidad digna del Consejo de los Diez, y ejercían la policía armados de esa especie de espionaje de efecto seguro que crean las pasiones. Cuando ya habían adivinado la razón secreta de un suceso, su amor propio los inducía a apropiarse la sabiduría del sanedrín para dar el tono de la picotería en sus respectivas zonas. Aquella congregación, ociosa y activa, invisible y clarividente, muda e incansablemente charlatana, poseía de ese modo una influencia en apariencia poco perniciosa, pero que se hacía terrible cuando la animaba un interés mayor. Ahora bien: hacía mucho tiempo que no se había presentado en la esfera de sus existencias un acontecimiento tan grave y tan importante para cada uno de ellos como la lucha de Birotteau, apoyado por la señora de Listomère, contra el abate Troubert y la señorita Gamard. En efecto, como los tres salones de los señores de Listomère, Merlin de la Blottière y de Villenoix eran considerados como enemigos por los que frecuentaba la señorita Gamard, en el fondo de la querella latía el espíritu de cuerpo con todas sus vanidades. Era el combate del pueblo y el Senado romano en un zaquizamí, o una tempestad en un vaso de agua, como dijo Montesquieu hablando de la república de San Marino, cuyos cargos públicos no duraban mas que un día: tan fácil de conquistar era la tiranía. Pero aquella tempestad desarrollaba, no obstante, en las almas tantas pasiones como hubieran hecho falta para dirigir los más grandes intereses sociales. ¿No sería erróneo creer que el tiempo sólo pasa rápido para los corazones embriagados con vastos proyectos que conturban la vida y la hacen tumultuosa? Las horas del abate Birotteau corrían tan animadas, huían cargadas de pensamientos tan graves, estaban tan rizadas por las esperanzas y las desesperaciones como las crueles horas del ambicioso, el jugador, el amante. Sólo Dios está en el secreto de la energía que nos cuestan los triunfos que ocultamente alcanzamos sobre los hombres, sobre las cosas y sobre nosotros mismos. No siempre sabemos a dónde vamos, pero harto conocemos las fatigas del viaje. Pero si permitís al historiador apartarse del drama que está narrando para ejercer un momento el papel de los críticos, si os invita a echar una ojeada sobre las existencias de aquellas solteronas y de los dos abates a fin de buscar en ellos la causa de la desventura que los viciaba en su esencia, tal vez veáis demostrado que el hombre necesita experimentar ciertas pasiones para que se desenvuelvan en él las cualidades que ennoblecen su vida al ensanchar su esfera y adormecen el egoísmo propio de todas las criaturas.

La señora de Listomère regresó a la ciudad sin saber que desde hacía cinco o seis días sus amigos se habían visto obligados a rechazar una suposición de la cual ella se habría reído si la conociese, y según la cual el afecto que demostraba por su sobrino tenía causas casi criminales. Llevó al abate Birotteau a casa de su abogado, el cual no estimó el proceso cosa fácil. Los amigos del vicario, confiados en el sentimiento que produce la justicia de una causa buena, o desidiosos ante un proceso que no les atañía personalmente, habían dejado el planteamiento del mismo para el día en que volvieran a Tours. Los amigos de la señorita Gamard pudieron, pues, tomar la delantera y supieron contar el asunto en términos poco favorables para el abate Birotteau. Así, el leguleyo, cuya clientela se componía exclusivamente de las personas devotas de la ciudad, sorprendió mucho a la señora de Listomère aconsejándola que no se embarcase en tal pleito y terminó la conferencia diciendo que, por supuesto, él no se encargaría porque, dados los términos del contrato, la razón, en derecho, era de la señorita Gamard; que en equidad, es decir, fuera del terreno de la justicia, el abate Birotteau aparecería a los ojos del tribunal y a los de las gentes honradas en contradicción con el carácter de paz, de conciliación y de mansedumbre que se le había atribuido hasta entonces; que la señorita Gamard, conocida como persona dulce y contemporizadora, había obligado a Birotteau prestándole el dinero necesario para pagar los derechos de sucesión originados por el testamento de Chapeloud, sin exigirle recibo; que Birotteau no tenía edad ni carácter para haber firmado un contrato sin saber lo que contenía ni enterarse de su importancia, y que si Birotteau había dejado a la señorita Gamard después de llevar dos años en su casa, mientras que su amigo Chapeloud había permanecido en ella doce años y Troubert quince, no podía ser sino porque tenía algún proyecto que él solo conocía; que el proceso sería, pues, juzgado como un acto de ingratitud, etcétera. Después de haber dejado que Birotteau saliese delante hacia la escalera, el abogado llevó aparte a la señora de Listomère y la conjuró, en nombre de su tranquilidad, a no mezclarse en tal asunto.

Por la noche, cuando los tertulios de la señora Listomère estaban reunidos en círculo ante la chimenea esperando la hora de empezar sus partidas, el pobre vicario, que se torturaba como un condenado a muerte que en su mazmorra de Bicêtre espera el resultado de su recurso de casación, no pudo menos de comunicarles lo ocurrido en la visita.

-Fuera del abogado de los liberales, yo no conozco en Tours un picapleitos que sea capaz de encargarse de ese asunto sin la intención preconcebida de perderlo -exclamó el señor de Bourbonne-, y no le aconsejo a usted que se embarque tampoco con él.

-Pero esto es una infamia -dijo el teniente de navío-. Yo mismo llevaré al abate a casa de ese abogado.

-Llévele usted, y cuando sea de noche -dijo el señor de Bourbonne, interrumpiéndole.

-¿Y por qué?

-Acabo de saber que el abate Troubert ha sido nombrado vicario general, en sustitución del que murió anteayer.

-Me río yo del abate Troubert.

Desgraciadamente, el barón de Listomère, hombre de treinta y seis años, no vio la seña que le hizo el señor de Bourbonne para recomendarle que pesara las palabras, porque estaba allí presente un amigo de Troubert, consejero de prefectura.

-Si el señor abate Troubert es un bribón...

-¡Oh! -dijo el señor de Bourbonne-. ¿A qué mezclar al abate Troubert en un asunto al cual es completamente ajeno?...

-Pero, ¿no está disfrutando de los muebles del abate Birotteau? -replicó el barón-. Recuerdo haber estado en casa de Chapeloud y haber visto dos cuadros de precio. Suponga usted que valen diez mil francos... ¿Cree usted que el señor Birotteau ha querido dar por dos años de habitación en casa de la señorita Gamard diez mil francos, cuando sólo la biblioteca y los muebles valen ya esa suma?

El abate Birotteau abrió mucho los ojos al enterarse de que había poseído tan enorme capital.

El barón, prosiguiendo acaloradamente, añadió:

-Precisamente, el señor Salmon, el antiguo perito del Museo de París, ha venido a Tours a visitar a su suegra. Voy a verle esta misma noche con el abate Birotteau, para rogarle que tase los cuadros. Desde allí le llevaré a casa del abogado.

Dos días después de esta conversación, el proceso había tomado cuerpo. El abogado de los liberales, convertido en abogado de Birotteau, perjudicaba mucho a la causa del vicario. Las personas opuestas al Gobierno y las conocidas por no ser partidarias de los curas ni de la religión, dos cosas que muchos confunden, tomaron el asunto por su cuenta, y toda la ciudad habló de él. El antiguo perito del Museo había tasado en once mil francos la Virgen del Valentín y el Cristo de Lebrun, obras de capital belleza. En cuanto a la biblioteca y los muebles góticos, de un estilo que en París dominaba más cada día, los estimó en doce mil francos. En fin, después de minucioso examen, el perito valuó el mobiliario entero en diez mil escudos. Y como Birotteau no podía haber querido dar a la señorita Gamard esta enorme suma a cambio del poco dinero que le adeudaba en virtud de lo estipulado, era evidente que existía, judicialmente hablando, motivo para rescindir el contrato; si no, la señorita se haría culpable de un dolo voluntario. El abogado de los liberales entabló, pues, el asunto presentando una demanda contra la señorita Gamard. Aunque muy mordaz el documento, fortalecido con citas de disposiciones soberanas y corroborado por algunos artículos del Código, no dejaba de ser una obra maestra de lógica judicial, y resultaba tan condenatorio para la solterona, que los de la oposición repartieron malévolamente treinta o cuarenta copias por la ciudad.

Unos días después de romperse las hostilidades entre Birotteau y la solterona, el barón de Listomère, que esperaba ascender a capitán de corbeta en la primera promoción, desde mucho antes anunciada por el Ministerio de Marina, recibió carta de un amigo en que se le anunciaba que se estaba intentando separarle de la escala activa. Muy sorprendido, marchó rápidamente a París y asistió a la inmediata reunión en casa del ministro. Este pareció sorprendidísimo y se echó a reír cuando el barón de Listomère le expuso sus temores. A pesar de la palabra del ministro, Listomère se enteró al día siguiente en las oficinas. Con esa indiscreción que algunos jefes suelen tener en favor de sus amigos, un secretario le enseñó un trabajo ya ultimado, pero que por enfermedad de un director no había sido todavía sometido al ministro, en el cual se confirmaba la funesta nueva. El barón de Listomère corrió en seguida a casa de uno de sus tíos, el cual, como diputado, podía ver inmediatamente al ministro en la Cámara, y le rogó que explorase los propósitos de Su Excelencia, porque para él se trataba de la pérdida de su porvenir. En el coche de su tío esperó con la más viva ansiedad a que acabase la sesión. El diputado salió mucho antes del final y dijo a su sobrino, mientras el coche le conducía a su hotel: