Homes and Haunts of the Most Eminent British Poets, Vol. 2 (of 2)
Chapter 3
Era imposible hallar dos personas que ofreciesen tantos contrastes como las de ambos abates: Troubert, alto y seco, tenía un tinte amarillo y bilioso, mientras que el vicario era lo que familiarmente se llama regordete. Redondo y colorado, la cara de Birotteau revelaba una bondad sin ideas, en tanto que la de Troubert, larga y surcada por profundas arrugas, adquiría en ciertos momentos una expresión llena de ironía o de desdén; pero había que examinarla, sin embargo, con atención, para descubrir en ella estos dos sentimientos. Habitualmente, el canónigo permanecía en una calma perpetua, casi siempre con los párpados caídos sobre los enrojecidos ojos, que cuando él quería miraban de un modo claro y penetrante. Rojos cabellos completaban esta sombría fisonomía, siempre obscurecida por el velo que las graves meditaciones echaban sobre sus rasgos. Algunas personas habían podido creerle absorbido por una alta y profunda ambición; pero las que mejor pretendían conocerle acabaron por destruir esa opinión, mostrándole como idiotizado por el despotismo de la señorita Gamard o fatigado por el exceso de ayunos. Hablaba pocas veces y no reía nunca. Cuando algo le conmovía agradablemente escapábasele una débil sonrisa que se perdía entre los pliegues de su rostro. Birotteau era, por el contrario, todo expresión, todo franqueza; gustaba de las buenas tajadas y disfrutaba con cualquier fruslería con la sencillez de un hombre sin hiel y sin malicia. El abate Troubert producía al primer golpe de vista un sentimiento de terror involuntario, mientras que el vicario arrancaba a quienes le miraban una dulce sonrisa. Cuando el gigantesco canónigo paseaba por las arcadas y las naves de Saint-Gatien, inclinada la frente, severa la mirada, causaba respeto; su figura encorvada estaba en armonía con los amarillentos arcos de las bóvedas; los pliegues de su sotana tenían algo de monumental, digno de la estatuaria. Pero el buen vicario circulaba por allí sin gravedad, correteaba, pataleaba, parecía que rodaba sobre sí mismo. Estos dos hombres tenían, no obstante, una semejanza. Así como el aspecto ambicioso de Troubert, al hacerle terrible, le había condenado al papel insignificante de simple canónigo, el carácter y el talante de Birotteau parecían amarrarle eternamente al vicariato de la catedral. Sin embargo, el abate Troubert, ya entrado en la cincuentena, había desvanecido con la mesura de su proceder la apariencia de una total falta de ambición, y con la vida completamente santa que llevaba, los temores que su sospechosa capacidad y su exterior terrible habían inspirado a sus superiores. Además, como desde hacía un año su salud se había alterado gravemente, parecía probable su elevación al vicariato general del arzobispado. Sus mismos competidores deseaban que se le nombrase, a fin de poder prepararse mejor durante los pocos días que podía concederle su enfermedad crónica. Lejos de ofrecer las mismas esperanzas, la triple barbilla de Birotteau presentaba a los contrincantes que le disputaban el canonicato los síntomas de una salud floreciente y su gota les parecía, según el proverbio, una garantía de longevidad. El abate Chapeloud, hombre de un gran sentido y que, dada su amabilidad, había sido siempre muy buscado por las gentes que gustan de las compañías agradables y por los diferentes jefes de la metrópoli, se había opuesto siempre, pero secretamente y con mucho ingenio, a la elevación del abate Troubert; hasta le había, muy hábilmente, impedido el acceso a todos los salones en que se reunía la mejor sociedad de Tours, y eso que Troubert le había tratado siempre con gran respeto, demostrándole en toda ocasión la más alta deferencia. Esta constante sumisión no había podido cambiar la opinión del difunto canónigo, el cual, durante su último paseo, todavía decía a Birotteau:
-Desconfíe usted de ese larguirucho de Troubert. Es Sixto V reducido a las proporciones del obispado.
Tal era el amigo, el comensal de la señorita Gamard, el que venía a visitar y a dar pruebas amistosas al pobre Birotteau el día siguiente de haberle, por decirlo así, declarado la guerra.
-Hay que disculpar a Mariana -dijo el canónigo al verla entrar-. Creo que ha empezado por ir a mis habitaciones. Son muy húmedas y he tosido mucho toda la noche. Usted está aquí muy higiénicamente -añadió mirando a las cornisas.
-¡Oh! Estoy aquí como un canónigo -respondió Birotteau, sonriendo.
-Y yo, como un vicario -replicó el humilde presbítero.
-Sí; pero pronto se alojará usted en el Arzobispado -dijo el bueno de Birotteau, que deseaba que todo el mundo fuese feliz.
-¡Oh! O en el cementerio. ¡Pero cúmplase la voluntad de Dios!
Y Troubert alzó los ojos al cielo con un gesto de resignación.
-Venía -añadió- a rogarle que me preste el libro de Actas de los obispos. Nadie mas que usted tiene en Tours esa obra.
-Cójala de mi biblioteca -respondió Birotteau, a quien la última frase del canónigo había hecho recordar todos los goces de la vida.
El enorme canónigo entró en la biblioteca y allí permaneció mientras el vicario se vestía. Pronto sonó la campanada del desayuno, y el gotoso, pensando que a no ser por la visita de Troubert no habría tenido lumbre al levantarse, se dijo:
-¡Es un buen hombre!
Los dos presbíteros bajaron juntos, armados de sendos intolios, que colocaron sobre una de las consolas del comedor.
-¿Qué es eso? -preguntó con voz agria la señorita Gamard, dirigiéndose a Birotteau-. Supongo que no irá usted a llenarme de libracos el comedor.
-Son libros que necesito -respondió el abate Troubert-. El señor vicario ha tenido la bondad de prestármelos.
-Debí adivinarlo -dijo ella dejando escapar una sonrisa de desdén-. El señor Birotteau no puede leer esos libros tan grandes.
-¿Cómo está usted, señorita? -preguntó Birotteau con voz aflautada.
-No muy bien -respondió ella secamente-. Por culpa de usted me desperté anoche durante el primer sueño, y toda la noche ya he dormido mal.
Y, sentándose, la señorita Gamard añadió:
-Señores, se va a enfriar la leche.
Estupefacto al verse acogido con tal acritud por su patrona, cuando esperaba excusas, pero asustado, como les sucede a las personas tímidas ante la perspectiva de una discusión, sobre todo si son el objeto de ella, el pobre vicario se sentó en silencio. Luego, al advertir en el rostro de la señorita Gamard síntomas de mal humor, permaneció batallando con su razón, que le ordenaba no sufrir las desatenciones de la hospedera, mientras que su carácter le inducía a evitar una querella. Presa de esta angustia interior, Birotteau empezó por examinar seriamente las grandes sombras verdes pintadas en el recio hule que, por costumbre inmemorial, dejaba la señorita Gamard en la mesa durante el desayuno, sin preocuparse de los bordes rozados ni de las numerosas cicatrices de semejante cobertura. Los dos huéspedes estaban frente a frente, sentados en sillones de mimbre, a los extremos de la mesa, cuya cabecera ocupaba la patrona, que lo dominaba todo desde su silla, provista de almohadones y adosada a la estufa del comedor. Esta pieza y el salón común estaban situados en el piso bajo, debajo del dormitorio y el salón del abate Birotteau. Cuando el vicario hubo recibido de manos de la señorita Gamard la taza de café azucarado, sintió que le helaba el profundo silencio en que iba a realizar el acto, habitualmente tan alegre, de su desayuno. No atreviéndose a mirar ni la árida cara de Troubert, ni el rostro amenazador de la solterona, se volvió, por aparentar serenidad, al obeso doguillo que, echado en un almohadón junto a la estufa, nunca se movía porque siempre encontraba a su izquierda un platillo lleno de golosinas y a su derecha un tazón de agua clara.
-¡Qué, pequeño! -le dijo-. ¿Esperas tú café?
Este personaje, uno de los más importantes de la casa, pero poco molesto cuando dejaba de ladrar y cedía la palabra a su dueña, alzó hacia Birotteau los ojuelos, perdidos bajo los pliegues de su careta de grasa, y en seguida los cerró a lo cazurro. Para comprender el sufrimiento del pobre vicario es necesario decir que, dotado de una locuacidad vacua y sonora como el sonido que haría un globo si se le golpeara, pretendía, sin haber jamás podido dar a los médicos la razón de su creencia, que las palabras favorecen la digestión. La señorita Gamard, que compartía esta doctrina higiénica, nunca había dejado de hablar durante la comida, a pesar de su enfado; pero desde hacía varias mañanas el vicario venía empleando en balde su inteligencia en hacerle preguntas insidiosas a fin de desatar la lengua. Si los límites estrechos en que se encierra esta historia hubiesen permitido reproducir una sola de aquellas conversaciones, que casi siempre provocaban la sonrisa amarga y sardónica del abate Troubert, con ella habríamos ofrecido una acabada pintura de la vida beocia de los provincianos. Algunas personas de ingenio conocerían, no sin placer acaso, los extraños desenvolvimientos que el abate Birotteau y la señorita Gamard daban a sus opiniones personales sobre política, religión y literatura. No faltarían cosas cómicas que exponer: ya las razones que ambos tenían para dudar seriamente, en 1826, de la muerte de Napoleón, ya las conjeturas que les hacían creer en la existencia de Luis XVII, salvado en el hueco de un leño enorme. ¿Quién no habría reído oyéndoles establecer, con razones evidentemente suyas, que el rey de Francia disponía él solo de todos los impuestos, que las Cámaras se habían reunido para destruir el clero, que habían muerto más de trescientas mil personas en el cadalso durante la Revolución? Después hablaban de la Prensa sin conocer el nombre de los periódicos, sin tener la menor idea de lo que era este moderno instrumento. Por último, Birotteau escuchaba atentamente a la señorita Gamard cuando ella decía que un hombre alimentado con un huevo cada mañana debía morir infaliblemente al fin del año, y que eso ya se había visto; que comiendo durante varios días un panecillo tierno, sin beber, se curaba la ciática; que todos los obreros que habían trabajado en la demolición de la abadía de San Martín murieron en el espacio de seis meses; que cierto prefecto había hecho todo lo posible, bajo Bonaparte, por derribar las torres de Saint-Gatien; y otros mil cuentos absurdos.
Pero ahora Birotteau sentía su lengua muerta; se resignó, pues, a comer sin entablar conversación. Pronto encontró que aquel silencio era peligroso para su estómago y dijo audazmente:
-¡Vaya un café excelente!
Este acto de valor fue completamente inútil. Después de haber mirado al cielo por el exiguo espacio que separaba por encima del jardín a los dos negros arbotantes de Saint-Gatien, todavía tuvo el vicario ánimos para decir:
-Hoy hará mejor día que ayer...
A estas palabras, la señorita Gamard se contentó con echar la más graciosa de sus miradas al abate Troubert y volvió los ojos, impregnados de una severidad terrible, a Birotteau, el cual, afortunadamente, había bajado los suyos.
Ninguna criatura del género femenino era capaz como la señorita Sofía Gamard de encarnar la naturaleza elegíaca de la solterona; mas para pintar bien a un ser cuyo carácter presta inmenso interés a los pequeños acontecimientos de este drama y a la vida anterior de los personajes que en él son actores tal vez convenga resumir aquí las ideas cuya expresión se encuentra en la solterona: la vida habitual hace el alma, y el alma hace la fisonomía. Si todo, en la sociedad como en el mundo, ha de tener un fin, es indudable que hay aquí abajo algunas existencias cuyo objeto y utilidad son inexplicables. La moral y la economía política repelen igualmente al individuo que consume sin producir, que ocupa un lugar en la tierra sin esparcir en su derredor el mal ni el bien; porque el mal es, sin duda, un bien cuyos resultados no se manifiestan inmediatamente. Es raro que las solteronas no se coloquen por sí mismas en la clase de estos seres improductivos. Ahora bien: si la conciencia de su trabajo da al ser activo un sentimiento de satisfacción que le ayuda a soportar la vida, la certidumbre de vivir a costa ajena y de ser inútil debe producir un efecto contrario e inspirar al propio sujeto inerte el desprecio que despierta en los demás. Esta dura reprobación social es una de las causas que, sin darse cuenta las solteronas, contribuyen a poner en su alma el disgusto que expresa su rostro. Un prejuicio, en el cual hay quizá algo de verdad, lanza dondequiera, y en Francia más que en otras partes, un gran disfavor sobre la mujer con quien nadie ha querido compartir los bienes ni conllevar los males de la vida. Llega para las solteras una edad en que el mundo, con razón o sin ella, las condena al desdén de que son víctimas. Si son feas, la bondad de su carácter debía compensar las imperfecciones de la naturaleza; si bonitas, su desgracia ha debido fundarse en causas graves. No se sabe, entre unas y otras, cuales son más dignas de repulsa. Si su soltería ha sido razonada, si es un voto de independencia, ni los hombres ni las madres les perdonan el haber desmentido la abnegación de la mujer rehuyendo las pasiones que dan tanto atractivo a su sexo: renunciar a sus dolores es abdicar la poesía que hay en ellos, y no merecer ya los dulces consuelos a que una madre tiene siempre derecho indiscutible. Además, los sentimientos generosos, las cualidades exquisitas de la mujer, no se desarrollan más que por su constante ejercicio; permaneciendo soltera, una criatura del sexo femenino no es más que un contrasentido; egoísta y fría, causa horror. Esta sentencia implacable es, por desgracia, demasiado justa para que las solteronas ignoren sus motivos. Estas ideas germinan en su corazón tan naturalmente como los efectos de su triste vida se reproducen en sus facciones. De ahí que se marchiten, porque la constante expansión o la dicha, que esclarecen el rostro de las mujeres y dan gracia tan suave a sus movimientos, no han existido nunca en ellas. Luego se hacen ásperas y malhumoradas, porque un ser que ha errado su vocación es infeliz; sufre, y el sufrimiento engendra la malignidad. En efecto, antes de culparse a sí misma de su aislamiento, la solterona acusa durante mucho tiempo al mundo. De la acusación al deseo de venganza no hay mas que un paso. Hasta su fealdad es un resultado necesario de su vida. Como nunca han sentido la necesidad de agradar, desconocen la elegancia y el buen gusto. No ven nada que no sean ellas mismas. Este sentimiento las lleva insensiblemente a escoger las cosas que les son cómodas, con detrimento de las que pueden ser agradables para los demás. Sin darse exacta cuenta de su desemejanza con las otras mujeres, por fin la notan y las hace sufrir. Los celos son un sentimiento indeleble en el corazón femenino. Las solteronas son, pues, celosas sin objeto, y no conocen sino las desventuras de la única pasión que los hombres perdonan al bello sexo, porque les halaga. Así, torturadas en todos sus deseos, obligadas a rehuir las expansiones de su naturaleza, las solteronas experimentan constantemente un malestar interior, al cual no se habitúan jamás. ¿No es duro en todas las edades, y sobre todo para la mujer, leer en los rostros un sentimiento de repulsión, cuando su destino es no despertar en los corazones que la rodean mas que sensaciones amables? Por eso la mirada de una solterona es siempre oblicua, menos por modestia que por vergüenza y miedo. Esos seres no perdonan a la sociedad su falsa posición, porque no se la perdonan a sí mismos. Y es imposible que una persona en guerra perpetua consigo misma o en contradicción con la vida deje a las demás en paz y no envidie su dicha. Todo este mundo de ideas tristes se veía en los ojos grises y opacos de la señorita Gamard, y el ancho círculo negro que los rodeaba delataba los largos combates de su vida solitaria. Todas las arrugas de su rostro eran rectas. La contextura de su frente, de su cabeza y de sus mejillas tenía los caracteres de la rigidez y la sequedad. Sin el menor cuidado dejaba crecer los pelos grises de algunos lunares desparramados por su barbilla. Sus delgados labios cubrían apenas unos dientes demasiado largos y que no carecían de blancura. Morena, sus cabellos, antes negros, habían blanqueado, a causa de horribles jaquecas. Esta enfermedad la obligaba a llevar un postizo; pero como no sabía colocárselo con disimulo, frecuentemente dejaba pequeños intersticios entre el borde de su cofia y el cordón negro que sujetaba aquella semipeluca. Su traje, de tafetán en verano y de merino en invierno, era siempre de color carmelita. El cuello, siempre caído, dejaba ver la piel rojiza y tan artísticamente rayada como puede estarlo una hoja de encina mirada al trasluz. Su origen explicaba bien estas desgracias de conformación. Era hija de un tratante en maderas, especie de aldeano enriquecido. A los diez y seis años tal vez fue fresca y carnosa, pero no le quedaba ya ni rastro de la blancura de tez ni de los hermosos colores que se alababa de haber tenido. Sus carnes habían contraído ese tinte lívido bastante común en las devotas. De todas sus facciones, la nariz aquilina era la que más contribuía a expresar el despotismo de sus ideas, así como la forma plana de su frente delataba la estrechez de su espíritu. Sus movimientos tenían una rapidez chocante que excluía toda gracia, y sólo con verla sacar de su bolso el pañuelo para sonarse con gran ruido hubieseis adivinado su carácter y sus costumbres. De estatura bastante elevada, se mantenía siempre rígida, y justificaba la observación de un naturalista que ha explicado físicamente el andar de todas las solteronas pretendiendo que se les suelden las coyunturas. Andaba sin que el movimiento se distribuyese igualmente por toda su persona para producir esas graciosas ondulaciones tan atractivas en las mujeres: andaba como si fuese, por decirlo así, de una sola pieza, y a cada paso parecía surgir como la estatua del Comendador. En sus momentos de buen humor daba a entender, como todas las solteronas, que habría podido casarse; pero que, por fortuna, había advertido a tiempo la mala fe de su prometido, y así, sin saberlo, revelaba cómo se había sobrepuesto a su corazón su espíritu de cálculo.
Esta figura típica del género solterona se encuadraba muy bien en las grotescas invenciones de un papel lustroso representando paisajes japoneses, del cual estaban forradas las paredes del comedor. La señorita Gamard permanecía habitualmente en esta habitación, decorada con dos consolas y un barómetro. En el sitio elegido por cada abate había un pequeño cojín de tapicería desvaído de color. El salón común donde recibía era digno de ella. Será conocido sólo con decir que se llamaba el salón amarillo; las telas eran amarillas; los muebles, amarillos; sobre la chimenea, adornada por una luna con marco dorado, unos candelabros y un reloj de cristal despedían reflejos desagradables para la vista. En cuanto al alojamiento particular de la señorita Gamard, a nadie se había permitido entrar en él. Sólo se podía conjeturar que estaba lleno de esos trapos viejos, esos muebles usados, esa especie de harapos de que se rodean todas las solteronas, y a los cuales tienen tanto apego.
Tal era la persona destinada a ejercer la mayor influencia sobre los últimos días del abate Birotteau.
No pudiendo ejercer, como lo quiere la Naturaleza, la actividad propia de la mujer, y necesitando ejercerla de algún modo, la empleaba en las mezquinas intrigas, en los chismorreos provincianos y en las combinaciones egoístas de que acaban por ocuparse exclusivamente todas las solteronas. Birotteau, por su desgracia, había desarrollado en Sofía Gamard los únicos sentimientos que tan ruin criatura podía experimentar, los del odio, que, latentes hasta entonces a causa de la calma y la monotonía de una vida provinciana, cuyo horizonte se había estrechado aún más para ella, debían adquirir tanta más intensidad cuanto que iban a emplearse en cosas pequeñas en medio de una esfera minúscula. Birotteau era de esas personas predestinadas a sufrirlo todo, porque no sabiendo ver nada, nada saben evitar: todo cae sobre ellas.
-Sí, hará buen día -respondió al cabo de un momento el canónigo, que parecía salir de su abstracción con deseos de practicar las leyes de la cortesía.
Birotteau, asustado del tiempo transcurrido entre sus palabras y la contestación porque por primera vez en su vida había tomado el café sin hablar, salió del comedor, donde el corazón se le oprimía angustiosamente. Como la taza de café le pesaba en el estómago, se puso a discurrir tristemente por los angostos paseos bordeados de boj que dibujaban una estrella en el jardín. Pero al retornar, después de la primera vuelta, vio plantados silenciosamente en el umbral de la puerta del salón a la señorita Gamard y al abate Troubert; él, cruzado de brazos o inmóvil, como la estatua de una tumba; ella, apoyada en la puerta persiana. Los dos parecían, mirándole, contar el número de sus pasos. Nada más molesto para una criatura naturalmente tímida que ser objeto de un examen curioso; pero si este examen es hecho por los ojos del odio, la especie de sufrimiento que causa se convierte en martirio intolerable. El abate Birotteau imaginó en seguida que estaba impidiendo pasear a la señorita Gamard y al canónigo. Esta idea, inspirada juntamente por el temor y por la bondad, adquirió tales proporciones que lo hizo abandonar aquel sitio. Se fue, sin pensar ya en su canonjía: tan absorbido le tenía la tiranía desesperante de la solterona. Por acaso, y dichosamente para él, encontró muchas ocupaciones en Saint-Gatien: varios entierros, una boda y dos bautizos. Entonces pudo olvidar sus penas. Cuando el estómago le anunció la hora de comer, no dejó de estremecerse al mirar el reloj y ver que eran las cuatro y unos minutos. Conocía la puntualidad de la señorita Gamard, y se apresuró a volver a casa.
En la cocina vio los primeros platos ya vacíos. Luego, cuando llegó al comedor, la solterona le dijo con un tono en que se mezclaban la acritud de un reproche y la alegría de encontrar en falta al huésped:
-Son las cuatro y media, señor Birotteau. Ya sabe usted que no debemos esperar.
El vicario miró el reloj del comedor, y en la manera como estaba puesta la cubierta de gasa que le preservaba del polvo advirtió que su patrona le había dado cuerda durante la mañana, complaciéndose en adelantarle respecto del de Saint-Gatien. No había objeción posible. La expresión verbal de la sospecha concebida por el vicario habría causado la más terrible y la más justificada de las explosiones elocuentes que la señorita Gamard, como todas las mujeres de su clase, hacía surgir en tales casos. Las mil y una contrariedades que una criada puede hacer sufrir a su amo o una mujer a su marido en las costumbres privadas de la vida fueron estudiadas por la señorita Gamard para abrumar con ellas a su pupilo. La manera como ella se complacía en urdir conspiraciones contra la felicidad doméstica del pobre presbítero llevaba el sello del ingenio más profundamente maligno. Se las arregló de manera que nunca pareciera haber procedido sin razón.