El criticón (tomo 2 de 2)

Part 9

Chapter 94,041 wordsPublic domain

Sea el segundo el señor Arcipreste de Valpuesta, en la santa Iglesia de Burgos, espejo también de Prebendados, ya en la cátedra, ya en el púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino culto, sin perdonar días, no perdonándole sus achaques una hora de alivio.

El tercero, que pudiera ser primero, es el señor Arcediano de Zaragoza, aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres con limosnas y asistencias de Regidor mayor del Hospital General, de eclesiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos y de todas maneras venerable.

Sea corona religiosa el Muy Reverendo Padre Fray Tomás Francés, antorcha brillante de la Religión Seráfica, esparciendo rayos, ya de su mucha doctrina en los púlpitos, de que dan testimonio dos Cuaresmas, que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores talentos, ya de su mucha teología, en tantos años de cátedra, ya de su erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y prelacías, que ha obtenido y Secretario, que fué, de dos Generales de su Orden, doblada prueba de sus muchos méritos.

Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, nobles caballeros, don Martín y don Marcial y don Pablo, que tan bien supieron hermanar lo lucido con lo cristiano. Ni son menos de ver los lejos de sobrinos Canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más suelo celebrar es que todos, por lo cristiano y por lo caballeroso, han sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.

Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas van á parar en v. m. como en su primero centro, á quien el cielo espere y prospere.

De v. m. su más afecto estimador

LORENZO GRACIÁN

AL QUE LEYERE

Á los grandes hombres nada les satisface, sino lo mucho. Por eso no desprecio yo letores grandes, convido sólo al benigno y gustoso y le presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie censura que las cosas no se hagan; pero sí que no se hagan bien. Pocos dicen por qué no se hizo esto ó aquello; pero sí por qué se ha hecho mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra; pero no lo fuera ya el no acabarla. Eche el sello esta tercera parte á las otras.

Muchos borrones toparás, si lo quisieres acertar. Haz de todos uno. Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas. Que suelo yo decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando de lo que olvidó ó no supo el autor, para que corrija él lo que erró éste. Sola una cosa quisiera que me estimases y sea el haber procurado observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio en su inmortal arte de todo discurrir, que dice: _Denique sit quodvis simplex dumtaxat et unum_. Cualquier empleo del discurso y de la invención, sea lo que quisieres, ó épica ó cómica ó oratoria, se ha de procurar que sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, haciendo un todo perfecto.

También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas ya flaquean y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo contrario, no sé si lo habré conseguido, que la segunda fuese menos mala que la primera y esta tercera, que la segunda. Dijo un grande lector de una obra grande que sola le hallaba una falta y era el no ser ó tan breve, que se pudiera tomar de memoria, ó tan larga, que nunca se acabara de leer. Si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco y, aunque no puedo lo que franqueaba á sus apasionados el erudito humanista y insigne jurisperito Tiraquelo, sí aquello de un librillo en cada un año, redituará mi agradecimiento. Vale.

PARTE TERCERA

EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ

PRIMERA CRISI

_Honores y horrores de Vejecia._

No hay error sin autor ni necedad sin padrino y de la mayor, el más apasionado. Cuantas son las cabezas, tantos son los caprichos, que no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta naturaleza los reagudos, entremetiéndose á procuradores del género humano:

El haber dado principio á la vida por la niñez, la más inútil, decían y la menos á propósito de sus cuatro edades. Que, aunque se comienza á vivir á lo gustoso y lo fácil; pero muy á lo necio. Y si toda ignorancia es peligrosa, ¿cuánto más en los principios? Gentil modo de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡He!, que no estuvo esto bien dispuesto, llamémonos á engaño y procúrese el remedio.

Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo: que oyen mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano acatamiento y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar á vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria. De modo que, si se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de ser por el triste invierno de la senectud ó al otoño de la varonil edad habían de salir por el contrario, y si por el sazonado destemplado estío de la juventud. Dióles tiempo para que lo pensasen y confiriesen entre sí y que, en estando ajustados, volviesen con la resolución, que al punto se ejecutaría.

Mas aquí fué la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían unos se comenzase á vivir por la mocedad, que de dos extremos, más valdría loco, que tonto.

Calificada necedad, replicaban otros: no sería eso entrar á vivir, sino á despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no por la puerta de la virtud, sino del vicio, y, apoderados éstos una vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará á desencastillarlos después? Advertid que es un niño planta tierna, que, en declinando á la siniestra mano, con facilidad se endereza á la diestra; mas un mozo absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos más arriesgada corre la locura, que la ignorancia.

Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no faltó quien la propusiese, porque no quedase piedra por mover y todo se alterase.

¡He!, dijeron los menos necios, que ésa no es edad, sino tempestad, más á propósito para dejar la vida, que para comenzarla, cuyos multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño; cáese el fruto de maduro y aun de pasado.

El que llegó á estar más adelantado fué el partido de la edad varonil.

Ése sí, ponderaban los resabidos, que es gran comenzar el mediodía de la razón y á toda luz del juicio. Ventaja única entrar á entero sol en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación esta excelencia.

Aguarda, les dijo un cuerdo, y ¿quién vió jamás comenzar por lo más dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; antes bien ambas á dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de lo fácil á lo dificultoso, de lo poco á lo mucho, hasta llegar á lo muy perfecto. ¿Quién jamás comenzó á subir por el reventón de una cuesta? Apenas comenzaría á vivir el hombre y bien á penas, cuando se hallaría abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. Y, si no son á propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida, si sabe lo que es? Y ¿quién meterá el pie en el mundo, si le conoce? ¡He!, dejadle vivir al hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la juventud. Ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.

De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia.

Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre.

Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de la vida.

Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y, si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja:

Á la de mi naranjo me apelo.

No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.

¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio.

¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.

Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y, cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos.

No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces. Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos, cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento. Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.

¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio.

Y el Jano:

¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado, y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos, más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y decía una linda:

Primero me caiga muerta.

Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!

Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio.

Y el Jano:

Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á la experiencia.

Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente, tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro.

Y ponderaba el Jano para buen consuelo:

Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.

Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos, batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación, que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne. Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había salido del cascarón.

Y ellos con mucha risa decían:

¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?

Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco.

Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado y con linda chanza dijo:

Éste es el de criado.

¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro.

Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de vestidos y de miembros.

Toma allá, le dijo, esa cabellera.

Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele, para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo.

Y el criado fuera de sí, diciendo:

¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres?

Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos correones:

Estira, le dijo, de esa bota.

Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado.

Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así turbado:

De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.

Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.

Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y, aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?

He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia.

Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible.

¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio.

Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan.

Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado.

No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.

Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes, sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies.

Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar y en la otra para que entrasen.

En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva, le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una batalla, gritaba:

Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá.

Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de provecho.

Para sí, decían los soldados.

Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.

Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer ruido ni llamar á la puerta de la otra vida.

Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada dellos, cuan temida de los otros.

Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían:

¿Qué pretendréis con eso?

Y ellos:

Dejadnos, que nosotros nos entendemos.

Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo:

Siquiera en lugar nuestro.

¡Mirad ahora qué prebenda!

¡Oh, sí lo es!, respondieron los porteros. Que para esos lo es y acomodada y aun beneficio, ni otro, sino zonzo. No los entendéis vosotros. No buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad; no para llamar á las puertas de la muerte, sino de más vida, de la autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo.

En consecuencia desto, llegó uno bien lucio de tozuelo, pretendiendo ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso y para esto se ayudaba del toser y del quejarse. Á éste le retiraron diez leguas lejos, digo diez años atrás, diciendo:

Éstos por no trabajar se hacen viejos antes con antes: añádense años y achaques.

Y realmente era así, porque se dejó caer uno:

Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vire, á la italiana.

Así que de todo hay en el mundo. Unos que, siendo viejos, quieren parecer mozos, y otros que, siendo mozos, quieren parecer viejos. Así fué que tenía ya uno los ochenta ó no los podía tener. Porfiaba que ni era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno de los más superiores puestos. Y así dijo otro:

Á éstos siempre les parece que han vivido poco y á los que esperan, que mucho.

Acusaron á otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo y, cuando viejo, mozo. Y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta dignidad y después conservarse en ella.

Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y decía: