El criticón (tomo 2 de 2)

Part 5

Chapter 54,052 wordsPublic domain

Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo, convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne de prodigiosas felicidades. [Marginal: _Mansión de la virtud._] Mas, cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que, cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.

¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados venimos.

Aquí Lucindo suspirando:

Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor.

[Marginal: _Bajo el sayal, hayal._]

Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia, porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas partes sitiado.

Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es, franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio:

Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas éstos son muy hombres.

Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que, cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de lo que se piensa. [Marginal: _Triunfo de la humildad._] Aquí no vale el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre; sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han entrado los mayores adalides.

Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con realidades de un cielo.

Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie descubrían.

Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta celestial reina?

Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas bellísimas doncellas. [Marginal: _Hallazgo de las virtudes._] ¿Dónde estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco vaticinante desde un escollo de flores:

En la casa ajena.

¿Y la verdad?

Con los niños.

¿La castidad?

Huyendo.

¿La sabiduría?

En la mitad y aun.

¿La providencia?

Antes.

¿El arrepentimiento?

Después.

¿La cortesía?

En la honra.

¿Y la honra?

En quien la da.

¿La fidelidad?

En el pecho de un rey.

¿La amistad?

No entre idos.

¿El consejo?

En los viejos.

¿El valor?

En los varones.

¿La ventura?

En las feas.

¿El callar?

Con callemos.

¿Y el dar?

Con el recibir.

¿La bondad?

En el buen tiempo.

¿El escarmiento?

En cabeza ajena.

¿La pobreza?

Por puertas.

¿La buena fama?

Durmiendo.

¿La osadía?

En la dicha.

¿La salud?

En la templanza.

¿La esperanza?

Siempre.

¿El ayuno?

En quien malcome.

¿La cordura?

Adivinando.

¿El desengaño?

Tarde.

¿La vergüenza?

Si perdida, nunca más hallada.

¿Y toda virtud?

En el medio.

Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.

Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que, si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? [Marginal: _Hermosura perfecta._] Hacía á todos buena cara, aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.

[Marginal: _Pretendientes de virtud._]

Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.

Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.

Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo camináis.

Probóse y, viendo que andaba muy más torcida:

En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas.

Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que procurase cada uno la virtud competente á su estado.

Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se adelante en la virtud que le compete.

Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.

Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.

Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia:

[Marginal: _Camino de las Damas._]

¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?

¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia.

Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí entra.

Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. ¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.

Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.

Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.

Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.

Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo:

De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el cielo.

[Marginal: _Virtud acomodada._]

Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido y no puede ser.

Porfiaba que sí y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera y aun le parecía la más ajustada á la ley de Dios.

Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba, y él:

Porque desa suerte se cumple á la letra aquello de _así en la tierra como en el cielo_: porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni silicio, no se trata de penitencia, y así yo querría vivir como un bienaventurado.

Enojóse mucho Virtelia oyendo esto y díjole con escandecencia:

[Marginal: _Infierno á pares._]

¡Oh casi hereje! ¡oh malentendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa que se usa; mirad por vos, que todos estos, que pretenden dos cielos, suelen tener dos infiernos.

Yo vengo, dijo uno, en busca del silencio bueno.

Riéronlo todos, diciendo:

¿Qué callar hay malo?

¡Oh, sí, respondió Virtelia, y muy perjudicial: calla el juez la justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda, calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua el delito, callan unos y otros y encúbrense los males: de suerte que, si al buencallar llaman santo, al malcallar llámenle diablo!

Estoy admirado, dijo Critilo, que ninguno viene en busca de la limosna. ¿Qué será de la liberalidad?

Es que todos se escusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el labrador porque no coge, el caballero que está empeñado, el príncipe que no hay mayor pobre que él, el eclesiástico que buenos pobres son los parientes.

¡Oh, engañosa escusa!, ponderaba Virtelia. Dad al pobre, siquiera el desecho, lo que ya no os puede servir.

Tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista y el sombrero traído, que se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa raída para contraaforros, el manto deslucido para la criada: de modo que nada dejan para el pobre.

Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud. Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y fuesen subiendo de virtud en virtud.

Mas ella:

He, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos bajarán harto después y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo hacer mis mayores apasionados.

Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, en busca de la Virtud.

¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque las echa el mundo, que por buscar el cielo.

Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su ruindad.

[Marginal: _Deshonestos incurables._]

Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad, ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por él,

No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan.

Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él.

Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el espíritu en el cielo.

¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia. Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados. Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades.

[Marginal: _Virtud afectada._]

Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros, torcimiento de cuello, arquear las cejas y otros modillos de modestia. Enojóse mucho Virtelia, diciendo:

¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación?

Escusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la comida y á título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra las asienta á su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les encomienda, el ministro las consulta, ándanse de casa en casa comiendo y bebiendo y regalándose de modo, que ya la virtud es arbitrio del regalo.

Quitaos de ahí, dijo Virtelia, que esas tales tienen tan poca virtud, como los que las llaman mucha simplicidad.

¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión de lucimiento le encontramos? Si en casa de la Sabiduría, allí está; si en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos.

¿No conocéis, dijo Lucindo, al santísimo padre de todos? Veneradle y deprecadle siglos de vida tan heroica.

Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas; mas fuéles respondido que no hay mayor premio, que ella misma, que sus brazos son la corona de los buenos.

Y así á nuestros dos peregrinos, que estaban encogidos, venerando tan majestuosa belleza, [Marginal: _Premio de la Virtud._] los animó Lucindo á que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una ocasión de tanta dicha. Y así fué, que coronándolos con sus reales brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidatos de la eterna felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo:

Siempre se ha de pasar adelante en la virtud; que el parar es volver atrás.

Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar á su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores ministras y teniéndolas delante, dijo señalando la primera:

Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo la habéis de buscar; esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera, que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la Templanza, la habéis de lograr.

Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos, alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un céfiro fragante y bañóse todo aquel vistosísimo teatro de lucimiento. Sintiéronse tirar de las estrellas, con fuertes y suaves influjos. Fué reforzando el viento y levantándolos á lo alto, tirándoles para sí el cielo, á ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha de buscar.

CRISI XI

_El tejado de vidrio y Momo tirando piedras._

Llegó la Vanidad á tal extremo de quien ella es, que pretendió lugar y no el postrero entre las Virtudes. Dió para esto memorial, en que representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas, aliento de la virtud y alimento del espíritu.

No vive, decía, la vida material quien no respira, ni la formal quien no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique, que la Fama, que también alienta el alma, como el cuerpo, y es su purísimo elemento el airecillo de la honrilla. [Marginal: _Esfuerzos de la honra._] No sale obra perfecta sin algo de vanidad ni se ejecuta acción bien sin esta atención del aplauso. Parto suyo son las mayores hazañas y nobles hijos, los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos nada luce.

No pareció del todo mal la paradoja, especialmente á algunos de primera impresión y á otros de capricho. Pero la razón, con todo su maduro parlamento, abominando una pretensión tan atrevida:

[Marginal: _Ensanches á la naturaleza._]

Sabed, dijo, que á todas las pasiones se les ha concedido algún ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: á la Lujuria el matrimonio; á la Ira la corrección; á la Gula el sustento; á la Envidia la emulación; á la Codicia la providencia; á la Pereza la recreación, y así á todas las otras demasías; pero á la Soberbia, mirad qué tal es ella, que jamás se le permitió el más mínimo ensanche. No hay que fiar; toda es execrable. Vaya fuera, fuera, lejos, lejos. Bien es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque la buena fama es esmalte de la virtud, premio, que no precio. Hase de estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre, que todas las riquezas. En no estando la virtud en su buen crédito, está fuera de su centro y quien no está en la gloria de su buena fama forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento de la desestimación, más insufrible á más conocimiento. Es la honra sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la busca y busca á quien la huye, es efecto del bienobrar, pero no afecto, decorosa al fin diadema de la hermosísima Virtud.

Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, y por eso tan venerada de todos. [Marginal: _La puente de los Peros._] Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos _peros_, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir, quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires.

Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa de los sabidores.

Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo; pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída. Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de cieno. [Marginal: _El vulgar Sino._] No había hombre, que no tropezase en su pero y para cada uno había un sino.

[Marginal: _D. Fray Juan Cebrián._]

Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; pero gran ladrón. ¡Qué honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado: todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis.

Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y, aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. [Marginal: _El río de la risa._] Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus presentes y caían todos en el río de la risa común.

Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías?

Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan hombres de bien.

Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie las daba la mano, sí de mano.

De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy desairado y aseguraban fué notable desorden.

Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros, en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:

Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?

Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, como el rey. No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir. [Marginal: _Peros arrojadizos._] Á un cierto Ruy, le echó un malicioso una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por haber deslizado en los brindis.

Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con toda su bizarría, que fué barro.

Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó á pasar un gran príncipe y muy adulado.

Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los mismos peros le temerán á él.

Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y era título. En una pluma de gallina un bizarro general.

¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de plata.