Part 5
De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas, que se hallaren repartidas entre las fieras y así él ofende más que todas. Y porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material y perecedera; pero entre los hombres hay muchos más y mayores, ya de perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones, hurtos, homicidios, adulterios, envidias, injurias, detracciones y falsedades, que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: á todos excede en fiereza.
Y así dicen por cosa cierta y yo la creo que, habiendo condenado en una república un insigne malhechor á cierto género de tormento muy conforme á sus delitos, que fué sepultarle vivo en una profunda hoya, llena de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos, tapando muy bien la boca, porque pereciese sin compasión ni remedio. Acertó á pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz castigo y, sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuése llegando compasivo y, movido de sus plegarias, fué apartando la losa que cubría la cueva. Al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada ligereza y, cuando el temeroso pasajero creyó ser despezado, vió que mansamente se le ponía á lamer las manos, que fué más que besárselas. Saltó tras él la serpiente y, cuando la temió enroscada entre sus pies, vió que los adoraba.
Lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las gracias de haberles hecho una tan buena obra, como era librarles de tan mala compañía, cual la de un hombre ruin. Y añadieron que, en pago de tanto beneficio, le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese, si no quería perecer allí á manos de su fiereza. Y al mismo instante echaron todos ellos á huir, unos volando, otros corriendo.
Estábase tan inmoble el pasajero, cuan espantado, cuando salió el último el hombre, el cual concibiendo que su bienhechor [Marginal: _Crueldad humana._] llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle la vida, para robarle la hacienda: que éste fué el galardón del beneficio. Juzga tú ahora ¿cuáles son los crueles, los hombres ó las fieras?
Más admirado, más atónito estoy de oir esto, dijo Andrenio, que el día que vi todo el mundo.
Pues aún no haces concepto cómo es, ponderó Critilo, y ves cuán malos son los hombres. Pues advierte que aún son peores las mujeres y más de temer: ¡mira tú cuáles serán!
¿Qué dices?
La verdad.
¿Pues qué serán?
Son, por ahora, demonios; que después te diré más. Sobre todo te encargo y aun te juramento que por ningún caso digas quién somos ni cómo tú saliste á luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos que tu libertad y yo la vida. Y, aunque hago agravio á tu fidelidad, huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja, para la primera ocasión: que no faltarán muchas en una navegación tan prolija.
Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los rostros. Era grande la vocería de la chusma: que en todas partes hay vulgo y más insolente donde hay más holgado. Amainaron velas, echaron áncoras y comenzó la gente á saltar en tierra. Fué recíproco el espanto de los que llegaban, de los que les recibían. Desmintiéronle sus muchas preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos, cuando se hizo á la vela otra flota, conciliando compasión y agasajo.
Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando y, hecha ya agua y leña, se hicieron á la vela en otras tantas alas para la deseada España.
Embarcáronse juntos Critilo y Andrenio hasta en los corazones en una gran carraca, asombro de los enemigos, contraste de los vientos y yugo del océano. Fué la navegación tan peligrosa, cuan larga; pero servía de alivio la narración de sus tragedias, que á ratos hurtados, prosiguió Critilo de esta suerte:
En medio de estos golfos nací, como te digo, entre riesgos y tormentas. Fué la causa que mis padres, españoles ambos y principales, se embarcaron para la India con un grande cargo, merced del gran Filipo, que en todo el mundo manda y apremia.
Venía mi madre con sospechas de traerme en sus entrañas: que comenzamos á ser faltas de una vil materia. Declaróse luego el preñado bien penoso y cogióla el parto en la misma navegación, entre el horror y la turbación de una horrible tempestad, para que se doblase su tormento con la tormenta.
Salí yo al mundo entre tantas aflicciones, presagio de mis infelicidades. Tan temprano comenzó á jugar con mi vida la fortuna, arrojándome de un cabo del mundo al otro. Aportamos á la rica y famosa ciudad de Goa, corte del imperio católico en el Oriente, silla augusta de sus virreyes, emporio universal de la India y de sus riquezas.
[Marginal: _Juventud viciosa._]
Aquí mi padre fué aprisa acaudalando fama y bienes, ayudado de su industria y de su cargo. Mas yo, entre tanto bien, me criaba mal, como rico y como único. Cuidaban más mis padres fuese hombre, que persona. Pero castigó bien el gusto, que recibieron en mis niñeces, el pesar que les di con mis mocedades. Porque fuí entrando de carrera por los verdes prados de la juventud, tan sin freno de razón, cuan picado de los viles deleites.
Cebéme en el juego, perdiendo en un día lo que á mi padre le había costado muchos de adquirir, despreciando ciento á ciento lo que él recogió uno á uno. Pasé luego á la bizarría, rozando galas y costumbres, engalanando el cuerpo lo que desnudaba el ánimo de los verdaderos arreos, que son la virtud y el saber. Ayudábanme á gastar el dinero y la conciencia malos y falsos amigos, lisonjeros, valientes, terceros y entremetidos, viles sabandijas de las haciendas, polillas de la honra y de la conciencia. Sentía esto mi padre, pronosticando el malogro de su hijo y de su casa; mas yo de sus rigores apelaba á la piadosa impertinencia de una madre, que, cuando más me amparaba, me perdía.
Pero donde acabó de perder mi padre las esperanzas y aun la vida fué, cuando me vió enredado en el oscuro laberinto del amor. Puse ciegamente los ojos en una dama, que, aunque noble y con todas las demás prendas de la naturaleza, de hermosa, discreta y de pocos años; pero las de la fortuna, que son hoy las que más se estiman, comencé á idolatrar en su gentileza, correspondiéndome ella con favores. Lo que sus padres me deseaban yerno, los míos la aborrecían nuera. Buscaron modos y medios para apartarme de aquella afición, que ellos llamaban perdición. Trataron de darme otra esposa, más de su conveniencia, que de mi gusto; mas yo, ciego á todo, enmudecía. No pensaba, no hablaba, no soñaba en otra cosa que en Felisinda, que así se llamaba mi dama, llevando ya la mitad de la felicidad en su nombre.
Con estos y otros muchos pesares acabé con la vida de mi padre: castigo ordinario de la paternal connivencia. Él perdió la vida y yo amparo; aunque no lo sentí tanto como debía. [Marginal: _Laberinto del amor._] Llorólo mi madre por entrambos con tal exceso, que en pocos días acabó los suyos, cuando yo, más libre y menos triste, consoléme presto de haber perdido padre, por poder lograr esposa, teniéndola por tan cierta como deseada. Mas por atender á filiales respetos, hube de violentar mi intento por algunos días, que á mí me parecieron siglos.
En este breve ínterin de esposa, ¡oh, inconstancia de mi suerte!, se barajaron de modo las materias, que la misma muerte, que pareció haber facilitado mis deseos, los vino á dificultar más y aun los puso en estado de imposibles. Fué el caso ó la desdicha que en este breve tiempo murió también un hermano de mi dama, mozo, galán y único mayorazgo de su casa, quedando Felisinda heredera de todo y fénix á todas luces. Juntándose la hacienda y la hermosura, doblaron su estimación, creció mucho en sólo un día y más su fama, adelantándose á los mejores empleos de esta corte.
Con un tan impensado incidente, alteráronse mucho las cosas, mudaron de cara las materias; sola Felisinda no se trocó y, si lo fué, en mayor fineza. Sus padres y sus deudos, aspirando á cosas mayores, fueron los primeros, que se entibiaron en favorecer mi pretensión, que tanto habían antes adelantado. Pasaron sus tibiezas á desvíos, encendiendo más con esto recíprocas voluntades.
Avisábame ella de cuanto se trataba, haciéndome de amante secretario. Declaráronse luego otros competidores, tan poderosos como muchos; pero amantes heridos más de las saetas, que les arrojaba la aljaba de su dote, que el arco del amor. Con todo me daban cuidado: que es todo temores el amor.
El que acabó de apurarme fué un nuevo rival, que á más de ser mozo, galán y rico, era sobrino del virrey, que allá es decir aparte numen y ramo de divinidad. Porque allí el gustar un virrey es obligar y sus pensamientos se ejecutan aun antes que se imaginen.
Comenzó á declararse pretensor de mi dama, tan confiado, como poderoso. Competíamos los dos al descubierto, asistidos cada uno, él del poder y yo del amor. Parecióle á él y á los suyos que era menester más diligencia para derribar mi pretensión tan arraigada como antigua, y para esto dispusieron las materias, despertando á quien dormía. Prometieron su favor é industria á unos contrarios míos, porque me pusiesen pleito en lo más bienparado de mi hacienda, ya para torcer de mi voluntad, ya para acobardar á los padres de Felisinda.
Vime presto solo y enredado en dos dificultosos pleitos, del interés y del amor, que era el que más me desvelaba. No fué bastante este temor de la pérdida de mi hacienda para hacer volver un paso atrás mi afición, que, como la palma, crecía más á más resistencia; pero lo que en mí no pudo obró en los padres y deudos de mi dama que, poniendo los ojos en mayores conveniencias del interés y del honor, trataron... Mas ¿cómo lo podré decir? No sé si acertaré; mejor será dejarlo.
Instó Andrenio en que prosiguiese.
Y él: ¡Eh! ¿Qué es morir? Pues resolvieron matarme, dando mi vida á mi contrario, que lo era mi dama. Avisóme ella la misma noche desde un balcón, como solía. Consultando y pidiéndome el remedio, derramó tantas lágrimas, que encendieron en mi pecho un incendio, un volcán de desesperación y de furia.
Con esto al otro día, sin reparar en inconvenientes ni en riesgos de honra y de vida, guiado de mi pasión ciega, ceñí, no un estoque, sino un rayo penetrante del aljaba del amor, fraguado de celos y de aceros. Salí en busca de mi contrario, remitiendo las palabras á las obras y las lenguas á las manos. Desnudamos los estoques de la compasión y de la vaina. Fuímonos el uno para el otro y á pocos lances le atravesé el acero por medio del corazón, sacándole el amor con la vida. [Marginal: _Fruto de los vicios._] Quedó él rendido y yo preso, porque al punto dió conmigo un enjambre de ministros, unos picando en la ambición de complacer al virrey y los más en la codicia de mis riquezas.
Dieron luego conmigo en un calabozo, cargándome de hierros: que éste fué el fruto de los míos. Llegó la triste nueva á oídos de sus padres y mucho más á sus entrañas, deshaciéndose en lágrimas y voces. Gritaban los parientes la venganza y los más templados, justicia. Fulminaba el virrey una muerte en cada extremo. No se hablaba de otro: los más condenándome, los menos defendiéndome y á todos pesaba de nuestra loca desdicha; sola mi dama se alegró en toda la ciudad, celebrando mi valor y estimando mi fineza.
Comenzóse con gran rigor la causa; pero siempre por tela de juicio y lo primero á título de secuestro. Dieron saco verdadero á mi casa, cebándose la venganza en mis riquezas, como el irritado toro en la capa del que escapó; solas pudieron librarse algunas joyas, por retiradas al sagrado de un convento, donde me las guardaban.
No se dió por contenta mi fortuna en perseguirme tan criminal; sino que también civil me dió luego sentencia en contra en el pleito de la hacienda. Perdí bienes, perdí amigos, que siempre corren parejas. Todo esto fuera nada, si no me sacudiera el último revés, que fué acabarme de todo punto. Aborrecidos los padres de Felisinda de su desgracia, ecos ya de las mías, habiendo perdido en un año hijo y yerno, determinaron dejar la India y dar la vuelta á la corte, con esperanzas de gran puesto, por sus servicios merecido y con favores del virrey facilitado convirtieron en oro y plata sus haberes y en la primera flota, con toda su hacienda y casa, se embarcaron para España, llevándoseme...
Aquí interrumpieron las palabras los sollozos, ahogándose la voz en el llanto.
Lleváronseme dos prendas del alma de una vez, con que fué doblado y mortal mi sentimiento: la una era Felisinda y otra más que llevaba en sus entrañas, desdichada ya por ser mía. Hiciéronse á la vela y aumentaban el viento mis suspiros, engolfados ellos y anegado yo en un mar de llanto. Quedé en aquella cárcel eternizado en calabozos, pobre y de todos, si no de mis enemigos, olvidado.
[Marginal: _Amor despeñadero._]
Cual suele el que se despeña un monte abajo ir sembrando despojos, aquí deja el sombrero, allá la capa, en una parte los ojos y en otra las narices, hasta perder la vida, quedando reventado en el profundo: así yo, luego que deslicé en aquel despeñadero de marfil, tanto más peligroso, cuanto más agradable, comencé á ir rodando y despeñándome de unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí la hacienda, allá la honra, la salud, los padres, los amigos y mi libertad, quedando como sepultado en una cárcel, abismo de desdichas.
Mas no digo bien, pues lo que me acarreó de males la riqueza, me restituyó en bienes la pobreza. Puédolo decir con verdad, pues que aquí hallé la sabiduría, que hasta entonces no la había conocido; aquí el desengaño, la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome sin amigos vivos, apelé á los muertos. [Marginal: _Pobreza sabia._] Di en leer, comencé á saber y á ser persona, que hasta entonces no había vivido la vida racional, sino la bestial. Fuí llenando el alma de verdades y de prendas. Conseguí la sabiduría y con ella el bienobrar, que ilustrado una vez el entendimiento, con facilidad endereza la ciega voluntad. Él quedó rico de noticias y ella de virtudes.
Bien es verdad que abrí los ojos, cuando no hubo ya que ver: que así acontece de ordinario. Estudié las nobles artes y las sublimes ciencias, entregándome con afición especial á la moral filosofía, pasto del juicio, centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré de amigos, trocando un mozo liviano por un Catón severo y un necio por un Séneca. Un rato escuchaba á Sócrates y otro al divino Platón. Con esto pasaba con alivio y aun con gusto aquella sepultura de vivos, laberinto de mi libertad.
Pasaron años y virreyes y nunca pasaba el rigor de mis contrarios. Entretenían mi causa, queriendo, ya que no podían conseguir otro castigo, convertir la prisión en sepultura. Al cabo de un siglo de padecer y sufrir, llegó orden de España, solicitado en secreto de mi esposa, que remitiesen allá mi causa y mi persona.
Púsolo en ejecución el nuevo virrey, menos contrario, si no más favorable, en la primera flota. Entregáronme con título de preso á un capitán de un navío, encargándole más el cuidado, que la asistencia. Salí de la India el primer pobre; pero con tal contento, que los peligros de la mar me parecieron lisonjas.
Gané luego amigos: que con el saber se ganan los verdaderos. Entre todos, el capitán de la nave de superior se me hizo confidente: favor que yo estimé mucho, celebrando por verdadero aquel dicho común, que con la mudanza del lugar se muda también de fortuna.
Mas aquí has de admirar un prodigio del humano engaño, un extremo de mal proceder; aquí la porfía de una contraria fortuna y á dónde llegaron mis desdichas. Este capitán y caballero, obligado por todas partes á bienproceder, maleado de la ambición, llevado del parentesco con el virrey mi enemigo y sobornado, á lo que yo más creo, de la codicia vil de mi plata y mis alhajas, reliquias de aquella antigua grandeza (mas ¿á qué no incitará los humanos pechos la execrable sed del oro?), resolvióse á ejecutar la más civil bajeza que se ha oído.
Estando solos una noche en uno de los corredores de popa, gozando de la conversación y marea, dió conmigo, tan descuidado como confiado, en aquel profundo de abismos. Comenzó él mismo á dar voces, para hacer desgracia la traición y aun llorarme, no arrojado, sino caído. Al ruido y á las voces acudieron mis amigos, ansiosos por ayudarme, echando cables y sogas; pero en vano, porque en un instante pasó mucho mar el navío, que volaba, dejándome á mí luchando con las olas y con una dos veces amarga muerte. Arrojáronme algunas tablas, por último remedio y fué una de ellas sagrada áncora, que las mismas olas, lastimadas de mi inocencia y desdicha, me la ofrecieron entre las manos. Asíla tan agradecido, cuan desesperado y besándola la dije: ¡Oh, despojo último de mi fortuna! Leve apoyo de mi vida, refugio de mi última esperanza: ¡serás siquiera un breve ínterin de mi muerte!
Desconfiado de poder seguir el navío fugitivo, me dejé llevar de las olas al albedrío de mi desesperada fortuna. Tirana ella una y mil veces, aún no contenta de tenerme en tal punto de desdichas, echando el resto á su fiereza, conjuró contra mí los elementos en una horrible tormenta, para acabarme con toda solemnidad de desventuras. Ya me arrojaban tan alto las olas, que tal vez temí quedar enganchado en alguna de las puntas de la luna ó estrellado en aquel cielo. Hundíame luego tan en el centro de los abismos, que llegué á temer más el incendio, que el ahogo.
¡Mas ay! que lo que yo lamentaba rigores, fueron favores: que á veces llegan tan á los extremos los males, que pasan á ser dichas. Dígolo porque la misma furia de la tempestad y corriente de las aguas me arrojaron en pocas horas á vista de aquella pequeña isla, tu patria y para mí gran cielo, que de otro modo fuera imposible poder llegar á ella, quedando en medio de aquellos mares rendido de hambre y hartando las marinas fieras. En el mal estuvo el bien. Aquí, ayudándome más el ánimo, que las fuerzas, llegué á tomar puerto en esos brazos tuyos, que otra vez y otras mil quiero enlazar, confirmando nuestra amistad en eterna.
De esta suerte dió fin Critilo á su relación, abrazándose entrambos, renovando aquella primera fruición y experimentando una secreta simpatía de amor y de contento. Emplearon lo restante de su navegación en provechosos ejercicios. [Marginal: _Las nobles artes._] Porque á más de la agradable conversación, que toda era una bienproseguida enseñanza, le dió noticias de todo el mundo y conocimiento de aquellas artes, que más realzan el ánimo y le enriquecen, como la gustosa historia, la cosmografía, la esfera, la erudición y la que hace personas, la moral filosofía. En lo que puso Andrenio especial estudio fué en aprender lenguas, la latina, eterna tesorera de la sabiduría, la española, tan universal como su imperio, la francesa erudita y la italiana elocuente, ya para lograr los muchos tesoros que en ellas están escritos, ya para la necesidad de hablarlas y entenderlas en su jornada del mundo.
Era tanta la curiosidad de Andrenio, como su docilidad y así siempre estaba confiriendo y preguntando de las provincias, repúblicas, reinos y ciudades; de sus reyes, gobiernos y naciones; siempre informándose, filosofando y discurriendo, con tanta fruición, como novedad, deseando llegar á la perfección de noticias y de prendas. Con tan gustosa ocupación no se sintieron las penalidades de un viaje tan penoso y al tiempo acostumbrado aportaron á este nuevo mundo. En qué parte y lo que en él les sucedió nos lo ofrece referir la Crisi siguiente.
CRISI V
_Entrada del mundo._
Cauta, si no engañosa, procedió la naturaleza con el hombre al introducirle en este mundo, pues trazó que entrase sin género alguno de conocimiento, para deslumbrar todo reparo. Á escuras llega y aun á ciegas, quien comienza á vivir, sin advertir que vive y sin saber qué es vivir. Críase niño y tan rapaz, que, cuando llora, con cualquier niñería le acalla y con cualquier juguete le contenta. Parece que le introduce en un reino de felicidades y no es sino un cautiverio de desdichas que, cuando llega á abrir los ojos del alma, dando en la cuenta de su engaño, hállase empeñado sin remedio. Vese metido en el lodo de que fué formado y ya ¿qué puede hacer, sino pisarlo, procurando salir de él como mejor pudiere?
Persuádome que, si no fuera con este universal ardid, ninguno quisiera entrar en tan engañoso mundo y que pocos aceptaran la vida después, si tuvieran estas noticias antes. Porque ¿quién, sabiéndolo, quisiera meter el pie en un reino mentido y cárcel verdadera, á padecer tan muchas como varias penalidades? En el cuerpo hambre, sed, frío, calor, cansancio, desnudez, dolores, enfermedades y en el ánimo engaños, persecuciones, envidias, desprecios, deshonras, ahogos, tristezas, temores, iras; desesperaciones y salir al cabo condenado á miserable muerte, con pérdida de todas las cosas, casa, hacienda, bienes, dignidades, amigos, parientes, hermanos, padres y la misma vida, cuando más amada.
Bien supo la naturaleza lo que hizo y mal el hombre lo que aceptó. Quien no te conoce ¡oh vivir! te estime; pero un desengañado tomara antes haber sido trasladado de la cuna á la urna, del tálamo al túmulo. Presagio común es de miserias el llorar al nacer. Que, aunque el más dichoso cae de pies, triste posesión toma y el clarín, con que este hombre rey entra en el mundo, no es otro que su llanto: señal que su reinado todo ha de ser de penas. Pero ¿cuál puede ser una vida, que comienza entre los gritos de la madre, que la da, y los lloros del hijo, que la recibe? Por lo menos, ya que le faltó el conocimiento, no el presagio de sus males, si no los concibe, los adivina.
Ya estamos en el mundo, dijo el sagaz Critilo al incauto Andrenio, al saltar juntos en tierra. Pésame que entres en él con tanto conocimiento, porque sé te ha de desagradar mucho. Todo cuanto obró el supremo Artífice está tan acabado, que no se puede mejorar; mas todo cuanto han añadido los hombres es imperfecto. Criólo Dios muy concertado y el hombre lo ha confundido. Digo, lo que ha podido alcanzar; que, aun donde no ha llegado con el poder, con la imaginación ha pretendido trabucarlo.
[Marginal: _Mundo civil y natural._]
Visto has hasta ahora las obras de la naturaleza y admirádolas con razón; verás de hoy adelante las del artificio, que te han de espantar. Contemplado has las obras de Dios; notarás las de los hombres y verás la diferencia. ¡Oh cuán otro te ha de parecer el mundo civil del natural y el humano del divino! Ve prevenido en este punto, para que ni te admires de cuanto vieres ni te desconsueles de cuanto experimentares.
Comenzaron á discurrir por un camino tan trillado, como solo y primero. Mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia atrás; todas pasaban adelante: señal de que ninguno volvía. Encontraron á poco rato una cosa bien donosa y de harto gusto: era un ejército desconcertado de infantería, un escuadrón de niños de diferentes estados y naciones, como lo mostraban sus diferentes trajes. Todo era confusión y vocería.
[Marginal: _Niñez inculta._]
Íbalos primero recogiendo y después acaudillando una mujer bien rara, de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios y palabras blandas, piadosas manos y toda ella caricias, halagos y cariños. Traía consigo muchas criadas de su genio y de su empleo, para que los asistiesen y sirviesen y así llevaban en brazos los pequeñuelos, otros de los andadores y á los mayorcillos de la mano, procurando siempre pasar adelante.
Era increíble el agasajo con que á todos acariciaba aquella madre común, atendiendo á su gusto y regalo y para esto llevaba mil invenciones de juguetes, con que entretenerlos.