El Criterio

Chapter 13

Chapter 133,682 wordsPublic domain

Hay errores de tanto bulto, hay juicios que llevan tan manifiesto el sello de la pasion, que no alucinan á quien no esté cegado por ella. No está la principal dificultad en semejantes casos; sino en aquellos en que, por presentarse mas disfrazado, no se conoce el motivo que habrá falseado el juicio. Desgraciadamente, los hombres de elevado talento adolecen muy á menudo del defecto que estamos censurando. Dotados por lo comun de una sensibilidad exquisita, reciben impresiones muy vivas, que ejercen grande influencia sobre el curso de sus ideas y deciden de sus opiniones. Su entendimiento penetrante encuentra fácilmente razones en apoyo de lo que se propone defender, y sus palabras y escritos arrastran á los demas con ascendiente fascinador.

Esta será sin duda la causa de la volubilidad que se nota en hombres de genio reconocido; hoy ensalzan lo que mañana maldicen; hoy es para ellos un dogma inconcuso, lo que mañana es miserable preocupacion. En una misma obra se contradicen tal vez de una manera chocante, y os conducen á consecuencias que jamas hubierais sospechado fueran conciliables con sus principios. Os equivocariais si siempre achacaseis á mala fe estas singulares anomalías: el autor habrá sostenido el sí y el no con profunda conviccion; porque sin que él lo advirtiese, esta conviccion solo dimanaba de un sentimiento vivo, exaltado; cuando su entendimiento se explayaba con pensamientos admirables por su belleza y brillantez, no era mas que un esclavo del corazon; pero esclavo hábil, ingenioso, que correspondia á los caprichos de su dueño ofreciéndole exquisitas labores.

Los poetas, los verdaderos poetas, es decir, aquellos hombres á quienes ha otorgado el Criador elevada concepcion, fantasía creadora y corazon de fuego, estan mas expuestos que los demas á dejarse llevar por las impresiones del momento. No les negaré la facultad de levantarse á las mas altas regiones del pensamiento, ni diré que les sea imposible moderar el vuelo de su ingenio y adquirir el hábito de juzgar con acierto y tino; pero á no dudarlo, habrán menester mas caudal de reflexion y mayor fuerza de carácter, que el comun de los hombres.

§ X.

El poeta y el monasterio.

Un viajero poeta atravesando una soledad oye el tañido de una campana, que le distrae de las meditaciones en que estaba embelesado. En su alma no se alberga la fe, pero no es inaccesible á las inspiraciones religiosas. Aquel sonido piadoso en el corazon del desierto, cambia de repente la disposicion de su espíritu, y le lleva á saborearse en una melancolía grave y severa. Bien pronto descubre la silenciosa mansion donde buscan asilo, léjos del mundo, la inocencia y el arrepentimiento. Llega, apéase, llama, con una mezcla de respeto y de curiosidad; y al pisar los umbrales del monasterio se encuentra con un venerable anciano, de semblante sereno, de trato cortes y afable. El viajero es obsequiado con afectuosa cordialidad, es conducido á la iglesia, á los claustros, á la biblioteca, á todos los lugares donde hay algo que admirar ó notar. El anciano monje no se aparta de su lado, sostiene la conversacion con discernimiento y buen gusto, se muestra tolerante con las opiniones del recien venido, se presta á cuanto puede complacerle, y no se separa de él, sino cuando suena la hora del cumplimiento de sus deberes. El corazon del viajero está dulcemente conmovido: el silencio interrumpido tan solo por el canto de los salmos; la muchedumbre de objetos religiosos que inspiran recogimiento y piedad, unidos á las estimables cualidades y á la bondad y condescendencia del anciano cenobita, inspiran al corazon del viajero sentimientos de religion, de admiracion y gratitud, que señorean vivamente su alma. Despidiéndose de su venerable huésped, se aleja meditabundo, llevándose aquellos gratos recuerdos que no olvidará en mucho tiempo. Si en semejante situacion de espíritu, le place á nuestro poeta intercalar en sus relaciones de viaje algunas reflexiones sobre los institutos religiosos, ¿qué os parece que dirá? Es bien claro. Para él, la institucion estará en aquel monasterio, y el monasterio estará personificado en el monje cuya memoria le embelesa. Contad pues con un elocuente trozo en favor de los institutos religiosos, un anatema contra los filósofos que los condenan, una imprecacion contra las revoluciones que los destruyen, una lágrima de dolor sobre las ruinas y las tumbas.

Pero ¡ay del monasterio, y de todos los institutos monásticos, si el viajero se hubiese encontrado con un huésped de mal talante, de conversacion seca y desabrida, poco aficionado á bellezas literarias y artísticas, y de humor nada bueno para acompañar curiosos! A los ojos del poeta, el monje desagradable habria sido la personificacion del instituto; y en castigo del mal recibimiento, hubiera sido condenado este género de vida, y acusado de abatir el espíritu, estrechar el corazon, apartar del trato de los hombres, formar modales ásperos y groseros, y acarrear innumerables males sin producir ningun bien. Y sin embargo, la realidad de los casos habria permanecido la misma en uno y otro supuesto: mediando solo la casualidad que deparara al viajero acogida mas ó ménos halagüeña.

§ XI.

Necesidad de tener ideas fijas.

Las reflexiones que preceden, muestran la necesidad de tener ideas fijas y opiniones formadas sobre las principales materias; y cuando esto no sea dable, lo mucho que importa el abstenerse de improvisarlas, abandonándonos á inspiraciones repentinas. Se ha dicho que los grandes pensamientos nacen del corazon, y pudiera haberse añadido, que del corazon nacen tambien los grandes errores. Si la experiencia no lo hiciese palpable, la razon bastaria á demostrarlo. El corazon no piensa ni juzga, no hace mas que sentir; pero el sentimiento es un poderoso resorte que mueve el alma, y desplega y multiplica sus facultades. Cuando el entendimiento va por el camino de la verdad y del bien, los sentimientos nobles y puros contribuyen á darle fuerza y brio; pero los sentimientos ignobles, ó depravados, pueden extraviar al entendimiento mas recto. Hasta los sentimientos buenos, si se exaltan en demasía, son capaces de conducirnos á errores deplorables.

§ XII.

Deberes de la oratoria, de la poesía, y de las bellas artes.

Nacen de aquí consideraciones muy graves sobre el buen uso de la oratoria, y en general de todas las artes que ó llegan al entendimiento por conducto del corazon, ó al ménos se valen de él como de un auxiliar poderoso. La pintura, la escultura, la música, la poesía, la literatura en todas sus partes, tienen deberes muy severos, que olvidan con demasiada frecuencia. La verdad y la virtud, hé aquí los dos objetos á que se han de dirigir: la verdad para el entendimiento, la virtud para el corazon; hé aquí lo que han de proporcionar al hombre por medio de las impresiones con que le embelesan. En desviándose de este blanco, en limitándose á la simple produccion del placer, son estériles para el bien, y fecundas para el mal.

El artista que solo se propone halagar las pasiones, corrompiendo las costumbres, es un hombre que abusa de sus talentos y olvida la mision sublime que le ha encomendado el Criador, al dotarle de facultades privilegiadas que le aseguran ascendiente sobre sus semejantes; el orador que sirviéndose de las galas de la diccion, y de su habilidad para mover los afectos y hechizar la fantasía, procura hacer adoptar opiniones erradas, es un verdadero impostor no ménos culpable que quien emplea medios, quizas mas repugnantes, pero mucho ménos peligrosos. No es lícito persuadir cuando no es lícito convencer; cuando la conviccion es un engaño, la persuasion es una perfidia. Esta doctrina es severa, pero indudable; los dictámenes de la razon no pueden ménos de ser severos, cuando se ajustan á las prescripciones de la ley eterna, que es severa tambien porque es justa é inmutable.

Inferiremos de lo dicho, que los escritores ú oradores dotados de grandes cualidades para interesar y seducir, son una verdadera calamidad pública, cuando las emplean en defensa del error. ¿Qué importa el brillo, si solo sirve á deslumbrar y perder? Las naciones modernas han olvidado estas verdades, al resucitar entre ellas la elocuencia popular que tanto dañó á las antiguas repúblicas; en las asambleas deliberantes donde se ventilan los altos negocios del estado, donde se falla sobre los grandes intereses de la sociedad, no debiera resonar otra voz que la de una razon clara, sesuda, austera. La verdad es la misma, la realidad de las cosas no se muda, porque se haya excitado el entusiasmo de la asamblea y de los espectadores, y se haya decidido una votacion con los acentos de un orador fogoso. Es ó no verdad lo que se sustenta, es ó no útil lo que se propone, hé aquí lo único á que se ha de atender; lo demas es extraviarse miserablemente, es olvidarse del fin de la deliberacion, es jugar con los grandes intereses de la sociedad, es sacrificarlos al pueril prurito de ostentar dotes oratorias, á la mezquina vanidad de arrancar aplausos.

Ya se ha observado que todas las asambleas, y muy particularmente en el principio de las revoluciones, adolecen de espíritu de invasion, y se distinguen por sus resoluciones desatinadas. La sesion comienza tal vez con felices auspicios, pero de repente toma un sesgo peligroso; los ánimos se conmueven, la mente se ofusca, la exaltacion sube de punto, llega á rayar en frenesí; y una reunion de hombres que por separado habrian sido razonables, se convierten en una turba de insensatos y delirantes. La causa es obvia; la impresion del momento es viva; prepondera sobre todo, lo señorea todo con la simpatía natural al hombre, se propaga como un flúido eléctrico, y corriendo adquiere velocidad y fuerza; lo que al principio era una chispa, es á pocos momentos una conflagracion espantosa.

El tiempo, los desengaños y escarmientos amaestran algun tanto á las naciones, haciendo que se vaya embotando la sensibilidad, y no sea tan peligrosa la fascinacion oratoria: triste remedio para el mal, la repeticion de sus daños. Como quiera, ya que no es posible cambiar el corazon de los hombres, serán dignos de gloria y prez los oradores esclarecidos, que emplean en defensa de la verdad y de la justicia las mismas armas que otros usan en pro del error y del crímen. Al lado del veneno la Providencia suele colocar el antídoto.

§ XIII.

Ilusion causada por los pensamientos revestidos de imágenes.

A mas del peligro de errar que consigo trae la mocion de los afectos, hay otro tal vez ménos reparado, y que sin embargo es de mucha trascendencia, cual es el de los pensamientos revestidos con una imágen brillante. Es indecible el efecto que este artificio produce; tal pensamiento no mas que superficial, pasa por profundo, merced á su disfraz grave y filosófico; tal otro que presentado desnudo fuera una vulgaridad, mostrándose con nobles atavíos oculta su orígen plebeyo; y una proposicion que enunciada con sequedad mostraria de bulto que es inexacta ó falsa, ó quizas un solemne despropósito, es contada entre las verdades que no consienten duda, si anda cubierta con ingenioso velo.

He dicho que los daños en este punto son de mucha trascendencia, porque suelen adolecer de semejante defecto los autores profundos y sentenciosos; y como quiera que sus palabras se escuchan con tanto mas respeto y acatamiento, cuanto es mas fuerte el tono de conviccion con que se expresan, resulta que el lector incauto recibe como axioma inconcuso, ó máxima de eterna verdad, lo que á veces no es mas que un sueño del pensador, ó un lazo tendido adrede á la buena fe de los poco avisados[19].

CAPÍTULO XX.

FILOSOFÍA DE LA HISTORIA.

§ I.

En qué consiste la filosofía de la historia. Dificultad de adquirirla.

No trato aquí de la historia bajo el aspecto crítico, sino únicamente bajo el filósofo. Lo relativo á la simple investigacion de los hechos está explicado en el cap. XI.

¿Cuál es el método mas á propósito para comprender el espíritu de una época, formarse ideas claras y exactas sobre su carácter, penetrar las causas de los acontecimientos, y señalar á cada cual sus propios resultados? Esto equivale á preguntar cuál es el método conveniente para adquirir la verdadera filosofía de la historia.

¿Será con la eleccion de los buenos autores? ¿pero cuáles son los buenos? ¿quién nos asegura que no los ha guiado la pasion? ¿quién sale fiador de su imparcialidad? ¿cuántos son los que han escrito la historia del modo que se necesita para enseñarnos la filosofía que le corresponde? Batallas, negociaciones, intrigas palaciegas, vidas y muertes de principes, cambios de dinastías, de formas políticas, á esto se reducen la mayor parte de las historias; nada que nos pinte al individuo con sus ideas, sus afectos, sus necesidades, sus gustos, sus caprichos, sus costumbres; nada que nos haga asistir á la vida íntima de las familias y de los pueblos; nada que en el estudio de la historia nos haga comprender la marcha de la humanidad. Siempre en la política, es decir, en la superficie; siempre en lo abultado y ruidoso, nunca en las entrañas de la sociedad, en la naturaleza de las cosas, en aquellos sucesos que por recónditos y de poca apariencia, no dejan de ser de la mayor importancia.

En la actualidad se conoce ya este vacío, y se trabaja por llenarle. No se escribe la historia sin que se procure filosofar sobre ella. Esto que en sí es muy bueno, tiene otro inconveniente, cual es, que en lugar de la verdadera filosofía de la historia se nos propina con frecuencia la filosofía del historiador. Mas vale no filosofar que filosofar mal; si queriendo profundizar la historia la trastorno, preferible seria que me atuviese al sistema de nombres y fechas.

§ II.

Se indica un medio para adelantar en la filosofía de la historia.

Preciso es leer las historias, y á falta de otras, debe uno atenerse á las que existen; sin embargo yo me inclino á que este estudio no basta para aprender la filosofía de la historia. Hay otro mas á propósito, y que hecho con discernimiento, es de un efecto seguro: el estudio inmediato de los monumentos de la época. Digo _inmediato_, esto es, que conviene no atenerse á lo que nos dice de ellos el historiador, sino verlos con los propios ojos.

Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado, para muchos imposible, difícil para todos. No niego la fuerza de esta observacion; pero sostengo que en muchos casos, el método que propongo ahorra tiempo y fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho, una palabra al parecer insignificantes y en que no ha reparado el historiador, nos dicen mucho mas y mas claro, y mas verdadero y exacto, que todas sus narraciones.

Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres patriarcales; recoge abundantes noticias sobre los tiempos mas remotos, y agota el caudal de su erudicion, filosofía y elocuencia, para hacerme comprender lo que eran aquellos tiempos y aquellos hombres, y ofrecerme lo que se llama una descripcion completa. A pesar de cuanto me dice, yo encuentro otro medio mas sencillo, cual es el asistir á las escenas donde se me presenta en movimiento y vida lo que trato de conocer. Abro los escritores de aquellas épocas, que no son ni en tanto número, ni tan voluminosos, y allí encuentro retratos fieles que enseñan y deleitan. La Biblia y Homero nada me dejan que desear.

§ III.

Aplicacion á la historia del espíritu humano.

La inteligencia humana tiene su historia, como la tienen los sucesos exteriores; historia tanto mas preciosa, cuanto nos retrata lo mas íntimo del hombre, y lo que ejerce sobre él poderosa influencia. Hállanse á cada paso descripciones de escuelas, y del carácter y tendencia del pensamiento en esta ó aquella época; es decir que son muchos los historiadores del entendimiento; pero si se desea saber algo mas que cuatro generalidades, siempre inexactas, y á menudo totalmente falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer los autores de la época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario revolverlos todos, y que así este método se haga impracticable para el mayor número de los lectores; una sola página de un escritor nos pinta mas al vivo su espíritu y su época que cuanto podrian decirnos los mas minuciosos historiadores.

§ IV.

Ejemplo sacado de las fisonomías, que aclara lo dicho sobre el modo de adelantar en la filosofía de la historia.

Si el lector se contenta con lo que le dicen los otros, y no trata de examinarlo por sí mismo, logrará tal vez un conocimiento _histórico_, pero no _intuitivo_: _sabrá_ lo que son los hombres y las cosas, pero no lo _verá_: dará razon de la cosa, pero no será capaz de pintarla. Una comparacion aclarará mi pensamiento. Supongamos que se me habla de un sugeto importante que no puedo tratar ni ver, y curioso yo de saber algo de su figura y modales, pregunto á los que le conocen personalmente. Me dirán, por ejemplo, que es de estatura mas que mediana, de espaciosa y despejada frente, cabello negro y caido con cierto desórden, ojos grandes, mirada viva y penetrante, color pálido, facciones animadas y expresivas; que en sus labios asoma con frecuencia la sonrisa de la amabilidad, y que de vez en cuando anuncia algo de maligno; que su palabra es mesurada y grave, pero que con el calor de la conversacion se hace rápida, incisiva y hasta fogosa; y así me irán ofreciendo un conjunto físico y moral para darme la idea mas aproximada posible; si supongo que estas y otras noticias son exactas, que se me ha descrito con toda fidelidad el original, tengo una idea de lo que es la persona que llamaba mi curiosidad, y podré dar cuenta de ella á quien como yo estuviese deseoso de conocerla. Pero ¿es esto bastante para formar un concepto cabal de la misma, para que se me presente á la imaginacion tal como es en sí? Ciertamente que no. ¿Quereis una prueba? Suponed que el que ha oido la relacion es un retratista de mucho mérito; ¿será capaz de retratar á la persona descrita? Que lo intente, y concluida la obra, preséntese de improviso el original, es bien seguro que no se le conocerá por la copia.

Todos habremos experimentado por nosotros mismos esta verdad: cien y cien veces habremos oido explicar la fisonomía de una persona; á nuestro modo nos hemos formado en la imaginacion una figura en la cual hemos procurado reunir las cualidades oidas; pues bien, cuando se presenta la persona, encontramos tanta diferencia que nos es preciso retocar mucho el trabajo, si no destruirle totalmente. Y es que hay cosas de que es imposible formarse idea clara y exacta sin tenerlas delante; y las hay en gran número, y sumamente delicadas, imperceptibles por separado y cuyo conjunto forma lo que llamamos la fisonomía. ¿Cómo explicaréis la diferencia de dos personas muy semejantes? No de otra manera que viéndolas: se parecen en todo, no sabriais decir en qué discrepan; pero hay alguna cosa que no las deja confundir: á la primera ojeada lo percibís, sin atinar lo que es.

Hé aquí todo mi pensamiento. En las obras críticas se nos ofrecen extensas y tal vez exactas descripciones del estado del entendimiento en tal ó cual época; y á pesar de todo no la conocemos aun: si se nos presentasen trozos de escritores de tiempos diferentes, no acertaríamos á clasificarlos cual conviene; nos fatigaríamos en recordar las cualidades de unos y otros, pero esto no nos evitaria el caer en equivocaciones groseras, en disparatados anacronismos. Con mucho ménos trabajo saliéramos airosos del empeño si hubiésemos leido los autores de que se trata: quizas no disertaríamos con tanto aparato de erudicion y crítica; pero juzgaríamos con harto mas acierto. «El giro del pensamiento, diríamos, el estilo, el lenguaje revelan un escritor de tal época; este trozo es apócrifo, aquí se descubre la mano de tal otro tiempo;» y así andaríamos clasificando sin temor de equivocarnos, por mas que no pudiésemos hacernos comprender bien de aquellos que como nosotros, no conociesen de vista á aquellos personajes. Si entónces se nos dijera: «y tal cualidad, ¿cómo es que no se encuentra aquí? ¿porqué tal otra se halla en mayor grado? porqué?...» «Imposible será,» replicaríamos quizas nosotros, «satisfacer todos los escrúpulos de V.; lo que puedo asegurar es, que los personajes que figuran aquí los tengo bien conocidos; y que no puedo equivocarme sobre los rasgos de su fisonomía, porque los he visto muchas veces.»

CAPÍTULO XXI.

RELIGION.

§ I.

Insensato discurrir de los indiferentes en materias de religion.

Impropio fuera de este lugar, un tratado de religion, pero no lo serán algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima materia. De ellas resultará que los indiferentes ó incrédulos son pésimos pensadores.

La vida es breve, la muerte cierta: de aquí á pocos años el hombre que disfruta de la salud mas robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religion sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato, no destruyen la realidad de los hechos: si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno, y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque á mí me plazca el negarlo; y ademas esta caprichosa negativa no mejorará el destino que segun las leyes eternas me haya de caber. Cuando suene la última hora, será preciso morir, y encontrarme con la nada ó con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mio, tan mio, como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí; nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida, privándome del bien, ó librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia, la alta importancia de la religion; la necesidad que tengo de saber lo que hay de verdad en ella; y que si digo, «sea lo que fuere de la religion, no quiero pensar en ella,» hablo como el mas insensato de los hombres.

Un viajero encuentra en su camino un rio caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algun peligro en este ó aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él á la orilla, ponderan la profundidad del agua en determinados lugares, y la imposibilidad de salvarse el temerario que á tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿qué me importan á mí esas cuestiones?» y se arroja al rio sin mirar por dónde. Hé aquí al indiferente en materias de religion.

§ II.

El indiferente y el género humano.