Part 35
--No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y, además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien; pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles, ¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí, así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto. Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no advertirlo.
Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación. Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.
--Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido _atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.
--¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al demonio.
--A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?
--Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios mío, no comprende nada!
--Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--. Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa. Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?» basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente. Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría; pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros, o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si tenía el _derecho_...
--¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta.
--¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--. No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente una _experiencia_...
--¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!
--¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame!
Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió convulsivamente la cabeza entre las manos.
--¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia.
--¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.
Tenía las facciones terriblemente alteradas.
--¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--. Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.
La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor profundo.
--¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie? ¿No es eso?--dijo sombríamente.
--Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.
--No, no iré a denunciarme, Sonia.
--¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?
--Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente? Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable, Sonia.
--¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!
--Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--. Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos momentos se me busca y van a detenerme.
--¡Ah!--exclamó Sonia espantada.
--¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?
--¡Oh, sí, sí!
Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta. Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven, y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto, le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia, pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más desgraciado que antes.
--Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la cárcel.
La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.
--¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de súbita idea.
Al pronto el joven no comprendió la pregunta.
--No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.
--Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano; pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será mejor--añadió a manera de concesión.
--Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello, diremos una oración y partiremos.
En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.
--¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.
Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.
V
Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.
--Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted... Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir, nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo dirigiéndose de nuevo a Sonia.
La joven lanzó un grito.
--Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa. Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles, y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble, pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar. Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna observación... No puede usted imaginarse cómo está.
Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando. Los dos jóvenes salieron detrás de ella.
--Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--. Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.
--¿Le ha hablado usted de tubérculos?
--No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?
--Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff.
Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de cabeza y subió a su cuarto.
Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.
Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh cobardía!
«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la cárcel.»
Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a presidio», pensaba.
¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer ninguna idea.
--No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia.
Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente límpida.
Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el afecto.
--Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión; me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces, me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez. Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.
Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.
--¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--. Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.
Dunia se ruborizó.
--¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera.
--Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós, hermana.
La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto temor.
--¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son una especie de testamento.
--No hagas caso. Adiós.
Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento; le miró con inquietud y se retiró conmovida.
No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana. Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.
«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia.
Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff tomó bruscamente la gorra y salió.
Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su agitación moral.
Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad. Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.
Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.
--He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén, haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva de imbéciles. Vamos aprisa.
--¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir a Lebeziatnikoff.
--Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en seguida.
En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su debilidad, estaba extraordinariamente excitada.
Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical; les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después, indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente. Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos, mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no podía contener las lágrimas.
Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia. Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco. Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna permanecía inflexible.
--¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.
A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y hubiera sido imposible sacársela.