El crimen y el castigo

Part 28

Chapter 283,671 wordsPublic domain

Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero, varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.

El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor caso de él. El visitante se iba tranquilizando.

--Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo, ¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver? Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.

Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.

Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha, Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el despacho de Porfirio Petrovitch.

Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.

En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado; parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.

--¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_, _tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.

Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.

«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.

Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.

--He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted. ¿Está bien así, o hay que escribir otro?

--¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien; basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el papel sobre la mesa.

Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.

--Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.

«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.

Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban en aumento.

«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»

--Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para acercarse en seguida a la mesa.

Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.

Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota lanzada de una pared a otra.

--No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?; pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a uno casa? ¿No le parece a usted?

--Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.

--Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--. ¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante, deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.

La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba ahora en su visitante.

La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción un desafío burlón y bastante imprudente.

--¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión, a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en la profesión de usted?

--¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la casa que me da el Estado, ha sido para...?

Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara, por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también, aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo, y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven; creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a reventar de un momento a otro.

Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.

--Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra _interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--, en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer juntos.

--¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.

Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de un lado a otro de la habitación.

--Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia. Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted enfadado.

Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y observaba; sin embargo, se sentó.

--Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo, ¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados, el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo tanto gusto...

Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.

«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»

--No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero, ¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_, porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle; ¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos... padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días, la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted, en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso _mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla (sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!

Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar un instante... «Sin duda espera algo.»

--Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio, mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados, según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?

--Sí; la estudiaba.

--Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? ¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_ groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece a usted?

Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.

«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora veremos qué lazo me tiendes.»

Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.