Part 26
--¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.
--¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff.
--Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió pálida de cólera.
Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel momento no daba crédito a sus oídos.
--Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione usted. Yo no tengo más que una palabra.
--¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo que quiero es perderle de vista para siempre!
--¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría protestar?
--¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
--Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
--¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a merced de usted, y no usted a la nuestra.
--¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
--Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación, tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz pública...
--¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin, que se había levantado para castigar al insolente.
--Es usted un malvado--añadió Dunia.
--Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff, deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una palabra más! De lo contrario...
Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera, le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones, y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las señoras.
III
Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento, éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria Alexandrovna le miraba con inquietud.
--¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven, acercándose a su hermano.
--¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff levantó la cabeza.
--Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi presencia.
--¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a ofrecerle dinero?
Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con Svidrigailoff.
A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
--Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.
Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
--Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.
--Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite. El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente usted, Advocia Romanovna?
Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada. Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz cantante la llevaba Razumikin.
--¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--. ¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos, quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio. Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más y ya está formada la asociación.
--¿Qué negocio vamos a emprender?
Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por aquella mentira.
--¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó, animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho; pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos; pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión, papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso, seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
A Dunia le brillaban los ojos.
--Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
--Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.
--¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.
--Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además, podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
--¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas, hombre?
--¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
--¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.
Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la gorra en la mano, y se preparaba a salir.
--Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con aire extraño.
Sonreía; ¡pero con qué risa!
--Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos vemos--añadió de repente.
Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
--Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas, Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
--Tengo que irme--respondió el joven.
Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme resolución.
--Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien; tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable... Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías... cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
--¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.
De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto terrible.
--¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre fuiste!--gritaba la pobre madre.
Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a ella se le acercó Dunia.
--¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
--No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo que dice, y salió de la sala.
--¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.
--¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del cuarto.
Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
--Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré quizá... si hay medio... Adiós.
Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
--¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes? ¿Cómo procedes de ese modo?
Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
--Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte. No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes?
El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma. De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver. Acababa de comprender la horrible verdad.
--¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso rápido salió de la casa.
Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los príncipes de la ciencia...
En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un hijo y un hermano.
IV
Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento maquinal.
--¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.
--Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.
Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado candelero de cobre.
--¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener fuerzas para moverse de su sitio.
--¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la estancia.
Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, como si se hallase delante del árbitro de su destino.
--Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la joven--. Quizás no nos volveremos a ver.
--¿Va usted a marcharse?
--No sé... mañana, todo...
--¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo Sonia con voz temblorosa.
--No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras.
Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado mientras que ella permanecía derecha.
--¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y acariciadora.
La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos.
--¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
Le tomó la mano.
Sonia se sonrió débilmente.
--Siempre he sido así--dijo.
--¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
--Sí.
--Es claro--dijo bruscamente.
Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en el sonido de su voz.
Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
--¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
--Sí.
--¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
--Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
--¿No tienen más que una sala para todos?
--Nada más.
--Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó el joven con aire sombrío.
--Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos son tartamudos.
--¿Son tartamudos?
--Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan claro.
--Lo sabía.
--¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.
--Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de rodillas delante de la cama de usted.
Sonia se turbó.
--Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.
--¿A quién?
--A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
--¿Paseaba usted?
--Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
--¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre?
--¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto.
--¿De modo que usted la quiere?
--¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera!
Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.
--¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría usted, y ella no haría nada de injusto.
--Y usted, ¿qué va a hacer?
Sonia le interrogó con la mirada.
--Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
--No sé--respondió la joven tristemente.
--¿Van a quedarse donde están?
--No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha de permanecer un momento más en aquella casa.
--¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
--¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! ¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
--Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo Raskolnikoff con amarga sonrisa.
--Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
--¿Ha sido usted dura con ella?