At Sunwich Port, Part 5. Contents: Chapters 21-25

Chapter 4

Chapter 4522 wordsPublic domain

Cuando se celebró la boda, unas tres semanas des­pués, St. Peter estuvo lleno de una verdadera multitud de personas de la más elevada alcurnia. Ofició de un modo conmovedor el deán de Chichester. Y todos los asistentes estuvieron de acuerdo en reconocer que no habían visto nunca una pareja tan seductora como la que formaban los novios. Eran más que hermosos y, sin embargo, eran feli­ces. No sintió lord Arthur un solo momento lo que había sufrido por amor a Sybil y ella, por su parte, le daba lo mejor que puede ofrendar una mujer a un hombre: respe­to, ternura y amor. En su caso, la realidad no mató su no­vela romántica. Y conservaron siempre la juventud de sus sentimientos.

Algunos años después, cuando tuvieron dos precio­sos niños, lady Windermere fue a visitarles a Alton Priory, antigua y encantadora finca, regalo de boda del duque a su hijo; y estando sentada una tarde con Sybil, bajo un tilo, en el jardín, contemplando al niño y a la chiquilla, que ju­gaban correteando por la rosaleda como dos suaves rayos de sol, asió, de pronto las manos de Sybil y dijo:

-¿Eres feliz, Sybil?

-¡Sí, mi querida lady Windermere; soy feliz! ¿Y us­ted no lo es?

-No tengo tiempo de serlo, Sybil; me encariño siempre con la última persona que me presentan. Pero ge­neralmente, en cuanto la conozco a fondo, me aburre.

-¿No la entretienen ya sus leones, lady Windermere? -¡Oh amiga mía! Los leones no sirven más que para una temporada. En cuanto se cortan la melena se convier­ten en los seres más insufribles del mundo. Además, si se porta una cariñosamente con ellos, se portan ellos, en cambio, muy mal con una. ¿Te acuerdas de aquel horrible mister Podgers? Era un inicuo impostor. Como es natural, al principio no lo noté y hasta cuando me pidió dinero se lo di; pero no podía yo soportar que me hiciese la corte. Me ha hecho realmente odiar la quiromancia. Ahora mi pasión es la telepatía. Resulta mucho más divertida.

-Aquí no puede hablarse mal de la quiromancia, lady Windermere. Es la única cosa sobre la cual no le gus­tan a Arthur las bromas, Le aseguro a usted que la toma completamente en serio.

-¿No querrás decirme, Sybil, que tu marido cree en ella?-

-Pregúnteselo usted y lo verá, lady Windermere. Aquí viene.

Lord Arthur se acercaba, en efecto, por el jardín, con un gran ramo de rosas amarillas en la mano y sus dos hijos jugueteando a su alrededor.

-¿Lord Arthur?

-Dígame, lady Windermere.

-¿Se atreverá usted realmente a mantener que cree en la quiromancia?

-Claro que si -dijo el joven, sonriendo. -Pero ¿por qué?

-Porque le debo toda la dicha de mi vida -murmu­ró él, arrellanándose en un sillón de mimbre.

-¿Qué le debe usted, mi querido lord Arthur?

-Pues Sybil- contestó él, ofreciendo las rosas a su mujer y mirándose en sus ojos violeta.

-¡Qué tontería! -exclamó lady Windermere-. ¡No he oído en mi vida una tontería semejante!

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