At Sunwich Port, Part 5. Contents: Chapters 21-25

Chapter 2

Chapter 24,195 wordsPublic domain

Al cabo de un rato se encontró frente a la iglesia de Marylebone. La calle, silenciosa, parecía una larga cinta de plata bruñida, moteada aquí y allá por los oscuros ara­bescos de las sombras movedizas.

A lo lejos redondeábase en círculo la línea de luces de los faroles de gas vacilantes, y ante una casita rodeada por un muro estaba parado un coche de alquiler, solitario, cuyo cochero dormía en el interior. Lord Arthur se dirigió con paso rápido en dirección a la plaza de Porland, miran­do a cada momento a su alrededor, como si temiera que le siguiesen. En la esquina de la calle Rich estaban parados dos hombres leyendo un anuncio en una valla. Un extra­ño sentimiento de curiosidad le dominó y cruzó la calle hacia aquel sitio. Ya cerca, la palabra asesino impresa en letras negras hirió sus ojos.

Se detuvo y una oleada de rubor tiñó sus mejillas. Era un bando ofreciendo una recompensa a quien facilitase detalles que cooperasen a la detención de un in­dividuo de estatura regular, entre los treinta y los cuarenta años, que llevaba un sombrero blanco de alas levantadas, una chaqueta negra y unos pantalones escoceses y que te­nía una cicatriz en la mejilla derecha. Lord Arthur leyó y releyó el anuncio. Se preguntó si aquel hombre sería dete­nido y cómo se habría hecho aquella herida. ¡Quizá algún día su nombre se vería expuesto de igual modo en los muros de Londres! ¡Quizá algún día pondrían también su cabeza a precio!

Aquel pensamiento le dejó descompuesto de horror y, girando sobre sus talones, huyó en la noche.

No sabía apenas dónde estaba. Recordaba confusa­mente haber vagado por un laberinto de casas sórdidas, perdiéndose en una gigantesca maraña de calles sombrías, y empezaba a despuntar el alba cuando se dio cuenta, por fin, de que se hallaba en Piccadilly-Circus. Al poco rato, cuando pasaba por Belgrave-Square, se encontró con los grandes carros de transporte que se dirigían al mercado de Covent-Garden. Los carreteros con sus blusas blancas y sus rostros agradables, bronceados por el sol, de revueltos cabellos rizados, apresuraban vigorosamente el paso resta­llando sus fustas y hablándose a gritos. Sobre el lomo de un enorme caballo gris, el primero de la reata, iba monta­do un mozo mofletudo con un ramito de prímulas en su sombrero de alas caídas, agarrándose con mano firme a las crines y riendo a carcajadas. En la claridad matinal los grandes montones de legumbres se destacaban como blo­ques de jade verde sobre los pétalos rosados de una flor mágica. Lord Arthur experimentó un sentimiento de viva conmoción, sin que pudiese decir a punto fijo por qué. Había algo en la delicada belleza del alba que le emocio­naba inefablemente y pensó en todos los días que despun­tan y mueren en medio de la tempestad. Aquellos hom­bres rudos, con sus voces broncas, su grosero buen humor y su andar perezoso, ¡qué Londres más extraño veían! ¡Un Londres lleno de los crímenes nocturnos y del humo del día; una ciudad pálida, fantasmagórica; una ciudad desola­da de tumbas! Se preguntó lo que pensarían de ella y si sa­brían algo de sus esplendores y de sus vergüenzas, de sus goces soberbios, tan bellos de color; de su hambre atroz y de todo cuanto brota y se marchita en Londres desde la mañana hasta la noche. Probablemente, para ellos era tan sólo el mercado adonde llevaban a vender sus productos y en el que no permanecían más que unas horas a lo sumo, dejando a su regreso las calles todavía en silencio y las ca­sas aún dormidas. Sintió un gran placer en verlos pasar. Por muy zafios que fuesen con sus zapatones claveteados y sus andares ordinarios, llevaban consigo algo de la Arca­dia. Lord Arthur vio que habían vivido con la naturaleza y que ésta les enseñó la paz, y envidió su ignorancia.

Cuando llegó al final de Belgrave-Square, el cielo era de un azul desvanecido y los pájaros empezaban a piar en los jardines.

Capítulo III

Cuando despertó lord Arthur, estaba ya muy avan­zada la mañana y el sol de mediodía se filtraba a través de las cortinas de seda marfileña de su dormitorio. Se levantó y fue a mirar por el ventanal. Una vaga neblina de calor flotaba sobre la gran ciudad y los tejados de las casas pare­cían de plata oxidada. Por el césped tembloroso de la pla­za de abajo se perseguían unos niños como mariposas blancas, y las aceras estaban llenas de gentes que se diri­gían al parque.

Nunca le pareció la vida tan hermosa ni tan alejada de él la maldad. En aquel momento su ayuda de cámara le trajo una taza de chocolate sobre una bandeja. Después de bebérsela, levantó una pesada cortina color albaricoque y pasó al cuarto de baño. La luz entraba suavemente des­de lo alto a través de unas delgadas hojas de ónice trans­parente y el agua en la pila de mármol tenía el brillo apa­gado de la piedra lunar.

Lord Arthur se sumergió rápidamente hasta que el agua rozó su cuello y sus cabellos; entonces metió bruscamente la cabeza dentro del líquido, como si qui­siera purificarse de la mancha de algún recuerdo infa­mante. Cuando salió del baño, se sintió casi serenado. El bienestar físico que había experimentado le dominó, como sucede a menudo a las naturalezas refinadas, pues los sentidos, como el fuego, pueden purificar o destruir.

Después de almorzar se tumbó en un diván y en­cendió un cigarrillo. Sobre la repisa de la chimenea, en­marcada con un brocado antiguo finísimo, había un gran retrato de Sybil Merton, tal como la vio por primera vez en el baile de lady Noel. La pequeña cabeza, de un mode­lado delicioso, inclinábase ligeramente a un lado, como si el cuello, delgado y frágil al modo de una caña, no pudiese apenas soportar el peso de tanta belleza; los labios esta­ban un poco entreabiertos y parecían conformados para una suave música, y en sus ojos soñadores se leían las sor­presas de la más tierna pureza virginal; ceñida en su vesti­do de blanco crespón de China, con un gran abanico de plumas en la mano, parecía una de esas delicadas estatuillas descubiertas en los bosques de olivos próximas a Ta­nagra; y había en su postura y en su actitud rasgos de gracia helénica.

Sin embargo, no era petite, sino perfectamente pro­porcionada, cosa rara en una edad en que tantas mujeres son, o más altas de lo debido, o insignificantes.

Contemplándola en aquel momento, lord Arthur se sintió lleno de esa terrible piedad que nace del amor. Comprendió que casarse con ella teniendo el fatum del delito suspendido sobre su cabeza sería una traición como la de Judas, un crimen peor que todos los que planearon los Borgia. ¿De qué felicidad gozarían cuando en cualquier momento podía verse forzado a ejecutar la espanto­sa profecía escrita en su mano? ¿Cuál sería su vida mien­tras el destino mantuviese aquella terrible orden en su balanza? Era preciso a toda costa retrasar el matrimonio. Estaba completamente decidido a ello. Aunque amase ar­dientemente a Sybil, aunque el simple contacto de sus de­dos, cuando estaban sentados juntos, hiciese estremecer de exquisito goce todas las fibras de su ser, no dejaba de reconocer cuál era su deber y estaba totalmente convenci­do de que no tenía derecho a casarse con ella mientras no cometiera el crimen. Una vez ejecutado, podría presentarse ante el altar con Sybil Merton y depositar su vida en manos de la mujer amada, sin temor a remordimientos. Hecho aquello, podría estrecharla entre sus brazos, sabiendo que ella no tendría nunca que sentirse avergonzada. Pero antes tenia que efectuarlo: cuanto antes lo hiciera sería mejor para ambos.

Muchos, en su caso, hubiesen preferido el sendero florido del amor a la cuesta escarpada del deber; pero lord Arthur era demasiado escrupuloso para colocar el placer por encima de sus principios. En su amor no había una simple atracción sensual: Sybil simbolizaba para él cuanto hay de bueno y de noble en el mundo. Durante un mo­mento sintió una repugnancia instintiva contra la tarea que el destino le obligaba a realizar; pero en seguida se desvanecía aquella impresión. Su corazón le dijo que aquello no era un crimen, sino un sacrificio; su razón le recordó que no le quedaba ninguna otra salida. Era preciso elegir entre vivir para él o vivir para los demás y, por te­rrible que fuera en realidad aquella tarea que le estaba im­puesta, sabía que no debía permitir que el egoísmo ven­ciera al amor. Más tarde o más temprano cada uno de nosotros está obligado a resolver ese mismo problema, ya que a cada uno de nosotros se le plantea la misma cues­tión. A lord Arthur se le presentó muy pronto en la vida, antes de que corrompiese su carácter el cinismo calcula­dor en la edad madura, o antes de que le corroyese el co­razón el egoísmo frívolo o elegante de nuestra época; y él no vaciló en cumplir su deber. Afortunadamente para él, no era un simple soñador o un diletante ocioso. De ser­lo, habría dudado, como Hamlet, permitiendo que la irre­solución destruyese su propósito. Pero era un hombre esencialmente práctico. Para él la vida representaba acción antes que pensamiento. Poseía ese don tan raro entre no­sotros que se llama sentido común.

Las sensaciones crueles y violentas de la noche an­terior se habían borrado ahora por completo y pensaba, casi con un sentimiento de vergüenza, en su loca camina­ta de calle en calle, en su terrible agonía emotiva. La mis­ma sinceridad de su sufrimiento lo hacía ahora pasar por inexistente ante sus ojos. Se preguntaba cómo había podi­do ser tan loco para indignarse y desbarrar contra lo inevi­table. La única cuestión que ahora parecía turbarle era có­mo llevaría a cabo su obra, pues no era tan obcecado que negase el hecho de que el crimen, como las religiones pa­ganas, exige una víctima y un sacerdote. Como lord Arthur no era un genio, no tenía enemigos y, por otro la­do, comprendía que no era ocasión de satisfacer un rencor u un odio personales; la misión de la que estaba encarga­do era de una grave y elevada solemnidad. Por consiguien­te, hizo una lista de sus amigos y parientes en una hoja de un libro de notas y, después de un minucioso examen, se decidió en favor de lady Clementina Beauchamp, una estimable dama, ya de edad, que vivía en la calle Curzon y era prima segunda suya por parte de su madre. Tuvo siem­pre un gran afecto por lady Clem, como la llamaba todo el mundo; y como él era rico por su casa, pues entró en po­sesión de toda la fortuna de lord Rugby al llegar a su ma­yoría de edad, estaba descartada la sospecha de que le tra­jese ningún despreciable beneficio económico la muerte de aquella pariente. Realmente, cuanto más reflexionaba en ello, más veía en lady Clem la persona que le convenía escoger; y pensando que todo aplazamiento era una mala acción con respecto a Sybil, decidió ocuparse inmediata­mente de los preparativos.

Lo primero que debía hacer, indudablemente, era saldar cuentas con el quiromántico. Así, pues, se sentó ante una mesita Sheraton's colocada frente a la ventana y llenó un cheque de 105 libras, pagadero a la orden de míster Septimus Podgers; después lo metió en un sobre y ordenó a su criado que lo llevase a la calle de West­-Moon. Enseguida telefoneó a su cochera ordenando que enganchasen el cupé y se vistió para salir. Antes de marcharse de la habitación, dirigió una mirada al retrato de Sybil Merton, jurándose que, pasase lo que pasase, no le diría nunca lo que iba a hacer por amor a ella y que guardaría el secreto de su sacrificio en el fondo de su co­razón.

De camino hacia el club de Buckingham se detuvo en una tienda de flores y envió a Sybil un cesto de narcisos de hermosos pétalos blancos y de pistilos pareci­dos a ojos de faisán. Llegado al Club, fue directamente a la biblioteca, tocó el timbre y pidió al camarero que le trajese una limonada y un tratado de toxicología. Decidió en definitiva que el veneno era el instrumento que más le convenía adoptar para su enojoso trabajo. Nada le desa­gradaba tanto como un acto de violencia personal y, ade­más, tenía especial interés en no asesinar a lady Clementi­na con algún medio que pudiese llamar la atención de la gente, pues le horrorizaba la idea de convertirse en el hombre de moda en casa de lady Windermere o de ver fi­gurar su nombre en los sueltos de los periódicos que lee el vulgo. Necesitaba también tener en cuenta a los padres de Sybil que, como pertenecían a un mundo un poco anti­cuado, podrían oponerse al matrimonio si se producía al­gún escándalo; aunque estaba seguro de que, si les contara todos los incidentes del suceso, serían los primeros en comprender los motivos que le impulsaban a obrar así. Tenía, pues, perfecta razón al decidirse por el veneno. Era inofensivo, seguro, silencioso, y actuaba sin necesidad de escenas penosas, por las cuales sentía él profunda aver­sión, como muchos ingleses.

Sin embargo, no conocía nada absolutamente de la ciencia de los venenos y, como el criado era, por lo visto, incapaz de encontrar algo en la biblioteca que no fuera la Ruffs-Guide o el Bailey' Magazine, examinó por si mismo los estantes llenos de libros y acabó por encontrar una edición muy bien encuadernada de la Farmacopea y un ejemplar de la Toxicología de Erskine, editada por sir Mathew Reid, presidente de la Real Academia de Medici­na y uno de los miembros más antiguos del Buckingham­ Club, para el que fue elegido por confusión con otro can­didato, contratiempo que disgustó tanto a la junta que, cuando el candidato auténtico se presentó, fue derrotado por unanimidad. Lord Arthur se quedó desconcertadísimo ante los términos técnicos empleados en los dos libros y empezaba a recriminarse por no haber prestado más atención a sus estudios en Oxford, cuando en el to­mo segundo de Erskine encontró una explicación acerta­disíma y muy completa de las propiedades del acónito, redactada en un inglés clarísimo. Le pareció aquél el vene­no que le convenía por todos los conceptos; era muy acti­vo, por no decir casi instantáneo; en sus efectos no causa­ba dolores y, tomado en forma de cápsula de gelatina, como recomendaba sir Mathew, era insípido al paladar. Por tanto, anotó en el puño de la camisa la dosis necesaria para ocasionar la muerte, devolvió los libros a su sitio y se encaminó por la calle de Saint-James hasta casa de Pestle y Humbey, los grandes farmacéuticos. Míster Pestle, que servia siempre personalmente a sus clientes de la aristo­cracia, se quedó muy sorprendido de su petición y, con to­no amabilísimo, murmuró algo respecto a la necesidad de una receta médica. Sin embargo, no bien lord Arthur le explicó que era para dárselo a un gran perro danés, del cual se veía obligado a desembarazarse porque presentaba síntomas de hidrofobia, habiendo intentado por dos veces morder a su cochero en una pantorrilla, pareció completa­mente satisfecho y, después de felicitar a lord Arthur por sus extraordinarios conocimientos de toxicología, confec­cionó inmediatamente la preparación.

Lord Arthur colocó la cápsula en una bonita bom­bonera de plata que adquirió en una tienda de la calle de Bond, tiró la basta cajita de Pestle y Humbey y se encami­nó directamente a casa de lady Clementina.

-¿Que hay, monsieur le mauvais sujet? -le gritó la vieja señora al entrar él en su salón-. ¿Por qué no ha veni­do usted a verme en todo este tiempo?

-Mi querida lady Clem, no tengo nunca un rato pa­ra mí -replicó lord Arthur con una sonrisa.

-Supongo que querrás decir que te pasas los días con la señorita Sybil Merton, comprando chiffons y diciendo tonterías. No acabo de comprender por qué la gente alborota tanto para casarse. En mis tiempos no hubiéramos pensado nunca en exhibirnos y en bullir tanto en público y en privado por cosa tan vulgar.

-Le aseguro que no he visto a Sybil desde hace veinticuatro horas, lady Clem. Que yo sepa, pertenece por completo a sus modistas.

-¡Claro! Es el único motivo que puede traerte por casa de una mujer vieja como yo... Me extraña que voso­tros las hombres no escarmentéis. On a fait des folies pour moi y aquí me tienes hecha una pobre reumática, con pelo postizo y mal humor. Bueno, y si no fuese por esa querida lady Jansen que me manda las peores novelas francesas que puede encontrar, no sé cómo serían mis días. Los médicos no sirven más que para sacar dinero a sus clientes. Ni siquiera me pueden curar la enfermedad del estómago.

-Le traigo un remedio para ella, lady Clem -dijo gravemente lord Arthur-. Es una cosa maravillosa, inven­tada por un americano.

-No me gustan nada los inventos americanos, Arthur; estoy segura de que no me gustan. He leído últi­mamente varias novelas americanas y eran verdaderas insensateces.

-¡Oh! Esto no es ninguna insensatez, lady Clem. Le aseguro que es un remedio infalible. Tiene usted que pro­meterme que lo probará.

Y lord Arthur sacó de su bolsillo la bombonera y se la ofreció a lady Clementina.

-¡Pero es deliciosa esta bombonera, Arthur! Una verdadera joya. Eres amabilísimo. Y aquí está el remedio; parece un bombón. Voy a tomarlo ahora mismo.

-¡Por Dios, lady Clem! -exclamó lord Arthur, dete­niéndola-. ¡No haga usted eso! Es una medicina homeo­pática. Si la toma usted sin tener dolor de estómago, le sentaría mal. Espere a que se presente un ataque y enton­ces recurra a ella. Quedará asombrada del resultado.

-Me hubiese gustado tomarla inmediatamente -di­jo lady Clementina, mirando al trasluz la capsulita trans­parente, con su burbuja flotante de aconitina liquida-. Te lo confieso: detesto a los médicos, pero adoro las medici­nas. Sin embargo, la guardaré para mi próximo ataque.

-¿Y cuándo cree usted que sobrevendrá ese ataque? -preguntó lord Arthur, impaciente-. ¿Será pronto?

-No lo espero hasta dentro de una semana. Ayer pasé un día malísimo; ¡pero vete a saber!

-¿Está usted segura entonces de padecer un ataque antes de fin de mes, lady Clem?

-Mucho me lo temo. ¡Pero cuánto afecto me de­muestras hoy, Arthur! Realmente, la influencia de Sybil te es muy beneficiosa. Y ahora debes marcharte. Ceno con gente gris que carece de conversación bulliciosa, entreteni­da, y sé que, si no duermo un poco antes, me será imposi­ble permanecer despierta durante la cena. Adiós, Arthur. Cariños a Sybil y un millón de gracias por tu remedio americano.

-No se olvidará usted de tomarlo, ¿verdad, lady Clem? -dijo lord Arthur, levantándose.

-Claro que no me olvidaré, tunante. Encuentro muy amable que te preocupes de mí. Ya te escribiré si ne­cesito más cápsulas.

Lord Arthur salió de casa de lady Clementina lleno de bríos y sintiéndose reconfortado.

Aquella noche tuvo una entrevista con Sybil Mer­ton. Le dijo que se veía de pronto en una situación horri­blemente difícil, ante la cual no le permitían retroceder ni su honor ni su deber. Le explicó que era preciso aplazar la boda, pues hasta que no estuviese exento de aquel com­promiso no recobraría su libertad. Le rogó que confiase en él y que no dudase del porvenir. Todo marcharía bien, pe­ro era necesario tener paciencia.

La escena tenia lugar en el invernadero de la resi­dencia de mister Merton, en Park Lane, donde cenó lord Arthur como de costumbre. Sybíl no se mostró nunca tan dichosa y hubo un momento en que lord Arthur sintió la tentación de portarse como un cobarde y de escribir a lady Clementina revelándole lo de la cápsula, dejando que se efectuara el casamiento, como si no existiese en el mundo míster Podgers. No obstante, su buen criterio se impuso enseguida y no flaqueó ni al arrojarse Sybil llo­rando en sus brazos. La belleza que hacía vibrar sus senti­dos despertó igualmente su conciencia. Comprendió que perder una vida tan hermosa por unos cuantos meses de placer era realmente una acción feísima.

Estuvo con Sybil hasta cerca de medianoche, con­solándola y recibiendo ánimos de su parte. Y al día si­guiente, muy temprano, salió para Venecia, después de ha­ber escrito a míster Merton una carta varonil y firme respecto al aplazamiento necesario de la boda.

Capítulo IV

En Venecia se encontró con su hermano lord Sur­biton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Los dos jóvenes pasaron juntos unas semanas encantadoras. Por la mañana vagaban a caballo por el Lido o iban de un lado para otro por los canales verdes en su alargada góndola negra; por la tarde, recibían generalmente visitas a bordo del yate y, por la noche, comían en el Florian y fumaban innumerables cigarrillos paseando por la plaza. A pesar de todo, lord Arthur no era feliz. Todos los días recorría la columna de defunciones del Times, esperando encontrar la noticia de la muerte de lady Clementina; pero siempre sufría una decepción. Empezó a temer que le hubiese ocu­rrido algún accidente y sintió muchas veces no haberle dejado tomar la aconitina cuando quiso ella probar sus efectos. Las cartas de Sybil, aunque llenas de amor, de con­fianza y de ternura, tenían con frecuencia un tono triste, y a veces pensaba que se había separado de ella para siempre.

Al cabo de quince días, lord Surbiton se cansó de Venecia y decidió recorrer la costa hasta Rávena, pues oyó decir que había mucha caza en el Pinar. Lord Arthur, al principio, se negó terminantemente a acompañarle; pe­ro Surbiton, a quien quería muchísimo, le persuadió por fin de que, si seguía viviendo en el hotel Danieli, se mori­ría de tedio y el día 15, por la mañana, se hicieron a la ve­la con un fuerte viento nordeste y un mar bastante picado. La travesía fue agradable y la vida al aire libre hizo reapa­recer los frescos colores en las mejillas de lord Arthur; pero hacia el día 22 volvieron a invadirle sus preocupacio­nes respecto a lady Clementina y, a pesar de las exhorta­ciones de Surbiton, regresó en tren a Venecia.

Cuando desembarcó de su góndola en los escalones del hotel, el dueño fue a su encuentro llevando un telegrama. Lord Arthur se lo arrebató de las manos y lo abrió, rasgán­dolo con brusco ademán. ¡Éxito total!: lady Clementina ha­bía muerto repentinamente, por la noche, cinco días antes.

El primer pensamiento de lord Arthur fue para Sybil y le envió un telegrama anunciándole su regreso in­mediato a Londres. En seguida ordenó a su criado que preparase el equipaje para el rápido de aquella noche, quintuplicó la propina a su gondolero y subió hacia su habitación con paso ligero y corazón alegre. Allí le espe­raban tres cartas. Una de ellas llena de cariño, con un pésame muy sentido, era de Sybil; las otras, de la madre de Arthur y del notario de lady Clementina. Parecía ser que la vieja señora cenó con la duquesa la noche antes de su muerte. Encantó a todo el mundo con su gracejo y es­prit pero se retiró temprano, quejándose de dolor de estómago. A la mañana siguiente la encontraron muerta en su lecho, sin que pareciese haber sufrido en modo al­guno.

Se avisó entonces a sir Mathew Reid, pero era ya inútil, y fue enterrada en Beauchamp-Chalcote el día 22. Pocos días antes de su muerte hizo testamento. Dejaba a lord Arthur su casita de la calle de Curzon. Todo su mobi­liario, su capital, su galería de cuadros, menos la colección de miniaturas, que legaba a su hermana lady Margaret Rufford, y su collar de amatistas, que dejaba a Sybil Mer­ton. El inmueble no valía mucho; pero míster Mansfield, el notario, deseaba vivamente que viniese lord Arthur lo antes posible, porque había muchas deudas que pagar, ya que lady Clementina no pudo tener nunca sus cuentas en regla. A lord Arthur le conmovió mucho aquel buen re­cuerdo de lady Clementina y pensó que míster Podgers tenía realmente que asumir una grave responsabilidad en aquel asunto. Su amor por Sybil dominó, sin embargo, cualquier otra emoción y la plena conciencia de que había cumplido su deber le tranquilizó, dándole ánimos. Al lle­gar a Charing Cross se sintió dichoso por completo. Los Merton le recibieron muy afectuosos. Sybil le hizo pro­meter que no toleraría ningún obstáculo que se interpu­siera entre ellos y quedó fijada la boda para el 7 de junio. La vida le parecía, una vez más, brillante y hermosa, y to­da su antigua alegría renacía en él.