Suomenlahden salaisuus

Chapter 2

Chapter 23,928 wordsPublic domain

-¡No se vaya V. tan pronto!... Son las doce...

¡Era la una!!!

Elogié su conversación, su bondad, el timbre de su voz, el aroma... de su pañuelo, y, por último, me quejé de su falta de franqueza conmigo.

-Usted debe de haber sufrido mucho... (concluí). -En su vida de V. hay una gran pena. A V. se le ha muerto alguna persona querida...-Yo se lo cuento a V. todo ¡y V. no me cuenta a mí nada!

-¡Le juro a V. que no he tenido amores con nadie! -respondió Casimira, afectando que mentía.

El «juro a V.» era un pleonasmo en su boca; mas, por lo mismo, probaba que iba olvidándose de su fealdad cuando hablaba conmigo.

. . . . . . . . . .

Al día siguiente, en el baile del Conservatorio, le pregunté con un disimulo digno de Talma:

-¿Por qué no baila V. nunca?

Ella no se atrevió a decirme «porque no me sacan», y me contestó:

-Porque no me gusta.

Y se quedó pensativa.

Preguntábase sin duda en aquel momento si yo tendría conformada la retina de tal modo, que no reflejase su fisonomía tal como era.

Estábamos en el cuarto día.

Yo me aferré en creer, y casi se lo hice creer a Casimira, que su novio estaba ausente, y que por eso la veía triste, sola y empeñada en no bailar.

Negome ligeramente lo del novio, y cargó la mano en que no era esta la causa por que no bailaba.

Prescindí, pues, del baile, y apreté en lo del novio.

Entonces reventó de su pecho la tremenda y anhelada frase:

-Alejandro...,¡Usted se burla!... -¿Quién ha de quererme a mí?

Yo no contesté; fingime agraviado y triste, y saqué otra conversación, aparentando que aparentaba no haberla oído.

Luego -bruscamente- exclamé:

-Casimira, ambos somos muy desgraciados y padecemos el mismo mal: ¡la desconfianza! ¡Usted no cree en el amor, ni yo tampoco! Los dos hemos sido heridos por el mundo en nuestra sensibilidad exquisita. ¡Digámoslo francamente! El hombre sólo ama la estúpida belleza, y la belleza no ama jamás. ¡Esto lo sabemos ambos, y de aquí el que no amaremos nunca! Seamos amigos... Consolémonos mutuamente... Apoyémonos el uno en el otro.

Y, en efecto, para que lo del apoyo no quedase en conversación, aquella noche la llevé del brazo a su casa.

. . . . . . . . . .

Al otro día le envíe el Rafael de Lamartine y la Lelia de Jorge Sand; dos obras espiritualistas, en que la materia no sirve para nada, con gran desesperación de los lectores...

A la noche, comentando pérfidamente estos libros, dije:

-La belleza y la juventud pasan con los años. La virtud, el talento, las cualidades del alma, crecen y se fortifican con la edad. El cuerpo es enemigo del espíritu...

Casimira levantó la frente con orgullo.

-Y, sin embargo (continué), ¡qué delicadeza de sentimiento hay en esos ojos, Casimira! ¡Qué corazón tan vehemente me revelan esas miradas! En vano quiere V. ocultar la energía de su privilegiada naturaleza: los ojos os hacen traición a la sangre... Usted amaría hasta el delirio... ¡Feliz el hombre amado por usted! -¡Oh! ¿Por qué no la conocí a usted antes de perder mis ilusiones? ¿Por qué he prodigado los tesoros de mi alma?... -¡Ah! Bailemos... Necesito aturdirme... -Esta noche va V. a bailar...Yo se lo suplico... -Sólo con V. bailaría yo en el estado en que me encuentro... -¡Desde que la trato a V. de cerca, tengo horror a la frivolidad de esas niñas insustanciales que apenas se dan cuenta de que tienen alma! -¡Bailemos, Casimira! ¡Usted me comprende como nadie!

Casimira bailó conmigo.

De aquí en adelante cambié completamente de táctica. Ya no me dirigí al entendimiento, sino al organismo. -Su cabeza estaba cargada de pólvora: sólo me faltaba ponerle fuego por los sentidos y fingir no ver el incendio. -Ella haría lo demás.

Decía que bailamos. -Era un vals de Straus, lánguido y voluptuoso3 como una tentación. Todo lo que es indiferente para una mujer habituada desde pequeña a ir en brazos de un hombre arrebatada por la música, tenía suma importancia tratándose de Casimira, que durante muchos años había estado importando magnetismo, sin exportar ninguno. Así es que su talle, nunca acariciado, temblaba y chispeaba al contacto de mi brazo. Su corazón bramaba al acercarse al mío. Sus sensaciones vírgenes la ahogaban... La fuerza de su naturaleza, tanto tiempo comprimida, estallaba tumultuosamente ¡Era mujer, era joven, era tierra! ¡Y yo la miraba la miraba la miraba sin cesar, envolviéndola, subyugándola, arrebatándola, pero sin decirle una palabra, sin darme por entendido de lo que veía, como si siempre se bailase así... como si aquello fuese bailar!

-¡Ah! (exclamé de pronto, cuando ya la vi perdida). ¿Se marea V.? ¿Qué me dice esa mirada atónita, desfallecida, agonizante?...

¡Casimira!... ¡Usted es de fuego! ¡Usted es divina! ¡Ahora comprendo todo lo que vale V.!

Casimira estaba desmayada en mis brazos.

Su prima la sacó del salón, diciendo:

-¡Se ha mareado! ¡Falta de costumbre!

Yo me marché a mi casa.

. . . . . . . . . .

Al día siguiente (que era el sexto) fui a visitar a Casimira.

Estaba pálida como la muerte.

Quedamos solos, y quiso hablarme del vals.

Yo me hice el desentendido.

Para mí, aquello había sido... lo que dijo su prima: un mareo hijo de la falta de costumbre...

Ella bajó los ojos como diciendo: ¡Ingrato! ¡No ha sospechado nada!

Yo me despedí tristemente, quedando en ir a la noche al baile de la Condesa.

Casimira, al ver que me marchaba, se puso muy triste, y casi estuvo por decirme que la había engañado; pero reflexionaría sin duda que yo no le había prometido amarla (sino todo lo contrario, aborrecerla como a todas las mujeres, salva la parte de amistad), y contentose con preguntarme:

-¿Está V. enfadado conmigo?

-Yo... no... -¿Por qué?

-Por nada -¡Soy tan cavilosa!...

Le besé la mano, y salí.

Aquella noche bailamos otra vez.

Casimira no se desmayó, y pudo oír perfectamente estas mis palabras subversivas, dichas en aquel momento de delirio que todo lo disculpa:

-Casimira..., tu aliento huele a ámbar. ¡Este vals acabará por enloquecerme! ¡Oh! ¡Tus ojos!... ¡tus ojos!... ¡Casimira!... ¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me amas?

Y tanto se lo repetí, y en tantos tonos, que, con sudores de muerte y mirada de reo en capilla, tartamudeó el sí más tierno, más apasionado, más rico de promesas que nunca ha sonado en mis oídos.

Entonces, y sólo entonces, solté este último requiebro, que yo tengo guardado para las feas:

-Casimira, tú debes de ser muy bien formada.

. . . . . . . . . .

Al otro día era el séptimo.

Y al séptimo descansó, dice la Biblia.

Me ama, pues, Casimira Fernández. -Para conseguirlo, he invertido el orden acostumbrado. Lo último que he hecho ha sido declararme a ella. Cuando me declaré, ya no tenía libertad de raciocinar. Necesitaba creerme y me creyó. Mi declaración fue pura fórmula. Sin ella, todo hubiera sucedido lo mismo. Mi habilidad consiste en haber prejuzgado la cuestión con hechos. Algo, que no era su voluntad ni la mía, se había anticipado a la discusión que precede a todo compromiso. El compromiso fue anterior al deseo de comprometerse. -He aquí la explicación de mi triunfo.

-Mañana te mandaré el caballo... (dijo Luis con verdadera admiración).- Pero antes necesitamos pruebas fehacientes.

-Las tendréis. -Allá aparece la diosa. -¡Observadnos!

- V - Dedicatoria entre paréntesis

(Jóvenes inocentes del sexo femenino, recién llegadas al 21 de Marzo de vuestra vida; puras y hermosas como flores de invernadero; educadas en la más completa ignorancia de la medicina legal, y tan piadosas y tímidas que no podéis presenciar sin lágrimas los gallinicidios culinarios, ni sospechar sin miedo la existencia de troglodita ratón; -a vosotras, inofensivas y dóciles como la paloma y el antiguo progresista; que confesáis al señor cura pecados tan gordos como no haber besado el pan que recogisteis del suelo, o no haber dicho Jesús, María y José al estornudar vuestro novio, o haberos fumado algún cigarrillo de vuestro primo, sólo por conocer el gusto del tabaco; -a vosotras, tan sensibles como bonitas, que os desmayáis en la ópera y en los toros, y que, por todas estas razones, merecéis que la Baronesa del Cedro, a cuya casa vais de tertulia, os llame su Coro de Ángeles; -á vosotras, en fin, Elena, Pura, Mariana, Matilde, Elisa, Consolación, reinas de aquellos salones, os dedico estas humildes páginas, un poco verdes en la forma, pero muy maduras en el fondo, y en que me propongo demostraros clarísimamente que, a pesar de vuestros celestiales atributos, sois tan crueles y desalmadas, que cometéis muchas veces los delitos de robo en cuadrilla y de asesinato con ensañamiento, alevosía y premeditación, sin daros cuenta de lo que hacéis y sin sentir después remordimientos, ni más ni menos que si fueseis discípulas o compañeras de los más feroces bandidos que suelen expiar sus crímenes en la horca.)

- VI - La crucifixión

Conque volvamos al baile.

Decíamos que entró en él Casimira...

¡Casimira, que, por primera vez desde que cumplió doce años, creía en Dios, en la vida, en el amor, en la felicidad puesto que creía en Alejandro!

¡Casimira, cuyas pasiones, grandes y pequeñas, habían despertado juntas en violentísimo tumulto, y que iba aquella noche al baile a ostentar su primera conquista y a vengarse de tantas otras noches de soledad, abandono y pena, pasadas en aquel mismo salón, delante de aquellas mismas afortunadas hermosuras!

¡Casimira, que quitaba un adorador a Mariana, a Elisa, a Matilde, a Pura, a Consolación, a la Baronesa del Cedro... a la dueña de la casa!

¡Casimira, en fin, que en virtud de todo esto se había emperejilado de tal manera, que no había dejado una blonda ni una cinta en sus cómodas y armarios; lo cual quiere decir que iba muy vistosa, demasiado vistosa, imprudentemente vistosa, con su vestido verde mar recargado de adornos de mil clases, con su prendido de rosas carmesíes y de plumas blancas, con su chaqueta de tul, sus lazos de color de canario, sus mangas bordadas, sus guantes de tres botones, su provocativo peinado y su deslumbrador aderezo de brillantes!...

Estaba horrible, épicamente fea, tan ostensiblemente deforme, que todas las miradas se fijaron en ella, y muy particularmente en su cara...

¡Su cara!... -¡No la describiremos!... Somos más misericordiosos que el Coro de Ángeles de la Baronesa del Cedro:

Alejandro se acercó a Casimira...

Pero aquí necesitamos hacer una advertencia.

No sé si habréis notado que Alejandro, en medio de sus defectos y de su aparente crueldad, tenía un resto de corazón. -Alejandro, pues, amaba y compadecía a Casimira hasta cierto punto.

La amaba, porque efectivamente había hallado en ella todo un océano de amor, todo un mundo de sentimiento, todo un cielo de abnegación, de ternura, de gratitud, de adoración fanática. -Lo que no había encontrado en el alma de la Baronesa, lo que le negaba el corazón de Elisa, lo que necesitaba Alejandro para vivir, lo que envidiaba al oír los cantos de Saffo, todo lo había logrado en Casimira Fernández.

Y la compadecía, porque adivinaba que su vanidad de Tenorio, sobreponiéndose a su razón y a su conciencia, lo alejaría de la infeliz, no bien el mundo cruel se riese de su elección... Y el mundo se reiría; porque el mundo no puede sufrir en calma que una mujer tan fea como Casimira llegue a ser bienaventurada sobre la tierra.

Por ganar una apuesta, por satisfacer una feroz curiosidad, habíase acercado Alejandro a la joven; pero, no bien valuó con la vista aquel ignorado tesoro de heroicas cualidades, quizás se le ocurrió ocultar su aventura, amar a Casimira en secreto, abismarse a solas en aquel piélago de generosidad, desconocido hasta entonces para él... ¡Quizás se le ocurrió hacer de ella su madre, su hermana, su amiga, su esposa, la madre de sus hijos, la compañera de su vejez!

Pero ¿y la apuesta? ¿Y su amor propio comprometido? ¿Y pasar a los ojos de Luis y de Cipriano por pretendiente desdeñado de Casimira?

-¡Bien! (se dijo Alejandro definitivamente). -Soportaré con paciencia una silba la noche de la exhibición... ¡Yo tengo crédito!... Este amor pasará por una excentricidad..., por una humorada... Luciré mi monstruo durante una hora, y luego fingiré que lo abandono... Pero no lo abandonaré, sino que seguiré visitándolo en secreto.

Con tales propósitos, y revestido del valor de un mártir, sentose al lado de Casimira y le habló al oído.

La primera que sintió la herida fue la Baronesa del Cedro, olvidada por Alejandro casi completamente durante aquellos días, y que, con su instinto de mujer enamorada, había sospechado la existencia de una nueva rival. Llamó, pues, la atención de su Coro de Ángeles hacia el estrambótico grupo que formaban Alejandro y Casimira hablándose de amor...

El Coro de Ángeles se asombró... y puso el grito en el cielo...

-¡Nos insulta!...

-¡Nos humilla!...

-¡Nos ofende!...

-¡Es menester vengarse! -dijeron a una voz las agraviadas.

-¡Y ella lo cree!...

-No la hacía yo tan tonta...

-¿Sabéis si ha heredado?

Alejandro percibió esta marea creciente de sarcasmos que se acercaba hacia ellos, y sacó a bailar a Casimira.

Casimira estaba loca de placer. El cielo que promete el Evangelio a los mansos, a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los que han hambre y sed de justicia; aquel cielo, única esperanza de la pobre fea durante luengos años de soledad y pena, habíasele acercado tan súbita e inesperadamente, que apenas se daba cuenta del milagro de su redención. ¡Cuánto amaba y bendecía a Dios aquella noche! ¡Qué lluvia de lágrimas ocultas y silenciosas refrescaba su corazón, prematuramente agostado! ¡Qué hermoso era el mundo, y qué buena la especie humana, y qué bello y lisonjero el porvenir!

El Coro de Ángeles andaba entretanto por el salón, diciendo:

-¡Y la saca a bailar!...

-¡Y ella baila!...

-¡Conque sabía y se lo callaba!...

-Debemos dejarlos solos...

-¡Eso es! ¡una manifestación pacífica!...

-¡Retraigámonos como los obreros catalanes cuando se cruzan de brazos y se pasean por la Rambla!

-¡Declarémonos en huelga!

-Pero, niñas, ¡eso va a ser una ruina para mi baile! -exclamó la dueña de la casa.

-Se comprende el terror de estas señoritas (dijo Luis, penetrando en el grupo). Al ver bailar a esa mujer, no he podido menos de exclamar. Vel auctor naturae patitur, vel mundi machina disolvitur.

Todo el mundo se rió de este latín, sin comprenderlo, y entonces Luis y Cipriano contaron los amores de Alejandro y Casimira, tal como acababan de oírlos de boca del mismísimo héroe.

Las bromas, las burlas, los epigramas, llegaron al extremo.

Alejandro lo veía, lo oía, lo adivinaba todo.

Casimira reparó de pronto en que hacía un rato que sólo ella y Alejandro bailaban, y en que todo el mundo los seguía con la vista, riendo y cuchicheando.

Pareciole que un puñal le atravesaba el corazón. Miró a Alejandro, y viole pálido y suduroso, con la expresión de horribles angustias en el semblante. Detúvole entonces con un movimiento convulsivo; y sonriendo tan mansamente, que su resignación habría desarmado a los verdugos de San Bartolomé, pero que no logró desarmar al Coro de Ángeles de la Baronesa, dijo al conturbado y comprometido joven:

-¡Gracias! Estoy cansada... Déjame... Da una vuelta por ahí...

Alejandro aprovechó el permiso, y se dirigió en busca de Luis, a fin de preguntarle si estaba ya satisfecho.

-¡Que sea enhorabuena4! -le dijo Matilde al paso.

-¡Tiene V. muy buen gusto! -murmuró Elena a su oído.

-¿Cuándo es la boda? -le preguntó la Baronesa sin mirarlo; -después de lo cual llamó con el abanico a un militar muy hermoso, que la solicitaba hacía tiempo, y que inspiraba más odio y despecho que celos y envidia a la satánica vanidad de Alejandro...

-¡Al fin ha encontrado V. quien le quiera! -le dijo Mariana, entregando una flor al secretario de la embajada de Tres Estrellas.

-¿Quiere V. bailar, Elisa? -balbuceó Alejandro, dirigiéndose a la niña de la calle del Príncipe, a la reina de su corazón, a la esfinge de su vida.

¡Líbreme Dios, Alejandro! (respondió la joven). ¡Antes necesita V. que lo pongan en cuarentena, como a los buques apestados!

Esta última herida despertó su rabia; y decidido a rechazar la fuerza con la fuerza, volviose al lado de Casimira. -Comprendió que, si denotaba debilidad, sería devorado por sus enemigos.

-¡Bailaré con ella toda la noche! (pensó). ¡Yo fatigaré a esas presumidas! ¡Yo les haré ver el temple de mi alma!

Y, dirigiéndose a la fea:

-Casimira (le dijo). Se me había olvidado advertirte que no te comprometas a bailar con nadie ¡Quiero ser tu pareja toda la noche!

¡Qué encargo tan inútil y tan irrisorio!

Pero Casimira dio las gracias al joven con una sublime mirada.

-¿Oyes? (prosiguió Alejandro). Tocan el vals de Straus que hemos bailado dos noches. ¡Bailémoslo, como brindis a nuestro amor, que nació al compás de esas cadencias!...

Casimira se resistió al principio...

Luego respondió:

-Deja que salgan otras parejas...

-Mira... Ya hay tres. ¡Vamos! -replicó Alejandro, trémulo y febril.

-Pero ¿tú me amas? -preguntó Casimira con voz agonizante.

-¡Que si te amo! (contestó el joven con voz vibrante y nerviosa). ¡Como no he amado nunca!... ¡Como ninguna mujer, sino tú, merece ser amada!... -¡Ven!... ¡Ven!... ¡Bailemos!

-¡Sí..., bailemos! -repitió la fea, cuya alma era teatro de la más espantosa lucha.

Toda esta conversación la escucho Elisa.

¡Elisa, que venía diputada por el Coro de Ángeles para separar a Alejandro de Casimira!

¡Elisa, de quien, como sabemos, Alejandro estaba perdidamente enamorado, sin saber si era correspondido, pero sospechándolo con algún fundamento!

¡Elisa, la reina del salón, la niña impasible, la de los lánguidos ojos negros, la de la boca de púrpura, la del pecho de diosa, la de manos de maga, la de voz de sirena!...

Elisa, pues, llamó a Alejandro, sin mirarlo.

-Perdona... (dijo éste a Casimira, cuando la cuitada se disponía a lanzarse al vals, cuando ya soltaba el abanico sobre una silla)... Perdona... Vuelvo al momento...

Y se acercó a la imperturbable hermosura.

-Tenemos mucho que hablar, Alejandro... -dijo Elisa.

-¿Nosotros, Elisa? -exclamó Alejandro, trémulo de júbilo.

-Sí, señor. Sea V. mi pareja en este vals...

-Este vals... (balbuceó Alejandro) lo tengo comprometido...

¿Con la Baronesa? -preguntó Elisa, fingiendo, o no fingiendo (que esto no lo ha sabido nunca nadie) unos celos devoradores.

-¡Yo no tengo compromiso alguno con la Baronesa! -murmuró Alejandro valerosamente.

-¡Ah! será con aquella joven..., ¡con Casimira! -Bien..., vaya V..., Otro día hablaremos... Tenga la bondad de decir a mi primo que lo espero. -Ahora caigo en que le había ofrecido bailar con él toda la noche...

-¡No..., no se lo diré! -exclamó Alejandro, recordando las cosas que pensó ocho días antes en la calle del Príncipe, a las ocho de la mañana.

Y, como siempre que se acercaba a Elisa, todo desapareció ante ella: el orgullo, el honor, la conciencia, la cortesía, la caridad; y, por consiguiente, desaparecieron también ésta vez Luisa, Cipriano, la apuesta, la Baronesa del Cedro, y hasta la infortunada Casimira...

¡Oh, sí! Aquella coqueta de diez y siete años, aquella encantadora Elisa siempre sonriente, aquella implacable tentadora, era mucho más fuerte que el libertino.

¡Ella lo sabía y por hacer alarde de esta fuerza, quizás sacrificaba diariamente su ventura y la de él, en lugar de arrancarlo, con una palabra de cariño, de los brazos de la Baronesa!

Alejandro empezó a decirle apasionadas frases... Ella se manifestó afable como nunca...No sé cómo se enredaron sus brazos..., y ¡helos ya en el torbellino del vals, olvidados del mundo y de sí propios, sin memoria de sus resentimientos, sin proyectos para el porvenir!

Elisa era calculadora. La solidez de su talento podía compararse con la de su voluntad. ¿Quién sabe si al aceptar en broma el papel de rival de Casimira, que le había encomendado toda la reunión, satisfizo su propio deseo de bailar con Alejandro aquella noche?

Ello es que iba ufana, gallarda, voluptuosa, en los brazos del amante de la Baronesa. -Ello es que los dos se miraban con fuego, y se sonreían con dulzura. -Ello es que formaban una pareja encantadora, rica de juventud y de gracia, propia para dar envidia a la inválida vejez, a la desheredada fealdad, al frío y misantrópico desengaño.

Precisamente acabaron de bailar en un extremo del salón, opuesto al en que se hallaba Casimira.

Y allí permanecieron hablando media hora.

Y Alejandro preguntó a Elisa, loco de amor y miedo:

-¿Me quieres?

Y Elisa respondió, con los labios secos y la mirada atónita:

-No.

Sus ojos, entretanto, decían que sí.

De lo cual resultó que Alejandro quedó para toda la noche a los pies de Elisa.

-¿Bailaremos la primera polca? -le preguntó el joven desfallecido de ventura.

-¡Sí! -contestó suavemente Elisa, cuya alma nadie hubiera podido sondear en aquel momento.

-Elisa ¿te acuerdas de Aranjuez? -murmuró Alejandro apasionadamente.

-Déjame ahora... (replicó ella con una inexplicable mezcla de ternura, de celos, de candidez y de perversidad). ¡La Baronesa nos mira!...

En efecto: la Baronesa principiaba a alarmarse, temiendo que Elisa trabajase ya por su propia cuenta.

Levantose, pues, la joven, y dijo:

-Búscame cuando preludien la polca...

Y se alejó en busca de sus amigas, a procurar sin duda que le confirmasen sus poderes, autorizándola a seguir seduciendo al adorador de la fea.

-¿Quién se acerca ahora a Casimira? (pensó Alejandro al verse solo). -Me dará quejas; llorará; y, por otra parte, Elisa creerá que me burlo de las dos.

Hízose, pues, el distraído.

Añádase a esto que Cipriano y Luis se llegaron a él y le declararon vencedor, en vista del cariño y de los celos, de la pasión y de la angustia que revelaba el rostro de Casimira.

¡Ah! sí; Casimira estaba pálida como la muerte; sola, muda, abandonada, presa de la más horrible desesperación.

«Quiero ser tu pareja toda la noche...», le había dicho Alejandro -¡Y Alejandro la había dejado plantada, para irse a bailar con Elisa!

¡Qué burla tan cruel! ¡Qué desencanto tan doloroso! ¡Qué grosería! ¡Qué infamia!

El Coro de Ángeles cuchicheaba, la señalaba con el dedo, y reía desapiadadamente.

Porque es lo cierto que el dolor le sentaba muy mal al rostro de Casimira.

En esto preludió la orquesta una polca.

Casimira esperó..., no ya amor, sino misericordia de parte de Alejandro.

Pero Alejandro bailó la polca con Elisa.

Casimira lloró entonces...

El Coro de Ángeles se burló de aquellas lágrimas, y halló ridículos aquellos celos. -¡En un baile no se llora!

Elisa paró a Alejandro cerca de Casimira, sin que él lo notara.

-Háblame de tu nueva conquista... -le dijo con voz de sirena.

-¡Qué cosas tienes! (replicó Alejandro). Lo de Casimira ha sido una apuesta. -Pregúntaselo a Luis y a Cipriano... -¿Cómo había yo de amar a esa diosa egipcia?

Casimira oyó estas palabras, y se desmayó ¡de veras! -Puedo asegurarlo.

Pero la Baronesa creyó que el desmayo era fingido.

En cuanto al Coro de Ángeles, excusado es decir que halló grotesca la sensibilidad de Casimira.

Su prima acudió a socorrerla, diciendo:

-¡Nada! ¡Lo mismo pasó la otra noche! Se ha empeñado en bailar..., y, ¡ya se ve!... la falta de costumbre...

Alejandro, causa de tan cómicos acontecimientos, fue adorado aquella noche. -La belleza estaba vengada.

Casimira volvió en sí, y dejó el salón sin merecer una mirada de Alejandro.

Elisa le daba un dulce en aquel momento y le enseñaba sus nacarados dientes.

Luis y Cipriano le ofrecían, además del caballo, un festín en celebridad de su triunfo.

El Coro de Ángeles se contaba todas estas cosas entre inocentes carcajadas.

Siguió el baile, y al poco tiempo se marchó Elisa, sin decir a Alejandro ni que sí, ni que no; pero dejándole más enamorado que nunca.