Chapter 1
- I - Un alma a la moda
Eran las siete menos cuarto de una mañana de Diciembre, y aún no habían llegado al horizonte de Madrid ni tan siquiera noticias de un sol que debió ponerse la tarde antes a las cuatro y media, pero del cual, hacía ya algunas semanas, sólo se sabía en la Corte por escrito, o sea por el almanaque, puesto que las nubes de un obstinado temporal no permitían verlo cara a cara y en persona.
A eso de las siete y cinco minutos recibiose al fin un parte telegráfico, mojado por la lluvia e interrumpido por la niebla, que venía a decir algo parecido a lo siguiente:
«Palacio de la Aurora. -Distrito de Madrid. -Dios a los hombres:
»Señores: Acaba de amanecer un día más. -El de ayer queda archivado por el padre Petavio en la página 347 del legajo 5940 de los tiempos. -Estamos a 13, Santa Lucía. -Hace un frío de todos los demonios. -Dejen ustedes la cama. Cada uno a su trabajo, y cuenten ustedes conmigo. -Muy buenos días».
Excusado es decir que este parte telegráfico cundió con la velocidad del rayo por los cuatro ángulos de la población.
Y, en efecto, pocos momentos después conociose que el sol debía de andar por el cielo, y dio principio en las calles y en las casas una de esas mañanas frías, infalibles, indiferentes a nuestros pesares, que llegan sin que nadie las llame, quizás contra los deseos de alguno, a finalizar una noche de amor o de escándalo, o a poner término a triste vigilia pasada a la cabecera de un moribundo. Mañanas súbitas, inesperadas, alevosas, ni profetizadas por el lucero del alba, ni coronadas por el rocío, ni arreboladas por nubecillas crepusculares, y que, de consiguiente, no hacen madrugar a las flores ni a las niñas de trece años, ni obtienen saludos de las codornices enjauladas en los balcones, ni son desperezadas por el viento perfumado de las selvas. Mañanas, en fin, que se parecen al Diario de Avisos en que se meten en vuestra casa, por debajo de la puerta, todos los días, irremisiblemente, diciéndoos: «El mes adelanta, y vuestros acreedores lo cuentan con los dedos...»; lo cual os hace saltar de la cama, lamentando tener tan buena salud, o deseando ardientemente ser empleado del Gobierno, o pidiendo a Dios que resulten ciertos los pronósticos de que se aproxima el fin del mundo.
Decíamos que dio principio una de esas mañanas.
En aquel momento apareció en la puerta de cierta magnífica casa de la calle del Barquillo un gallardo y elegante joven de veintidós a veintitrés años, el cual miró a la calle, como si temiera ser visto por los transcuntes, y se deslizó después, pegadito a la acera, como si tampoco le acomodara ser divisado desde los balcones de la casa que acababa de abandonar.
Todas estas precauciones eran necesarias, puesto que su traje, nada propio de la hora ni del estado del cielo y de la tierra, daba a entender al menos malicioso que el tal madrugador no vivía allí, y que, sin embargo, allí había pasado la noche...
Nos explicaremos. Acabamos de decir que estaba amaneciendo y que llovía Pues bien; Alejandro (que así se llamaba nuestro joven) iba vestido de baile, a juzgar por su zapato de charol, su corbata blanca, su gibus y su pantalón de finísimo paño negro. -El frac no se veía, gracias a un misericordioso paletot; pero se adivinaba fácilmente. -Era indudable que la noche anterior había habido baile en aquella casa, y era indudable también que el baile se acabó hacía ya algunas horas, a juzgar por el orden y reposo que reinaban en el edificio, y dado asimismo que en la calle no había ningún coche particular ni de alquiler...
Hecho, pues, una sopa (y sin que le importase mucho, según la lentitud con que marchaba), el apuesto joven salió a la calle de Alcalá, subiola perezosamente, y penetró en el café Suizo, cuyas puertas se abrían al público en aquel instante.
El joven estaba pálido y melancólico. De vez en cuando dilataba sus fatigados ojos, como para abarcar de una mirada todos los recuerdos de aquella noche. También hubiérase dicho que le hablaban al oído, al verlo sonreír súbitamente y mover los labios como si contestase al eco de alguna voz. Notábase, en fin, la presencia de una mujer en el espíritu y hasta en el cuerpo de Alejandro.
A esa hora, cuando no se ha dormido, todo nuestro ser está dominado por las circunstancias del insomnio. El que ha pasado la noche en diligencia, cree que viaja todavía. El que en un baile, oye la música en su cerebro, y ve las parejas y las luces, y siente los pisotones y los codazos. El que ha estado solo, durante cuatro horas de misterio, en el gabinete de una gran mujer, siéntese penetrado de su alma, de su vida, de su voz, de su aroma, de su fuego... Y es de ver con qué aire de sonambulismo andan por las calles estos últimos trasnochadores, con qué desdén miran a, cuantos se encuentran, cómo desafían las artes de todas las coquetas habidas y por haber...
Tal era la actitud de Alejandro, con la sola diferencia de que su rostro expresaba, más que amor, asomos de melancolía, o quizás un principio de disgusto; algo, en fin, que había sobrenadado aquella noche en el revuelto mar de ajenas y propias complacencias.
Un mozo del café, que limpiaba los espejos, llegose a él entonces y lo arrancó de sus fantasmagorías eróticas, diciéndole maquinalmente:
-¿Qué va a ser?
Alejandro pidió chocolate. Se lo sirvieron, y lo tomó con visible apetito.
Desde aquel momento comenzó a desvanecerse la sombra de la gran mujer. La boca del joven sabía ya a chocolate, que no a regalados besos, y un cigarro de la Vuelta de Abajo se encargó de disipar en su nariz la última ráfaga del aroma querido...
Bostezó, pues, nuestro desdeñoso Adonis con creciente mal humor, y salió del café rápidamente, conociendo sin duda que había perdido la noche, que tenía mucho sueño, y que, por tanto, perdería también el día.
Seguía lloviendo, cada vez con más fuerza; por lo que se detuvo, y pensó mandar a la Puerta del Sol en busca de un coche de alquiler que le condujese a su casa, calle de Isabel la Católica; pero arrepintiose luego, y, sin reparar en la lluvia, dirigiose a pie a la calle del Príncipe, en medio de la cual se paró delante de una casa, no muy grande, bien que de graciosa y elegante apariencia.
La puerta estaba cerrada todavía, así como todos los balcones. El joven fijó sus ojos en una de las rejas del entresuelo, y permaneció más de media hora inmóvil como una estatua.
Lo que allí pensó fue menos malo que lo que pensó en el café Suizo. Refiramos, pues, sus pensamientos.
-Esa es la reja de su gabinete (se dijo Alejandro). Enfrente está la puerta de su alcoba. Allí duerme en este instante la niña de diez y siete años. Ha pasado la noche en un sólo sueño, mecida por su inocencia. -¿En qué ha pensado? ¿Qué ha soñado? ¿Se ha acordado de mí? -Anoche, en el baile, cuando vio que me quedaba, a pesar de que se marchaban mis amigos, sonrió con ironía, como echándome en cara mis relaciones con la Baronesa. -¿Eran celos? ¿Era odio? ¿Era amor? ¿Era desprecio? -Yo no sé... ¡Y este es mi mayor martirio! ¡Sólo sé que soy un miserable! -¡Oh, niña sin corazón! ¡orgullosa hermosura! Si es verdad que me amas, ¿por qué no me lo dices cuando te lo pregunto? Y si no me amas, ¿por qué me miras, por qué me enloqueces, porqué me quitas el sueño? -¡Oh, tesoro de perfecciones, escondido a todas las miradas, en la soledad de un lecho virginal! Saber que estás a diez pasos de mí ahí enfrente detrás de esos cristales, indiferente a la pasión, avara de tus hechizos, sorda a la voz de tu juventud, superior a la naturaleza que te ha engendrado; adivinarte en tu indiferente reposo, dormida sobre la palma de la mano derecha, con el brazo izquierdo cruzado sobre el seno, con el lujoso cabello recogido en un ancho bucle, como yo sé que tú duermes, como una vez te he visto dormir; imaginarme el leve ruido de tu respiración, tu vago contorno en la colcha que te cubre, el olvido de ti misma en que te hallas; todo esto me hace aborrecer las caricias de la Baronesa, rejuvenece mi corazón marchito, y me infunde ideas y deseos de una felicidad tan absoluta, que fueran cortas mil existencias para gozarla. -¡Y tú nada sientes, nada deseas, nada sabes! ¡Tú te casarás estúpidamente con otro, y yo no tendré los cuidados de tu vida, ni tú mi confianza, ni yo tus secretos, ni caminaremos juntos por el mundo, ni llevarás mi nombre, ni me llamarás tuyo, ni me pedirás dinero, ni tus hijos serán míos, ni te pondrás luto cuando me muera! -¡Ah, Elisa! ¿Qué haré yo para olvidarte?
Por aquí iba Alejandro en sus cavilaciones, cuando se abrió la puerta de la casa de Elisa, dando paso a una criada que salía y al aguador que entraba.
Nuestro joven giró sobre los tacones y emprendió el camino de su casa.
Al pasar por las Cuatro Calles, fijaban los carteles de los teatros, y leyó en uno de ellos:
Teatro Real. -Saffo.
-¡Me alegro! (pensó, olvidándose de Elisa). ¡Es función par! Les toca a las del Embajador de Tres Estrellas y llevarán a Mariana.
Aquí miró el reloj. Eran las ocho.
Tomó un coche, y se dirigió a su casa.
En ella le aguardaba un billete muy perfumado que acababan de llevar...
Era de la Baronesa.
-¿Qué habrá ocurrido? -pensó Alejandro con cierta alarma. -Hace una hora que nos separamos...
Decía el billete:
«Antes de acostarme necesito repetirte mil veces que...».
-¡Adelante! -exclamó el joven, volviendo la hoja.
«Esta noche voy al teatro del Príncipe. Federico tiene junta, y no me acompaña. ¡Que no dejes de ir, y a sitio donde yo te esté viendo toda la noche. Después tomaremos el té juntos en casa...».
-¡Pues es una friolera! (murmuró Alejandro, arrojando la carta y empezando a desnudarse). -Oye, Bautista(dijo luego a un criado). Esta tarde a las tres vas en casa de la señora Baronesa, y le notificas que estoy malo; y si viene a verme esta noche -(que vendrá)- dile, a fin de que no entre, que mi tío está conmigo. -Ahora manda por una butaca al teatro Real. -Cierra el balcón. -Que no me despierten. -¡Ah! Si viene mi tío, dile que estoy en Aranjuez. A las dos me entras el almuerzo, y luego me llamas a las seis. -No como en casa. -Buenas noches.
Dijo, y se durmió, aborreciendo a la Baronesa, balbuceando el nombre de Elisa, y deseando soñar con Mariana.
No acabaré, empero, este primer capítulo sin advertir a mis lectores que ninguna de estas tres mujeres es la heroína de la presente historia.
- II - Complot
Terminaba el primer acto de Saffo.
Era la noche de Santa Lucía de 1852.
La Novello estaba sublime.
Alejandro se hallaba en un palco de platea con sus amigos Luis y Cipriano, partidarios acérrimos de la D'Angri, que cantaba la parte de Faon.
-¡Quién fuera amado de esa manera! -exclamó Alejandro durante aquella magnífica escena en que la poetisa derriba el ídolo.
-¡Ya no se ama con tanto empuje! -dijo Cipriano.
-¡Saffo es un mito! -repuso el primero, recostándose en un sillón.
¡Amar hasta el suicidio! ¡Eso es imposible!
-¡Eso sólo lo hace una poetisa!
-¡Oh! ¡Ser amado de ese modo! (continuó Alejandro). ¡Ser adorado, idolatrado, canonizado, divinizado! ¡Eso fuera el cielo! Nuestras mujeres de hoy no aman: a mí no me han amado nunca. ¡No bien he faltado en algo a una mujer, cuando ya me ha sustituido con otro amante!... Por consiguiente, todas se amaban a sí mismas, en lugar de amarme a mí...
-Permíteme que te interrumpa... (exclamó Luis, que hasta entonces había callado). -¿Te ha amado alguna mujer de cierta edad?
-Ya sabes... -dijo Alejandro con cierto rubor.
-Bien: la Baronesa del Cedro: treinta y cinco años...; tipo fané... La acepto. -¿Y no has encontrado en ella ese amor rabioso, encarnizado, indestructible, que deseas?
-¡Qué disparate! En esa menos que en ninguna. ¡Y cuidado, que se muere por mí! Pero las mujeres de cierta edad..., no lo dudéis no aman tanto como parece. El último amor de las mujeres, su verano de San Martín, es un egoísmo, de su vanidad o de su temperamento, que no puede halagar a ningún hombre bien organizado. Notad, por de pronto, que en esos amores vespertinos siempre figura, un pollo, un adolescente, un colegial ¿Qué significa esto, sino que lo que ellas aman es el amor que se va, la belleza que se extingue, la juventud que desaparece? -¡Pero todo a costa del infeliz catecúmeno! -¡Ah!... no: ¡yo quiero una mujer que me dé su alma para pasto de mi vida; no un vampiro que chupe la sangre de mi corazón! Antes que amar, quiero ser amado. Quiero, en fin, ser lo que Faon para la poetisa de Lesbos, lo que Felipe el Hermoso para doña Juana la Loca, lo que Endymion fue para la Luna.
-¡Vamos! ya sé lo que necesitas (dijo Luis). -Consuélate, mi buen Alejandro. Una mujer como la que buscas no es difícil de encontrar. ¡Casualmente, o, por mejor decir, desgraciadamente, es el género que más abunda! Ni una idólatra de la materia como doña Juana, ni una poetisa sin suscritores como Saffo, ni una virgen clorótica como la Luna, puede ofrecerte el tesoro de amor que encontrarás en una fea.
-¡En una fea!
-¡Sí! ¡Adoración, sacrificios, holocaustos, rabiosos celos, hambres infinitas, apoteosis, canonizaciones y saltos de Leucades, todo, todo te lo ofrece la hijastra de la naturaleza! Figúrate lo que sería el mar, recibiendo todos los ríos de la tierra, si no emplease su caudal en alimentar las nubes.
- ¡Oh! ¡qué plétora de agua! -dijo Cipriano.
-¡Un Océano pletórico! Eso es una fea. -Ámala y verás. ¡Tendrás amor de sobra, amor de todas clases, amor a toda prueba! -Añade a estas ventajas la de que nadie te disputará su corazón; la de que, muerto tú, no se casará en segundas nupcias, y la de que, por el contrario, se comerá tus huesos, cómo Artemisa los de su marido...
-¡Basta! ¡basta! (gritó Alejandro, riéndose a más no poder).-¡Estoy convencido! -Mañana emprendo la conquista de... de...
-¡Procura que sea bastante fea!
-De... de Casimira Fernández.
-¿Cómo? ¿De la prima de Matilde?
-¿De la que la acompaña a todas partes?
-¡Precisamente!
-¡Jesús! ¡Esa es demasiado!
-Y demasiado recelosa...
-Y demasiado discreta...
-¡Nada! Lo he dicho.
-Pues no sabes lo que has dicho (repuso Luis).-Casimira es inexpugnable.
-¿Cómo?
-Lo que estás oyendo.
-¡Hombre! Siendo tan fea...
-¡Pues por eso mismo! -¿Cuál crees tú que es la mujer más difícil de la tierra?
-¿Cuál ha de ser? ¡Elisa! -suspiró Alejandro melancólicamente.
-¿Quién? ¿La de la calle del Príncipe? ¡Qué disparate! Ninguna mujer hermosa es inexpugnable. ¡Cuanto más bella, más cree en la verdad del sentimiento que la persigue; y la fe, como es ciega, suele tropezar y romperse la crisma! No, Alejandro: el Sebastopol de las mujeres no es, como se ha creído hasta aquí, una de esas reinas de la hermosura, a cuyo corazón no llega ni el grito de muerte de sus víctimas. La verdadera mujer inconquistable es aquella que nació y se crió fea; que sabe que lo es y vive encastillada en su propia desesperación; que tiene el bastante talento para comprender que no puede inspirar deseos, y la bastante dignidad para no mentirse a sí misma fingiendo creer la mentira ajena; que ansía el verdadero amor, y ya que no sacerdotisa, aspira a ser mártir de ese sentimiento; que poseedora, en fin, de un rico diamante envuelto en áspera corteza, prefiere encerrarlo consigo en la tumba a verlo brillar en el pecho de un libertino. -Tal es Casimira. Por eso creo que no la conquistarás.
-¡Te digo que la conquistaré!
-Creerá que te burlas de ella, y te dará calabazas...
-¡Calabazas de Casimira!
-Y tus amigos te silbarán cuando lo sepan...
-Y las muchachas te pondrán la cruz, como a un energúmeno...
-¡Repito que conquistaré a Casimira! -replicó Alejandro.
-¿Cómo?
-¡No sé!
-Necesitas convencerla de que te gusta...
-¡La convenceré!
-De que la crees hermosa...
-¡Se convencerá!
-¡Apuesto a que no!
-Lo que tú quieras.
-Mira que tiene muchísimo talento...
-Yo tengo mucha práctica.
-Pues apostemos tu cochecillo contra mi caballo inglés.
-Apostado.
-¿Qué tiempo te tomas?
-Ocho días (dijo Alejandro después de una pausa). -Dentro de ocho días hay baile en casa de la Baronesa del Cedro. ¡Allí os convenceré de que Casimira me ama!
- ¡No basta eso!
-¡De que Casimira es mi novia! ¡de que cree en mi amor! ¡de que lo acepta!
-Convenido.
-¡Ah! (exclamó nuestro héroe, restregándose las manos). -¡Cómo voy a humillar a la Baronesa, a Elisa y a Mariana! ¡Cuánto voy a divertirme! ¡Y qué hermoso caballo voy a ganar!
Y, diciendo esto, se encaminó al palco de Mariana, que estaba con las hijas del Embajador de... Tres Estrellas.
- III - El campo de batalla
Han pasado los ocho días del plazo de la apuesta. Estamos en casa de la Baronesa del Cedro.
Son las once de la noche.
Los salones pueden apenas contener tan numerosa y animada concurrencia. Piérdese la deslumbrada vista en un océano de luces, de flores, de cintas, de diamantes, de gasas, de plumas, de condecoraciones, de guantes blancos, de hombros desnudos, de calvas relucientes, de trenzas de oro, de azabache, de sonrisas, de gestos, de miradas... Todo bulle, gira, choca, centellea... La orquesta ha comenzado una polca, y sus voluptuosas cadencias inundan de lánguidos delirios todas esas imaginaciones frívolas y ardientes como la locura... -¡Mirad sobre todo a los que bailan! Parecen ramilletes de flores meciéndose al soplo del viento; parecen caprichosas nubes de otoño amontonadas a la tarde en el ocaso; parecen rizadas ondulaciones de un mar transparente bajo un cielo arrebolado; parecen bosques de plumas tornasoladas que el aquilón agita; parecen... ¡qué sé yo lo que parecen!
Alguien ha dicho, y muchos han repetido, que bailar es una tontería...-¡Yo protesto! Bailar es un verdadero placer; está en la naturaleza del hombre ¡Hasta los salvajes bailan! ¡Napoleón y Luis Felipe bailaban también! Y ¿por qué no habían de bailar? -¡Ah! Lleváis en los brazos a una esbelta andaluza de osadas y ardientes formas, dócil como un junco, rebelde como el acero, de moribunda mirada, pálida tez, provocativos labios, descubiertos hombros y perfumada cabellera... La estrecháis a vuestro corazón, oprimís su breve mano, apretáis su flexible cintura, os envolvéis en su hueca falda, nadáis en su aliento, ardéis en sus ojos... La música os empuja, el torbellino os arrastra, la deidad os encadena... Alguna vez le decís balbuciente: «¡Hermosa!», y la hermosa sonríe, y su sonrisa os vuelve loco, y el corazón siente nueva vida, y las sienes laten, y alzáis la frente con desdén soberano, y le decís al porvenir: No te temo, y le decís al pasado: ¡No te conozco!... -¡Ah! ¡Esto es magnífico!
Verdad es que, al salir del baile, mientras se apagan las luces, los músicos se marchan y se abren los balcones, sentís la cabeza pesada, los pies hinchados y el corazón vacío, y os da sueño, y hambre, y remordimiento, y vergüenza Pero ¿qué es la vida material más que una serie de acciones y reacciones por el mismo estilo?
Convengamos, pues, cuando menos, en que las danzas modernas (como el vals, la polca y demás bailes en que las parejas van abrazadas) no son indignas de la majestad del hombre, aunque sí del pudor de la mujer.
Y basta por ahora de coreografía.
. . . . . . . . . .
Sentados en un sofá del gabinete de la Baronesa están nuestro amigos Alejandro, Luis y Cipriano.
-¡Os digo que vendrá! -exclama el primero.
-¿Y dices que has triunfado?
-Completamente. -Por lo cual me debes el caballo...
-Pero cuéntanos...
-No tengo inconveniente. -Ante todo, querido Luis, debo hacerte la justicia de confesar que hablabas como un sabio al sostener que Casimira era la verdadera mujer inconquistable. ¡Tú no sabes lo que he tenido que luchar! Básteos saber que me vi obligado a inventar todo un tratamiento nuevo. Las fórmulas usuales son ineficaces con las feas. Es menester otra literatura, otra táctica y otra lógica distintas de las que se emplean con las simples mujeres. ¡Qué mundos habéis descubierto a mis miradas! ¡Qué inmenso abismo es el corazón humano! -Escuchad mi historia de estos siete días, y reconoced que soy un gran psicólogo.
- IV - Los hijos de Adán y Eva
El primer día busqué a Casimira en el baile de la Embajada inglesa.
Estaba sola, como de costumbre, arrinconada en un gabinete, deseando marcharse y esperando a que su hermosa prima acabase de bailar, para volver a decirle: Vámonos.
¡Nadie la había mirado en toda la noche! ¡Nadie la había sacado a bailar! ¡Nadie le había dicho: Los ojos tienes negros!
Senteme yo a su lado, afectando no reparar en ella, y, después de un prolongado bostezo, exclamé, como si estuviera solo:
-¡Jesús, qué fastidio!
Luego, volviéndome a la beldad, cual si la viese en aquel instante:
-¡Ah! Casimira... (murmuré). -¿Estaba usted ahí? -Perdone mi exclamación Pero es lo cierto que llevo un invierno de aburrirme soberanamente en los bailes.
-¡Oh! Pues yo lo veo a V. bailar, y reír, y coquetear con todas...
-¡Eso es! con todas...; lo cual quiere decir: con ninguna. -¡Qué niñas tan tontas y tan presumidas salen ahora al mundo! Desde que está de moda la educación inglesa, no hay muchacha que pueda sentir el verdadero amor.
Casimira sonrió filosóficamente, como quien dice: ¡Dios es justo!
Hablele en seguida del estado de la atmósfera, y para justificar mi extravagancia de permanecer a su lado -a fin de no alarmarla-, me quejé de cansancio y de dolor de cabeza.
Pasó entonces por el gabinete una mujer hermosísima.
Yo elogié su peinado...
-¡Pero es tonta! -añadí.
-Tiene mucho partido...-dijo Casimira.
-¡No me gusta! (repliqué). -Su belleza no habla al corazón.
Luego pasó otra de las más afamadas, y censuré... su carácter, añadiendo que haría desgraciado al hombre que se casara con ella.
Por último, hablé de retirarme del mundo y dedicarme a la astronomía.
Aquí disertamos sobre la brevedad de la juventud y sobre la instabilidad de los afectos basados en el amor propio...
Casimira hizo un gesto, que venía a significar: ¡Tienen ojos y no ven!
Levanteme entonces, y dije con hipócrita llaneza:
-Me alegro de haber dejado el salón. Su conversación de V. me encanta. Tiene V. mucho talento.
Era lo único que podía elogiarle impunemente.
Casimira alzó los ojos al cielo, como si dijera: ¡Dios mío!, ¿por qué en vez de tanto talento, no me diste un poco de hermosura?
. . . . . . . . . .
Al día siguiente supe, por su prima, que la fea había hallado en mí un fondo de gravedad que nunca hubiera imaginado.
A la noche fui a saludarla en el teatro, y le participé que había reñido con la Baronesa; que me marchaba de Madrid y que odiaba a las mujeres.
Esto era ofrecerle alguna probabilidad, supuesto que ella de todo tiene aspecto menos de mujer.
Califiqué de bonito su traje (elogio contra el cual no pudo protestar su escepticismo, pues, cuando lo llevaba, claro era que le agradaba también), y preguntele el precio y la tienda en que lo había comprado, añadiendo que pensaba enviar uno igual a mi hermana Margarita.
Por consiguiente, en esta segunda sesión me acredité de sincero en el ánimo de Casimira.
. . . . . . . . . .
De la conversación del tercer día, en la tertulia de Ortiz, quedó en la memoria de la joven la frase siguiente, cuya diabólica eficacia reconoceréis:
-¡Tiene V. una cabeza muy artística!
Vosotros habréis observado que, desde que se inventaron las cabezas artísticas, ya han dispuesto las cuarentonas de un requiebro muy cómodo, por lo elástico, que dirigir a sus amantes, aunque éstos sean más feos que Picio. ¡Artístico no quiere decir hermoso, sino bello, y la fealdad es belleza muchas veces! Recordad los cuadros de Rivera o las novelas de Víctor Hugo.
Casimira se tragó el requiebro, y bendijo el arte, que le valía el primer piropo en que había creído.
Luego hablamos de amores, y yo pinté mis desengaños. Le conté historias de novias muertas, de novias traidoras, de novias que me habían aburrido por no saber de qué hablarles, y solté dos o tres frases de este jaez:
-La constancia es un título de Castilla. También creo que hubo en Granada un periódico de este nombre... Buscarla en la mujer, equivale a querer cuadrar el círculo.
Cuando ya se marchaba, le dije: