History of Phosphorus

Chapter 1

Chapter 12,391 wordsPublic domain

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Cárcel con rejas en el fondo, por donde se ve una calle.

PEDRISCO ¡Buenos estamos los dos!

ENRICO ¿Qué diablos estás llorando?

PEDRISCO ¿Qué diablos he de llorar? ¿No puedo yo lamentar pecados que estoy pagando sin culpa?

ENRICO ¿Hay vida como ésta?

PEDRISCO ¡Cuerpo de Dios con la vida!

ENRICO ¿Fáltate aquí la comida? ¿No tienes la mesa puesta a todas horas?

PEDRISCO ¿Qué importa que la mesa llegue a ver sino hay nada que comer?

ENRICO De necedades acorta.

PEDRISCO Alarga tú de comida.

ENRICO ¿No sufrirás como yo?

PEDRISCO Que pague aquel que pecó es sentencia conocida; pero yo que no pequé, ¿por qué tengo de pagar?

ENRICO Pedrisco, ¿quieres callar?

PEDRISCO Enrico, yo callaré; pero la hambre al fin hará que hable el que muerto se vio que calle aquel que habló más que un correo.

ENRICO ¡Que ya piensas que no has de salir de la cárcel!

PEDRISCO Error fue. Desde el día que aquí entré he llegado a presumir que hemos de salir los dos...

ENRICO ¿Pues de qué estamos turbados?

PEDRISCO Para ser ajusticiados, sino lo remedia Dios.

ENRICO No hayas miedo.

PEDRISCO Bueno está: pero teme el corazón que hemos de danzar sin son.

ENRICO Mejor la suerte lo hará.

(Aparecen CELIA y su criada, LIDORA, que se detienen ante la reja de la prisión.)

CELIA No quisiera que las dos, aunque a nadie tengo miedo, fuéramos juntas.

LIDORA Bien puedo, pues soy criada, ir con vos.

ENRICO Quedo, que Celia es aquésta.

PEDRISCO ¿Quién?

ENRICO Quien más que a sí me adora. Mi remedio llega ahora.

PEDRISCO Bravamente me molesta la hambre.

ENRICO ¿Tienes acaso en qué echar todo el dinero que ahora de Celia espero?

PEDRISCO Con toda la hambre que paso me he acordado, ¡vive Dios!, de un talego que aquí tengo.

ENRICO Pequeño es.

PEDRISCO A pensar vengo que estamos locos los dos: tú en pedirla, en darle yo.

ENRICO ¡Celia hermosa de mi vida!

CELIA (Aparte.) ¡Ay de mí, que soy perdida! Enrico es el que llamó. ¡Señor Enrico!

PEDRISCO ¿Señor? No es buena tanta crianza.

ENRICO Yo no tenía esperanza, Celia, de tan gran favor.

CELIA ¿En qué puedo yo serviros? ¿Cómo estáis, Enrico?

ENRICO Bien, y ahora mejor, pues ven, a costa de mil suspiros, mis ojos los tuyos graves.

CELIA Yo os quiero dar...

PEDRISCO ¡Linda cosa! ¡Oh, qué mujer tan hermosa! ¡Qué palabras tan suaves! Alto prevengo el talego; pienso que no ha de caber...

ENRICO Celia, quisiera saber qué me das.

CELIA Darete luego, para que salgas de afán...

ENRICO (A PEDRISCO.) Ya lo ves.

PEDRISCO Tu dicha es llama.

CELIA Las nuevas de que mañana a ajusticiaros saldrán.

PEDRISCO El talego está ya lleno otro es menester buscar.

ENRICO ¡Que aquesto llegue a escuchar! ¡Celia, escucha!

PEDRISCO ¡Aquesto es bueno!

CELIA Ya estoy casada.

ENRICO ¿Casada? ¡Vive Dios!

PEDRISCO ¡Tente!

ENRICO ¿Qué aguardo? ¿Con quién, Celia?

CELIA Con Lisardo y estoy muy bien empleada.

ENRICO Matarele.

CELIA Dejaos de eso y poneos bien con Dios, que es lo que os importa a vos.

LIDORA Vamos, Celia.

ENRICO Pierdo el seso. Celia, mira...

CELIA Estoy de prisa.

PEDRISCO Por Dios, que estoy por reírme.

CELIA Ya sé que queréis decirme que se os diga alguna misa. Yo lo haré, quedad con Dios.

ENRICO ¡Quién rompiera aquestas rejas!

LIDORA No escuches, Celia, más quejas, vámonos de aquí las dos.

ENRICO ¡Que esto sufro! ¿Hay tal crueldad?

PEDRISCO Lo que pesa este talego.

CELIA ¡Qué braveza!

ENRICO Yo estoy ciego. ¿Hay tan grande libertad?

(Vanse CELIA y LIDORA.)

PEDRISCO Yo no entiendo la moneda que hay en aqueste talego, que, ¡vive Dios!, que no pesa una paja.

ENRICO ¡Santos cielos! ¡Que aquestas afrentas sufra! ¿Cómo no rompo estos hierros? ¿Cómo estas rejas no arranco?

PEDRISCO ¡Detente!

ENRICO ¡Déjame, necio! ¡Vive Dios que he de romperlas y he de castigar mis celos!

PEDRISCO Los porteros vienen.

ENRICO Vengan.

PORTERO PRIMERO (Entrando.) ¿Ha perdido acaso el seso el homicida ladrón?

ENRICO Moriré si no me vengo. De mi cadena haré espada.

PEDRISCO Que te detengas te ruego.

PORTERO PRIMERO ¡Asidle, matadle, muera!

ENRICO Hoy veréis, infames presos, de los celos el poder en desesperados pechos.

(Rompe la cadena y corre fuera de la escena tras los porteros y los presos.)

PORTERO SEGUNDO (Volviendo.) Un eslabón me alcanzó y dio conmigo en el suelo.

ENRICO (Volviendo.) ¿Por qué, cobardes, huís?

PEDRISCO Un portero deja muerto.

VOCES DENTRO ¡A matarle!

ENRICO ¿Qué es matar? A falta de noble acero no es mala aquesta cadena con que mis agravios vengo. ¿Para qué de mí huís?

PEDRISCO Al alboroto y estruendo se ha levantado el alcaide.

ALCAIDE (Entrando.) ¡Hola! ¡Teneos! ¿Qué es esto?

(Los carceleros se apoderan de ENRICO.)

PORTERO SEGUNDO Ha muerto aquese ladrón a Fidelio.

ALCAIDE ¡Vive el cielo, que a no saber que mañana, dando público escarmiento, has de morir ahorcado, que hiciera en tu aleve pecho mil bocas con esta daga.

ENRICO ¡Que esto sufro, Dios eterno! ¡Que me maltraten así! Fuego por los ojos vierto No pienses, alcaide infame, que te tengo algún respeto por el oficio que tienes, sino porque más no puedo, que a poder, ¡ah cielo airado!, entre mis brazos soberbios te hiciera dos mil pedazos, y despedazado el cuerpo me le comiera a bocados y que no quedara, pienso, satisfecho de mi agravio.

ALCAIDE Mañana, a las diez, veremos si es más valiente un verdugo que todos vuestros aceros. Otra cadena le echad.

ENRICO Eso sí, vengan más hierros, que de hierros no se escapa hombre que tantos ha hecho.

ALCAIDE Metedle en un calabozo.

ENRICO Aquese sí es justo premio, que hombre de Dios enemigo no es justo que mire el cielo.

(Llévanle.)

PEDRISCO ¡Pobre y desdichado Enrico!

PORTERO SEGUNDO Más desdichado es el muerto, que el cadenazo cruel le echó en la tierra los sesos.

PEDRISCO Ya quieren dar la comida.

VOZ (Dentro.) Vayan llegando mancebos por la comida.

PEDRISCO En buen hora, porque mañana sospecho que han de anudarme el tragar y será acertado medio que lleve la alforja hecha para que allá convidemos a los demonios magnates a la entrada del infierno.

(Cámbiase la decoración y se ve el calabozo donde está ENRICO.)

ENRICO En lóbrega confusión, ya, valiente Enrico, os veis, pero nunca desmayéis; tened fuerte corazón, porque aquesta es la ocasión en que tenéis de mostrar el valor que os ha de dar nombre altivo, ilustre fama. Mirad...

UNA VOZ (Dentro.) ¡Enrico!

ENRICO ¿Quién llama? Esta voz me hace temblar. Los cabellos erizados pronostican mi temor; mas, ¿dónde está mi valor? ¿Dónde mis hechos pasados?

LA VOZ ¡Enrico!

ENRICO Muchos cuidados siente el alma. ¡Cielo santo! ¿Cuya es voz que tal espanto infunde en el alma mía?

LA VOZ ¡Enrico!

ENRICO A llamar porfía. De mi flaqueza me espanto. A esta parte la voz suena que tanto temor me da. ¿Si es algún preso que está amarrado a la cadena? ¡Vive Dios!, que me da pena.

DEMONIO (Invisible para ENRICO.) Tu desgracia lastimosa siento.

ENRICO ¡Qué confuso abismo! No me conozco a mí mismo, y el corazón no reposa. Las alas está batiendo con impulso de temor. Enrico, ¿éste es el valor? Otra vez se oye el estruendo.

DEMONIO Librarte, Enrico, pretendo.

ENRICO ¿Cómo te puedo creer, voz, sino llego a saber quién eres y a dónde estás?

DEMONIO Pues agora me verás.

(Aparécele como en forma de una sombra.)

ENRICO Ya no te quisiera ver.

DEMONIO No temas.

ENRICO Un sudor frío por mis venas se derrama.

DEMONIO Hoy cobrarás nueva fama.

ENRICO Poco de mis fuerzas fío. No te acerques.

DEMONIO Desvarío es el temer la ocasión.

ENRICO Sosiégate, corazón.

(A una señal del DEMONIO se abre un portillo en la pared.)

DEMONIO ¿Ves aquel postigo?

ENRICO Sí.

DEMONIO Pues salte por él, y ansí no estarás en la prisión.

ENRICO ¿Quién eres?

DEMONIO Salte al momento, y no preguntes quién soy, que yo también preso estoy, y que te libres intento.

ENRICO ¿Qué me dices, pensamiento? ¿Librareme? Claro está. Aliento el temor me da de la muerte que me aguarda. Voyme. Mas, ¿quién me acobarda? Mas otra voz suena ya.

(Cantan dentro.)

Detén él paso violento, mira que te está mejor que de la prisión librarte, el estarte en la prisión.

ENRICO Al revés me ha aconsejado la voz que en el aire he oído, pues mi paso ha detenido, si tú le has acelerado. Que me está bien he escuchado el estar en la prisión.

DEMONIO Esa, Enrico, es ilusión que te representa el miedo.

ENRICO Yo he de morir si me quedo. quiérome ir; tienes razón.

(Cantan.)

Detente, engañado Enrico, no huyas de la prisión; Pues morirás si salieres, y si te estuvieres, no.

ENRICO Que si salgo he de morir, y si quedo viviré, dice la voz que escuché.

DEMONIO ¿Que al fin no te quieres ir? ... ... ... ... ... ... ... ... ...

ENRICO Quedarme es mucho mejor.

DEMONIO Atribúyelo a temor; pero, pues tan ciego estás, quédate preso, y verás cómo te ha estado peor.

(Vase.)

ENRICO Desapareció la sombra y confuso me dejó. ¿No es éste el portillo? No. Este prodigio me asombra. ¿Estaba ciego yo o vi en la pared un portillo? Pero yo me maravillo del gran temor que hay en mí. ¿No puedo salirme yo? Sí; bien me puedo salir. Pues ¿cómo?..., que he de morir la voz me atemorizó. Algún gran daño se infiere de lo turbado que fui. No importa, ya estoy aquí para el mal que me viniere.

ALCAIDE (Entrando.) Yo sólo tengo de entrar: los demás pueden quedarse. ¡Enrico!

ENRICO ¿Qué me mandáis?

ALCAIDE En los rigurosos trances se echa de ver el valor; ahora podéis mostrarle. Estad atento.

ENRICO Decid.

ALCAIDE (Aparte.) Aun no ha mudado el semblante. (Leyendo.)

«En el pleito que es entre partes, de la una, el promotor fiscal de su majestad, y ausente, y de la otra, reo acusado, Enrico, por los delitos que tiene en el proceso, por ser matador, facineroso, incorregible y otras cosas. Vista, etcétera. Fallamos que le debemos de condenar y condenamos a que sea sacado de la cárcel donde está, con soga a la garganta y pregoneros delante que digan su delito, y sea llevado a la plaza pública, donde estará una horca de tres palos, alta del suelo, en la cual será ahorcado naturalmente. Y ninguna persona sea osada a quitarle de ella sin nuestra licencia y mandato. Y por esta sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos, etc.»

ENRICO ¡Que aquesto escuchando estoy!

ALCAIDE ¿Qué dices?

ENRICO Mira, ignorante, que eres opuesto muy flaco a mis brazos arrogantes, porque si no yo te hiciera...

ALCAIDE Nada puede remediarse con arrogancias, Enrico: lo que aquí es más importante es poneros bien con Dios.

ENRICO ¿Y vienes a predicarme con leerme la sentencia? Vive Dios, canalla infame, que he de dar fin con vosotros.

ALCAIDE El demonio que te aguarde.

(Vase.)

Ya estoy sentenciado a muerte; ya mi vida miserable tiene de plazo dos horas. Voz que mi daño causaste, ¿no dijiste que mi vida si me quedaba en la cárcel sería cierta? ¡Triste suerte! Con razón debo culparte, pues en esta cárcel muero cuando pudiera librarme.

(Sale un portero.)

PORTERO PRIMERO Dos padres de San Francisco están para confesarte aguardando fuera.

ENRICO ¡Bueno! ¡Por Dios que es gentil donaire! Digan que se vuelvan luego a su convento los frailes, si no es que quieran saber a lo que estos hierros saben.

PORTERO SEGUNDO Advierte que has de morir.

ENRICO Moriré sin confesarme, que no ha de pagar ninguno las penas que yo pasare.

PORTERO SEGUNDO ¿Qué más hiciera un gentil?

ENRICO Esto que le he dicho baste, que por Dios si me amohíno que ha de llevar las señales de la cadena en el cuerpo.

PORTERO SEGUNDO No aguardo más.

(Vase.)

ENRICO Muy bien haces ¿Qué cuenta daré yo a Dios de mi vida, ya que el trance último llega de mí? ¿Yo tengo de confesarme? Parece que es necedad. ¿Quién podrá ahora acordarse de tantos pecados viejos? ¿Qué memoria habrá que baste a recorrer las ofensas que a Dios he hecho? Más vale no tratar de aquestas cosas, Dios es piadoso y es grande: su misericordia alabo; con ella podré salvarme.

(Entra PEDRISCO.)

PEDRISCO Advierte que has de morir, y que ya aquestos dos padres están de aguardar cansados.

ENRICO ¿Pues he dicho yo que aguarden?

PEDRISCO ¿No crees en Dios?

ENRICO Juro a Cristo, que pienso que he de enojarme, y que en los padres y en ti he de vengar mis pesares. Demonios, ¿qué me queréis?

PEDRISCO Antes pienso que son ángeles los que esto a decirte vienen.

ENRICO No acabes de amohinarme, que por Dios que de una coz te eche fuera de la cárcel.

PEDRISCO Yo te agradezco el cuidado.

ENRICO Vete fuera y no me canses.

PEDRISCO Tú te vas, Enrico mío, al infierno como un padre.

(Vase.)

ENRICO Voz que por mi mal te oí en esa región del aire, ¿fuiste de algún enemigo que así pretendió vengarse? ¿No dijiste que a mi vida le importaba de la cárcel no hacer ausencia? Pues di, ¿cómo quieren ya sacarme a ajusticiar? Falsa fuiste, pero yo también cobarde, pues que me pude salir y no dar venganza a nadie. Sombra triste, que piadosa la verdad me aconsejaste, vuelve otra vez y verás cómo con pecho arrogante salgo a tu tremenda voz de tantas oscuridades. Gente suena; ya sin duda se acerca mi fin.

(Entrando con ANARETO.)

PORTERO SEGUNDO Habladle; podrá ser que vuestras canas muevan tan duro diamante.

ANARETO Enrico, querido hijo, puesto que en verte me aflijo de tantos yerros cargado, ver que pagues tu pecado me da sumo regocijo. ¡Venturoso del que acá pagando sus culpas, va con firme arrepentimiento; que es pintado este tormento si se compara al de allá! La cama, Enrico, dejé y arrimado a este bordón por quien me sustento en pie vengo en aquesta ocasión.

ENRICO ¡Ay, padre mío!

ANARETO No sé, Enrico, si aquese nombre será razón que me cuadre, aunque mi rigor te asombre.

ENRICO Eso ¿es palabra de padre?

ANARETO No es bien que padre me nombre un hijo que no cree en Dios.

ENRICO Padre mío, ¿eso decís?

ANARETO No sois ya mi hijo vos, pues que mi ley no seguís. Solos estamos los dos.

ENRICO No os entiendo.