Comment on construit une maison

Chapter 2

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PASTORCILLO ¿Pues no? Aunque sus ofensas sean más que hay átomos del sol, y que estrellas tiene el cielo, y rayos la luna dio, y peces el mar salado en sus cóncavos guardó. Ésta es su misericordia, que con decirle al Señor: «Pequé, pequé muchas veces», le recibe al pecador en sus amorosos brazos, que, en fin, hace como Dios. Porque si no fuera aquesto, cuando a los hombres crió no los criara sujetos a su frágil condición. Porque si Dios, sumo Bien, de nada al hombre formó, para ofrecerle su gloria no fuera ningún blasón en Su Majestad divina darle aquella imperfección. Diole Dios libre albedrío y fragilidad le dio al cuerpo y al alma; luego dio potestad con acción de pedir misericordia, que a ninguno le negó. De modo que, si pecando el hombre, el justo rigor procediera contra él, fuera el número menor de los que en el sacro alcázar están contemplando a Dios. La fragilidad del cuerpo es grande; que en una acción, en un mirar solamente con deshonesta afición, se ofende a Dios; de ese modo, porque este triste ofensor, con la imperfección que tuvo le ofende una vez o dos, ¿se había de condenar? No, señor, aqueso no; que es Dios misericordioso y estima al más pecador, porque todos igualmente le costaron el sudor que sabéis, y aquella sangre que liberal derramó haciendo un mar a su cuerpo, que amoroso dividió en cinco sangrientos ríos; que su espíritu formó nueve meses en el vientre de aquella que mereció ser Virgen cuando fue Madre, y claro oriente del sol, que como clara vidriera sin que se rompiese en dos. Y si os guiáis por ejemplos, decid: ¿No fue pecador Pedro y mereció después ser de las almas pastor? Mateo, su coronista, ¿no fue también su ofensor?, y luego, ¿no fue su apóstol y tan gran cargo le dio? ¿No fue pecador Francisco? Luego, ¿no le perdonó y a modo de honrosa empresa en su cuerpo le imprimió aquellas llagas divinas que le dieron tanto honor, dignándole de tener tan excelente blasón? ¿La pública pecadora Palestina no llamó a Magdalena y fue santa por su santa conversión? Mil ejemplos os dijera a estar despacio, señor; más mi ganado me aguarda y ha mucho que ausente estoy.

PAULO Tente, Pastor; no te vayas.

PASTORCILLO No puedo tenerme, no, que ando por aquellos valles recogiendo con amor una ovejuela perdida que del rebaño se huyó; y esta corona que veis hacerme con tanto amor es para ella, si parece, porque hacérmela mandó el mayoral, que la estima del modo que le costó. Que el que a Dios tiene ofendido, pídale perdón a Dios, porque es, señor, tan piadoso, que a ninguno le negó.

PAULO Aguarda, Pastor.

PASTORCILLO No puedo.

PAULO Por fuerza te tendré yo.

PASTORCILLO Será detenerme a mí parar el curso del sol.

(Vásele de entre las manos.)

PAULO Este pastor me ha avisado en su forma peregrina, no humana, sino divina, que tengo a Dios enojado por haber desconfiado de su piedad (¡claro está!) y con ejemplos me da a entender piadosamente que el hombre que se arrepiente perdón en Dios hallará. Pues si Enrico es pecador, ¿no puede también hallar perdón? Ya vengo a pensar que ha sido grande mi error. Mas, ¿cómo dará el Señor perdón a quien tiene nombre, ¡ay de mí!, del más mal hombre que en este mundo ha nacido? Pastor que de mí has huido, no te espante que me asombre. Si él tuviera algún intento de tal vez arrepentirse, bien pudiera recibirse lo que por engaño siento, y yo viviera contento. ¿Por qué, pastor, queréis vos que en la clemencia de Dios halle su remedio medio? Alma, ya no hay más remedio que el condenarnos los dos.

PEDRISCO (Saliendo.) Escucha, Paulo, y sabrás, aunque de ello ajeno estás, y lo atribuyas a engaño, el suceso más extraño que tú habrás visto jamás. En esa verde ribera de tantas fieras aprisco, donde el cristal reverbera cuando el afligido risco su tremendo golpe espera después de dejar colgados aquellos tres desdichados estábamos Celio y yo, cuando una voz que se oyó nos dejó medio turbados. ¡Que me ahogo!, dijo, y vimos cuando la vista tendimos dos hombres nadar valientes (con espada entre los dientes uno), y a sacarlos fuimos. Como en el mar hay tormenta, y está de sangre sedienta, para anegarlos bramaba; ya en las estrellas los clava, ya en su centro los asienta. En los cristales no helados las dos cabezas se vían de aquellos dos desdichados, y las olas parecían ser tablas de degollados. Llegaron al fin, mostrando el valor que significo; mas por no estarte cansando, has de saber que es Enrico el uno.

PAULO Estoy lo dudando.

PEDRISCO No lo dudes, pues yo llego a decirlo, y no estoy ciego.

PAULO ¿Vístele tú?

PEDRISCO Vile yo.

PAULO ¿Qué hizo al salir?

PEDRISCO Echó un ¡por vida! y un reniego para remojar el fuego. Mira qué gracias le daba a Dios, que así le libraba.

PAULO ¡Y dirá ahora el pastor que le ha de dar el Señor perdón! El juicio me acaba. Mas poco puedo perder, pues aquí le llego a ver, en probarle la intención.

PEDRISCO Ya le trae tu escuadrón.

PAULO Pues oye lo que has de hacer. (Habla aparte con PEDRISCO.)

(Entran ENRICO y GALVÁN mojados y las manos atadas, conducidos por bandoleros.)

ENRICO ¿Dónde me lleváis así?

BANDOLERO PRIMERO El capitán está aquí, que la respuesta os dará.

PAULO (A PEDRISCO.) Haz esto.

PEDRISCO Todo se hará.

(Vase PAULO.)

BANDIDO PRIMERO Pues ¿vase el capitán?

PEDRISCO Sí. ¿Dónde iban vuesas mercedes, que en tan gran peligro dieron como es caminar por agua? ¿No responden?

ENRICO Al infierno.

PEDRISCO Pues ¿quién le mete en cansarse, cuando hay diablos tan ligeros que le llevarán de balde?

ENRICO Por agradecerles menos.

PEDRISCO Habla voercé muy bien, y hace muy a lo discreto en no agradecer al diablo cosa que haga a su provecho. ¿Cómo se llama voarcé?

ENRICO Llámome el diablo.

PEDRISCO Y por eso se quiso arrojar al mar, para remojar el fuego. ¿De dónde es?

ENRICO Si de cansado de reñir con agua y viento no arrojara al mar la espada, yo os respondiera bien presto a vuestras necias preguntas con los filos de su acero.

PEDRISCO Oiga, hidalgo, no se atufe ni nos eche tantos retos; que juro a Dios si me enojo que le barrene ese cuerpo más de setecientas veces, sin la que en su nacimiento barrenó naturaleza. Y ha de advertir que está preso, y que si es valiente, yo soy valiente como un Héctor; y que si él ha hecho muertes, sepa que también yo he muerto muchas hambres y candiles y muchas pulgas a tiento. Y si es ladrón, soy ladrón, y soy el demonio mesmo, y ¡por vida!...

BANDIDO PRIMERO Bueno está.

ENRICO ¿Esto sufro y no me avengo?

PEDRISCO Ahora ha de quedar atado a un árbol.

ENRICO No me defiendo; haced de mí vuestro gusto.

PEDRISCO (A GALVÁN.) Y a él también.

GALVÁN (Aparte.) De esta vez muero.

PEDRISCO Si son como vuestra cara, (A GALVÁN.) vos tenéis bellacos hechos. Ea, llegadlos a atar, que el capitán gusta de ello. (A ENRICO.) ¡Llegad al árbol!

ENRICO ¡Que ansí me quiera tratar el cielo!...

(Atán a un árbol a ENRICO, y después a GALVÁN.)

PEDRISCO ¡Llegad vos!

GALVÁN ¡Tened piedad!

PEDRISCO Vendadle los ojos quiero con las ligas a los dos.

GALVÁN ¿Viose tan extraño aprieto? Mire vuesarcé que yo vivo de su oficio mesmo, y que soy ladrón también.

PEDRISCO Ahorrará con aquesto de trabajo a la justicia y al verdugo de contento.

BANDIDO PRIMERO Ya están vendados y atados.

PEDRISCO Las flechas y arcos tomemos, y dos docenas no más clavemos en cada cuerpo.

BANDIDO PRIMERO Vamos,

PEDRISCO (Bajo a los bandidos.) Aquesto es fingido nadie los ofenda.

BANDIDO PRIMERO Creo que el capitán los conoce.

PEDRISCO Vamos, y así los dejemos.

(Vanse.)

GALVÁN Ya se van a asaetearnos.

ENRICO Pues no por aqueso pienso mostrar flaqueza ninguna.

GALVÁN Ya me parece que siento una jara en estas tripas.

ENRICO Vénguese en mí el justo cielo, que quisiera arrepentirme y cuando quiero no puedo.

(PAULO, de ermitaño, con cruz y rosario.)

PAULO Con esta traza he querido probar si ese hombre se acuerda de Dios, a quien ha ofendido.

ENRICO ¡Que un hombre la vida pierda me parece que es saeta!

GALVÁN ¡Cada mosquito que pasa me parece que es saeta!

ENRICO El corazón se me abrasa. ¡Que mi fuerza esté sujeta a fortuna, en todo escasa!

PAULO ¡Alabado sea el Señor!

ENRICO ¡Sea por siempre alabado!

PAULO Sabed con vuestro valor llevar este golpe airado de fortuna.

ENRICO ¡Gran rigor! ¿Quién sois vos que ansí me habláis?

PAULO Un monje que este desierto, donde la muerte esperáis, habita.

ENRICO Bueno, por cierto. Y ahora, ¿qué nos mandáis?

PAULO A los que al roble os ataron y a mataros se apartaron supliqué con humildad que ya que con tal crueldad de datos muerte trataron, que me dejasen llegar a hablaros.

ENRICO ¿Y para qué?

PAULO Por si os queréis confesar, pues seguís de Dios la fe.

ENRICO Pues bien se puede tornar, padre, o lo que es.

PAULO ¿Qué decís? ¿No sois cristiano?

ENRICO Sí, soy.

PAULO No lo sois, pues no admitís el último bien que os doy. ¿Por qué no lo recibís?

ENRICO Porque no quiero.

PAULO (Aparte.) (¡Ay de mí! Esto mismo presumí.) ¿No veis que os han de matar ahora?

ENRICO ¿Quiere callar, hermano, y dejarme aquí? Si esos señores ladrones me dieron muerte, aquí estoy.

PAULO (Aparte.) ¡En qué grandes confusiones tengo el alma!

ENRICO Yo no doy a nadie satisfacciones.

PAULO A Dios, sí.

ENRICO Si Dios ya sabe que soy tan gran pecador, ¿para qué?

PAULO ¡Delito grave! Para que su sacro amor de darle perdón acabe.

ENRICO Padre, lo que nunca he hecho tampoco he de hacer ahora.

PAULO Duro peñasco es su pecho.

ENRICO Galván, ¿qué hará la señora Celia?

GALVÁN Puesto en tanto estrecho ¿quién se ha de acordar de nada?

PAULO No se acuerde de esas cosas.

ENRICO Padre mío, ya me enfada.

PAULO ¿Estas palabras piadosas le ofenden?

ENRICO Cosa es cansada, pues si no estuviera atado, ya yo lo hubiera arrojado de una coz dentro del mar.

PAULO Mire que le han de matar.

ENRICO Ya estoy de aguardar cansado.

GALVÁN Padre, confiéseme a mí, que ya pienso que estoy muerto.

ENRICO Quite esta liga de aquí, padre.

PAULO Sí haré, por cierto. (Les quita la venda.)

ENRICO Gracias a Dios que ya vi.

GALVÁN Y yo también.

PAULO En buen hora; vuelvan la vista ahora a los que a matarlos vienen.

(Entran bandoleros con escopetas y ballestas.)

ENRICO ¿Pues para qué se detienen?

PEDRISCO Pues que ya su fin no ignora, digo, ¿por qué no confiesa?

PAULO No me quiero confesar.

PEDRISCO Celio, el pecho le atraviesa

PAULO Dejad que le vuelva a hablar. Desesperación es ésa.

PEDRISCO ¡Ea, llegadle a matar!

PAULO ¡Deteneos! (¡Triste pena!) Porque si éste se condena, ¿me queda más que dudar?

ENRICO Cobardes sois. ¿No llegáis y puerta a mi pecho abrís?

PEDRISCO De esta vez no os detengáis.

PAULO Aguardad, que si le herís más confuso me dejáis. ¡Mira que eres pecador, hijo!

ENRICO Y del mundo el mayor: ya lo sé.

PAULO Tu bien espero. Confiésate a Dios.

ENRICO No quiero, cansado predicador.

PAULO Pues salga del pecho mío, si no dilatado río de lágrimas, tanta copia, que se anegue el alma propia, pues ya de Dios desconfío. Dejad de cubrir, sayal, mi cuerpo, pues está mal, según siente el corazón, una rica guarnición sobre tan falso cristal. (Desnúdase el saco de ermitaño.) En mis torpezas resbalo y a la culebra me igualo mas mi parecer condeno, porque yo desecho el bueno, mas ella desecha el malo. Mi adverso fin no resisto, pues mi desventura he visto, y da claro testimonio el vestirme de demonio y el desnudarme de Cristo. Colgad ese saco ahí para que diga (¡ay de mí!): «En tal puesto me colgó Paulo que no mereció la gloria que encierro en mí.» Dadme la daga y la espada; esa cruz podéis tornar; ya no hay esperanza en nada, pues no me sé aprovechar de aquella sangre sagrada. Desatadlos.

(Los bandoleros sueltan a ENRICO y GALVÁN.)

ENRICO Ya lo estoy, y lo que he visto no creo.

GALVÁN Gracias a los cielos doy.

ENRICO Saber la verdad deseo.

PAULO ¡Qué desdichado que soy! ¡Ah, Enrico! Nunca nacieras; nunca tu madre te echara, donde dejando la luz fuiste de mis males causa; o pluguiera a Dios que ya que infundido el cuerpo y alma saliste a luz, en sus brazos te diera la muerte un ama, un león te deshiciera, un oso despedazara tus tiernos miembros entonces, o cayeras en tu casa del más altivo balcón, primero que a mi esperanza hubieras cortado el hilo.

ENRICO Esta novedad me espanta.

PAULO Yo soy Paulo, un ermitaño, que dejé mi amada patria de poco más de quince años, y en esta oscura montaña otros diez serví al Señor.

ENRICO ¡Qué ventura!

PAULO ¡Qué desgracia! Un ángel, rompiendo nubes y cortinas de oro y plata, preguntándole yo a Dios qué fin tendría. «Repara (me dijo): ve a la ciudad, y verás a Enrico (¡ay alma!), hijo del noble Anareto, que en Nápoles tiene fama. Advierte bien en sus hechos, y contempla en sus palabras; que si Enrico al cielo fuere, el cielo también te aguarda; y si al infierno, el infierno.» Yo entonces imaginaba que era algún santo aqueste Enrico; pero los deseos se engañan. Fui allá, vite luego al punto, y de tu boca y por fama supe que eras el peor hombre que en todo el mundo se halla. Y ansí, por tener tu fin, quiteme el saco, y las armas tomé, y el cargo me dieron de esta forajida escuadra. Quise probar tu intención, por saber si te acordabas de Dios en tan fiero trance pero saliome muy vana. Volví a desnudarme aquí, como viste, dando al alma nuevas tan tristes, pues ya la tiene Dios condenada.