England's Case Against Home Rule

Chapter 2

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PAULO Aquí me manda el ángel que le aguarde.

PEDRISCO Aquí vivía un tabernero gordo, padre mío, a donde yo acudía muchas veces, y más allá, si acaso se le acuerda, vivía aquella moza rubia y alta, que arquero de la guardia parecía, a quien él requebraba.

PAULO ¡Oh vil contrario! Livianos pensamientos me fatigan. ¡Oh cuerpo flaco! Hermano, escuche.

PEDRISCO Escucho.

PAULO El contrario me tiene con memoria y con pasados gustos... (Échase en el suelo.)

PEDRISCO Pues, ¿qué hace?

PAULO En el suelo me arrojo desta suerte, para que en él me pise; llegue, hermano, píseme muchas veces.

PEDRISCO En buena hora, que soy muy obediente, padre mío. (Písale.) ¿Písole bien?

PAULO Sí, hermano.

PEDRISCO ¿No le duele?

PAULO Pise y no tenga pena.

PEDRISCO ¿Pena, padre? ¿Por qué razón he yo de tener pena? Piso y repiso, padre de mi vida; mas temo no reviente, padre mío. PAULO Píseme, hermano.

(Dan voces desde dentro, deteniendo a ENRICO.)

ROLDÁN Deteneos, Enrico.

ENRICO (Dentro.) Al mar he de arrojalle, ¡vive el cielo!

PAULO A Enrico oí nombrar.

ENRICO (Dentro.) ¿Gente mendiga ha de haber en el mundo?

CHERINOS ¡Deteneos!

ENRICO (Dentro.) Podrasme detener en arrojándole.

CELIA (Dentro.) ¿Adónde vas? ¡Detente!

ENRICO (Dentro.) No hay remedio: Harta merced te hago, pues te saco de una grande miseria.

ROLDÁN (Dentro.) ¿Qué habéis hecho?

(Salen ENRICO, CELIA, ROLDÁN, ESCALANTE, LIDORA, CHERINOS y GALVÁN. El ermitaño y PEDRISCO se retiran a un lado y observan, los demás personajes ocupan el medio del teatro.)

ENRICO Llegó a pedirme un pobre una limosna; doliome el verle con tan gran miseria, y porque no llegase a avergonzarse a otro desde hoy, cogile en brazos y le arrojé en el mar.

PAULO ¡Delito inmenso!

ENRICO Ya no será más pobre, según pienso.

PEDRISCO ¡Algún diablo limosna te pidiera!

CELIA ¡Siempre has de ser cruel!

ENRICO No me repliques, que haré contigo y los demás lo mismo.

ESCALANTE Dejemos eso agora, por tu vida. Sentémonos los dos, Enrico amigo.

PAULO (A PEDRISCO.) A éste han llamado Enrico.

PEDRISCO Será otro. ¿Querías tú que fuese este mal hombre, que en vida está ya ardiendo en los infiernos? Aguardemos a ver en lo que para.

ENRICO Pues siéntense voarcedes, porque quiero haya conversación.

ESCALANTE Muy bien ha dicho.

ENRICO Siéntese, Celia, aquí.

CELIA Ya estoy sentada.

ESCALANTE Tú, conmigo, Lidora.

LIDORA Lo mismo digo yo, señor Escalante.

CHERINOS Siéntese aquí, Roldán.

ROLDÁN Ya voy, Cherinos.

PEDRISCO ¡Mire qué buenas almas, padre mío! Lléguese más, verá de lo que tratan.

PAULO ¡Que no viene mi Enrico!

PEDRISCO Mire y calle, que somos pobres y este desalmado no nos eche en el mar.

ENRICO Agora quiero que cuente cada uno de voarcedes las hazañas que ha hecho en esta vida. Quiero decir..., hazañas, latrocinios, cuchilladas, heridas, robos, muertes, salteamientos y cosas de este modo.

ESCALANTE Muy bien ha dicho Enrico.

ENRICO Y al que hubiere hecho mayores males al momento una corona de laurel le pongan, cantándole alabanzas y motetes.

ESCALANTE Soy contento.

ENRICO Comience, seo Escalante.

PAULO ¡Que esto sufre el Señor!

PEDRISCO Nada le espante.

ESCALANTE Yo digo ansí.

PEDRISCO ¡Qué alegre y satisfecho!

ESCALANTE Veinticinco pobretes tengo muertos, seis casas he escalado y treinta heridas he dado con la chica.

PEDRISCO ¡Quién te viera hacer en una horca cabriolas!

ENRICO Diga Cherinos.

PEDRISCO ¡Qué ruin nombre tiene! Cherinos, cosa poca.

CHERINOS Yo comienzo. No he muerto a ningún hombre; pero he dado más de cien puñaladas.

ENRICO ¿Y ninguna fue mortal?

CHERINOS Amparoles la fortuna. De capas que he quitado en esta vida y he vendido a un ropero, está ya rico.

ENRICO ¿Véndelas él?

CHERINOS ¿Pues no?

ENRICO ¿No las conocen?

CHERINOS Por quitarse de aquestas ocasiones las convierte en ropillas y calzones.

ENRICO ¿Habéis hecho otra cosa?

CHERINOS No me acuerdo.

PEDRISCO Mas, ¿qué le absuelve ahora el ladronazo?

CELIA Y tú, ¿qué has hecho, Enrico?

ENRICO Oigan voarcedes.

ESCALANTE Nadie cuente mentiras.

ENRICO Yo soy hombre que en mi vida las dije.

GALVÁN Tal se entiende.

PEDRISCO ¿No escucha, padre mío, estas razones?

PAULO Estoy mirando a ver si viene Enrico.

ENRICO Haya, pues, atención.

CELIA Nadie te impide.

PEDRISCO ¡Miren a qué sermón atención pide!

ENRICO Yo nací mal inclinado, como se ve en los efectos del discurso de mi vida, que referiros pretendo. Con regalos me crié en Nápoles, que ya pienso que conocéis a mi padre, que aunque no fue caballero ni de sangre generosa, era muy rico y yo entiendo que es la mayor calidad el tener en este tiempo. Crieme, en fin, como digo, entre regalos, haciendo travesuras cuando niño, locuras cuando mancebo. Hurtaba a mi viejo padre arcas y cofres abriendo los vestidos que tenía, las joyas y los dineros. Jugaba, y digo jugaba para que sepáis con esto que de cuantos vicios hay es el primer padre el juego. Quedé pobre y sin hacienda, y como enseñado a hacerlo, di en robar de casa en casa cosas de pequeño precio. Iba a jugar y perdía; mis vicios iban creciendo. Di luego en acompañarme con otros del arte mesmo; escalamos siete casas, dimos la muerte a sus dueños; lo robado repartimos para dar caudal al juego. De cinco que éramos todos sólo los cuatro prendieron, y nadie me descubrió, aunque les dieron tormento. Pagaron en una plaza su delito, y yo, con esto de escarmentado, acogime a hacer a solas mis hechos. Íbame todas las noches solo a la casa de juego, donde a su puerta aguardaba a que saliesen de dentro. Pedía con cortesía el barato, y cuando ellos iban a sacar qué darme, sacaba yo el fuerte acero que riguroso escondía en sus inocentes pechos, y por fuerza me llevaba los que ganando perdieron. Quitaba de noche capas; tenía diversos hierros para abrir cualquier puerta y hacerme capaz del dueño. Las mujeres estafaba, y no dándome el dinero visitaba una navaja su rostro luego, al momento. Aquestas cosas hacía el tiempo que fui mancebo; pero escuchadme y sabréis, siendo hombre, las que he hecho. A treinta desventurados yo solo y aqueste acero, que es de la muerte ministro, del mundo sacado habemos; los diez, muertos por mi gusto, y los veinte me salieron, uno con otro, a doblón. Diréis que es pequeño precio; es verdad: mas, ¡voto a Dios! que en faltándome el dinero que maté por un doblón a cuantos me están oyendo. Seis doncellas he forzado dichoso llamarme puedo, pues seis he podido hallar en este felice tiempo. De una principal casada me aficioné, y en secreto habiendo entrado en su casa a ejecutar mi deseo, dio voces; vino el marido, y yo, enojado y resuelto, llegué con él a los brazos, y tanto en ellos le aprieto que perdió tierra, y apenas en este punto le veo cuando de un balcón le arrojo y en el suelo cayó muerto. Dio voces la tal señora, y yo, sacado el acero, te meto cinco a seis veces, en el cristal de su pecho, donde puertas de rubíes en campos de cristal bellos le dieron salida al alma para que se fuese huyendo. Por hacer mal solamente he jurado juramentos falsos, fingido quimeras, hecho máquinas, enredos, y un sacerdote que quiso reprenderme con buen celo de un bofetón que le di cayó en tierra medio muerto. Porque supe que encerrado en casa de un pobre viejo estaba un contrario mío a la casa puse fuego, y sin poder remediallo todos se quemaron dentro, y hasta dos niños hermanos cenizas quedaron hechos. No digo jamás palabra si no es con un juramento, con un «pese» o un «por vida», porque sé que ofendo al cielo. En mi vida misa oí, ni estando en peligros ciertos de morir me he confesado ni invocado a Dios eterno. No he dado limosna nunca, aunque tuviese dinero; antes persigo a los pobres, como habéis visto el ejemplo. No respeto a religiosos; de sus iglesias y templos seis cálices he robado y diversos ornamentos que sus altares adornan. Ni a la justicia respeto; mil veces me he resistido y a sus ministros he muerto; tanto, que para prenderme no tienen ya atrevimiento. Y finalmente, yo estoy preso por los ojos bellos de Celia, que está presente; todos la tienen respeto por mí, que la adoro y cuando sé que la sobran dineros, con lo que me da, aunque poco, mi viejo padre sustento, que ya le conoceréis por el nombre de Anareto. Cinco años ha que tullido en una cama le tengo, y tengo piedad con él por estar pobre el buen viejo, y porque soy causa, en fin, de ponelle en tal extremo por jugarle yo su hacienda el tiempo que fui mancebo. Todo es verdad lo que he dicho, ¡voto a Dios!, y que no miento. Juzgad ahora vosotros cuál merece mayor premio.

PEDRISCO Cierto, padre de mi vida, que son servicios tan buenos, que puede ir a pretender éste a la Corte.

ESCALANTE Confieso que tú el lauro has merecido.

ROLDÁN Y yo confieso lo mesmo.

CHERINOS Todos lo mesmo decimos.

CELIA El laurel darte pretendo.

ENRICO Vivas, Celia, muchos años.

CELIA (Poniendo a ENRICO una corona de laurel.) Toma mi bien, y con esto pues que la merienda aguarda, nos vamos.

GALVÁN Muy bien has hecho.

CELIA Digan todos: ¡Viva Enrico!

TODOS ¡Viva el hijo de Anareto!

ENRICO Al punto todos vayamos a holgarnos y entretenernos.

(Vanse ENRICO y los que salieron con él.)

PAULO ¡Salid, lágrimas, salid; salid apriesa del pecho, no lo dejéis de vergüenza! ¡Qué lastimoso suceso!

PEDRISCO ¿Qué tiene, padre?

PAULO ¡Ay, hermano! Penas y desdichas tengo. Este mal hombre que he visto es Enrico.

PEDRISCO ¿Cómo es eso?

PAULO Las señas que me dio el ángel son suyas.

PEDRISCO ¿Es eso cierto?

PAULO Sí, hermano, porque me dijo que era hijo de Anareto, y aquese también lo ha dicho.

PEDRISCO Pues aqueste ya está ardiendo en los infiernos.

PAULO ¡Ay triste! Eso sólo es lo que temo. El ángel de Dios me dijo que si éste se va al infierno que al infierno tengo de ir, y al cielo, si éste va al cielo. Pues al cielo, hermano mío, ¿Cómo ha de ir éste si vemos tantas maldades en él, tantos robos manifiestos, crueldades y latrocinios y tan viles pensamientos?

PEDRISCO En eso, ¿quién pone duda? Tan cierto se irá al infierno como el despensero Judas.

PAULO ¡Gran Señor, Señor eterno! ¿Por qué me habéis castigado con castigo tan inmenso? Diez años y más, Señor, ha que vivo en el desierto, comiendo hierbas amargas, salobres aguas bebiendo, sólo porque Vos, Señor, juez piadoso, sabio recto, perdonarais mis pecados. ¡Cuán diferente lo veo! Al infierno tengo de ir. Ya me parece que siento que aquellas voraces llamas van abrasando mi cuerpo. ¡Ay, qué rigor!

PEDRISCO Ten paciencia.

PAULO ¿Qué paciencia o sufrimiento ha de tener el que sabe que ha de ir a los infiernos? Al infierno, centro oscuro, donde ha de ser el tormento eterno y ha de durar lo que Dios durare. ¡Ah cielo! ¡Que nunca se ha de acabar! ¡Que siempre han de estar ardiendo las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí!

PEDRISCO (Aparte.) Sólo oírte me da miedo. Padre, volvamos al monte.

PAULO Que allá volvamos pretendo; pero no a hacer penitencia, porque ya no es de provecho. Dios me dijo que si aqueste se iba al cielo, me iría al cielo, y al profundo si al profundo, pues es así seguir quiero su misma vida; perdone Dios aqueste atrevimiento si su fin he de tener, tenga su vida y sus hechos, que no es bien que yo en el mundo esté penitencia haciendo y que él viva en la ciudad con gustos y con contentos y que a la muerte tengamos un fin.

PEDRISCO Es discreto acuerdo. Bien ha dicho padre mío.

PAULO En el monte hay bandoleros; bandolero quiero ser, porque así igualar pretendo mi vida con la de Enrico, pues un mismo fin tendremos. Tan malo tengo de ser como él, y peor si puedo, que pues ya los dos estamos condenados al infierno, bien es que antes de ir allá en el mundo nos venguemos. ¡Ah Señor! ¿Quién tal pensara?

PEDRISCO Vamos, y déjate de eso, y destos árboles altos los hábitos ahorquemos. Viste galán.

PAULO Así haré, y yo haré que tengan miedo a un hombre que siendo justo se ha condenado al infierno. Rayo del mundo he de ser. ¿Qué se ha de hacer sin dineros? Yo los quitaré al demonio si fuere cierto el traerlos.

PEDRISCO Vamos, pues.

PAULO Señor, perdona si injustamente me vengo. Tú me has condenado ya; tu palabra es caso cierto que atrás no puede volver. Pues si es así, tener quiero en el mundo buena vida, pues tan triste fin espero. Los pasos pienso seguir de Enrico.

PEDRISCO Ya voy temiendo que he de ir contigo a las ancas cuando vayas al infierno.

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