El conde de Candespina (1 de 2)

Part 1

Chapter 14,082 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También ha sido modernizada la puntuación, la grafía de los nombres propios de personas y lugares, y los laísmos y leísmos.

* Para facilitar la lectura, algunos pronombres enclíticos han sido separados de los verbos a los que acompañan.

* Las abreviaturas han sido expandidas y la presentación de los diálogos se ha adaptado a los modernos usos ortotipográficos, utilizando párrafos distintos para cada interviniente y aislando entre rayas los comentarios del narrador.

* El contenido de la fe de erratas, situada al final del libro, ha sido incoporado al texto.

* En esta novela, el autor llama Alfonso VII al padre de la reina doña Urraca, pero los historiadores consideran que el padre de esta reina fue Alfonso VI, siendo Alfonso VII el hijo, y no el padre de doña Urraca.

EL CONDE de CANDESPINA — TOMO PRIMERO

EL CONDE de CANDESPINA

novela histórica original

POR

_Don Patricio de la Escosura_

Alférez del Escuadrón de Artillería de la Guardia Real.

[Ilustración]

MADRID Y SEPTIEMBRE: IMPRENTA, CALLE DEL AMOR DE DIOS, n.º 14. — 1832

_¿Por qué de Roma tu ofuscada mente_ _Hazañas busca en la remota historia?_ _¿Para asombrar a la futura gente_ _No basta acaso la española gloria?_ _Cuando virtud y honor tu lira intente_ _Eternizar del mundo en la memoria,_ _Los campos corre de la madre España,_ _Y cada monte te dirá una hazaña._

(Don Ventura de la Vega, canto al Rey Nuestro Señor).

EL CONDE DE CANDESPINA

CAPÍTULO PRIMERO

Iluminaba la luna las altas torres del castillo de Castellar, situado a corta distancia de Zaragoza, una apacible noche de las más templadas del mes de junio; solo un centinela interrumpía, con el ruido de sus pasos y el crujir de las armas, el profundo silencio que reinaba en torno de la fortaleza, en tanto que el alcaide y la guarnición reposaban descuidados, pues no era de temer en el corazón del reino un ataque imprevisto.

Así lo pensaba también, sin duda, la ilustre cautiva que en él se encerraba entonces; y la siguiente conversación nos hará juzgar del desaliento y dolor a que se había entregado.

—Déjame, Leonor; déjame llorar: en esto solo encuentro alivio.

—¿Alivio, señora? Vuestra Alteza destruye su salud.

—¿Y qué me importa la salud ni la vida? ¿Para qué las quiero, si he de pasar mis días en este miserable encierro?

—No lo permita su Divina Majestad. Su Santísima Madre nos protegerá. Yo a lo menos así se lo ruego en todas mis oraciones.

—Y yo le tengo ofrecido un candelero de oro macizo al Santo Apóstol, patrón de España, si se digna alcanzar por sus méritos que yo vuelva a mis reinos.

—Y volverá Vuestra Alteza, señora. El corazón me dice que no hemos de tardar en ver a León.

—¡A León!... ¿A León, Leonor? ¡Pluguiera a Dios! Pero no lo creo.

—Vuestra Alteza pierde el ánimo, señora, y olvida que sus leales castellanos viven...

—¿Leales los castellanos? ¡Traidores! Abandonan a su reina y natural señora para entregarse a mi marido, mejor diré a mi tirano.

—Aún hay castellanos que aborrecen a Alfonso...

—¡Cobardes! Y ¿por qué no desnudan el acero?

—No es tarde, señora.

—¿No es tarde, y yo estoy cautiva? Leonor, tú has nacido para ser esclava.

—Perdóneme Vuestra Alteza, señora, pero no puedo resolverme a creer que no haya uno entre tantos como hacían alarde de adorar a su reina como a tal, y como a la más cumplida dama...

—Leonor, me adulas.

—Vuestra Alteza sabe mejor que yo que no es lisonja lo que digo, y que los encantos de su persona han hecho acaso más vasallos que su poder.

—Verdad es que dicen que ha querido Nuestro Señor poner en mí algo de eso que llaman belleza; pero tú exageras la causa y los efectos.

—¡Ah, señora, si estuviera aquí un caballero de Castilla, qué bien respondería!

—¿Un caballero de Castilla...? No sé de quién hablas.

—Del más galán, del más valiente, y también del más enamorado.

—Bien lo encareces, Leonor. ¿Eres su dama?

—¿Yo, señora? No merezco tanta honra. El campeón de quien hablo ha elevado sus pensamientos a más alto lugar.

—¿Más alto que una ricahembra de Castilla?

—Sí, señora; y si Vuestra Alteza me permite nombrarle cesará su sorpresa.

—No solo te lo permito sino que te lo mando.

—Es don Gómez.

—¿El conde de Candespina?

—El mismo.

—¡Ah!

Aquí siguió una breve pausa; la camarera, que tal era el empleo de doña Leonor de Guzmán, o no supo que añadir, o lo que es más probable, no se atrevió a darse por entendida en cuanto a la significación del suspiro con que la reina de Castilla doña Urraca había terminado la conversación, ni quiso interrumpir las reflexiones a que parecía entregarse su señora. Nosotros, imitando la discreción de aquella dama, dejaremos por un momento a la real prisionera meditar sobre su desagradable posición, y aprovecharemos este intervalo enterando a nuestros lectores de lo que indispensablemente necesitan saber para hacerse cargo de los acontecimientos que van a ocuparnos.

Después de un largo reinado, en el transcurso del cual estuvo casado diferentes veces, don Alfonso VII de Castilla tuvo la desgracia de perder, en la batalla de Uclés contra los almorávides, al único hijo varón que de todos sus matrimonios le quedaba. Murieron con este príncipe las esperanzas de su padre, y en el corazón de los grandes de Castilla nació el temor de verse sometidos a una dominación extranjera si se casase con un príncipe de fuera del reino la infanta doña Urraca, heredera del trono, hija de don Alfonso y viuda de don Ramón de Tolosa, conde de Galicia, de quien tuvo un hijo llamado como su abuelo. La memoria de la última guerra civil estaba grabada de tal modo en todos los corazones, y eran tan recientes las heridas del estado, que pecheros, prelados y grandes resolvieron sacrificar sus particulares intereses a la paz suspirada; y con este objeto se juntaron los magnates del reino en Mascaraque, donde la mayoría resolvió suplicar al rey casase a su hija con don Gómez Salvadórez, conde de Candespina, Oña, Tesla, Canderechas y Poza. No parece necesario encarecer la nobleza del linaje, valor, discreción y popularidad de este caballero, pues basta saber que los que bajo de todos aspectos podían considerarse como sus iguales, suplicaban que se lo diesen por rey y señor, para persuadirse de la superioridad de su mérito y del ascendiente que había sabido adquirir sobre el ánimo de los castellanos.

Era el conde corpulento, bien formado, de rostro moreno, facciones marcadas y condición más severa en general que afable; pero aunque criado en el ejercicio de las armas, su corazón conservaba más sensibilidad de la que en lo exterior parecía, y acaso de la necesaria para su ventura. Sea pues que la hermosura de doña Urraca, que en efecto era grande, le cautivase, o que la lisonjera perspectiva de reinar en Castilla estimulara su ambición; lo cierto es que don Gómez entró en el proyecto del matrimonio con una vehemencia que casi no podía disimular a pesar de sus esfuerzos. No podremos decir si entonces la infanta ignoraba o no el amor del conde; pero es de presumir que lo supiera, pues la dignidad de este le proporcionaba ocasiones de verla casi diariamente, y la distancia que en aquellos tiempos separaba a un ricohombre de las personas reales, no era comparable a la que hoy media entre los grandes y el trono.

El sistema feudal en el siglo XII, a cuyos principios se refiere la época de que hablamos, estaba en toda su fuerza y vigor en Europa, y no menos en nuestra España que en sus demás reinos. El formidable poder de los grandes y prelados igualaba en cierto modo al de los reyes, obligando a estos a ceder no pocas veces de sus derechos para conservar la paz, y en ocasiones hasta el trono y la vida; de lo que resultaban los disturbios y desórdenes inevitables en un estado cuyo gobierno no tiene la fuerza suficiente para hacerse obedecer de todos sus súbditos.

Sin embargo, Alfonso VII, a quien cuarenta años de victorias y un carácter firme y decidido habían hecho respetable, supo hacer entrar en su deber aun a los más osados, de tal modo que no hubo en la junta de Mascaraque ni uno solo que se atreviera a comunicarle la súplica de los grandes allí reunidos, y proponerle el matrimonio de la infanta, su hija, con el conde de Candespina. Es probable que la tal junta no hubiera llegado siquiera a noticia del rey si un médico judío llamado Cedillo, a quien distinguía particularmente, presumiendo de su privanza más de lo que debía no hubiese tomado a su cargo llevarle el mensaje. Menguada fue para el judío la hora en que tomó tal comisión, pues a pesar de haber esperado largo tiempo momento oportuno, y de no haber arriesgado la súplica sino en los términos más respetuosos y humildes, el rey al oírla montó en cólera, y mal le aviniera al entrometido médico si no se retirara inmediatamente como se lo mandó don Alfonso, desterrándolo para siempre de su presencia. No se limitó a este solo efecto el enojo de aquel príncipe, sino que para manifestar más claramente a los grandes que él solo mandaba en su reino y familia, dispuso y verificó inmediatamente el matrimonio de su hija con Alfonso, entonces príncipe y poco después rey de Aragón, que tuvo efecto en Toledo, a pesar de las mal reprimidas quejas de la nobleza y del clero, y la poca inclinación de doña Urraca hacia su esposo. Sea como quiera, los descontentos, por leales o temerosos, no se atrevieron a levantar la cabeza, y los desposados partieron para Aragón permaneciendo todo tranquilo en los reinos de Castilla hasta el fallecimiento del monarca, que acaeció cuatro o cinco años después.

Muerto don Alfonso, le sucedió con arreglo a su última voluntad doña Urraca, y por ser su marido se aclamó rey a don Alfonso de Aragón, quien, reuniendo en su cabeza la mayor parte de las coronas españolas, se llamó emperador de España. Temeroso de hallar resistencia, entró en Castilla con un numeroso ejército, pero todas las ciudades y villas le abrieron sus puertas, lo que sin duda debiera haber bastado a tranquilizarle; pero lleno de una desconfianza que no se concibe, puso guarnición aragonesa en la mayor parte de las fortalezas, dejando en sus alcaidías a muy pocos caballeros castellanos de los que sabía que eran sus más parciales, y entre ellos a don Pedro Ansúrez, conde y señor de Valladolid.

Sintió Castilla, como era razón, este proceder, y aún lo sintió más su reina, la cual como en despique despojó de su gobierno al conde Ansúrez a pesar de haber sido su ayo. Alfonso, creyéndose desairado, primero dio al conde en su reino magníficas posesiones, y por último indignado de que su esposa no disimulase el pesar que le causaban las cosas de Castilla, y sobre todo de que manifestase casi en público cuán disgustada estaba con su matrimonio, lamentándose de no haber casado con don Gómez, la hizo encerrar en el castillo de Castellar, y devolvió a Ansúrez su condado haciéndole otras muchas mercedes.

Más de treinta días habían corrido desde el de la cautividad de la reina cuando tuvo lugar el diálogo que hemos referido a nuestros lectores, los cuales ya no extrañarán que la reina llamase a Alfonso su tirano.

Doña Leonor, dama de la reina, o más bien su íntima amiga, pues con ella se había criado, sabía la pasión del conde de Candespina, y conociendo el carácter caballeresco de este y el orgullo nacional de los castellanos, formó, desde el momento en que supo que iba la reina a ser conducida a Castellar, el proyecto de valerse de uno y otro para sacarla de aquella esclavitud; y con este objeto envió un mensaje a don Gómez por medio de un criado de toda confianza, a quien hizo partir secretamente la noche de su prisión. Este era el motivo por el que tanta esperanza mostraba a doña Urraca. Pero esta, que desde su casamiento no había visto al conde ni oído hablar de él más que para ponderar su valor contra los moros de Granada o de Sevilla, se creía ya olvidada, y se contentaba, como hemos visto, con suspirar cuando se hablaba de él.

Engañábase empero: la pasión de don Gómez, reconcentrándose, había ganado en intensidad todo cuanto se había visto obligado a suprimir en demostraciones exteriores, y si abandonó la corte durante la vida de Alfonso de Castilla fue para no exponerse a manifestar lo que pasaba dentro de su corazón. Sus asuntos domésticos le condujeron a Candespina, y allí le halló el mensaje de Leonor, en el cual le conjuraba por cuanto hay de sagrado para un vasallo, caballero y amante, que corriese, sin perdonar riesgo ni fatiga alguna, a libertar a su reina de los hierros en que la crueldad de Alfonso la tenía; y para concluir indicaba la diestra cortesana cuánto podía esperar el conde de la gratitud de doña Urraca.

Los efectos de la chispa eléctrica no son más rápidos que lo fue el que esta noticia hizo en el inflamable don Gómez. Recibirla, reunir algunos de sus mejores amigos y fieles vasallos, montar a caballo y partir para el Aragón fue obra de tan pocas horas que ya estaba cerca de Zaragoza cuando en Castilla se le echó de menos.

Acercose la reina a la reja de su prisión, desde la cual, a favor de la claridad de la luna, descubría perfectamente toda la campiña inmediata a excepción de la parte que ocultaba un espeso bosque que a su derecha se veía, y cuyos límites tocaban al foso del castillo. No se movía un solo viviente, a excepción del centinela que bajo de la misma ventana ora se paseaba para espantar el sueño, ora apoyado en su lanza murmuraba en voz alta contra la lentitud del tiempo que no traía el momento del relevo tan pronto como él quisiera.

—Tú sabes —dijo la reina oyéndole—, tú sabes al menos el momento en que cesarás de padecer; pero yo, infeliz de mí, solo en la muerte espero.

La camarera estaba al lado de la reina, aunque un poco más atrás por respeto, y con razones semejantes a las que hemos referido al principio de este capítulo trató de consolarla, sin atreverse a manifestar el principal fundamento de sus esperanzas, pues aunque no creía saliesen vanas, era sin embargo arriesgado anunciar a doña Urraca el paso que había dado hasta ver el éxito que producía. Leonor conocía demasiado bien el carácter de su ama para dar un paso en falso, y por lo mismo calló, persuadida de que si don Gómez lograba quebrantar la prisión de la reina, la colmaría esta de gracias; pero si por el contrario la empresa se frustraba o el conde no quería aventurarse, era indudable que la indignación de su soberana sería el único premio de su oficiosidad.

Caprichosa a fuer de bella, altanera en extremo, inconstante en el amor, implacable en el odio, soberbia en la prosperidad, débil en la desgracia, Urraca era querida de muy pocos; pero su nacimiento, su hermosura y las gracias que sabía desplegar con aquellas personas que creía de su interés tener contentas la habían sin embargo adquirido algunos partidarios de corazón, a más de los que sus derechos incontestables al trono de Castilla y los cálculos de propia conveniencia de algunos unieron a ella en lo sucesivo; mas en el momento solo podía contar con el conde, a quien creía demasiado lejano para socorrerla. Convencida, pues, de que su situación actual era irremediable, hizo muy poco caso de los consuelos de su camarera, y cansada por fin de suspirar contemplando los astros, se arrojó vestida sobre el lecho, dejando abiertas las ventanas en razón del calor.

[Ilustración]

CAPÍTULO II

—Por san Pedro, conde, que vos solo seríais capaz de tal empresa.

—¿Y por qué no cualquier otro? Las haciendas y las vidas de los vasallos son propiedad de los reyes.

—En buena hora, lo sé tan bien como vos. Pero lo que ahora hacemos, Dios me perdone si no es provocar al mismo demonio.

—Si os pesa, Hernando de Olea, podéis volveros, que no os habremos menester tanto que no concluyamos la demanda sin vos.

—¡Voto a...!

—No votéis a nada, que habemos menester la ayuda de todos los santos, y no será justo provocar su enojo con juramentos.

—Ya lo sé que no debo votar, pero lo que me habéis dicho, conde, lo que me habéis dicho, a no ser vos...

—Bueno está, Hernando, bueno está. Perdonad mi injusto enojo.

—Esa palabra en la boca del conde de Candespina desarmaría la cólera del mismo Lucifer. Mas ahora, decidme por vuestra vida si os parece cuerdo arrojaros en medio de un reino extraño con los doce hombres que os acompañamos.

—Hernando de Olea vale él solo por doscientos, y mi espada...

—Por la de mil de estos testarudos aragoneses. Maldición sobre ellos y sobre su rey diría si no fuera nuestro también. Con todo, conde, se pueden reunir tantos...

—¿Quién os ha dicho, Hernando, que yo voy a combatir cuerpo a cuerpo con todo el ejército de Aragón? Mi plan es caminar por sendas poco frecuentadas y llegar sin ser visto a Castellar. Los montes de Aragón me son bien conocidos, he hecho la guerra en ellos más de una vez, y yo os fío que llegaremos seguros.

—Así sea.

En efecto, la fortuna sirvió completamente al conde, y este tomó tan bien sus medidas, que con la sola precaución de caminar siempre de noche, y no entrar en poblaciones considerables, llegó al fin de su viaje sin encontrar el menor obstáculo. En el día sería muy difícil, cuando no imposible, que trece hombres armados corriesen las cincuenta leguas que por el más corto y peor camino hay desde Candespina a Castellar sin llamar la atención; pero en aquellos tiempos de ignorancia y desorden, semejantes sucesos eran tan frecuentes que no causaban la menor extrañeza. La escasez de pueblos, la falta de caminos que proporcionasen la comunicación entre los que había, y sobre todo la nula seguridad que el gobierno podía ofrecer a los viajeros hacían que los pobres y los plebeyos pensasen rara vez en salir del lugar de su domicilio, y que los nobles, que tampoco viajaban con frecuencia, lo hiciesen cuando se veían precisados a ello, siempre armados y llevando en su compañía gran número de guerreros.

Por esta razón, las pocas personas que nuestros viajeros encontraron en el camino no extrañaban verlos cubiertos de hierro; y aunque algunos tuvieran curiosidad de conocer al jefe o señor de aquella tropa, no juzgaron sin duda prudente entrar en contestaciones con ninguno de sus silenciosos individuos.

Entre todos los que acompañaban al conde, aunque la mayor parte eran nobles ninguno lo era tanto ni privaba con él como Hernando de Olea, su deudo y hermano de armas, quien por su parte le amaba entrañablemente. Valiente en extremo, temerario si se quiere, solo conocía Hernando la prudencia cuando se trataba de algún peligro que podía correr su amigo, y entonces su previsión rayaba ya en nimiedad. Opuso, pues, cuantas razones se le alcanzaron contra la resolución de don Gómez, que a la verdad no fueron pocas porque el proyecto era arriesgado y difícil; mas fue en vano: el amor, la ambición, la gloria, el espíritu caballeresco, todo llamaba al conde a Castellar. Llegó por fin el de Olea a convencerse de la inutilidad de sus reflexiones, y el último altercado que sobre la materia tuvieron los dos amigos fue el que acabamos de copiar literalmente.

En los ocho días que duró su viaje, se ocuparon únicamente del modo de dar fin a su empresa, que no presentaba pocas dificultades, pues era de presumir que la vigilancia del alcaide de Castellar sería proporcionada a la importancia del objeto que estaba a su cargo; y por otra parte las pocas fuerzas del conde no le permitían presentarse a cara descubierta a sitiar la fortaleza. De este modo caminaron creciendo por instantes la perplejidad del enamorado don Gómez, sin que Hernando, mucho más útil en la pelea que en el consejo, pudiese sugerirle el menor expediente para salir de apuros; hasta que pasado el Ebro, media legua antes de llegar a Castellar, hicieron alto para que los caballos tomasen aliento.

Llegose Millán García, criado del conde, a su amo a quitarle la celada y preguntarle si quería su señoría tomar alguna cosa, y como le respondiese que no, y que comiera él lo que le pareciese, dijo Hernando:

—Bueno, ¡cuerpo de Cristo!, en ayunas no sé cómo podréis pelear con esos bárbaros aragoneses que cada uno tiene tanta fuerza como una yunta de bueyes. Comed, conde, que si vos nos faltáis tanto montara no habernos movido de Candespina.

—Es imposible, Hernando —contestó con sentida voz el conde—: es imposible, no atravesara un bocado si me lo presentaran los ángeles.

—Pese a mi vida, ¿qué tenéis para dejaros morir de hambre como un caballo cansando?

—¿Qué he de tener? Ya estamos en el Castellar, y no sé cómo he de valerme para sacar a mi reina de la tal fortaleza.

—Ya os lo dije; pero algunas veces, perdonad, conde, parecéis natural de este país. Si me hubiérais creído se hubieran podido reunir a lo menos doscientas buenas lanzas, y con ellas en dos horas yo me prometía colgar en las murallas de su castillo al señor alcaide del Castellar.

—¡Excelente idea! Con doscientas lanzas declararíamos la guerra al rey de Aragón, a quien respetan navarros y franceses. ¡Con doscientas lanzas, Hernando! ¿Estáis en vos?

—¡Voto a...! Tenéis razón; no me había hecho cargo.

Calló Hernando, como le sucedía siempre que se veía cortado en su discurso, pues el esfuerzo que su imaginación necesitaba hacer para producir un argumento de algún peso no era obra de pocos minutos, y así decía él que rara vez disputaba con sus amigos porque siempre le convencían, y nunca con sus enemigos, pues para estos la mejor razón era la espada.

Millán se halló presente a esta conversación, y su celo por el conde le obligó a que, venciendo la repugnancia que le costaba hablar a su señor cuando este no se lo mandaba expresamente, propusiera que se caminase hasta una arboleda que cerca del castillo había, y que allí se podría con más conocimiento de causa, teniendo a la vista la fortaleza, tomar el partido conveniente. Pareció tan razonable esta proposición que inmediatamente se puso en práctica, y antes de un cuarto de hora estaban ya el conde y los suyos casi a la orilla del foso, en frente de la reja de la prisión de la reina.

Desde luego advirtieron que el foso estaba seco a la sazón, y que no había más que un centinela por aquella parte, de modo que con un hombre solo tenían que luchar. Empero este hombre estaba sobre una muralla, y con un grito suyo era indudable que acudirían todos los de la guarnición del castillo; esto contenía el impaciente ardor de Hernando y el entusiasmo del conde, hasta que por fin este, volviéndose de repente, como un hombre inspirado, a Millán, le dijo:

—Tú eres buen flechero.

—Señor, sé tirar una flecha con alguna violencia y dirigirla medianamente.

—Bien: ¿y te atreverás a hacer una buena puntería de aquí a la muralla?

—Sí —interrumpió vivamente Hernando—: ¿serías hombre de quitar de enmedio a aquel maldito centinela?

—Si vueseñorías me lo permiten —respondió el criado lleno de humildad—, probaré, y espero que con la ayuda de Dios podré darles gusto.

Y diciendo y haciendo se colocó entre dos árboles, desde donde distinguía perfectamente al centinela; tendió su arco, y se disponía ya para apuntar cuando don Gómez, asiéndole del brazo, le dijo:

—¿Y si yerras el tiro, Millán?

—Si lo yerra —dijo con impaciencia Hernando—, si lo yerra, acertará otro.

—Y el soldado —repuso el conde— lo aguardará pacientemente sin dar la alarma.

—Tenéis razón, tenéis razón; pero si una flecha no nos quita ese estorbo, no sé cómo lo hemos de hacer.

Millán bajó el arco, el conde quedó suspenso, Hernando petrificado, y en tanto el tiempo volaba.