# El Comendador Mendoza Obras Completas Tomo VII

## Part 8

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Don Fadrique respondió sólo con un suspiro, con una exclamación inarticulada, que el padre creyó descifrar como si dijese que diez y siete años antes Doña Blanca era muy otra, y que además la misma dureza de su carácter y la briosa inflexibilidad de su genio hacían más vehemente en ella toda pasión, incluso la del amor, una vez que llegaba á sentirla.

Repuesto un poco de su pasmo, dijo el P. Jacinto:

--Y dime, hijo, ¿qué trata de hacer Doña Blanca para remediar el mal? ¿Qué proyectos son los suyos, que tanto te asustan?

--¿Quién sería el inmediato heredero de su marido si ella no tuviese una hija? --preguntó el Comendador.

--Don Casimiro Solís, --fué la respuesta.

--Pues por eso quiere casar á su hija con D. Casimiro.

--¡Pecador de mí! ¡Estúpido y necio! --exclamó el padre, todo lleno de violencia y dando en la mesa unos cuantos puñetazos.-- ¿Quieres creer que soy tan egoísta, que el egoísmo me había cegado? Yo no había visto en el plan de Doña Blanca ninguna mala traza. Me parecía natural que casase á Clarita con su tío. Yo no miraba sino á mi pícaro interés: á que nadie se llevase á Clarita lejos de estos lugares. Es menester que lo sepas... Clarita me tiene embobado. Por ella, no más que por ella, aguanto á su madre. Lo que yo quería, como un bribón de siete suelas, es que se quedase por aquí... para ir á verla y para que ella me agasajase, como me agasaja ahora, cuando voy á casa de su madre, sirviéndome, con sus blancas y preciosas manos, jícaras de chocolate y tacillas de almíbar. Se me antojó que Clarita era una muñeca para mi diversión. Yo no caí en nada... no me hice cargo... pensé sólo en que, ya casada, haría una excelente señora de su casa, y me recibiría al amor de la lumbre, y yo le llevaría flores, frutas y pajaritos de regalo. ¡Si vieses qué corza he hecho venir para ella de Sierra Morena! Es un primor. La tengo abajo en el corral... y se la iba á llevar mañana. Nada... ¿has visto qué bárbaro?... sin dar la menor importancia á lo del casamiento. Ahora lo comprendo todo. ¡Qué monstruosidad! ¡Casar aquel dije con semejante estafermo! Ya se ve... ella no lo repugna... no lo entiende... ¿quién diablo sabe?... pero yo lo entiendo... y me espeluzno... me horrorizo.

--Razón tiene V. de horrorizarse... Ella lo repugna... lo entiende... pero cree que no debe resistir á la autoridad materna.

--Eso será lo que tase un sastre. ¡Pues no faltaba más! Obedecerá á su madre; pero antes obedecerá á Dios. _Diligendus est genitor, sed praeponendus est Creator_. Es sentencia de San Agustín.

--Además --dijo el Comendador,-- Clarita ama á otro hombre.

--¿Cómo es eso? ¿Qué me cuentas? ¿Qué mentira, qué enredo te han hecho creer? Si amase á un galán, Clara me lo hubiera confesado.

--Ella misma ignora casi que le ama; pero me consta que le ama.

--Vamos, sí, ya doy en ello: ciertas miradas y sonrisas con un estudiantillo... Me las ha confesado. Está arrepentida... ¡Con un estudiantillo!... ¿Pues se había de ir Clarita á correr la tuna?

--P. Jacinto, V. chochea.

--¡Desvergonzado! ¿Cómo te atreves á decir que chocheo?

--El estudiantillo no es de esos que van con el manteo roto y con la cuchara puesta en el sombrero de tres picos, pidiendo limosna, sino que es un caballero principal, un rico mayorazgo.

--¿De veras? Ya eso es harina de otro costal. De eso no me había dicho nada aquella cordera inocente. Oye... ¿y es buen mozo?

--Como un pino de oro.

--¿Buen cristiano?

--Creo que sí.

--¿Honrado?

--Á carta cabal.

--¿Y la quiere mucho?

--Con toda su alma.

--¿Y es discreto y valiente?

--Como un Gonzalo de Córdoba. Además es poeta elegantísimo, monta bien á caballo, posee otras mil habilidades, es muy leído y sabe de torear.

--Me alegro, me alegro y me realegro. Le casaremos con Clarita, aunque rabie Doña Blanca.

--Sí, querido maestro. Le casaremos... pero es menester que seamos muy prudentes.

--_Prudentes sicut serpentes_... Pierde cuidado. Harto sé yo quién es Doña Blanca. Es omnímodo el imperio que ejerce sobre su hija. El respeto y el temor que le infunde exceden á todo encarecimiento. Y luego, ¡qué brío, qué voluntad la de aquella señora! Á terca nadie le gana.

--No soy yo menos terco... y no consentiré que Clara sea el precio del rescate de nadie; que sobre ella, que no tiene culpa, pesen nuestras culpas; que Doña Blanca la venda para conseguir su libertad. Sin embargo, importa mucho la cautela. Doña Blanca, llevada al extremo, pudiera hacer alguna locura.

Después de esta larga conversación, y perfectamente de acuerdo el Comendador y el P. Jacinto, el primero se volvió á la ciudad en aquel mismo día para que su ausencia no se extrañase.

El P. Jacinto quedó en ir á la ciudad al día siguiente de mañana.

Los pormenores y trámites del plan que habían de seguir se dejaron para que sobre el terreno se decidiesen.

Sólo se concertó el mayor sigilo y circunspección en todo y disimular en lo posible la íntima amistad que entre el fraile y el Comendador había, á fin de no hacer sospechoso y aborrecible al fraile á los ojos de Doña Blanca.

Se convino, por último, en que, á pesar de la gravedad de la situación, no era ninguna salida de tono, ni tenía una inoportunidad cómica ó censurable, que el P. Jacinto llevase á Clarita la corza y se la regalara.

XV

Al volver aquella noche á la ciudad, el Comendador tuvo que sufrir un ínterrogatorio en regla de su sobrina, que era la muchacha más curiosa y preguntona de toda la comarca. Tenía además un estilo de preguntar, afirmando ya lo mismo de que anhelaba cerciorarse, que hacía ineficaz la doctrina del P. Jacinto de callar la verdad sin decir la mentira. Ó había que mentir ó había que declarar: no quedaba término medio.

--Tío --dijo Lucía apenas le vió á solas,-- V. ha estado en Villabermeja.

--Sí... he estado.

--¿Á qué ha ido V. por allí? ¡Si le traerán á usted entusiasmado los divinos ojos de Nicolasa!

--No conozco á esa Nicolasa.

--¿Que no la conoce V.?... ¡Bah!... ¿Quién no conoce á Nicolasa? Es un prodigio de bonita. Muchos hidalgos y ricachos la han pretendido ya.

--Pues yo no me cuento en ese número. Te repito que no la conozco.

--Calle V., tío... ¿Cómo quiere V. hacerme creer que no conoce á la hija de su amigo el tío Gorico?

--Pues digo por tercera vez que no la conozco.

--Entonces, ¿qué hay que ver en Villabermeja? ¿Ha estado V. para visitar á la chacha Ramoncica?

El Comendador tuvo que responder francamente.

--No la he visitado.

--Vamos, ya caigo. ¡Qué bueno es V.!

--¿Por qué soy bueno?... ¿Porque no he visitado á la chacha Ramoncica, que me quiere tanto?

--No, tío. Es V. bueno... En primer lugar porque no es V. malo.

--Lindo y discreto razonamiento.

--Quiero decir que es V. bueno, porque no es como otros caballeros, que por más que estén ya con un pie en el sepulcro, de lo que dista V. mucho, á Dios gracias, andan siempre galanteando y soliviantando á las hijas de los artesanos y jornaleros. Ahora no... por el noviazgo; pero antes... bien visitaba D. Casimiro á Nicolasa.

--Pues yo no la he visitado.

--Pues esa es la primera razón por la que digo que es V. bueno. Nicolasa es una muchacha honrada... y no está bien que los caballeros traten de levantarla de cascos...

--Apruebo tu rigidez. Y la segunda razón por la cual soy bueno, ¿quieres decírmela?

--La segunda razón es, que no habiendo ido V. ni á ver á Nicolasa ni á ver la chacha Ramoncica, ¿á qué había V. de haber ido tan á escape como no fuese á ver al P. Jacinto y á tratar de ganarle en favor de Mirtilo y de Clori? ¿Vaya que ha ido V. á eso?

--No puedo negártelo.

--Gracias, tío. No es V. capaz de encarecer bastante lo orgullosa que estoy.

--¿Y por qué?

--Toma... porque, por muy afectuoso que sea V. con todos, al fin no se interesaría tanto por dos personas que le son casi extrañas, si no fuese por el cariño que tiene V. á su sobrinita, que desea proteger á esas dos personas.

--Así es la verdad, --dijo el Comendador, dejando escapar una mentira oficiosa, á pesar de la teoría del P. Jacinto.

Lucía se puso colorada de orgullo y de satisfacción, y siguió hablando:

--Apostaré á que ha ganado V. la voluntad del reverendo. ¿Está ya de nuestra parte?

--Sí, sobrina, está de nuestra parte; pero, por amor de Dios, calla, que importa el secreto. Ya que lo adivinas todo, procura ser sigilosa.

--No tendrá V. que censurarme. Seré sigilosa. V., en cambio, me tendrá al corriente de todo. ¿Es verdad que me lo dirá V. todo?

--Sí, --dijo el Comendador teniendo que mentir por segunda vez. Luego prosiguió:

--Lucía, tú has dicho una cosa que me interesa. ¿Qué clase de amoríos das á entender que hubo ó hay entre D. Casimiro y esa bella Nicolasa?

--Nada, tío... ¿No lo he dicho ya? Fueron antes del noviazgo con Clarita. D. Casimiro no iba con buen fin... y Nicolasa le desdeñó siempre; pero de esto informará á V. mejor que yo el P. Jacinto. Yo lo único que añadiré es que el tal D. Casimiro me parece un hipocritón y un bribón redomado.

--No es malo saberlo --pensó el Comendador.

--¡Ah! diga V., tío. Ya sé que se fué á Sevilla D, Carlos. Envió recado despidiéndose y excusándose de no haberlo hecho en persona por la priesa. Es evidente que V. le ha hablado al alma y le ha convencido para que se vaya, asegurándole que esto convenía al logro de nuestro propósito. ¿No es así, tío?

--Así es, sobrina --respondió el Comendador--. Veo que nada se te oculta.

XVI

Cuando ocurrían los sucesos que vamos refiriendo, no había tantas carreteras como ahora. Desde Villabermeja á la ciudad puede hoy irse en coche. Entonces sólo se iba á pie ó á caballo. El camino no era camino, sino vereda, abierta por las pisadas de los transeuntes racionales é irracionales. Cuando había grandes lluvias, la vereda se hacía intransitable: era lo que llaman en Andalucía un camino real de perdices.

Poseía el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y segura. En esta borrica iba y venía siempre, como un patriarca, desde Villabermeja á la ciudad y desde la ciudad á Villabermeja. Un robusto lego le acompañaba á pie. En el viaje que hizo á la ciudad, al día siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompañó, á más del lego, un rústico seglar ó profano, para que cuidase la corza.

Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rústico, y caballero en su jigantesca borrica, el padre Jacinto entró sano y salvo en la ciudad á las diez de la mañana. Como el convento de Santo Domingo está casi á la entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel séquito. En el convento se apeó, y apenas se reposó un poco, se dirigió á casa de D. Valentín Solís, ó más bien á casa de Doña Blanca. El cuitado de D. Valentín se había anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba á su casa la casa de D. Valentín. Sus viñas, sus olivares, sus huertas y sus cortijos eran conocidos por de Doña Blanca, y no por suyos. Aquella anulación marital no había llegado, con todo, hasta el extremo de la de algunos maridos de Madrid, á quienes apenas los conoce nadie sino por sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los hacen conspicuos.

Pero dejemos á un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar ciertos visos y vislumbres de murmuración, y sigamos al P. Jacinto, y penetremos con él en casa de Doña Blanca, donde tan difícil era entrar para el vulgo de los mortales.

Merced á la autoridad del reverendo, y siguiéndole invisibles, todas las puertas se nos franquean.

Ya estamos en el salón de Doña Blanca. Clara borda á su lado. D. Valentín, á respetable distancia y sentado junto á una mesa, hace paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la señora de la casa y con su hija.

Los lectores conocen ya á D. Casimiro, como si dijéramos de fama, de nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Lucía, Clara y el Comendador, era _el viejo rabadán_. Veamos ahora si logramos hacer su corporal retrato.

Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de color trigueño, poca barba, que se afeitaba una vez á la semana, y los ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tenía ya bastantes arrugas en la cara, y el vivo carmín de sus narices no armonizaba bien con la palidez de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo; pero en el traje sí se descubrían el cuidado y la pulcritud que en la persona faltaban, lo cual denotaba desde luego que D. Casimiro más se cuidaba la ropa por ser ordenado, económico y aficionado á que las prendas durasen, que por amor á la limpieza. Iba vestido muy de hidalgo principal, si bien á la moda de hacía quince ó veinte años. Su casaca, su chupa, sus calzones y medias de seda no tenían una mancha, y si tenían alguna rotura, ésta se hallaba diestra y primorosamente zurcida. Gastaba peluca con polvos y coleta, y lucía muchos dijes en las cadenas de sendos relojes que llevaba en ambos bolsillos de la chupa. Su caja de tabaco, que él mostraba de continuo, pues no cesaba de tomar rapé, era un primor artístico, por los esmaltes y las piedras preciosas que le servían de adorno. Al hablar usaba D. Casimiro de cierta solemnidad y pausa muy entonada; pero su voz era ronca y desapacible, asegurándose provenir esto en parte de que no le desagradaba el aguardiente, y más aún de que en su casa y despojado de las galas de novio ó de pretendiente amoroso, fumaba mucho tabaco negro.

La expresión de su semblante, sus modales y gestos no eran antipáticos: eran insignificantes; salvo que no podía menos de reconocerse por ellos en D. Casimiro á una persona de clase, aunque criada en un lugar.

Se advertía, por último, en todo su aspecto, que D. Casimiro debía de padecer no pocos achaques. Su mala salud le hacía parecer más viejo.

Dado á conocer así somera, y no favorablemente, por desgracia, podemos ya lisonjearnos de conocer á cuantas personas ocupaban la sala cuando entró en ella el padre Jacinto.

Doña Blanca, Clarita, D. Valentín y D. Casimiro se levantaron para recibirle, y todos le besaron humildemente la mano. El padre estuvo sonriente y amabilísimo con ellos, y á Clarita le dió, como si no fuese ya una mujer, como si fuese una niña de ocho años, y con la respetabilidad que setenta bien cumplidos le prestaban, dos palmaditas suaves en la fresca mejilla, diciéndole:

--¡Bendito sea Dios, muchacha, que te ha hecho tan buena y tan hermosa!

--Su merced me favorece y me honra --contestó Clarita.

Doña Blanca se lamentó del mucho tiempo que el padre había estado sin venir de Villabermeja, y todos le hicieron coro. Se trató de que el padre tomase algo hasta la hora de comer, y el padre no quiso tomar nada, salvo asiento cómodo. Desde su asiento habló de mil cosas con animada y alegre conversación, resuelto á aguardar allí á que Don Casimiro se fuese y á que D. Valentín y Doña Clara despejasen, para hablar á solas con Doña Blanca.

Doña Blanca adivinó la intención del fraile, entró en curiosidad, y pronto halló modo de despedir á D. Casimiro y de echar de la sala á D. Valentín y á Clarita.

Verificado ya el despejo, dijo Doña Blanca:

--Supongo y espero que, después de tan larga ausencia, honrará V. nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.

El P. Jacinto aceptó el convite, y Doña Blanca prosiguió:

--He creído advertir que estaba V. impaciente por hablarme á solas. Esto ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice ó puede decirme me inspira el mayor interés. Hable V., padre.

--No eres lerda, hija mía --contestó éste.-- Nada se te escapa. En efecto, deseaba hablarte á solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para después de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la aparición de un objeto que traigo de presente á nuestra Clarita, y que le va á encantar. Figúrate que es una lindísima corza, tan mansa y doméstica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al caso: vamos á lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes. Tú tienes el genio muy vivo: eres una pólvora.

--Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es fácil que estén de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho á quejarse del mío. ¿Cuándo estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y áspera con V.?

--Eso es muy verdad. Convendrás, con todo, en que yo no he dado motivo. Yo no soy como otros frailes, que se meten á dar consejos que no les piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en cada casa donde entran. ¿No es así?

--Así es. Más bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.

--Pues hoy no te quejarás por ese lado. Tal vez te quejes de que te aconsejo mucho y de que me meto en camisón de once varas.

--Eso nunca.

--Allá veremos. De todos modos, tengo disculpa. Tú sabes que Clarita es mi encanto. Me tiene hecho un bobo. ¿Quién ignora mi predilección hacia las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que allá cuando mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija mía (alguna ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco años en cada pata, puedo, sin temor de censura, quereros á mi modo y trataros con la íntima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer á los hombres tengo que acordarme á menudo de que son prójimos y quererlos por amor de Dios. Á las mujeres, por el contrario, las quiero, no ya sin esfuerzo, sino por inclinación decidida. Sois dulces, benignas, compasivas y muchísimo más religiosas que los hombres. Si no hubiera sido por vosotras, lo doy por cierto, hubiérase perdido hasta la huella de la primitiva cultura y revelación del Paraíso, y los hombres jamás hubieran salido del estado salvaje. Si yo fuera un sabio, había de componer un libro demostrando que todo este ser de la Europa del día, que todos estos adelantamientos sociales de que el mundo se jacta, se deben, en lo humano, principalmente á las mujeres. Calcula, pues, cuán alto y lisonjero es el concepto que tengo de vosotras. Pues bien; en los últimos años de mi vida, tu hija Clara ha venido á sublimar mucho más aún este concepto de mi mente. En mi mente tenía yo como un tipo soñado de perfección, al cual ninguna de las mujeres que he conocido se acercaba ni en diez leguas. Clarita ha ido más allá. ¡Qué inocencia la suya, tan rara por su enlace con la discreción y el despejo! ¡Qué fe religiosa tan sana y atinada! ¡Qué amor á su madre y qué sumisión á sus mandatos! Clara es una santita en este mundo, y al verla hay que alabar á Dios, que la ha criado á fin de dejarnos rastrear y columbrar por ella lo que serán en el cielo los angelitos y las bienaventuradas vírgenes.

--Mucho lisonjean mi orgullo de madre --interpuso Doña Blanca,-- esos encomios de Clarita que oigo en boca de V.; pero mi amor á la justicia me induce á creerlos exagerados. Yo me los explico de cierto modo, que voy á tener la sinceridad de declarar á V. En el puro amor que en general profesa V. á las mujeres, hay algo del antiguo caballero andante, algo del hechizo que tiene para todo ser fuerte dar protección á los débiles y desvalidos. En el concepto superior á la realidad que de las mujeres V. forma, hay gran bondad é instintiva poesía. Todos estos nobles sentimientos de V. se han empleado, durante una larga y santa vida, en lugareñas, jornaleras unas, é hidalgas ó ricachas otras, pero toscas las más, en comparación con Clara, criada en grandes ciudades, con otro barniz, con otra más elevada cultura, con mayor delicadeza y refinamiento. Ventajas tales, meramente exteriores y debidas á la casualidad, han sorprendido y alucinado á V., y le han hecho pensar que lo que está en la superficie está en el fondo; que modales más distinguidos, mayor tino y mesura en el hablar, y ciertas atenciones y miramientos que nacen de más esmerada educación, y que llegan á tenerse maquinalmente, gracias á la costumbre, son virtudes y excelencias que brotan del centro mismo de un alma que se eleva sobre las otras.

--No, hija mía; nada de eso basta á explicar mi predilección por Clarita.

--¿Cómo que no basta? Sea V. franco. ¿No quiere V. y estima casi tanto á Lucía?

--Las comparaciones son odiosas, y las del cariño más. Supongamos, á pesar de todo, que estimo y quiero á Lucía casi tanto. Eso probaría sólo que Lucía vale casi tanto como Clara.

--Y que ambas están educadas con más esmero.

--Bueno... ¿Y qué?... Concedo que así sea. ¿Quién te ha negado el poder de la educación? Lo que niego es que la educación valga hasta ese punto sobre un espíritu estéril é ingrato; y lo que niego también es que su influjo no pase de la superficie y no penetre en el fondo, y no mejore el ser de las personas. Es, pues, evidente que Clara debe mucho á Dios, y luego á tí, que la has educado bien; pero esto que debe á tí no es superficial y externo: los modales, las palabras, las atenciones y los miramientos no son signos vanos. Cuando no hay en ellos afectación, es porque brotan del alma misma, mejor criada por Dios ó por los hombres que otras almas sus hermanas. Cierto que yo no he visto ni conocido más gente en mi vida que la de esta ciudad y la de Villabermeja; pero adivino y veo claramente que ha de haber duquesas y hasta princesas cuyo barniz no me engañaría ni me alucinaría. Yo conocería al momento que era falso y de relumbrón, y que en el fondo eran aquellas damas más vulgares que tu cocinera. Conste, por consiguiente, que no me alucino al encomiar á Clarita.

--¿Y no provendrá la alucinación, --dijo Doña Blanca,-- de la cándida y espontánea propensión de Clarita á hacerse agradable?

--Sin duda que provendrá; pero esa misma propensión, siendo espontánea y cándida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.

--¿V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novísimo en castellano, y que suena mal y como censura?

--¿Qué vocablo es ese?

--Coquetería.

--Pues bien; si la coquetería es sin malicia, si el afán de agradar y el esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos límites, y si el fin que se propone una mujer agradando no va más allá del puro deleite de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetería.

Doña Blanca y el P. Jacinto se tenían mutuamente miedo. Ella temía la desvergüenza del fraile, y el fraile el genio violentísimo de ella. De este miedo mutuo nacía el que se tratasen por lo común con extremada finura y con el comedimiento más exquisito y circunspecto, á fin de no terminar cualquier coloquio en pelea ó disputa.

Llevada de esta consideración, Doña Blanca no impugnó la defensa de la coquetería; dió por satisfecha su modestia de madre, y acabó por aceptar como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.

Luego añadió:

--En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte sino la justicia. Me alegro. ¿Qué mayor contento para una madre? Imagino, con todo, que tan lisongero panegírico bien se podía haber pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tenía V. que decirme no ha salido aún de sus labios.

El P. Jacinto se paró á reflexionar entonces, al verse tan directamente interrogado, y casi se arrepintió de haber venido á tratar del asunto de la boda de Clarita, dejándose llevar de un celo impaciente, sin ponerse antes de acuerdo con el Comendador, según habían concertado; pero el padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y después de un instante de vacilación, que no dejó percibir á ojos tan linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera:

--Allá voy, hija; ten calma que todo se andará. Mi encomio de Clarita estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy á hablarte. Me consta, como su director espiritual que soy, que te obedecerá en todo; pero dime, ¿no consideras tú que para algunas cosas, de la mayor importancia, convendría consultar su voluntad?

--¿Y quién ha informado á V. de que yo no la consulto cuando conviene?

--¿Has preguntado, pues, á Clara si quiere casarse tan niña?

--Sí, padre, y ha dicho que sí.

--¿Le has preguntado si aceptará por marido á D. Casimiro?

--Sí, padre, y también ha dicho que sí.

--¿Y no serán parte el temor y el respeto que inspiras á tu hija en esas respuestas?

