# El Comendador Mendoza Obras Completas Tomo VII

## Part 6

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"Mi querida Lucía: De sobra conoces tú lo mucho que te quiero. Considera, pues, cuánto me afligirá verte tan poco y no poder hablarte. Mi madre lo exige, y una buena hija debe complacer á su madre. No creas que mi madre ha sospechado nada de mis desenvolturas con D. Carlos de Atienza. Me echo á temblar al representarme que hubiera podido sospecharlo. Nadie sabe más que tú, el Comendador y yo, que D. Carlos me pretende; pero Dios sabe mi pecado, del que estoy arrepentida. Ha sido enorme perversidad en mí dar alas á ese galán con miradas dulces y profanas sonrisas... casi involuntarias... te lo juro. No por eso me pesan menos en la conciencia. Algo he hecho yo, ó arrastrada por mi maldad nativa, ó seducida por el enemigo común de nuestro linaje, para alborotar á ese mozo, hacerle abandonar su Universidad y sus estudios, y moverle á venir aquí en persecución mía. En medio de todo, harto tengo que agradecer á Jesús y á María Santísima, que se apiadan de mí, á pesar de lo indigna que soy, y disponen que no se solemnice mi falta con el escándalo. Favor sobrenatural del cielo es, sin duda, el que siga oculto el móvil que ha impulsado á D. Carlos á venir aquí. La gente cree que vino y está aquí por tí. ¡Cuánto debo agradecerte que cargues con esta culpa! Si yo no hubiera sido atrevida, si yo no hubiera animado á D. Carlos, si yo hubiera tenido la severidad y el recato convenientes, no me vería ahora en tan amargo trance. ¡Ay, mi querida Lucía! El corazón humano es un abismo de iniquidad ... y de contradicciones. ¿Quieres creer que, si por un lado me desespero de haber dado ocasión para que D. Carlos haya venido persiguiéndome, por otro lado me lisonjea, me encanta que haya venido, y advierto que si no hubiera venido sería yo más desgraciada? En medio de todo... no lo dudes... yo soy muy mala. Estoy avergonzada de mi hipocresía. Estoy engañando á mi madre, que es tan perspicaz. Mi madre me juzga demasiado buena... y vela por mí, como el avaro por su tesoro, cuando el tesoro está ya perdido. No acierto á decírtelo para que no te enojes, y, no obstante, quiero decírtelo. No cumpliría con un deber de conciencia si no te lo dijese. La causa de que mi madre me aparte de tí es tu tío. Á mí me pareció un caballero muy fino, y bueno; pero mi madre asegura ¡qué horror! que no cree en Dios. ¿Es posible ¡hija mía! que hiera el demonio con tan abominable ceguedad los ojos de algunas almas? ¿Se comprende que la copia, la imagen, la semejanza, renieguen del original divino, que les presta el único valor y noble ser que tienen? Si ello es cierto, si el Comendador está obcecado en sus impiedades, ármate de prudencia y pide al cielo que te salve. Procura también traer á tu tío al buen camino. Tú tienes extraordinario despejo y don de expresarte con primor y entusiasmo. El Altísimo, además, se vale á menudo de los débiles para sus grandes victorias. Acuérdate de David, mancebo, que era un pastorcillo sin fuerzas, y venció y derribó al gigante en el valle del Terebinto. ¿Cuántas hermanas, hijas, madres y esposas no han logrado convencer á sus descarriados maridos, hermanos, hijos ó padres? Á gloria parecida debes aspirar tú, y Dios te premiará y te dará brío para alcanzarla. En cuanto á mí, aun siendo tan niña, soy una miserable pecadora, y bastante tarea tengo con llorar mis locuras y apaciguar la tempestad de encontrados sentimientos que me destrozan el pecho. Dame la última y mayor prueba de amistad. Persuade á D. Carlos de que no le amo. Díle que se vuelva á Sevilla y me deje. Convéncele de que soy fea, de que gusto de D. Casimiro, de que mi ingratitud hacia él merece su desprecio. Yo debiera haberle hablado en este sentido; pero soy tan débil y tan tonta, que no hubiese atinado á decírselo, y tal vez le hubiera inducido estúpidamente á que creyese todo lo contrario. Por amor de Dios, Lucía de mi alma, despide por mí á D. Carlos. Yo no puedo, no debo ser suya. Que se vaya; que no disguste por mí á sus padres; que no pierda sus estudios; que no motive un escándalo cuando se sepa que vino por mí y que yo soy una malvada, provocativa, seductora, quién sabe ... Adiós. Estoy apuradísima. No tengo á nadie á quien confiar mis cosas, con quien desahogar mis penas, á quien pedir consejo y remedio. Espero con ansia la llegada del P. Jacinto, que es el oráculo de esta casa. Sé que lo que yo le diga caerá como en un pozo, y que sus consejos son sanos. Es el único hombre que tiene algún imperio sobre mi madre. ¿Cuándo vendrá de Villabermeja? Adiós, repito, y ama y compadece á tu--CLARA."

XI

Esta carta inocente, tan propia de una niña de diez y seis años, discreta y educada con devoción y recogimiento, gustó mucho al Comendador; pero también le dió no poco que pensar. No entraremos nosotros en el fondo de su alma á escudriñar sus pensamientos, y nos limitaremos á decir que tomó tres resoluciones, de resultas de aquella lectura.

Fué la primera buscar modo de ver y de hablar á la severísima Doña Blanca; la segunda, sondear bien el ánimo de D. Carlos para conocer hasta qué punto amaba de veras á la niña y merecía su amor, y la tercera, tratar con el P. Jacinto y proporcionarse en él un aliado para la guerra que tal vez tendría que declarar á la madre de Clarita.

Á fin de conseguir lo primero, en vez de escribir pidiendo una audiencia, que con cualquier pretexto y muy políticamente se le hubiera negado, discurrió D. Fadrique levantarse al día siguiente de madrugada, aguardar en la calle á Doña Blanca cuando ella saliese para acudir á la iglesia, é ir derecho á hablarle, sin miedo alguno.

Así lo hizo el Comendador. Doña Blanca, antes de las seis, apareció en la calle con Clarita y don Valentín. Iban á misa á la Iglesia Mayor. Apenas los vió salir D. Fadrique, se acercó muy determinado, y saludando cortésmente con sombrero en mano, dijo:

--Beso á V. los pies, mi señora Doña Blanca. Dichosos los ojos que logran ver á V. y á su familia. Buenos días, amigo D. Valentín. Clarita, buenos días.

Don Valentín, al oírse llamar amigo tan blandamente y por una voz conocida y simpática, no se pudo contener; no reflexionó, se dejó llevar del primer ímpetu cariñoso y se fué hacia D. Fadrique con los brazos abiertos. Por dicha, no obstante, D. Valentín tenía la inveterada costumbre de no hacer la menor cosa sin mirar antes á su mujer para notar la cara que ponía y si le retraía de consumar ó le alentaba á que consumase su conato de acción. Á pesar, pues, de lo entusiasmado que iba á abrazar á D. Fadrique, el instinto le indujo á que mecánicamente volviera la cara hacia Doña Blanca antes de llegarse á dar el abrazo. Indescriptible es lo que vió entonces en los fulminantes ojos de su mujer. Casi no se puede describir el efecto que le produjo aquella mirada. Creyó D. Valentín leer en ella el más profundo desdén, como si le acusase de una humillación estólida, de una bajeza infame; y creyó ver, al mismo tiempo, la ira y la prohibición imperiosa de que llevase á cabo lo que se había lanzado á ejecutar. El terror sobrecogió de tal suerte el ánimo de D. Valentín, que se paró, se quedó inmóvil de súbito, como si se hubiera convertido en piedra. Sólo con voz apagada y apenas perceptible exhaló, por último, como lánguido suspiro, un

--Buenos días, Sr. D. Fadrique.

--Buenos días, --dijo también Clara, no con más aliento que su padre.

Doña Blanca miró de pies á cabeza al Comendador, y con reposo y suave acento, sin alterarse ni descomponerse en lo más mínimo, le habló de esta manera:

--Caballero: Dios, que es infinitamente misericordioso, tenga á V. en su santa guarda. No por amor suyo, de que V. carece, sino por el mundano honor de que V. se jacta y por los respetos y consideraciones que todo hombre bien nacido debe á las damas, ruego á V. que no nos distraiga del camino que llevamos, ni perturbe nuestra vida retirada y devota.

Y dicho esto, hizo Doña Blanca al Comendador una ceremoniosa y fría reverencia, y echó á andar con sosegada gravedad, siguiéndola D. Valentín y llevando delante á Clara.

Don Fadrique pagó la reverencia con otra, se quedó algo atolondrado, y dijo entre dientes:

--Está visto: es menester acudir á otros medios.

No bien la familia de Solís se hubo alejado treinta pasos del Comendador, vió éste que Doña Blanca se volvía á hablar con su marido.

Es evidente que el Comendador no oyó lo que le decía; pero el novelista todo lo sabe y todo lo oye. Doña Blanca, que trataba siempre de V. y con el mayor cumplimiento á su señor marido cuando le echaba un sermón ó reprimenda, le habló así mientras Clara iba delante:

--Mil veces se lo tengo dicho á V., Sr. D. Valentín. Ese hombre, que V. se empeñó en introducir en casa, allá en Lima, es un libertino, impío y grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha ó puede manchar la acrisolada reputación de cualquiera señora. Yo tuve necesidad poco menos que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta de respeto, para que en otras edades bárbaras, olvidando la ley divina, alguien le hubiera dado una severa lección, como solían darlas los caballeros. Esto no había de ser: era imposible... Nada que más repugne á mi conciencia; nada más contrario á mis principios; pero hay un justo medio... Delito es matar á quien ha ofendido... pero es vileza abrazarle. Sr. D. Valentín, V. no tiene sangre en las venas.

Todo esto lo fué soltando, despacio y bajo, casi en el oído de D. Valentín, su tremenda esposa Doña Blanca.

Fueron tan duras y crueles las últimas frases, que D. Valentín estuvo á punto de alzar bandera de rebelión, armar en la calle la de Dios es Cristo y contestar á su mujer lo que merecía; pero el olor de mil flores regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el día estaba hermosísimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo primaveral oreaba y calmaba las sienes más ardorosas; la familia de Solís iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan linda y tan serena: ¿cómo turbar todo aquello con una disputa horrible? D. Valentín apretó los puños y se limitó á exclamar con acento un si es no es colérico:

--¡Señora!...

Luego añadió para sí, cuidando mucho de que no lo oyese Doña Blanca:

--¡Maldita sea mi suerte!

Y no bien lanzada la exclamación, se asustó don Valentín de la blasfema rebeldía contra la Providencia que su exclamación implicaba, y se tuvo un instante por primo hermano del propio Luzbel.

Como se ve, el éxito del Comendador en este primer intento de reanudar relaciones amistosas con la familia de Solís no pudo ser más desgraciado.

XII

No se arredró por eso nuestro héroe.

Aguardó un rato en medio de la calle á fin de que no pudiese decir ni pensar Doña Blanca que él la seguía, y al cabo se fué á la iglesia Mayor, á donde sabía que la familia de Solís se había encaminado.

Don Fadrique no iba allí, sin embargo, con el intento de acercarse á Doña Blanca otra vez y de sufrir nueva repulsa, sino á fin de hallar á D. Carlos, quien, á su parecer, no podía menos de estar en la iglesia, ya que no había otro medio de ver á Clara.

En efecto, D. Fadrique entró en la iglesia y se puso á buscar al poeta, á la sombra de los pilares y en los sitios donde menos se nota la presencia de alguien. Pronto le halló, detrás de un pilar y no lejos del altar mayor. Parecía D. Carlos tan embebido en sus oraciones ó en sus pensamientos, que nada del mundo exterior, salvo Clara, podía distraerle ni llamarle la atención.

Llegó, pues, D. Fadrique hasta ponerse á su lado. Entonces advirtió que Clara estaba no muy lejos, de rodillas, al lado de su madre; que D. Carlos la miraba, y que ella, si bien fijos casi siempre los ojos en su libro de rezos, los alzaba de vez en cuando rápidamente, y miraba con sobresalto y ternura hacia donde estaba el galán, declarando así que le veía, que se alegraba de verle, y que tenía miedo y cierto terror de profanar el templo y de pecar gravemente engañando á su madre y alentando á aquel hombre, de quien decía que no podía ser esposa.

No ha de extrañarse que todo esto se viera en las miradas de Clarita. Eran miradas transparentes, en cuyo fondo fulguraba el alma como diamante purísimo que por maravilla ardiese con luz propia en el seno de un mar tranquilo.

El Comendador estuvo un rato observando aquella escena muda, y se convenció de que ni Doña Blanca ni D. Valentín recelaban nada de los amores de la niña. Calculó, no obstante, que su presencia allí podría atraer hacia él la mirada de Doña Blanca, excitar de nuevo su ira, hacerle reparar en el gentil mancebo que estaba á su lado, y darle á sospechar lo que no había sospechado todavía.

Entonces, si bien con pena de interrumpir aquellos arrobos y éxtasis contemplativos, tocó en el hombro á D. Carlos y le dijo casi á la oreja:

--Perdóneme V. que le distraiga de sus devociones y que turbe la visión beatífica de que sin duda goza; pero me urge hablar con V. Hágame el favor de venir conmigo, que tengo que hablarle de cosas que le importan muchísimo.

Sin aguardar respuesta echó á andar D. Fadrique, y D. Carlos, si bien con disgusto, no pudo menos de seguir sus pasos.

Ya fuera de la iglesia, salió D. Fadrique al campo; D. Carlos fué en pos de él; y cuando se hallaron en sitio solitario, donde nadie podía oirlos ni interrumpir la conversación, D. Fadrique se explicó en estos términos:

--Vuelvo á pedir á V. perdón de mi atrevimiento en obligarle á abandonar la iglesia, y más aún en mezclarme en asuntos de V. sin título bastante para ello. Apenas conozco á V. Esta es la séptima ó la octava vez que le hablo. Á Clarita la he visto hoy por segunda vez en mi vida. Sin embargo, el bien de Clarita y el de V. me interesan mucho. Atribúyalo V. á un absurdo sentimentalismo; al afecto que profeso á mi sobrina Lucía, que llega á Vds. de rechazo; á lo que V. quiera. Lo que le ruego es que me crea un hombre leal y franco, y no dude de mi buena voluntad y mejores propósitos. Quiero y puedo hacer mucho en favor de usted. En cambio, aspiro á que oiga V. mis consejos y á que los siga.

Don Carlos oyó al Comendador atentamente y con muestras de respeto y deferencia. Luego le contestó:

--Sr. D. Fadrique, por V. y por ser V. el tío de la señorita Doña Lucía, tan bondadosa y excelente, estoy dispuesto á oir á V. y hasta á obedecerle en cuanto esté de mi parte, sin considerar el provecho que por mi obediencia V. me promete.

--No me he explicado bien --replicó D. Fadrique.--Yo no prometo premios en pago de obediencias: lo que quiero significar es que de seguir V. ciertos consejos míos se ha de alcanzar naturalmente lo que de otra suerte se malogrará acaso, con gran pesar de todos.

--Aclare V. su pensamiento, --dijo D. Carlos.

--Quiero decir --prosiguió D. Fadrique,-- que este modo que tiene V. de enamorar á Clarita no va, días hace, por buen camino. Hasta ahora nadie sospecha en esta pequeña ciudad sus amores de V., gracias á mi sobrina. Como ella estuvo, dos meses há, en Sevilla, donde V. la conoció, y V. ha venido luego aquí, y V. va á su casa de tertulia todas las noches, y habla V. mucho con ella, y no pocas veces en secreto; y como mi sobrina es joven y graciosa y linda, si el amor de tío no me engaña, todos creen que ha venido V. por ella, que V. la enamora, que V. es su novio. ¿Quién había de imaginarse que chica tan mona y en tan verdes años se limitaría á hacer el triste y poco airoso papel de confidenta? Por esto, pues, se desorientan los curiosos, y sus amores de V. siguen secretos; pero Lucía lo paga. Confiese V. que es mucha generosidad.

--Yo... Sr. D. Fadrique...

--No se disculpe V. No hablo de ello para que V. se disculpe, sino para narrar los sucesos como son en sí. En este lugar creen todos que V. ha venido, abandonando á sus padres, su casa y sus estudios, para pretender á Lucía; pero este engaño no puede durar. Imagine V. el alboroto, los chismes, las hablillas á que dará V. ocasión y motivo el día en que se sepa, como no podrá menos de saberse, que V. pretende á Clarita, á quien todos creen ya prometida esposa de D. Casimiro Solís.

-Eso no será nunca mientras yo viva, --exclamó D. Carlos con grandes bríos.

--Tratemos de impedirlo --continuó con calma D. Fadrique.-- Yo le ayudaré á V. cuanto pueda, y repito que algo puedo; pero toda la energía de usted y toda la prudencia que yo emplee serán inútiles si desoye V. mis advertencias y consejos.

--Ya he dicho á V. que deseo seguirlos.

--Pues bien, amigo D. Carlos, es menester que V. se persuada de que Clarita, de cuyo amor hacia V. estoy convencido, está criada con tan santo temor de Dios y con tan grande, y hasta si V. quiere exagerado é irracional respeto á su madre, que por obedecerla, por no darle un disgusto, por no rebelarse, será capaz de casarse con D. Casimiro, aunque se muera de amor por V. al día siguiente de casada, aunque su vestido de boda sea la mortaja con que la entierren.

--Pero si Clara dice á su madre que no ama á D. Casimiro...

--Clara no se atreverá á decirlo.

--Si declara á su madre que me ama...

--Antes morirá que confesar á su madre ese amor.

--Y si tanto miedo tiene á su madre, ¿no podrá huir conmigo?

--No creo que dé jamás tan mal paso. De todos modos, aunque tan mal paso fuese posible, no se debía apelar á él sino apurados antes otros medios más prudentes y juiciosos. Reitero, con todo, mi afirmación. Creo capaz á Clarita de morir de dolor; pero no la creo capaz de prestarse al escándalo de un rapto.

--Entonces ¿qué quiere V. que yo haga?

--Lo primero, volver á Sevilla con sus señores padres, y dejar á Doña Clara tranquila con los suyos.

--Bien se conoce que V. no ama. Á su edad de usted...

--Dale... con la tontería... Caballerito poeta... yo no soy ni viejo ni rabadán... ni me parezco en nada al del idilio. Váyase V. á Sevilla hoy mismo. Salga V. de esta ciudad antes de que Doña Blanca se percate de que hay moros en la costa. Yo velaré aquí por los intereses de V. Y si peligran; si es menester apelar á medios violentos, cuente V. también conmigo... hasta para el rapto. Á poco me aventuro prometiéndoselo á V., porque doy por firme que no se dejará robar Clarita.

--¿Y por qué, para qué he de irme á Sevilla?

--¿Pues no se lo he dicho á V. ya? Porque aquí no hace V. sino perjudicarse, sin gusto y sin ventaja. Estoy seguro de que no logrará V. más que ver á Clara en la iglesia, con más angustia que deleite por parte de la pobre muchacha. Y esto mientras Doña Blanca no descubra nada. El día en que descubra Doña Blanca su juego de V., será para Clarita un día tremendo y V. no volverá á verla. Váyase V., pues, á Sevilla.

--¿Y qué ganaré con irme?

--Que yo trabaje con tranquilidad en favor de V. Usted me estorba para mis planes. Si V. se queda, precipitará la boda de D. Casimiro y hará que se envíe á escape por la licencia á Roma. Si V. se va, no afirmo yo que evitaré la boda de Clara con el viejo rabadán y conseguiré que sea para Mirtilo; pero, ó yo he de valer poco, ó he de lograr que se nos dé tiempo y... quién sabe... Nada prometo. Sólo ruego á V. que se vaya. Váyase V. hoy mismo.

El interés que el Comendador le mostraba, su empeño de que se fuese, la decisión con que se entrometía en sus asuntos, todo chocaba á D. Carlos y le tenía desconfiado y descontento.

El Comendador apuró todas las razones, empleó todos los tonos, pero singularmente el de la súplica; D. Carlos le contestó varias veces de mal humor, y fué menester la prudente superioridad del Comendador para calmar y contener á D. Carlos y evitar que llegase á ofender á quien le aconsejaba y casi le mandaba.

Por último, tanto rogó, prometió y dijo D. Fadrique, que D. Carlos hubo de someterse y salir aquel mismo día para Sevilla, si bien ofreciendo sólo ausencia de poco más de un mes: hasta que llegasen las vacaciones de verano. En cambio, exigió y obtuvo de D. Fadrique que le había de escribir dándole noticias de Clara, y avisándole del menor peligro que hubiese, para volar en seguida donde estaba ella.

Don Carlos, aunque no era tímido ni torpe, no había obtenido jamás que Clara recibiese carta suya, y menos aún que le escribiese. Pero ¿qué mucho, si ni siquiera de palabra Clara le había dado á entender que le amaba? Clara le amaba, sin embargo. Bien sabía el galán que era falso, de puro modesto, aquello de que

... Amistosa y compasiva, Quiere que el zagal viva, Mas amarle no quiere.

Clara le amaba, y á su despecho, contra su voluntad, había declarado su amor; pero sólo con los ojos, por donde se le iba el alma en busca del bizarro y gracioso estudiante, sin que todos sus escrúpulos religiosos v filiales fuesen bastante poderosos para detenerla.

Don Fadrique pudo convencerse, en el largo coloquio que tuvo con D. Carlos, de que su pasión por Clara era verdadera y profunda. Del amor de Clara por el poeta rondeño estaba más convencido aún. Con este doble convencimiento, de que se alegraba, precipitó más la partida de D. Carlos, y antes de mediodía consiguió que saliese del pueblo con dirección á Sevilla.

Don Carlos salió á caballo con un su criado; y D. Fadrique, á caballo también, se unió con él en el ejido, y le acompañó más de una legua, dándole esperanzas y hablándole de sus amores. Al llegar á una encrucijada, D. Fadrique se despidió cariñosamente del joven, y tomó el camino de Villabermeja con el intento de conferenciar con el padre Jacinto.

La sencillez y la modestia de este santo varón no habían dejado ver á D. Fadrique la inmensa importancia que durante su larga ausencia había adquirido.

Como predicador, gozaba el padre de extraordinaria nombradía por toda aquella comarca. Era igualmente celebrado por los tres estilos que tenía de predicar. En el estilo llano ó de homilía encantaba á la gente rústica y ponía la religión y la moral á su alcance, amenizando tan graves lecciones con chistes y jocosidades que un severo crítico condenaría, pero que eran muy del caso para que los zafios campesinos se aficionasen á oirle y se deleitasen oyéndole. En sermones de empeño, en días de gran función, el padre Jacinto era otro hombre: echaba muchos latines, ahuecaba la voz y esmaltaba su discurso de un jardín de flores, de un verdadero matorral de adornos exuberantes, que también gustaban á los discretos y finos de aquellos lugares. Y tenía, por último, el estilo patético de la Semana de Pasión y de la Semana Santa, durante las cuales los sermones, más que hablados, eran en Villabermeja, y siguen siendo aún, cantados, sin que gusten de otra manera. Sermón de Semana Santa, sin lo que llaman allí el _tonillo_, no gusta á nadie ni se tiene por sermón. Cuando en el día va á Villabermeja un cura forastero, tiene que aprender el _tonillo_. En este _tonillo_ fué el padre Jacinto un dechado de perfección, que nadie ha superado hasta ahora. Al oirle, aunque sea reminiscencia gentílica, dicen que se comprendía cómo Cayo Graco se hacía acompañar por un flautista cuando pronunciaba en el Foro sus más apasionadas arengas. El P. Jacinto predicaba también en el Foro, ó dígase en medio de la plaza pública, durante la Semana Santa. Allí se hacían todos los pasos á lo vivo, y el padre los explicaba en el sermón conforme iban ocurriendo. Así, había sermón que duraba tres horas, y siempre sin dejar el tonillo, lo cual no obstaba para que el padre expresase los más varios afectos, como piedad, dolor y cólera. Cuando aparecía el pregonero en el balcón de las Casas Consistoriales y leía la sentencia de muerte contra Jesucristo, ha quedado en la memoria de los bermejinos el furor con que el padre se volvía contra él, gritando:

"Calla, falso, ruin, necio y miserable pregonero, y oirás la voz del Ángel que dice:"

Y entonces salía un ángel muy vistoso por otro balcón de la plaza, y cantaba el inefable misterio de la Redención, empezando:

"Esta es la sentencia que manda cumplir el Eterno Padre..." y lo demás que tantas veces hemos oído los que somos de por allí.

