Stories by English Authors: The Orient (Selected by Scribners)
Chapter 3
Un día, tu padre abandono el templo para dirigirse a las selvas que se extienden al pie de la colina en cuya cumbre esta oculto; de pronto, una nube de polvo blanca e inmensa, que elevándose de la parte de oriente oscurecía la luz del sol, atrajo su curiosidad. >, dice volviéndose a uno de los pérfidos rajás portadores de su escudo y su aljaba.
XII
Este, lanzando a sus compañeros una mirada de inteligencia, respondió al victorioso rey con la sonrisa en los labios: >. Tu padre, después de fijar nuevamente las miradas en aquella nube de polvo que se aproxima, y de la cual brotan centellas de fuego, exclama con voz terrible:
XIII
... XIV
>. Eldi Salek, uno de sus traidores capitanes, por toda respuesta, le hunde en el pecho sus misma espada, de que era portador, y blandiéndola después en los aires en ademán de triunfo, prorrumpe a voces: >
XV
En tanto, el infelice rey, revolcándose en su sangre, intenta en vano llamar a su socorro; la voz se ahoga en su garganta; hace una postrer tentativa para incorporarse, y cae a tierra muerto y con los puños crispados y tendidos hacia las bárbaras huestes, que se adelantan al bélico y rudo compás de sus instrumentos de bronce.
XVI
Los sacerdotes de Vichenú se aperciben de la sorpresa y, subiendo a las altas torres de la pagoda, llenan el ámbito de los aires con los terribles bramidos del caracol sagrado, al que responden en la llanura las bocinas de marfil de los guerreros de tu padre.
XVII
>, exclaman los valientes conquistadores de Cutac, y ninguno sabe decir donde se encuentra el señor de Orisa, que no responde al rumor de la batalla con el grito de guerra.
XVIII
Los enemigos se adelantan, la llanura gime bajo el peso de sus carros y elefantes de guerra y el eco de los lejanos montes repite sus salvajes alaridos. Suena la señal del combate y de la muerte. Los defensores de Vichenú expiran uno a uno al rigor del acero; el templo del dios es presa de las llamas, y con el la naciente ciudad que en sus inmediaciones levanto el rey de Orisa en honor del benéfico genio de Allab-abad.
XIX
Cuando llegó la noche, la expirante llama del incendio, arrojando sus temblorosos círculos de luz y de sombra sobre la llanura, chispeaba en el casco de los valientes que habían sucumbido a los golpes de Schiwen y que yacían entre el polvo cubiertos de sangre y de gloria.
Un hondo silencio reinaba en el que fue teatro de la sangrienta lucha, silencio que solo interrumpía el imponente estruendo de los muros al desplomarse abrasados por las silbadoras llamas, o el ronco grito del chacal que, ofuscado por el ardiente resplandor del fuego, rugía en su cueva, temerosos de lanzarse sobre los cadáveres insepultos.
Los vencedores abandonaron con el día la llanura, donde desde esa época nadie osa poner la planta, temiendo el enojo de Schiwen, que quiso tener en aquellos lugares un templo de ruinas habitado por la soledad y el espanto.
XX
Pulo escucha, sobrecogido de un religioso pavor, la historia del sangriento combate en que su padre perdió la vida, historia que en su paso cantan las bayaderas al son de los címbalos, pero cuya terrible sencillez nunca había arrancado una lagrima tan ardiente a sus ojos cual la que entonces rodó abrasadora sobre su mejilla.
XXI
El cuervo prosigue así:
-¿Ves allá, entre los espesos cañaverales, encenderse una llama ligera y cárdena, que vacila y corre sobre el haz de las fétidas aguas del pantano? Mas lejos, al pie de la colina, donde a la sombra de un bosque sombrío se levanta un grosero sepulcro, formado de piedras tosca e irregulares, ¿ves como se desarrolla el brillante fluido, y vuela sobre la tumba, y se detiene junto a los troncos de los arboles, y se multiplican, subdividiéndose en mil, otras llamas fantásticas, ligeras, y de un azulado resplandor?
XXII
Esos son los espíritus de los valientes que, en defensa del genio que te protege, sucumbieron al golpe de las hachas de Cutac: Dobla en tierra la rodilla, que tu padre va a dejar el seno de la tumba para guiarnos a través de la noche, del pantano y las sombras de los valientes, al sitio en que, cubiertos de musgo y escondidos entre las hierbas altas y silenciosas, hallaremos los restos mortales, única reliquia del ara de Vichenú.
XXIII
Pulo se arrodilla, y del tosco sepulcro del bosque se levanta una llama roja que, lanzándose al vacío, comienza a caminar con dirección al ocaso.
El curvo sigue a la llama, y el príncipe al cuervo. De repente, aquella se detiene sobre la cumbre de la colina en cuya falda duerme el viento de la noche, suspirando entre las hojas de los árboles. El pájaro de la cabeza blanca tiende el vuelo y, cerniéndose en los aires sobre las ruinas de la pagoda, llama con una vos al caudillo; este, maravillado y absorto, sube la suave pendiente que conduce al termino de su peregrinación.
CAPÍTULO SEXTO
I
-Vuelve a tu reino; derrama tus tesoros y trae en tu compañía los artífices mas celebrados que en el encuentres. A la luz del sol durante el día, a la de las antorchas durante la noche, que no se de un minuto de reposo a la ociosidad, fatigando el eco de esos solitarios lugares con el alegre y bullicioso clamor de los trabajadores, a los rudos y sonoros golpes del martillo.
II
Seis años tienes de termino para reedificar la pagoda que llenara al mundo de admiración, y alrededor de cuyas altísimas torres se agrupan las nubes y estallaran las tempestades como en las crestas de las montañas. Sedas hay en Cachemira; oro, en Siam; cedros, en Katay; elefantes en Lahorre, y perlas, en el golfo de Ormuz. Recorre estos países y con sus ofrendas y tus adquisiciones la pagoda de nuestro dios resplandecerá como los astros, flotando moradas de los genios.
-¿Y como deberá representar a Vichenú -interrumpe el príncipe-: en traje de cazador como un emblema de sus atributos, o en la figura que tu tienes, y que fue la suya durante algunos siglos?
El cuervo prosigue:
-Cuando hayas puesto sobre la mas alta de las torres la ultima de las piedras que han de coronarla, de la parte de Oriente, y conducido por las olas, llegara a estas riberas el gigantesco tronco de una árbol desconocido para los mortales. Con las sombras de las noche que sustituye al día en que lo encuentres, llegara a las puertas de tu palacio un peregrino; acógele en tu morada, lávale los pies y siéntalo a tu mesa.
III
Este peregrino te dirá que le pidas alguna cosa en pago de tu hospitalidad; ruégale, en nombre de nuestro común protector, que talle su efigie en el tronco del árbol desconocido. Si accede a tus suplicas, dale los útiles que necesite, señálale una habitación apartada en tu palacio, y cuida de no espiar sus operaciones durante la callada noche con una sola e indiscreta mirada; esta bastaría para que el extranjero desapareciese de tu vista y fueran inútiles cuantos esfuerzos has hecho para adormir tu conciencia y lavar la mancha de sangre de tu manos.
IV
-Tus palabras- exclamo el caudillo- permanecerán grabadas en mi memoria, como el postrer adiós de mi moribunda madre, como el primer juramento de amor de mi adorada Siannah; pero antes de separarnos, quizás para siempre; antes que vuelvas a remontar el vuelo para ocultarte al os ojos de los hombres en la escarpada cumbre de tu roca solitaria, dime, si te es posible o si el secreto de tu existencia puede ser conocido por un miserable mortal: ¿Quien eres tu? ¿Que espíritu divino te alienta? ¿Por que teniendo la inteligencia, no del hombre, de los dioses, permaneces bajo la forma de un ave? ¿Acaso el genio que te favorece no tiene poder bastante para concederte cuanto inspire tu deseo o tu ambición?
V
El ave de la cabeza blanca responde:
- Yo era lo que soy, un cuervo; de esto hará ya de seis mil u ocho mil años. Vichenú, vencido por su antagonista Schiwen, huía de astro en astro, a través de los cielos; después de vagar errante por la inmensidad del vacío, se refugio por ultimo en la tierra. Aun allí le siguió su adversario; ya estaba este próximo a descubrir sus huellas, cuando el genio de la conservación, viéndome en la cima de un aloe, saco la esencia que daba la vida a mi forma y se encarno en esta, burlando así la vigilancia de su rival.
VI
Tres siglos transcurrieron, al cabo de los cuales, volviéndome a mi antiguo ser, el dios preguntome: > > > > > > > Y fui hombre inmortal e infalible; viví en el mundo, regeneré las sociedades, escribí leyes y..., el pago de mis vigilias, de mis afanes y de mi amor fue tal, que pedí volver a ser cuervo, y aunque después de juzgarme en la tumba, los hombres me han hecho justicia, heme aquí que cuervo soy y cuervo seré hasta la consumación de los siglos.
VII
-Pero ¿quién eres o quién fuiste? -pregunta el príncipe al ave, que se aleja batiendo sus alas de azabache.
-Lee una inscripción que he grabado con mi pico en la carcomida del ara y lo sabrás -dice ésta sin detenerse en su vuelo.
Pulo corre al lugar que acaban de indicarle; efectivamente, lee en la musgosa piedra la siguiente leyenda:
>.
CAPÍTULO SÉPTIMO
I
Dos años han transcurrido.
El templo de Jaganata, o señor del mundo, ha vuelto a levantarse sobre sus antiguas ruinas. El mismo día en que se coloco la ultima piedra en la gigante torre de la pagoda, el mar arrojo en las arenas de su orilla el tronco de un árbol, que los bracmines condujeron sobre sus hombros y envolviéndole en un manto de púrpura, a la morada del príncipe. Este, sentado sobre una alfombra de Persia, aguarda impaciente la hora en que el sol descendiendo de su carro de oro, se ocultara tras la encendida faja de luz que borda el horizonte del Océano.
II
La niebla del crepúsculo se levanta del fondo de los silenciosos lagos, y el padre del día se esconde tras las nubes amontonadas en el Occidente, cuando Pulo, que tiene fijos los ojos en la senda que conduce a su palacio y en la cual nadie aparece, exclama, poseído de profundo desaliento:
- El día huye, la noche vence y el peregrino tarda. Por ventura, ¿habré ofendido nuevamente al dios con mi impaciencia? ¡Mi impaciencia! ¡Ah! Cuando de su llegada pende la de su esposa, y de la terminación de su trabajo la conclusión de mis padecimientos y el perdón de mis culpas, ¿es posible que no ansíe apagar el ultimo rayo de luz que brilla en el ocaso, y traer la noche sobre las llanuras, para que con ella llegue el divino mensajero?
III
-Heme aquí.
El príncipe, sobrecogido al escuchar las anteriores palabras, vuelve el rostro y contempla, lleno de gozo y de ansiedad, al que las ha pronunciado. El peregrino, que no era otro el que, tocando ligeramente en la espalda de Pulo, respondió a las ideas que formulaba en su mente, prosiguió de este modo, dirigiéndose al príncipe:
-La noche se adelanta; escrito esta en los sagrados Vedas que el mundo es la patria del piadoso peregrino; las humildes chozas y los maravillosos palacios le deben una plaza en el hogar, en la mesa y en el lecho. Señor de Orisa, ¿querrás darme un asilo en tu morada?
IV
El caudillo responde:
-El esposo, temblando de gozo y de amor, no conduce con tanta alegría y la mujer que ama al lecho nupcial, colgado de púrpura y lino ,como yo te llevare a sentarte en mi hogar, en mi lecho y en mi mesa.
V
El peregrino, conducido por el impaciente señor de Orisa, penetra en el palacio. Las antorchas se encienden, el fuego del hogar se reanima, y sobre dos magníficos schales de cachemir, los bracmines sirven exquisitos manjares en fuentes de oro al huésped enviado por el cielo. Cuando termina el banquete y las copas de ámbar, coloradas con aromáticos licores, circulan en derredor, vertiendo la alegría y la embriaguez, el peregrino se dirige a Pulo, a quien ya comienzan a turbar los vapores del vino y la abrasadora atmósfera del festín.
VI
-Señor de señores -le dice-, tu copa ha sido la mía. ¿Con que podré pagarte la hospitalidad que me has dispensado? Habla; tus deseos serán cumplidos.
El príncipe le ruega, siguiendo las instrucciones de Bracma, que esculpa en el tronco que arrojan las olas la imagen de Vichenú. El peregrino accede, y se le proporcionan los instrumentos que desea y la estancia solitaria y apartada que exige.
VII
La pálida reina de la noche sube, serena, por el ancho cielo, derramando un suave y melancólico esplendor, que se quiebra en chispas de plata sobre las crestas de las ondas.
Todo esta sumergido en el mas profundo silencio cuando el caudillo, despertándose sobresaltado del sueño que a su pesar embarga su espíritu, pasa sus manos sobre su abrasada frente para apartar de ella la bruma de la embriaguez.
VIII
Recuerda cuando había tenido lugar aquella noche en su palacio y, combatido por la curiosidad y la impaciencia, presta atención por ver si en el silencio de la noche percibe los golpes del martillo y el cincel del escultor.
Ni un lejano murmullo turba la majestuosa tranquilidad de las sombras.
IX
>, piensa entre si.
Entonces se traba en su alma una lucha entre la curiosidad y el temor, lucha, que concluye con el triunfo de aquélla. Un genio del mal guía sus pasos a través de la noche, y estos se dirigen, impulsados por una fuerza incontrastable, hacia el lugar en que se encuentra el peregrino.
X
Presta de nuevo atención; nada escucha. ¿Qué hará? ¡Si fuera posible descubrir este arcano!
Diciendo así, el caudillo de las manos rojas separa las colgaduras de seda y oro que cubren la puerta de la habitación que ocupa el misterioso viajero; un rayo que hubiera caído a sus pies no le asombraría tanto como la escena que se presenta sus ojos.
XI
El peregrino ha desaparecido.
En mitad del aposento, y al débil resplandor de una lámpara de alabastro, se ve el informe busto de un horroroso ídolo.
La locura en sus fantásticas creaciones, el sueño en sus angustiosos pesadillas, el insomnio en su delirio abrumador no forjaron nunca una imagen tan repugnante y terrible.
XII
No es su rostro el del genio benéfico que protege al príncipe, ese rostro en cuyas facciones se ven grabadas, en armoniosas líneas y rasgos atrevidos, la noble fiereza, la salvaje y varonil hermosura del dios de las selvas, no; la fisonomía de aquella tosca escultura que, sin concluir aun, se presenta a los ojos del aterrado Pulo, tiene algo de infernal y medroso; de su redonda pupila parece pronto a brotar el rayo y la muerte; su dilata boca esta contraída por una sonrisa feroz; todo el rebela un genio del mal.
Es la imagen de Schiwen, y no la de Vichenú.
La impaciencia ha perdido para siempre al desgraciado caudillo.
XIII
Este, presa de un vértigo y saliendo de su inmovilidad:
-Bracmines -exclama en alta voz-, despertad de vuestro sueño: la esperanza de dicha que aun me restaba se ha desvanecido como el perfume de un lirio que besa el simoún. Schiwen venció en e combate; levantad el ídolo que lo representa; llevadlo al ara sobre vuestros hombros al compás de los himnos de luto y el clamor de las plañideras y de los címbalos; suyo será el templo de su hermano, y con el mi vida.
XIV
Los bracmines y los servidores del príncipe, que han acudido a su llamamiento, se apresuran a ejecutar sus mandatos: las apagadas antorchas vuelven a despedir torrentes de luz; los guerreros hieren sus escudos con el pomo de la espada; las roncas bocinas de marfil ahuyentan el tranquilo sueño de los habitantes de Cutac, y la triste e imponente comitiva que conduce al dios de la muerte y del estrago se dirige a la gigantesca pagoda, del seno de la cual se escuchan levantarse, crecer y morir, temblando en el vacío, medrosos lamentos y horribles carcajadas. Son los genios de la destrucción, que solemnizan su victoria.
XV
El día comienza a despuntar; la luna se desvanece y el mar se colora con la primera luz del alba. El templo resplandece, iluminado en su interior por cien y cien magnificas lámparas de bronce y oro; las blancas nubes que se elevan de los altares difunden la esencia de la mirra y del aloe por los extensos ámbitos de la pagoda; el príncipe ha ceñido la frente con el amarillo schal, emblema del poder soberano, y cubierto con sus más ricas vestiduras, esta de rodillas ante el ara.
Las ceremonias con que los bracmines, invocando la piedad de los genios, han dado posesión al de la muerte del templo de Jaganata, han concluido.
XVI
-¡Sacerdotes, caudillos, siervos! -prorrumpe al fin el señor de Orisa-. ¡La cólera de los dioses esta suspendida sobre mi cabeza como una espada pendiente de un cabello; mis manos, que desde la terrible hora en que subí al solio ningún mortal ha visto desnudas, están manchadas de sangre! Vedlas; esta sangre es la de mi antecesor, la de mi hermano, a quien arranque la vida con la corona. Schiwen, el dios del remordimiento y de la expiación, me exige ojo por ojo, corona por corona, vida por vida. Cúmplase su voluntad. ¡Sacerdotes, caudillos, siervos: rogad por el ultimo de los Dheli, cuya raza va a desaparecer de la tierra!
La multitud, sobrecogida y llena de terror, permanece en silencio. Pulo, volviéndose hacia el altar en que esta colocado el dios, prosigue de este modo, dirigiéndose al informe ídolo, que parece que contare sus labios con una muda e infernal sonrisa.
XVII
-Schiwen, enemigo y extirpador de mi raza, si la sangre puede lavar mis culpas, apartando tu cólera de la frente de Siannah, recíbela como mi ultima ofrenda; pero concédeme, al menos, que antes de partir del mundo la contemple un instante por la postrera vez; que su boca reciba el frío y apagado aliento de la mía; que sus besos cierren mis párpados a la eterna noche de la tumba.
XVIII
La muchedumbre que ocupa las naves del templo tiene fijos sus ojos en el príncipe y arroja un grito de horror.
Pulo se ha atravesado con su espada, y el caliente borbotón de sangre que brota de su herida salto humeando al rostro del genio.
En aquel instante, una mujer atraviesa el atrio de la pagoda y se adelanta hasta el recinto en que se eleva el ara de Schiwen.
-¡Siannah! -murmura el príncipe, reconociéndola-. Siannah, al fin te veo antes de morir -y expira.
XIX
Siannah, la perla de Ormuz, la violeta de Orisa, el símbolo de la hermosura y del amor, la que formo Bermach en un delirio de placer, combinando la gentileza de las palmas de Nepaul, la flexibilidad de los juncos del Ganges, la esmeralda de los ojos de una schiva, la luz de un diamante de Golconda, la armonía de una noche de verano y la esencia de un lirio salvaje del Himalaya; Siannah, la hermosa entre las hermosas, siguió a Pulo a través de su peregrinación en esas regiones desconocidas de las que ningún viajero vuelve.
Siannah fue la primera viuda indiana que se arrojó al fuego con el cadáver de su esposo.
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