Stories by English Authors: The Orient (Selected by Scribners)

Chapter 2

Chapter 24,259 wordsPublic domain

-¡Proseguir, cuando el sol abrasa las arenas! esperemos a que la brisa de la tarde se levante del golfo y la luz comience a palidecer.

-Esperemos-murmura Siannah-; pero, entre tanto aparta tus ojos de los míos, vuélvelos al cielo o duerme; más no me los claves en el alma.

XIII

-Bien dices. Mis ojos en los tuyos deben amor, y nuestro amor, casto y puro otras veces, ahora es un crimen. Si, es necesario que no te vea...Siannah voy a dormir. Cántame algún himno de nuestra patria, arrulla mi sueño como una madre, ya que no como una esposa.

La beldad de las trenzas de ébano canta:

I

¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen sed, y la sed de las espadas se templa con sangre.

Un torrente de fuego desciende del Jabwi. Esas centellas que brillan entre la nube de polvo que levantan son los hierros de nuestros enemigos.

Traedme el escudo reforzado con las siete pieles de búfalo y rodead a mi casco al schal amarillo, para que no me desconozcan en la confusión de la pelea.

¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen sed y la sed de las espadas se templa con sangre.

II

Allá van, semejantes a ....

Al llegar aquí, Pulo se incorpora y Siannah se detiene en su canto.

-¿Por que -exclama el príncipe- no escucho ahora las canciones de mi patria con el placer de otras veces? ¿Será que ya no alienta en mi pecho el corazón de un Dheli, o acaso que los himnos de guerra no se han hecho para que los recite una hermosa?

XIV

-Entona un canto de amor, uno de aquellos himnos que al son de los címbalos alzan las virgenes cuando conducen a una joven esposa al pie de las aras.

-¡Pulo!...

-Canta, no temas; yo dormiré tranquilo, arrullado por el eco de tu voz, el suspiro de la brisa y la música de las aguas.

Siannah canta. Su voz tiembla y su pecho se eleva acompasadamente, como una ola que se hincha coronada de espuma.

LA VUELTA DEL COMBATE Canción

I

El combate ha terminado con el día, y el caudillo esta ya en presencia de su adorada.

LA VIRGEN.- Caudillo, reclina tu frente sobre mi seno, que quiero beber en ella el sudor y el polvo de la gloria.

EL CAUDILLO.- Virgen, apoya tus labios sobre los míos, que quiero beber en ellos la muerte en una copa de rubí.

II

LA VIRGEN.- ¡Alma de la creación! ¡Hijo de Bermach! ¡Genio de las setenta alas! ¡Amor, divino amor! Desciende en brazos del misterio de la noche a coronar con tu aureola a los que arden en tu llama.

EL CAUDILLO.- ¡Espíritu invisible! ¡Aliento del alma generosa! ¡Esperanza del guerrero! ¡Amor, ardiente amor! Abandona un instante el alcázar de los dioses para poner una guirnalda de rosa sobre la corona de laurel del caudillo.

LA VIRGEN.- Caudillo, reclina tu frente sobre mi seno, que quiero beber en ella el sudor y el polvo de la gloria.

EL CAUDILLO.- Virgen, apoya tus labios sobre los míos que quiero beber en ellos la muerte en una copa de rubí.

III

LA VIRGEN.- Tu aliento humea y abrasa como el aliento de un volcán. Tu mano que busca la mía, tiembla como la hoja en el árbol. La sangre se agolpa a mi corazón, rebosa en el y enciende mis mejillas. Un velo de sombras cae sobre mis párpados. Todo se borra y se confunde ante mis ojos, que no ven mas que el fuego que arde en los tuyos. Caudillo, ¿Que espíritu invisible llena el aire de melodiosos acordes y me estremecen a su contacto?

EL CAUDILLO.- Virgen, es el amor que pasa.

IV

El canto de Siannah expira, y con el, suave y armonioso el rumor de un beso.

¿Que son los vanos castillos que eleva la voluntad del hombre para combatir las funestas armas de que se vale la fatalidad ? Montes de arena que, como los de la gran llanura de Nepaul, asombran al viajero y un soplo del huracán los arrebata.

CAPÍTULO CUARTO

I

-Hijo mío -dice Schiwen al Sueño -, baja a la tierra y sé el mensajero de mis iras.

El sueño, hijo de la tumba, levanta a esta voz la frente, entreabre los soñolientos ojos y agita sus noventa manos, en cada una de las cuales tiene una copa llena hasta los bordes de un licor soporífero.

-¿Que me quieres, realidad de mi símbolo, padre que me diste el ser para que sirviera de eslabón invisible entre lo finito y lo infinito, entre el mundo de los hombres y el de las almas, sirviendo para bajar las potencias del cielo y elevar las de la tierra hasta que se toquen en el vacío, que es el lugar de mi soberanía?

II

Schiwen continua de este modo, dirigiéndose a su imagen:

-Hace algunos momentos pensaba en llevar a cabo la destrucción del príncipe que usurpo un día el cetro de la muerte; mas en vano buscaba la ocasión de herirle; en vano, porque Vichenú, mi orgulloso antagonista, le defendía bajo el inmenso escudo que oculta los hombres a mis ojos cuando estos se encienden en cólera y arrojan rayos que arden y matan. De repente oí un zumbido a ni alrededor. Torne el rostro. Un mundo nuevo, un joven planeta, se adelantaba hacia mi, trazando su circulo en el vacío, fascinado e inocente como el ave atraída por el boa.

III

De su seno brotaba un raudal de armonías que llevaban el vacío, dilatándose en el como los círculos en un lago donde se arroja una piedra. Envuelto en un fluido ardiente y luminoso, rodando entre mares de colores y sonidos, su alegría y su gloria aprecian insultar mi terrible poder. Levante la mano. El aire de esta, desquiciándolo de sus órbitas, lo ha herido de muerte. Incorpórate y tiende los ojos sobre las inmensas llanuras del cielo: veras a Vichenú, que corre en pos de él para arrancarle a la inmensa tumba de los astros, volviéndole a la vida...

IV

He aquí el momento oportuno para mi venganza. El príncipe falto a su promesa y ahora esta abandonado por mi funesto enemigo. Refresca su ardorosa frente con tus alas y aguarda la ocasión propicia para derramar sobre sus párpados un sueño precursor del sepulcro, un sueño de agonía y ansiedad, de esos que ciñen la garganta con sus manos de acero y pesan sobre el corazón como una montaña de plomo.

V

El sueño tiende las alas de tul y abandona la selva donde vive, en un alcázar de ébano escondido entre la flotante sombra de aloes.

El Silencio lo precede, y sus hechuras le siguen en grupos fantásticos. Estos se agitan y confunden entre si, dando ser a nuevas y rápidas metamorfosis, locos delirios, embriones de confusas ideas, semejantes a las que produce en mitad de la fiebre una imaginación débil y sobreexcitada.

VI

La silenciosa caravana llega a las orillas del Ganges y al lugar en que el príncipe descansa. Este experimenta, primero, una languidez voluptuosa; después, un entorpecimiento general, y, por ultimo, sus párpados caen con el peso del plomo sobre sus pupilas, como una losa fúnebre sobre un sepulcro. El sueño ha vertido sobre ellos una gota de licor que contiene un misterioso vaso de ópalo.

VII

Cuando la materia duerme, el espíritu vela. En tanto que el cuerpo del caudillo permanece inmóvil y sumergido en un letargo profundo, su lama se reviste de una forma imaginaria y huye de los lazos que le aprisionan para lanzarse al éter; allí le esperan las creaciones del Sueño, que le fingen un mundo poblado de seres animados con la vida de la idea, visión magnifica, profética y real en su fondo, vana solo en la forma. Oíd, según la tradición conserva, la visión del caudillo.

VIII

La noche es oscura. El viento muge y silba, sacudiendo las gigantes ramas del boabad de las selvas. Los genios blanden sus cárdenas espadas de fuego sobre las nubes, en que se les ve pasar cabalgando. El trueno retumba, dilatándose de eco en eco en los abismos de las cordilleras. La lluvia azota el penacho de las palmas, y confundiéndose con los sordos mugidos de la tormenta, el prolongado lamento del vendaval y el temeroso murmullo de las hojas del bosque, se escucha por intervalos un rugido lejano, ronco y estridente, que parece formarse en la cavidad de un pecho en bronce.

IX

Un bracmin, al atravesar en tal noche y a tal hora aquella selva, no hubiera podido menos de dirigir sus plegarias al dios destructor, cuyo triunfo parecía acercarse, equivocando aquellos quejidos de la naturaleza con las profecías de los blancos fantasmas de sus antepasados, que rompían el secreto del sepulcro para enseñarle el camino de la muerte.

X

De cuantos guerreros se rodean el schal amarillo a la cintura en las fiestas y a la rente en el combate, solo el caudillo de Orisa tendría el valor necesario para arriesgarse en sus agrestes y enmarañados senderos con una noche tan terrible.

XI

Pulo se adelanta, con el arco tendido, la flecha pronta y el puñal entre los dientes; Siannah le sigue, pálida la color, el cabello erizado y el paso temeroso.

-¿Oyes -dice al príncipe-, oyes esa voz que resuena en la espesura? -Es el viento, que azota los palmares -responde el caudillo, lanzando, a pesar suyo, una mirada escudriñadora a través de los añosísimos troncos de aloes que bordan las lindes del sendero.

XII

Los esposos prosiguen caminando, y la tempestad haciéndose cada vez más terrible.

-¿Oyes ese rumor que se eleva por grados a nuestra espalda? -interrumpe de nuevo la hermosa.

-Es la lluvia, que agita las lianas -añade el príncipe, armando la flecha y cubriendo a Siannah con su cuerpo,

-¿Oyes? -vuelve esta a interrumpir-. Alguien respira alrededor nuestro.

-Échate en tierra -grita Pulo de repente-. El tigre va a saltar sobre nosotros.

XIII

Dos llamas fosfóricas brillan en la oscuridad.

La flecha del príncipe parte. A su áspero silbar responde un mugido ahogado y profundo. El tigre salta. Pulo arroja el arco, se cubre con el escudo de pieles, dobla una rodilla, esconde el rostro y lo espera con el puñal en la diestra. Siannah esta desmayada y oculta con el manto del guerrero, a cuyos pies yace.

XIV

La lucha se traba. Pulo hunde una y cien veces su puñal en el pecho y el vientre del tigre, que en su agonía pugna aun por lanzarse sobre su adversario. Este, cubierto con el escudo, ha podido evitar su ataque merced a esa ligereza y sangre fría patrimonio de los hombres avezados a los peligros y a la muerte. Pero ya la temible fiera ha lanzado el ultimo y ronco estertor revolcándose entre el polvo y la sangre que brota de sus heridas cuando el príncipe levanta los ojos al cielo, sorprendido por un extraño fenómeno.

XV

La lluvia ha cesado. El huracán y el trueno han enmudecido. Al brillante y súbito resplandor de los relámpagos sucede una claridad tenue y azulada, una luz indecisa, semejante al primer albor de un día sin sol y sin aurora. Las aves, que se habían guarecido de la tempestad bajo los pabellones de verdura de la selva, llenas de gozo a su vista, quieren alzar el vuelo y entonar su canto; pero la voz se ahoga en su garganta y caen a tierra heridas de muerte por una mano invisible. Los gigantescos arboles se agitan y, retorciéndose como a impulsos de una horrorosa convulsión, comienzan a alfombrar el suelo con las pálidas hojas que desprenden de sus ramas, como se desprenden los cabellos de la cabeza de un anciano. Las verdes lianas que se mecieran al soplo del viento, suspendidas en el tronco de los antiguos reyes del bosque, pierden el color y la frescura, arrugándose sus tersas flores como un pergamino que se acerca al fuego. Diríase, al contemplar este asombros espectáculo, que un tósigo mortal, circulando en el aire o levantándose en imperceptibles efluvios de las entrañas de la tierra, había envenenado la atmósfera, y con ella el mundo.

XVI

El caudillo, lleno de estupor, vuelve en torno suyo la mirada. Por todas partes le persiguen aquellas imágenes desoladoras; pero lo que más asombro le causa es el ver el sangriento cadáver del tigre estremecerse, y poco a poco, perdiendo sus primitivas formas, ir tomando, merced a una inconcebible transformación, las de una serpiente.

-Ya no me queda ningún genero de duda -exclama-.Schiwen desea mi muerte. Reconozco en ese reptil al ministro de su cólera. ¡Oh! ¡Que yo no fuera un dios para luchar con los dioses!... Mas no importa; mortal miserable como soy, venderé cara mi vida.

XVII

El temible reptil crece con una rapidez prodigiosa. Su longitud es ya treinta veces mayor que la del boa secular, que se despierta de dos en dos lunas sobre las márgenes del Sitpuri. Sus ojos redondos, fijos y fascinadores, están clavados en los del caudillo. Este, presa de un vértigo y con ese arrojo sin limites que presta la desesperación en sus momentos supremos, arroja lejos de si el tresdoblado escudo, inútil para aquel combate, y desnuda por segunda vez su puñal.

XVIII

La gigantesca serpiente comienza a replegarse sobre si misma, lanzando un silbo áspero y agudo. El príncipe, sin aguardar a que le acometa, se arroja a su cuello, tan grueso como el de una palma colosal, y hace esfuerzos inauditos por herirla. ¡Imposible! Las aceleradas escamas que la cubren y defienden son impenetrables como la concha de las tortugas de Jawkior.

Ya el reptil, aprisionándolo entre sus anillos de bronce, lo estrecha y comienza a ahogarle; ya el puñal se ha escapado de sus manos desfallecidas y el velo de la muerte se extiende ante sus ojos, cuando una flecha disparada de las nubes baja silbando y traspasa los de la serpiente.

XIX

Un furor terrible se apodera de esta, que desasiéndose del ya casi inanimado cuerpo de Pulo, busca a ciegas a su celeste enemigo.

La punta de diamante de una segunda flecha pone fin a su agonía con la muerte.

El caudillo, recobrado de su estupor, puede entonces contemplar, no sin sentirse sobrecogido de una emoción profunda de gratitud y respeto, al que es deudor de la vida.

Vichenú, cubiertas las espaldas con un manto de pieles, el arco tendido aun y el carcaj de las flechas de diamante sobre el hombro, esta a su lado, de pie. La frente del dios toca a las nubes, y su sombra es inmensa, como la que arroja el Himalaya sobre las llanuras al ocultarse el sol en los confines del Océano.

XX

-¡Caudillo! -exclama el antagonista de Schiwen con acento airado-. ¿Para que subiste a la sagrada gruta del Jabwi? ¿Para que interrogaste a las limpias aguas de su manantial, si las revelaciones celestes han sido inútiles, si al cabo habías de romper tu juramento, como se rompe la flecha sobre la rodilla en prenda de paz entre los enemigos?

Pulo enmudece. El rubor de su falta colora sus bronceadas mejillas y ahoga su voz. Vichenú continua de este modo.

-Inmensa como la imprevisión de los hombres de la bondad del cielo. He aquí por que me he apiadado de tus culpas. inútil es ya que busques las fuentes del Ganges. Cada grano de arena que cae en la medida de la culpa debe añadirse a la del castigo. El que te impulso al solitario de Jabwi es ya insuficiente para lavar tu alma.

XXI

-Si un solo momento de olvido desvaneció como el humo cuanto había logrado merecer con mi arrepentimiento, ¿que haré para lavar mi culpa? -exclamaba el príncipe.

-Levántate -prosigue el dios-, toma tu arco, descálzate las sandalias y, abandonando las orillas del Ganges, vuelve sobre tus pasos hasta llegar a Cutac. Entre las arenas de sus costas duerme, en el seno del olvido, un templo que en mi honor levantara un día tu glorioso antecesor, cuando, protegido por mi escudo, llevo hasta allí sus huestes invencibles. Sobre los peñascos en que se estrellan las encrespadas olas tiene su nido un cuervo. Sube a preguntarle el lugar en que el templo se oculta. Este lo conocerás por los fuegos que durante la noche voltean sobre sus ruinas, y a aquel, por su cabeza blanca.

XXII

Vichenú desaparece. Los arboles recobran su lozanía, la liana su verdura, los pájaros su voz, y a la indecisa y cárdena luz del cielo sucede el tranquilo y suave esplendor de una noche estrellada y llena de armonía, perfumes, suspiros y cantares.

El príncipe se incorpora y corre al lugar en que Siannah permanece desmayada y oculta bajo los pliegues del manto de su esposo. Levanta este, y de sus labios se escapa un grito de sorpresa y ansiedad.

Siannah no esta allí. Siannah ha desaparecido.

XXIII

En aquel punto, el Sueño tiende las alas y abandona al príncipe. Este, convulso y pálido aun, despierta de su pesadilla, busca a su esposa, en cuyo seno se había dormido, y no la encuentra.

El sol, recostado en un lecho de púrpura y de oro, como un rajá en su alfombra de colores, lanza a la tierra el ultimo rayo de sus entreabiertos ojos. La naturaleza comienza a despertarse de su sueño del mediodía. Las brisas de las tarde, impregnadas en murmullos y perfumes, juguetean con el cáliz de las flores, que se abren a sus besos. Las aguas del Ganges, copiando en sus linfas transparentes la vigorosa vegetación de sus riberas, alzan un himno melancólico, al que se unen las aladas y suaves notas de los pájaros, que despiden el día con un dulcísimo y triste adiós.

XXIV

-Siannah -dice el caudillo con voz ahogada por el llanto-, Siannah, esposa mía, ¿donde estas que no me oyes? Siannah, inseparable compañera de mi dolor y no infortunio, ¿quien te arranco de mi lado para robarme la única felicidad que me restaba en la tierra? ¡Oh! Vuelve, vuelve, hermosa mía; sin ti mi vida será una noche sin aurora, un llanto sin lagrimas.

XXV

Sólo el eco responde al enamorado Pulo que, presa de un loco frenesí, corre de nuevo a las orillas del Ganges, busca en la arena la huella de su esposa y vuelve a llamarla por su nombre cien y cien veces; todo es inútil. La noche borra del cielo los colores, y las nubes, las estrellas, mudos testigos de los pesares y la felicidad de los amantes, aparecen unas tras otras rodeadas de un ligero cendal de bruma, y Siannah no aparece.

XXVI

-Insensato -dice una voz que resuena en el viento, sin que se vea la boca de donde parte-, ¿que vas a hacer?

El caudillo, que ha desnudado el puñal para asestarlo contra su pecho, se detiene sobrecogido y escucha estas palabras:

-Si mueres, nunca la tornaras a ver; si conservas tu vida y cumples cuanto te he dicho, la mancha de sangre de tus años desaparecerá para siempre y encontrarás de nuevo a tu esposa.

Los sueños son el espíritu de la realidad con las formas de la mentira: los dioses descienden en el hasta los mortales, y sus visiones son paginas del porvenir o recuerdos del pasado.

La voz que detiene al príncipe es la de Vichenú, que se le había aparecido en sueños.

CAPÍTULO QUINTO

I

El príncipe, después de un año de peregrinación, llega al fin al termino señalado por el genio. Este, durante las jornadas, fijos los ojos sobre su protegido, ha velado día y noche por su vida hasta dejarlo en Cutac.

II

La aurora rasga el velo de la noche; de sus trenzas de oro se desprende el rocío en una lluvia de perlas sobre las colinas y las llanuras; los horizontes del mar se encienden, y las crestas de sus olas brillan como las escamas de la armadura de un guerrero en un día de combate; de las flores, húmedas aun con las lagrimas del crepúsculo, se eleva el cielo una columna de aromas en emanaciones, perfumadas emanaciones que los genios, cruzando sobre las nubes celestes y ambarinas, recogen con las matinales plegarias de los bracmines para depositarlas a los pies de Bermach, autor de la maravillosa maquina de los mundos.

III

Pulo se ha sentado sobre una de las rocas que erizan en aquella parte del reino de Cutac las extensas playas del Océano. Su pensamiento esta dividido entre su esposa y su conciencia.

- Ya se aproxima -dice- la hora del perdón; unos esfuerzos mas, y me hallo en presencia del ave misteriosa que Vichenú ha escogido para interprete de sus designios. ¡Dios, que conservas cuanto existe, apartando las tempestades y la muerte de la cabeza de los hombres, no interpongas tu poder entre mi corazón y la flecha de los guerreros, entre mi vida y las garras del tigre o los anillos del boa gigante; pero defiéndeme contra mi mismo, arráncame el amor y la conciencia, cuyos golpes matan sin que se vea la mano que los dirige!

IV

El sol se va levantando pausadamente, del seno del mar y remontándose por la cumbre del firmamento. El caudillo, después de lavarse por siete veces las manos y los sangrientos pies, recitando algunas oraciones misteriosas, emprende una difícil ascensión para llegar a la cima de las colosales rocas, cuya frente han ennegrecido los rayos y las tempestades, cuyas plantas besan o azotan las hirvientes olas del Océano.

V

Después de trepar por espacio de una hora, asiéndose a los arbustos y malezas que crecen en las aberturas de las peñas, el príncipe consigue, al fin, encontrarse n la cumbre del promontorio.

En una de las rocas de granito que coronan su cúspide hay una hendidura, y en el fondo de ésta le parece distinguir las formas confusas de un ave, que fija en los suyos dos ojos que brillan en la oscuridad con una luz fantástica.

VI

- Ave de los dioses -prorrumpe Pulo, cayendo de rodillas ante el aéreo nido del cuervo de la cabeza blanca-, ave misteriosa bajo cuyo negro plumaje vivió por espacio de tres siglos el poderoso Vichenú, logrando con este ardid evitar la muerte que el dios de la destrucción le aprestaba: heme aquí esperando tus palabras, como los tulipanes agostados por el fuego del día esperan las gotas del rocío de la noche.

VII

El cuervo, abandonando su guarida, se abate sobre una de las enhiestas rocas y después de agitar sus alas por tres veces, dice así al caudillo, que lo escucha en silencio y con la frente humillada en el polvo:

- Señor de Orisa, poderoso descendiente de los Dheli, conquistadores de la India y protegidos de Vichenú: sé lo que vienes a preguntarme; así , es inútil que me lo refieras. El templo que buscas se halla lejos de este lugar; sigue mis pasos y te mostrare el sitio en que se empezaran las excavaciones.

VIII

El cuervo de la cabeza blanca se remonta en los aires, dejándose caer al pie de promontorio, donde espera que baje el caudillo. Cuando este toca al término de su descensión, el ave misteriosa emprende la marcha, caminando a saltos pequeños y sin abandonar la costa en que viene a romperse el oleaje de crestas de oro.

Prosiguen durante todo el día sin abandonar la rivera, blanqueada por la espuma, y cuando ya el sol desciende al seno de las ondas, rodeado de espesos y rojos celajes, el alado guía se aparta de las playas, internándose tierra adentro, a través de un pantano cenagoso y cubierto de juncos verdes y altísimos.

IX

Las nubes, amontonándose en el Occidente, envuelven el cadáver del sol en un sudario de brumas antes que descienda a su sepulcro.

La noche se adelanta; una noche sin astros y sin transparencia; la brisa murmura la oración de los muertos, sollozando melancólica entre los espesos juncos; el perfume de las flores que se abren en la sombra vaga en el espacio; el grito del chakal y el silbo de las aves nocturnas resuenan confundiéndose con esos rumores siniestros y misteriosos que nacen, tiemblan y se dilatan en el seno de la oscuridad, sin que podamos decir quien los produce.

-Ave inmortal -exclama Pulo, deteniéndose en su camino-, he aquí que la noche se ha apoderado de la tierra y que en balde procuro seguirte, pues la sombra te ha robado a mi vista.

El grito del chakal se oye cada vez más próximo; tu sabes que no le temo; más estoy sin armas y, por lo tanto, inhábil para defenderme de sus traidores ataques.

Volvamos atrás y esperemos al día para proseguir nuestra jornada. Temerario valor juzgo el de aquel que arriesga su vida contra enemigos que no puede exterminar o vencer; si al menos la luna brillara en el cielo, su luz me guiaría a través de este pantano, donde a cada paso que doy temo encontrar la muerte, sepultándome en sus aguas cenagosas e inmóviles.

X

-No temas -responde el cuervo-; el dios que nos envía cuidara de nosotros desde su elevación. He aquí la manera de salir con bien de este peligro: las llanuras que vamos a atravesar presenciaron la derrota de tu padre. Schiwen, celoso del culto que este rendía en el templo a que nos dirigimos al genio que te protege, reunió en su daño a los guerreros de Cutac y de Lahorre, que, ardiendo en sed de venganza contra su vencedor, se juntaron entre las sombras de la noche, para afilar las espadas que habían de herir a los predilectos de Vichenú.

XI