Autobiography of Seventy Years, Vol. 1-2
Chapter 3
A los gritos de don Marcos, y maullidos del gato, viéndole dar bramidos y saltos por la calle, respeto de estarse abrasando, acudió gente, y entre ellos la Justicia, y llamando entraron y hallaron a Marcela y a su amante, procurando a poder de agua, volver en sí al desmayado, lo cual fue imposible hasta la mañana. Informóse del caso el Alguacil, y no satisfaciéndose, aunque le dixeron el enredo, echando sobre la cama del encantador a don Marcos, que parecía muerto, y dexando con él y Marcela dos guardas, por no saberle nadie otra posada, llevaron a la cárcel al embustero y su criado, que hallaron en la despensilla, dexándolos con un par de grillos a cada uno, a título de hombre muerto en su casa. Dieron a la mañana noticia a los señores alcaldes deste caso, los cuales mandaron salir a visita los dos presos, y que fuesen por Marcela, y viesen si el hombre había vuelto en sí o se había muerto. A este tiempo don Marcos había vuelto en sí y sabía de Marcela el estado de sus cosas, y se confirmaba por el hombre más cobarde del mundo. Llevólos el Alguacil a la sala, y, preguntado por los señores deste caso, dixo la verdad, conforme lo que sabía, trayendo a juicio el suceso de su casamiento, y cómo aquella moza le había traído a aquella casa, donde le dixo que le dirían los que llevaban su hacienda dónde los hallaría, y que él no sabía más, de que, después de largos conjuros que aquel hombre había hecho leyendo en un libro que tenía, había salido por un agujero un demonio tan feo y tan terrible, que no había bastado su ánimo a escuchar lo que decía entre dientes y los grandes aullidos que iba dando; y que no sólo esto, más que había embestido con él, y puéstole como vían, más que él no sabía qué se hizo, porque se le cubrió el corazón, sin volver en sí hasta la mañana.
Admirados estaban los alcaldes, hasta que el encantador los desencantó, contándoles todo el caso como se ha dicho, confirmando lo mismo el mozo y Marcela, y el gato que truxeron de la calle, donde estaba abrasado y muerto. Y trayendo también dos o tres libros que en su casa tenían, dixeron a don Marcos conociese cuál dellos era el de los conjuros. Él tomó el mismo, y lo dio a los señores alcaldes, y abierto vieron que era el de Amadís de Gaula, que por lo viejo y letras antiguas había pasado por libro de encantos; con lo que, enterados del caso, fue tanta la risa de todos, que en gran espacio no se sosegó la sala, estando don Marcos tan corrido, que quiso mil veces matar al encantador y luego hacer lo mismo de sí, y más cuando los Alcaldes le dixeron que no se creyese de ligero ni se dexase engañar a cada paso. Y así, los enviaron a todos con Dios, saliendo tal el miserable que no parecía el que antes era, sino un loco, tantos suspiros y extremos, que daba lástima a los que le vían. Fuese a casa de su amo, donde halló un cartero que le buscaba, con una carta con un real de porte, que abierta vio que decía desta manera: «A don Marcos Miseria, salud: Hombre que por ahorrar no come, hurtando a su cuerpo el sustento necesario, y por interés de dineros de casa, sin más información que si hay hacienda, bien merece el castigo que vuestra merced tiene, y el que se le espera andando el tiempo. Vuestra merced, señor, no comiendo sino como hasta aquí, ni tratando con más ventajas que siempre hizo a sus criados, y como ya sabe la media libra de vaca, un cuarto de pan, y otros dos de ración al que sirve y limpia la estrecha vasija en que hace sus necesidades vuelva a juntar otros seis mil ducados, y luego me avise, que vo vendré de mil amores a hacer con vuestra merced vida maridable, que bien lo merece marido tan aprovechado. Doña Isidora Venganza»
Fue tanta la pasión que don Marcos recibió con esta carta, que le dio una calentura acidental, de tal suerte que en pocos días acabó los suyos miserablemente. A doña Isidora, estando en Barcelona aguardando galeras en qué embarcarse para Nápoles, una noche, don Agustín y su Inés la dexaron durmiendo, y con los seis mil ducados de don Marcos, y todo lo demás que tenían, se embarcaron. Y llegados a Nápoles, él sentó plaza de soldado, y la hermosa Inés, puesta en paños mayores, se hizo dama cortesana, sustentando con este oficio en galas y regalos a su don Agustín. Doña Isidora se volvió a Madrid, donde, renunciando el moño y las galas, anda pidiendo limosna, cual me contó más por entero esta maravilla, y yo me determiné a escribirla, para que vean los miserables el fin que tuvo éste, y no hagan lo mismo, escarmentando en cabeza ajena.
Con grandísimo gusto oyeron todos la maravilla que don Álvaro dixo, viendo castigado a don Marcos. Y viendo que don Alonso se prevenía para la suya, trocando su asiento con Álvaro, hizo don Juan señas a los músicos, los cuales cantaron así:
No sé si temeroso don Juan de la indignación de Lisis, quiso con este segundo romance disculparse de los agravios que le hacía en el primero, aunque a costa de los enojos de Lisarda, que enfadada déste, cuanto gloriosa del otro, le mostró en un gracioso ceño con que miró a don Juan, de lo que el falso amante se holgaba, porque a no ser así, tratara con más secreto y cordura esta voluntad, y no tan al descubierto, que él mismo se preciaba de amante de Lisarda, y mal correspondiente de Lisis. La cual, ya cansada de batallar con tantos desengaños y sinrazones, se determinó, pasada la fiesta de aquellas alegres noches, por no estorbar el gusto que todas sus amigas tenían en ellas, supuesto que don Juan, de día y de noche, mañana y tarde, estaba en casa de Lisarda, decirle que excusase la venida a la suya, pues sus visitas no servían más que de amontonar tibiezas y pesares sobre pesares; y asimismo, si don Diego se determinase a ser su esposo, cerrar los ojos a los demás devaneos. Del mismo parecer estaba don Diego, que no aguardaba sino el fin de la fiesta para dar principio a su pretensión, pues don Juan estaba (aunque de otro parecer) aguardando lo mismo, agraviado de que don Diego tuviese puesto sus pensamientos en Lisis, sabiendo que era prenda un tiempo de su cuidado, si bien ya de su olvido.
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