Autobiography of Seventy Years, Vol. 1-2
Chapter 2
Empezó Marcela a decir: «¿Qué te parece, Inés, a lo que nos ha traído la fortuna, pues de acostarnos a las tres y a las cuatro, oyendo músicas y requiebros, ya en la puerta de la calle, ya en las ventanas, rodando el dinero en nuestra casa, como en otras la arena, hemos venido a ver a las once cerradas las puertas y casi clavadas las ventanas, sin que haya atrevimiento en nosotras para abrirlas?» «Mal año abrirlas -dixo Inés- Dios es mi señor, que tiene trazas nuestro amo de echarles siete candados, como a la cueva de Toledo. Ya, hermana, esas fiestas que dices se acabaron, no hay sino echarnos dos hábitos, pues mi ama ha querido esto, que poca necesidad tenía de haberse casado, pues no le faltaba nada, y no ponernos a todas en esta vida, que no sé cómo no la ha enternecido ver al señor don Agustín cómo ha estado esta noche, que para mí esta higa, si no es la pena de verla casada el acidente que tiene: y no me espanto, que está enseñado a holgarse y regalarse, y viéndose ahora enxaulado como sirguerillo, claro está que lo ha de sentir como yo lo siento, que malos años para mí, si no me pudieran ahogar con una hebra de seda cendalí» «Aún tú, Inés -replicó Marcela-, sales fuera por todo lo que es menester, no tienes que llorar, mas triste de quien por llevar adelante este mal afortunado nombre de doncella, ya que en lo demás haya tanto engaño, ha de estar sufriendo todos los infortunios de un celoso, que las hormiguillas le parecen gigantes, mas yo lo remediaré, supuesto que por mis habilidades no me ha de faltar la comida. Mala Pascua para el señor don Marcos, si yo tal sufriere» «Yo Marcela -dijo Inés- será fuerza que sufra, porque si te he de confesar verdad, don Agustín es las cosas que más quiero, si bien hasta ahora mi ama no me ha dado lugar de decirle nada, aunque conozco dél que no me mira mal, mas de aquí adelante será otra cosa, que al fin habrá de dar más tiempo acudiendo a su marido.»
En esta plática estaban las criadas; y era el caso, que el señor don Agustín era galán de doña Isidora, y por comer, vestir y gastar a título de sobrino, no sólo llevaba la carga de la vieja, mas otras muchas, como eran las conversaciones de damas y galanes, juegos, bailes y otras cosillas de este jaez; y así pensaba sufrir la del marido, aunque la mala costumbre de dormir acompañado le tenía aquella noche con alguna pasión; pues como Inés le quería, dixo que quería ir a ver si había menester algo, mientras se desnudaba Marcela, y fue tan buena su suerte, que como Agustín era muchacho, tenía miedo, y así le dixo: «Por tu vida, Inés, que te acuestes aquí conmigo, porque estoy con el mayor asombro del mundo; y si estoy solo, en toda la noche podré sosegar de temor». Era piadosísima Inés, y túvole tanta lástima que al punto le obedeció, dándole las gracias de mandarla cosas de su gusto. Llegóse la mañana, martes al fin, y temiendo Inés que su señora se levantase y la cogiese con el hurto en las manos, se levantó más temprano que otras veces, y fue a contar a su amiga sus venturas. Y como no hallase a Marcela en su aposento, fue a buscarla por toda la casa, y llegando a una puertecilla falsa que estaba en un corral, algo a trasmano, la halló abierta; y era que Marcela tenía cierto requiebro, para cuya correspondencia tenía llave de la puertecilla, por donde se había ido con él, quitándose de ruidos; y aposta, por dar a don Marcos tártago, la había dexado abierta. Y visto esto, fue dando voces a su señora, a las cuales despertó el miserable novio, y casi muerto de congoja saltó de la cama, diciendo a doña Isidora que hiciese lo mismo, y mirase si faltaba alguna cosa, abriendo a un mismo tiempo la ventana, y pensando hallar en la cama a su mujer, no halló sino un fantasma, o imagen de la muerte, porque la buena señora mostró las arrugas de la cara por entero, las que encubría con el afeite, que tal vez suele ser encubridor de años, que a la cuenta estaban más cerca de los cincuenta y cinco que de treinta y seis, como había puesto en la carta de dote, porque los cabellos eran pocos y blancos, por la nieve de los muchos inviernos pasados. Esta falta no era mucha, merced a los moños y a su autor, aunque en esta ocasión se la hizo a la pobre dama respeto de haberse caído sobre las almohadas, con el descuido del sueño, bien contra la voluntad de su dueño. Los dientes estaban esparcidos por la cama, porque como dixo el príncipe de los poetas, daba perlas de barato, a cuya causa tenía don Marcos uno o dos entre los bigotes, de más de que parecían tejado con escarcha, de lo que habían participado de la amistad que con el rostro de su mujer habían hecho. Y cómo se quedaría el pobre hidalgo se deja a consideración del pío lector, por no alargar pláticas en cosa que pueda la imaginación suplir cualquiera falta; sólo digo que doña Isidora, que no estaba menos turbada de que sus gracias se manifestasen tan a letra vista, asió con una presurosa congoja su moño, mal enseñado a dejarse ver tan de mañana, y atestósele en la cabeza, quedando peor que sin él, porque con la priesa no pudo ver cómo le ponía, y así se le acomodó cerca de las orejas. «¡Oh maldita Marcela, causa de tantas desdichas; no te lo perdone Dios, amén!» En fin, más alentada, aunque con menos razón, quiso tomar un faldellín para salir a buscar su fugitiva criada; mas ni él, ni el vestido rico, con que se había casado, ni los chapines con viras, ni otras joyas que estaban en una salva, porque esto y el vestido de don Marcos, con una cadena de doscientos escudos, que había traído puesta el día antes, la cual había sacado de su tesoro para solemnizar su fiesta, no pareció, porque la astuta Marcela no quiso ir desapercibida.
Lo que haría don Marcos en esta ocasión, ¿qué lengua bastará a decirlo, ni qué pluma a escribirlo? Quien supiere que a costa de su cuerpo lo había ganado, podría ver cuán al de su alma lo sentiría, y más no hallando consuelo en la belleza de su mujer, porque bastaba a desconsolar al mismo infierno. Si ponía los ojos en ella veía una estantigua, si los apartaba, no vía sus vestidos y cadena, y con este pesar se paseaba muy aprisa, así en camisa por la sala, dando palmadas y suspiros. Mientras él andaba así, y doña Isidora se fue al Jordán de su retrete, y arquilla de baratijas, se levantó Agustín, a quien Inés había ido a contar lo que pasaba, riendo los dos la visión de doña Isidora, la pasión y la bellaquería de Marcela; y a medio vestir salió a consolar a su tío, diciéndole los consuelos que supo fingir y encadenar, más a lo socarrón que a lo necio. Animóle con que se buscaría la agresora del hurto, y obligóle a paciencia, que eran bienes de fortuna, con lo que cobró fuerzas para volver en sí y vestirse, y más como vio venir a doña Isidora tan otra de lo que había visto, que casi creyó que se había engañado, y que no era la misma.
Salieron juntos don Marcos y Agustín a buscar, por dicho de Inés, las guaridas de Marcela, y en verdad que si no fueran, los tuviera por más discretos, a lo menos a don Marcos, que don Agustín, para mí, pienso que lo hacía de bellaco más que de bobo, que bien se deja entender, que no se habría puesto en parte donde fuese hallada. Mas, viendo que no había remedio, se volvieron a casa, conformándose con la voluntad de Dios a los santos, y con la de Marcela, a lo de no poder más, y mal de su agrado hubo de cumplir nuestro miserable, con las obligaciones de la tornaboda, aunque el más triste del mundo, porque tenía atravesada en el alma su cadena. Mas como no estaba contenta la fortuna, quiso proseguir en la persecución de su miseria. Y fue desta suerte, que sentándose a comer entraron dos criados del señor Almirante, diciendo que su señor besaba las manos de la señora doña Isidora, y que se sirviese de enviar la plata, que para prestada bastaba un mes, que si no lo hacía, cobraría de otro modo. Recibió la señora el recado, y la respuesta no pudo ser otra, que entregarle todo cuando había, platos, fuentes, y lo demás que lucía en la casa, y que había colmado las esperanzas de don Marcos, el cual se quiso hacer fuerte, diciendo que era hacienda suya, y que no se había de llevar, y otras cosas que le parecían a propósito, tanto que fue menester que el un criado fuese a llamar al mayordomo, y el otro se quedase en resguardo de la plata. Al fin la plata se llevó, y don Marcos se quebró la cabeza en vano, el cual ciego de pasión y de cólera, empezó a decir y hacer cosas como hombre fuera de sí. Quejábase de tal engaño, y prometía que había de poner pleito de divorcio, a lo cual doña Isidora, con mucha humildad, le dijo por amansarle, que advirtiese que antes merecía gracias que ofensas, que por granjearse un marido como él cualquiera cosa, aunque tocase en engaño, era cordura y discreción, que pues el pensar deshacerlo era imposible, que lo mejor era tener paciencia.
Húbolo de hacer el buen don Marcos, aunque desde aquel día no tuvieron paz ni comieron bocado con gusto. A todo esto don Agustín comía y callaba, metiendo las veces que se hallaba presente, paz; y pasando muy buenas noches con su Inés, con la cual se reía las gracias de doña Isidora y desventuras de don Marcos.
Con estas desdichas, si la fortuna le dexara en paz, con lo que le había quedado se diera por contento y lo pasara honradamente. Mas como se supo en Madrid el casamiento de doña Isidora, un alquilador de ropa, dueño del estrado y colgadura, vino por tres meses que le debía de su ganancia, y asimismo a llevarlo, porque mujer que había casado tan bien, coligió que no lo habría menester, pues lo podría comprar y tenerlo por suyo. A este trago acabó don Marcos de rematarse, llegó a las manos con su señora, andando el moño y los dientes de por medio, no con poco dolor de su senora, pues le llegaba el verse sin él tan a lo vivo. Esto, y la injuria de verse maltratar tan recién casada, le dio ocasión de llorar, y hacer cargo a don Marcos de tratar así una mujer como ella, y por bienes de fortuna, que ella los da y los quita; pues aún en casos de honra era demasiado el castigo. A esto respondía don Marcos que su honra era su dinero. Mas todo esto no sirvió de nada para que el dueño del estrado y colgadura no lo llevase, y con ello lo que se le debía, un real sobre otro, que se pagó del dinero de don Marcos, porque la señora, como ya había cesado su trato y visitas, no sabía de qué color era, ni los vía de sus ojos, más que la ración de don Marcos, que esa gastaba moderadamente, por no poder ser menos.
A las voces y gritos baxó el señor de la casa, la cual nuestro hidalgo pensaba ser suya, y que su mujer le había dicho que era huésped que le tenía alquilado aquel cuarto por un año, y le dixo, que si cada día había de haber aquellas voces que buscasen casa y se fuesen con Dios, que era amigo de su quietud. -¿Cómo ir? -respondió don Marcos-, él es el que se ha de ir, que esta casa es mía. -¿Cómo vuestra, loco? -respondió el dueño-. Atreguado, idos con Dios, que yo os juro que si no mirara que lo sois, la ventana fuera vuestra puerta. Enojóse don Marcos, y con la cólera se atreviera, si no se metiera doña Isidora y don Agustín de por medio, desengañando al pobre don Marcos, y apaciguando al señor de la casa, con prometerle desembarazarla otro día. ¿Qué podía don Marcos hacer aquí? callar o ahorcarse, porque lo demás ni él tenía ánimo para otra cosa, antes le tenía ya tantos pesares como atónito y fuera de sí. Y desta suerte tomó su capa y salióse de casa, y Agustín por mandado de su tía con él, para que le reportase. En fin, los dos buscaron un par de aposentos cerca de Palacio, por serlo cerca de la casa de su amo, para mudarse; y dado señal, quedó la mudanza para otro día. Y así le dixo a Agustín que se fuese a comer, que no estaba para volver a ver aquella engañadora de su tía. Hízolo así el mozo, dando la vuelta a casa, contando lo sucedido, y entre ellos dos trataron el modo de mudarse.
Vino el miserable a acostarse, rostrituerto y muerto de hambre. Pasó la noche, y a la mañana le dixo doña Isidora, que se fuese a la casa nueva, para que recibiese la ropa, mientras Inés traía un carro en que llevarla. Hízolo así, y apenas el buen necio salió, cuando la traidora de doña Isidora y su sobrino y criada, tomaron cuanto había, y lo metieron en un carro, y ellos con ello, y se partieron de Madrid la vuelta de Barcelona, dexando en casa las cosas, que no podían llevar, como platos, ollas y otros trastos. Estuvo don Marcos hasta cerca de las doce aguardando; y viendo la tardanza, dio la vuelta a su casa, y como no los halló, preguntó a una vecina si eran idos. Ella le respondió que rato había. Con lo que pensando que ya estarían allá, tornó aguijando, porque no aguardasen. Llegó sudando y fatigado, y como no los halló, se quedó medio muerto, temiendo lo mismo que era, y sin parar tornó donde venía, y dando un puntapié a la puerta, que habían dexado cerrada. Y como la abrió y entró dentro viese que no había más de lo que no valía nada, acabó de tener por cierta su desdicha. Empezó a dar voces, y carreras por las salas, dándose de camino algunas calabazadas por las paredes, decía: «Desdichado de mí, mi mal es cierto, en mal punto se hizo este desdichado casamiento, que tan caro me cuesta; ¿adónde estás, engañosa Sirena y robadora de mi bien. Y de todo cuanto yo, a costa de mí mismo, tengo granjeado, para pasar la vida con algún descanso?» Estas y otras cosas decía, a cuyos extremos entró alguna gente de la casa, y uno de los criados, sabiendo el caso, le dijo que tuviese por cierto el haberse ido, porque el carro en que iba la ropa y su mujer, sobrino y criada, era de camino, y no de mudanza, y que él preguntó que dónde se mudaba, y que le había respondido que se iba fuera de Madrid. Acabó de rematarse don Marcos con esto; mas como las esperanzas animan en mitad de las desdichas, salió con propósito de ir a los mesones a saber para qué parte había ido el carro en que iba su corazón entre seis mil ducados, que llevaban en él. Lo cual hizo; mas el dueño dél no era cosario, sino labrador de aquí de Madrid, que en eso eran los que le habían alquilado más astutos que era menester, y así no pudo hallar noticia de nada; pues querer seguirlos, era negocio cansado, no sabiendo el camino que llevaban, ni hallándose con un cuarto, si no lo buscaba prestado, y más hallándose cargado con la deuda del vestido y joyas de su mujer, que ni sabía cómo ni de donde pagarlo. Dio la vuelta marchito y con mil pensamientos a casa de su amo, y viniendo por la calle Mayor, encontró sin pensar con la cauta Marcela, y tan cara a cara, que aunque ella quiso encubrirse fue imposible, porque habiéndola conocido don Marcos asió della, descomponiendo su autoridad; diciéndole: «Ahora, bellaca ladrona -decía nuestro don Marcos-, me daréis lo que me robastes la noche que os salistes de mi casa.» «¡Ay señor mío! —dixo Marcela llorando-, bien sabía vo que había de caer sobre mí la desdicha, desde el punto que mi señora me obligó a esto. Óigame, por Dios, antes que me deshonre, que estoy en buena opinión y concertada de casar, y sería grande mal que tal se dijese de mí, y más estando como estoy inocente. Entremos aquí en este portal, y óigame de espacio, y sabrá quién tiene su cadena y vestidos, que ya había yo sabido cómo usted sospechaba su falta sobre mí, y lo mismo le previne a mi señora aquella noche, pero son dueños y yo criada. ¡Ay de los que sirven, y con qué pensión ganan un pedazo de pan!»
|} Era (como he dicho) don Marcos poco malicioso, y así dando crédito a sus lágrimas, se entró con ella en un portal de una casa grande, donde le contó quién era doña Isidora, su trato y costumbres, y el intento con que se había casado con él, que era engañándole, como ya don Marcos lo experimentaba, bien a su costa. Díjole asimismo, cómo don Agustín no era su sobrino, sino su galán, y que era un bellaco vagamundo, que por comer y holgar, estaba como le veía amancebado con una mujer de tal trato y edad, y que ella había escondido su vestido y cadena, para dárselo junto con el suyo, y las demás joyas que le había mandado que se fuese y pusiese en parte donde él no la viese, dando fuerza a su enredo, con pensar que ella se lo había llevado. Parecióle a Marcela ser don Marcos hombre poco pendencioso, y así se atrevió a decirle tales cosas, sin temor de lo que podía suceder; o ya lo hizo por salir de entre sus manos, y no miró en más, o por ser criada, que era lo más cierto; en fin, concluyó su plática la traidora con decirle que viviese con cuenta, porque le habían de llevar, cuando menos se pensase, su hacienda. «Yo le he dicho a usted lo que me toca, y mi conciencia me dicta. Ahora -repetía Marcela- haga vuestra merced lo que fuere servido, que aquí estoy para cumplir todo lo que fuere su gusto.» «A buen tiempo me das el consejo -replicó don Marcos-, amiga Marcela, cuando no hay ya remedio, que ya la traidora y el ingrato mal nacido, se han ido y llevádome cuanto tenía.» Y luego le contó todo lo que había pasado con ellos, desde el día que se había ido de su casa. «¿Es posible? -replicó Marcela-. ¿Hay mayor maldad? ¡Ay señor mío, y cómo no en balde le tenía ya lástima, mas no me atrevía a hablar, porque la noche en que mi señora me envió de su casa, quise avisar a vuestra merced, viendo lo que pasaba; mas temí, que aún entonces, porque le dixe que no escondiese la cadena, me trató de palabra y obra cual Dios sabe.» «Ya Marcela -decía don Marcos- he visto lo que dices, y es lo peor que no lo puedo remediar, ni saber dónde o cómo pueda hallar rastro dellos.» «No le dé eso pena, señor mío -dixo la fingida Marcela-, que yo conozco un hombre, y aún pienso, si Dios quiere, que ha de ser mi marido, que le dirá a vuestra merced dónde los hallará, como si los viera con los ojos, porque sabe conjurar demonios, y hace otras admirables cosas.» «¡Ay Marcela, y cómo te lo serviría yo y agradecería, si hiciese eso por mí! Duélete de mis desdichas, pues puedes.»
Es muy propio de los malos, en viendo a uno de caída, ayudarle a que se despeñe más presto, y de los buenos creer luego. Así creyó don Marcos a Marcela, y ella se determinó a engañarle y estafarle lo que pudiese, y con este pensamiento le respondió, que fuese luego, que no era muy lexos la casa. Yendo juntos encontró don Marcos otro criado de su casa, a quien pidió cuatro reales de a ocho para dar al astrólogo, no por señal, sino de paga; y con esto llegaron a casa de la misma Marcela, donde estaba con un hombre, que dixo ser el sabio, y a la cuenta era su amante. Habló con él don Marcos, concertóse en ciento y cincuenta reales, y que volviese de allí a ocho días, que él haría que un demonio le dixese dónde estaban, y los hallaría; mas que advirtiese, que si no tenía ánimo que no habría nada hecho, que mejor era no ponerse en tal, o que viese en qué forma le quería ver, si no se atrevía que fuese en la misma suya. Parecióle a don Marcos, con el deseo de saber de su hacienda, que era ver un demonio ver un plato de manjar blanco. Y así, respondió que en la misma que tenía en el infierno, en esa se le enseñase, que aunque le vía llorar la pérdida de su hacienda como mujer, que entre otras cosas era muy hombre. Con esto, y darle los cuatro reales de a ocho se despidió dél y Marcela, y se recogió en casa de un amigo, si los miserables tienen alguno, a llorar su miseria. Dexémosle aquí, y vamos al encantador (que así le nombraremos) que para cumplir lo prometido, y hacer una solene burla al miserable, que ya por la relación de Marcela conocía el sujeto, hizo lo que diré. Tomó un gato, y encerróle en un aposentillo, al modo de despensa, correspondiente a una sala pequeña, la cual no tenía más ventana que una del tamaño de un pliego de papel, alta cuanto un estado de hombre, en la cual puso tina red de cordel que fuese fuerte, y entrábase donde tenía el gato, y castigábalo con un azote, teniendo cerrada una gatera que hizo en la puerta, y cuando le tenía bravo destapaba la gatera, y salía el gato corriendo y saltaba a la ventana, donde cogido en la red le volvían a su lugar. Hizo esto tantas veces, que ya sin castigarle, en abriéndole, iba derecho a la ventana. Hecho esto aviso al miserable para que aquella noche, en dando las once, le enseñaría lo que deseaba. Había, venciendo su inclinación, buscado nuestro engañado lo que faltaba para los ciento y cincuenta reales, prestado, y con ello se vino a casa del encantador, al cual puso en las manos el dinero, para animarle a que fuese el conjuro más fuerte; el cual, después de haberle vuelto a apercibir el ánimo y valor, se sentó de industria en una silla debaxo de la ventana, la cual tenía ya quitada la red. Era, como se ha dicho, después de las once, y en la sala no había más luz que la que podía dar una lamparilla que estaba a un lado, y dentro de la despensilla todo lleno de cohetes, y con el un mozo avisado de darle a su tiempo fuego, y soltarse a cierta seña, que entre los dos estaba puesto para soltarle a aquel tiempo, Marcela se salió fuera, que ella no tenía ánimo para ver visiones. Y luego el astuto mágico se vistió una ropa de bocazí negro y una montera de lo mismo, y tomando un libro de unas letras góticas en la mano, algo viejo el pergamino para dar más crédito a su burla, hizo un cerco en el suelo y se metió dentro con una varilla en las manos, y empezó a leer entre dientes murmurando en tono melancólico y grave, y de cuando en cuando pronunciaba algunos nombres extravagantes y exquisitos, que jamás habían llegado a los oídos de don Marcos. El cual tenía abiertos (como dicen) los ojos de un palmo, mirando a todas partes si sentía ruido, para ver el demonio que le había de decir todo lo que deseaba. El encantador hería luego con la vara en el suelo, y en un brasero que estaba junto a él con lumbre echaba sal y azufre y pimiento; alzando la voz decía: «Sal aquí, demonio Calquimorro, pues eres tú el que tienes cuidado de seguir a los caminantes, y les sabes sus designios y guaridas. Di aquí en presencia del señor don Marcos y mía qué camino lleva esta ente, y dónde y qué modo se tendrá de hallarlos. Sal presto o guárdate de mi castigo: ¿estás rebelde y no quieres obedecerme? pues aguarda que yo te apretaré hasta que lo hagas. Y diciendo esto volvía a leer en el libro. A cabo de rato tornaba a herir con el palo en el suelo, refrescando el conjuro dicho y sahumerio, de suerte que ya el pobre don Marcos estaba ahogándose. Y viendo ya ser hora de que saliese dixo: «¡Oh tú que tienes las llaves de las puertas infernales, manda al Cervero que dexe salir a Calquimorro, demonio de los caminos, para que diga dónde están estos caminantes, o si no te fatigaré cruelmente!» A este tiempo, ya el mozo que estaba por guardián del gato había dado fuego a los cohetes y abierto el abujero, que como vio arderse salió dando aullidos y truenos, acompañándolos de brincos y saltos; y como estaba enseñado a saltar en la ventana, quiso escaparse por ella, y sin tener respeto a don Marcos, que estaba sentado en la silla, por encima de su cabeza, abrasándole de camino las barbas y cabellos y parte de la cara, dio consigo en la calle, al cual suceso, pareciéndole que no había visto un diablo, sino todos los del infierno, dando muy grandes gritos, se dexó caer desmayado en el suelo, sin tener lugar de oír una voz que se dio a aquel punto, que dixo: «En Granada los hallarás.»