El caso extraño del Doctor Jekyll

Part 6

Chapter 63,936 wordsPublic domain

Á ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan _yo_ como la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y despreciables elementos de mi alma.

Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis, ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor, en un arranque de valor, bebí la pócima.

Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino; sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi estatura había disminuído.

No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de ver esas transformaciones.

Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime, hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.

Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente, sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable. La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia, era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia, ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre, había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia. Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo, por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento acostumbrado á llamar _yo_; é indudablemente tenía razón. Observé que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible, en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal; únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente malo sin mezcla ninguna.

Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y el rostro de Enrique Jekyll.

Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio. La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros, uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el mal.

Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa, para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y pasé como familiar suyo.

Luego escribí aquel testamento contra el cual opusísteis tantas observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria. Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las extrañas inmunidades de mi situación.

Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante el público con su carga de respetabilidad, y un instante después, como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin miramientos en un océano de libertades.

Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente. Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa, arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en persona.

Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres, era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde. Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban y aparecían en él sin haber disminuído, y procuraba cuando le era posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia dormitaba.

No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto contra todo ataque de la fatalidad.

Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll, como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.

Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta, y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara, ¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria; atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que almorzaba.

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir, estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura, cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba incorporando en el segundo y el peor.

Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable y privado de toda amistad.

El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo que me falta firmeza para persistir en mi resolución.

Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles, cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses, seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida transformadora, y la absorbí de un trago.

No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que fuese, era caer, sucumbir.

El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente, en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo, satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida subido al más alto grado.

Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles, que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu, regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los pasos de algún vengador.

Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al tomarla, bebió á la salud de su víctima.

Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia, cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente, en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse, llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir; queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea! ¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas veces, y destrocé la llave bajo mis pies!