Chapter 2
–Vuesa merced quede mucho en buen[h]ora, señor Campuzano, que hasta aquí estaba en duda si creería o no lo que de su casamiento me había contado, y esto que aora me cuenta de que oyó hablar lo s perros me ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa. ¡Por amor de Dios! señor alférez, que no cuente estos disparates a persona alguna, si ya no fuere a quien sea tan su amigo como yo.
–No me tenga vuesa merced por tan ignorante –replicó Campuzano– que no entienda que si no es por milagro no pueden hablar los animales; que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son s ino las palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discurso concertado como estos perros hablaron. Y, así, muchas veces después que los oí yo mismo no he querido dar crédito a mí mismo y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos, ta les cuales nuestro Señor fue servido de dármelos, oí, escuché, noté y finalmente escribí, sin faltar palabra, por su concierto; de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada a creer esta verdad que digo. Las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes, y más para ser tratadas por varones sabios que para ser dichas por bocas de perros. Así que, pues yo no las pude inventar de mío a mi pesar y contra mi opinión vengo a creer que no soñaba y que los perros hablaban.
–¡Cuerpo de mí! –replicó el licenciado–. Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña cuando hablaban las calabazas; o el de Isopo cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros.
–Uno dellos sería yo, y el mayor –replicó el alférez–, si creyese que ese tiempo ha vuelto. Y aún también lo sería, si dejase de creer lo que oí y lo que vi, y lo que m e atreveré a jurar con juramento que obligue y aun fuerce a que lo crea la misma incredulidad. Pero puesto caso que me haya engañado y que mi verdad sea sueño y el porfiarla disparate, ¿no se holgará vuesa merced, se&ntild e;or Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, o sean quien fueren, hablaron?
–Como vuesa merced –replicó el licenciado– no se canse más en persuadirme que oyó hablar a los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del bueno ingenio de l señor alférez ya le juzgo por bueno.
–Pues hay en esto otra cosa –dijo el alférez– que como yo estaba tan atento y tenía delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced a las muchas pasas y almendras que había com ido) todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que había oído lo escribí otro día, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni qué añadir ni quitar para hacerle gustoso. No fue una noc he sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita más de una, que es la vida de Berganza, y la del compañero Cipión pienso escribir (que fue la que se contó la noche segunda) c uando viere o que ésta se crea o alomenos no se desprecie. El coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio por ahorrar de "dijo Cipión", "respondió Berganza", que suele alargar la escritura.
Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riéndose y como haciendo burla de todo lo que había oído y de lo que pensaba leer.
–Yo me recuesto –dijo el alférez– en esta silla en tanto que vuesa merced lee, si quiere, esos sueños o disparates que no tienen otra cosa de bueno si no es el poderlos dejar cuando enfaden.
–Haga vuesa merced su gusto –dijo Peralta–, que yo con brevedad me despediré desta le[c]tura.
Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vio que estaba puesto este título:
NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE
CIPIÓN Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURECCIÓN
QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID,
FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO,
A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS
DE MAHUDES
Categoría:Novelas ejemplares (1825)
en:The Deceitful Marriage