The Pig: Breeding, Rearing, and Marketing

Chapter 2

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Pero ¿qué han visto sus ojos, que serenos y radiantes, ha días que sin enojos moderaron los antojos tras de que corrieron antes? Ella, que ayer esquivaba del templo el cantar sonoro la oración la cansaba, hoy de rodillas se clava ante las rejas del coro. Ella, que ayer distraída asistía al gran misterio del Redentor de la vida, hoy no quita, embebecida, los ojos del presbiterio. Ella, que ayer con el son del importuno esquilón dejaba el lecho tardía, hoy madruga con el día y adora la creación. Ella, que ayer descuidada olvidaba sus labores, hoy, noche y día afanada, multiplica delicada sus bordados y sus flores. Y salen de su aposento ofrendas del sentimiento bajo formas infinitas, sus labores exquisitas, que orgullo son del convento. Mutación inesperada que a sus hermanas admira; y la oveja descarriada, dicen, del pastor llamada, ya a su redil se retira. Ya vuelve al dulce reclamo de la dulce compañía, y a los cuidados de su amo, la blanca oveja que huía tan salvaje como el gamo nacido en la selva umbría. Y en secretas reuniones dándose la enhorabuena, doblaban las oraciones, pidiendo a estas intenciones perseverancia serena. ¡Impertinencia importuna! ¡Oh necias, sin duda alguna, las pobres siervas de Dios, si no alcanzasteis ninguna lo que va de Inés a vos! Tras recogimiento tanto, su tez la color recobra, sus ojos brillo y encanto… Y ¿pensáis que el fuego santo tales maravillas obra? ¿Pensáis que el alma prensada en la seca soledad vuelve a una niña apenada la pura tez sonrosada y el contento y la humildad? ¡Oh necias, que sin recelos cubrís el mundo y los ojos con vuestros benditos velos, cuando a la luz de los cielos se ven muy mal sus abrojos! ¡Necias! La blanca ovejuela que se vuelve a su pastor, y cuya vuelta os consuela, es tórtola que se vuela al reclamo de su amor. Cuando sus ojos estaban clavados en el altar, el altar no contemplaban, que otros ojos no cesaban sus ojos de reclamar. Huir las rejas impiden, pero, pese a los cerrojos, lenguas en ojos residen, y los espacios se miden con las lenguas de los ojos. Un hombre la contemplaba, y un hombre la devoraba con sus ardientes pupilas, y doña Inés se abrasaba, y vosotras… tan tranquilas. Ni sorprendisteis su exceso, ni de la reja a una esquina visteis que, perdido el seso, tendió la mano, y que un beso crujió en la mansión divina. Ni visteis que, en vez de andar al toque de los maitines desde su celda al altar, solía más tarde entrar al atrio de los jardines. Ni hubo de vosotras una que, del paseo celosa, abriese ventana alguna, y viese huir con la luna una sombra sospechosa. Ni hubo ningún jardinero que, al primer canto del gallo, viese acercarse rastrero un rondador caballero, que atrás dejaba un caballo. Ni os ocurrió que sus flores, sus vistosos ramilletes que encontraban compradores, pudieron de sus amores guardar ocultos billetes. Ni la visteis espiando el sueño de la tornera, las llaves manoseando, abierta afición mostrando del manojo a la tercera. ¡Oh! Que al abrir un convento a doña Inés de Alvarado, obraron con poco tiento, pues ni han mirado su intento, ni en el Capitán pensado.

VIII : Aventura inexplicable

Tras grave asunto, a juzgar por lo que van espoleando, corren dos hombres, cruzando a caballo un olivar. No está la noche muy clara, más bien se ve al pie de un cerro una cruz grande de hierro que dos caminos separa. Y de advertir fácil es, aun a los ojos peores, que son dos los corredores, y los caballos son tres. Echó pie a tierra el primero, y al dar la brida al de atrás, le dijo: «Aquí esperarás»; y el otro dijo: «Aquí espero.» Y hacia el convento avanzando, del caballero en la obscura sombra se fue la figura, hasta perderse, menguando. Y aquí, ¡oh mi lector amigo! fuerza será que convengas en que es preciso que vengas hacia el convento conmigo. Sigue mi camino, pues, y de una verja detrás, un atrio acaso hallarás a pocos pasos que des. Sube tres gradas, si puedes, da un paso más, y con él tocarás en el cancel, donde es fuerza que te quedes. ¿Ves un hombre que, embozado, encorvando la figura, por la estrecha cerradura en mirar está ocupado? Acércate sin temor, que lo que alcanza por dentro, no hace temible el encuentro del Capitán reñidor. Tú, lector, preguntarás: —¿Conque el Capitán es ése? El mismo, más que te pese; pero hazte un poquito atrás, porque levantando el brazo, empuja a espacio la puerta. Entró, y dejándola incierta, sopló el aire y dió un portazo. Mas veo, lector, que dices, sin que pueda replicarte, que esto es, llamándote, darte con la puerta en las narices. Mas tu impaciencia sosiega, todo lo presenciarás, que del poeta, a eso y más el poder mágico llega. Está el Capitán en pie en medio de la ancha nave, y a la verdad que no sabe ni qué pasa, ni qué ve. El templo mira enlutado con lúgubre terciopelo, mucha gente haciendo duelo, y un féretro en medio alzado. Vense en el paño del túmulo entrelazados blasones, y a la luz de los blandones un cadáver en su cúmulo. Monjes le rezan en coro tristísimos funerales, y le alumbran con ciriales pajes de libreas de oro. La muchedumbre que asiste, y que la tumba rodea, dado que bien no se vea, se ve que de noble viste. Y parece que al bajar el que ha finado a su nicho, memoria tuvo capricho de su opulencia en dejar. Y al par que su eterna calma las oraciones consuman, mirras y esencias perfuman la despedida del alma. Música triste le aduerme, salmodias le santifican, e hisopos le purifican el cuerpo, que yace inerme. Mas aquellas oraciones y responsorios precisos, llevan de anatema visos y planta de maldiciones. A veces son sus compases hondos, siniestros, horribles, murmurando incomprensibles, negras e incógnitas frases. En son lento, ronco y quedo se hacen oir otras veces, y entonces aquellas preces hiela los huesos de miedo. Otras semejan aullidos discordes, desesperados, lamentos de condenados de los infiernos salidos. Otras lejanos rumores, cual de tormentas, se escuchan, o de ejércitos que luchan, los espantosos clamores. Y siempre siendo los mismos los sones que se levantan, responsos a un tiempo cantan y murmuran exorcismos. Atónito de la escena extraña y aterradora que encuentra tan a deshora y le asombra y enajena, don César, con paso lento, entre la turba mezclado, dirigióse a un enlutado que oraba en aquel momento, —¿Quién es el muerto, sabéis, dijo, a quien rezando están? Y él respondió: —El capitán Montoya: ¿le conocéis?— Mudo quedó de sorpresa don César oyendo tal, mas no lo tomó tan mal como tal vez le interesa. Volvióle la espalda, pues, diciendo:—Me ha conocidoy burlárseme ha querido; mas luego veré quién es.— Siguió la iglesia adelante, y una capilla al cruzar, vio un sepulcro preparar, entre otros varios vacante; y a un personaje que halló de luto, y que parecía que el trabajo dirigía, el Capitán se acercó. —¿Para quién abren la hoya? le dijo; y el enlutado le contestó de contado: —Para el capitán Montoya.— Mudósele la color a don César; mas repuesta su calma, al de la respuesta volvió entre risa y furor. Miróle de arriba abajo, pero no le conoció; segunda vez le miró, pero fue inútil trabajo. Ni recordó que quizás le hubiese visto la cara, ni imaginó que la hallara tan repugnante jamás, que encontró en ella tal gesto de aterradora hediondez, que por no verla otra vez, dejó caviloso el puesto. Fuése a otro punto a situar, diciendo:—¡Ese hombre estremece! De aquel sepulcro parece que le acaban de sacar— Uno tras otro se puso, a contemplar los que vía, mas a nadie conocía, de lo que andaba confuso. Tenían todos las caras descoloridas y secas, y dijeran que eran huecas, a más de antiguas y raras. Cansado de fiesta tal, y a impulso de una aprensión, llegóse a un noble varón que oraba con un cirial. Cabe él la rodilla apoya, y dícele ya con miedo: —¿Quién es el muerto? —y muy quedo contestó el otro: —Montoya.— Del catafalco a los pies llegó entonces decidido, de aquella duda impelido, a ver el muerto quién es., Por los monjes atropella, trepa al túmulo, la caja descubre, ase la mortaja, y él mismo se encuentra en ella. Miró y remiró, y palpó con afán hondo y prolijo, y al fin consternado dijo: —¡Cielo santo, y quién soy yo!

Miró la visión horrenda una y otra y otra vez, y nunca más que a sí mismo en aquel féretro ve. Aquel es su mismo entierro, su mismo semblante aquel: no puede quedarle duda, su mismo cadáver es. En vano se tienta ansioso; los ojos cierra, por ver si la ilusión se deshace, si obra de sus ojos fue. Ase su doble figura, la agita, ansiando creer que es máscara puesta en otro que se le parece a él. Vuelve y revuelve el cadáver y le torna a revolver; cree que sueña, y se sacude porque despertarse cree, y tiende el triste los ojos desencajados, doquier. Mas ¡nuevo prodigio! Mira a las puertas, y al dintel ve que despiden el duelo, de duelo henchidos también, don Fadrique y doña Diana, que arrastran luto por él. Baja, les tiende los brazos, les nombra, cae a sus pies. —Miradme, les dice atónito, Montoya soy, vedme bien. Y ellos le miran estúpidos sin poderle conocer, e inclinando las cabezas, replican: —Montoya fue.— Entonces, desesperado con angustia tan cruel, vase otra vez hacia el muerto demandándole quién es. —¿No hay quien sepa aquí quién soy? ¿No hay a salvarme poder?— Y allá desde el presbiterio, de las rejas al través, oyó una voz que decía: —Sí, te conozco, mi bien: abre; ¿qué tardas? Partamos: yo soy tu amor, soy tu Inés. Y los brazos le tendía la de Alvarado también, de la reja tentadora tras el cuádruple cancel. Mas viéndola cual espectro que le persigue a su vez, gritaba él:—Aparta, aparta; ¿que soy cadáver no ves? Y apenas palabras tales pronunció, cuando tras él vio llegarse aquel fantasma cuyo gesto de hediondez le hizo miedo, y no le pudo recordar ni conocer. Contemplóle de hito en hito, le asió del brazo después, y así con voz espantosa vio que le dijo: —¡Pardiez! Tú eres quien cambia conmigo; a mi sepultura ven.— Y a esta horrorosa sentencia, ya sin poderse valer, cayó en el suelo Montoya, falto de aliento y de pies.

—¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida? ¿Respiro aún? exclamó Montoya abriendo los ojos, con desfallecida voz. —Señor, estáis en mis brazos. —¿Eres tú, Ginés? —Yo soy. —¿Dónde estamos? —En la cruz. —¿Del olivar? —Sí, señor. —¿No estuve yo en el convento? Pues ¿quién de allí me sacó? —Yo fui, señor. —¡Tú, Ginés! —Perdonad; temí por vos, y viendo que el tiempo andaba y ni seña ni rumor esperanza me infundían, tras vos eché. —¡Santo Dios! ¿Y llegastes… —A la iglesia. —¿Atraído por el son, —Señor, no he oído nada. ¿No os lo dije? —¿Cómo no? ¿Dentro la iglesia no vistes los enlutados en pos de mi cadáver? —Miróle absorto de admiración el mozo, y dijo:—Soñamos, o vos, don César, o yo. Ni vi, ni oí cosa alguna. —¿Conque es mía esa visión? ¡A mis ojos solamente horrenda se presentó! ¿No vistes conmigo a nadie? —Os juro a mi salvación, que solo os hallé tendido al pie del altar mayor; y viendo el peligro doble del sitio y la situación, ni me detuve a pensar si estabais herido o no; cargué con vos y me vine; ni oí ni vi más, señor. Calló Ginés, y don César, a estas palabras quedó distraído y abismado en honda meditación. Mirábale de hito en hito Ginés, que aterrado vio de la faz del Capitán la extraña transformación. Desencajados los ojos, palidecido el color, torvo el mirar, parecía, más que vivo, aparición. Sentado en el pedestal de la cruz, do él le posó, inmóvil permanecía sin fuerza y sin intención, amarrado a un pensamiento que bullía en su interior, y que se vía que todas las potencias le absorbió, como quien mira aterrado negra y horrible visión que le borra de los ojos cuanto existe en derredor. Temeroso el buen criado por su juicio y su razón, dirigióle atentas frases con afán consolador. Mas él ni tornó los ojos ni a sus voces respondió, ni agradeció sus cuidados, que en nada puso atención; y al cabo de largo trecho, con repentino vigor levantándose en silencio, en su corcel cabalgó. Hincóle los acicates, y el poderoso bridón, tras un poderoso brinco, á todo escape salió. Santiguóse el buen Ginés, y en su ruin superstición, dijo: —¿Si tendrá los malos? Y a escape tras él echó.

IX

Por una puerta secreta que de los salones sale a un secreto gabinete, puede a estas horas mirarse a don Fadrique y don César, que, pálidos los semblantes, plática tienen trabada de asunto en verdad muy grave. Demanda con vehemencia don Fadrique, y contestarle resiste el otro, en su empeño ambos por demás tenaces. El Capitán, asentado en un sillón, torvo yace, guardando, pósele al otro, un silencio inalterable; y don Fadrique, colérico, en pie a su lado, las frases le dirige más violentas que halló para provocarle. Dejábale el Capitán que la ira desahogase, como si con él no hablara ni pudieran escucharles. Y al fin, de calma en su cólera aprovechando un instante, dirigióle la palabra con razones semejantes: —Todo es inútil, denuestos, súplicas, amagos, ayes; el mundo entero no puede a que os lo diga obligarme. Un secreto es que conmigo quiero que al sepulcro baje, y no ha de saberlo nunca, desde el sol abajo, nadie. Si es sueño o delirio mío, quiero de él aprovecharme; si es un aviso del cielo, es imposible excusarle. Tornó al silencio don César, y el Duque, que aunque no alcance la razón, sospecha alguna, díjole sin ira casi: —Don César, noble he nacido, y por mucho que yo os ame, llevar no puedo en paciencia sin una excusa un desaire. Por misterioso o fatal, por precioso o repugnante que el secreto sea, ¿creéis que no sabré yo guardarle? —Sabéis quién soy, don Fadrique, y por excusa esto baste, que no hablaré más en ello si santos me lo rogasen. Y aquí, ya de don Fadrique la cólera desbordándose, dijo al capitán Montoya con voz resuelta y pujante: —¡Vive Dios, señor don César, que esto no es más que un ultraje que hacer queréis a mi casa, y que está pidiendo sangre! Si no podéis el motivo descubrirme que deshace vuestra boda, satisfecho de un modo o de otro dejadme. —Señor Duque, ya está dicho. Si lo dejo de cobarde, pues que me debéis la vida, nadie como vos lo sabe; pero os juro que, aunque osado lleguéis hasta abofetearme, no haréis que por causa alguna la espada más desenvaine, ni más me la he de ceñir, ni más me harán que la saque cuantas honras y razones en el universo caben: mirad, señor don Fadrique, si el secreto será grande; y pues veis a lo que obliga, si hidalgo sois, respetadle. Callaron ambos a dos y continuaron mirándose como hombres en sus propósitos igualmente pertinaces. Al fin dijo don Fadrique por la estancia paseándose, como quien duda si debe satisfacerse o vengarse: —Señor capitán Montoya, vida y honor me salvasteis una noche, y aunque en ésta me los habéis vuelto tales que no será mucho tiempo a restablecerlos fácil, váyase lo uno por lo otro, de nada quiero acordarme. Estamos en paz, don César. Y continuó paseándose, y atarazándose un labio hasta revocar la sangre. Entonces el Capitán, con paso medido y grave, en mitad del aposento fue decidido a encontrarle; tendióle la mano, y dijo: —Pensad, Duque, si es bastante a dejaros satisfecho de este misterioso ultraje mi resolución postrera: tomad, señor, esas llaves; de mis inmensos tesoros haced con justicia partes: una a Ginés por servirme, con cuantos muebles hallare; un hospital o convento fundad con otra, si os place, y otra a don Luis de Alvarado, que gana la apuesta infame que hice de robar a Dios la mejor prenda al casarme. ¿Me comprendéis, señor Duque? Obedecedme y dejadme. Entregad al de Alvarado lo que hoy de perder me place; pero cuidad, don Fadrique, que no sepa el miserable que era Inés, su propia hermana, la prenda que iba a jugarse.— Y así el Capitán diciendo, un pliego sin letras ase, escribe algunas palabras, lo firma, lo sella y parte. Quedó don Fadrique atónito, Ginés rompió en voces y ayes y en llanto amargo, que al punto cambió en lágrimas el baile. Cundió la noticia rápida, y el escándalo fue grande, aunque al culpar los efectos, no acierta la causa nadie.

X : Hechos y conjeturas

Todo era hablillas Toledo, y todo interpretaciones, cada cual forjó un enredo, y hablaron todos con miedo de espectros y apariciones. Y como en vano buscaron por Toledo al Capitán, mil fábulas le colgaron, y los que las inventaron, por hechos las creen y dan. Quién dijo, que anocheciendo, le vio desde un corredor allá en los aires cerniendo un cuerpo alado y horrendo cual fue bello el anterior. Quién dijo que un día oraba ante un devoto retablo, y vio al Capitán que daba ayuda y defensa brava, contra San Miguel, al diablo. El hecho es que don Fadrique a su escribano mandó que en su nombre ratifique, firme, selle y testifique lo que don César firmó. Que se partió su tesoro algunos días después, que se dio a los pobres oro, y que, rico como un moro, partió a la corte Ginés. Ni más descubrirse pudo, ni puede decirse más, y este es el hecho desnudo, pábulo, origen y escudo de las mentiras de atrás. Mas hay entre todas una que, fábula o tradición, en escritura oportuna encontrarla fue fortuna separada del montón. El vulgo a su vez la cuenta como innegable verdad, y de quien dudarla intenta, dice que de Dios atenta al poder y majestad. Yo, trovador vagabundo, la oí contar en Toledo, y de aquel pueblo me fundo en la razón, y así al mundo contarla a mi turno puedo. Ni quitaré ni pondré; como a mí me la contaron fielmente la contaré, y a ser falso, juro a fe que en Toledo me engañaron. Diz que pasaron diez años, cada cual lleno a su vez de azares y desengaños; mas a nuestro cuento extraños, no hacen al caso los diez. Las fabulillas cesaron de hervir en la muchedumbre; Diana y otras se casaron; y en fin, según es costumbre, al que murió lo enterraron. Y del mar de su destino ya pronto a romper el dique, diz que al linde del camino de la vida, don Fadrique pidió aprisa un capuchino. Y severo y respetable, con la faz descolorida, vino un varón venerable, al Duque a hacer tolerable la tremenda despedida. Tras sí la puerta entornó, y cuando a solas quedó con el noble moribundo, la religión con el mundo así plática entabló: MONJE ¿Don Fadrique? DON FADRIQUE Bien venido, padre; concluyendo estoy. MONJE A ayudaros he venido a ir en paz; prestad oído a lo que deciros voy. Ha diez años que, arrastrado por intención criminal, hollé de un templo el sagrado, y a Dios me sentí llamado de una visión infernal. Los muertos vi que salían de las urnas sepulcrales y blandones me encendían, y con gran pompa me hacían en vida los funerales. Visión de los cielos fue; mas ¿quién creyera mi historia? A contarla me negué, y haberla determiné encerrada en mi memoria. Tan sólo existía un hombre a saberla con derecho; porfió, porfié; y no os asombre, no me la arrancó del pecho: don Fadrique era su nombre. Mas lo que excusar no pude al noble a quien ofendía, vengo; ¡y así Dios me ayude! a que mi razón escude la fe de vuestra agonía.— Y esto el buen monje diciendo, cayó ante el lecho de hinojos, las manos del Duque asiendo, quien, sus palabras oyendo, al monje tornó los ojos. Contemplóle de hito en hito con acongojado afán, y exclamó al fin con un grito: —¡Sois vos! ¡Dios santo y bendito! Abrazadme, Capitán.— Y los brazos enlazaron, y a solas ambos a dos por largo tiempo quedaron, y largo tiempo lloraron ante la imagen de Dios. Y al fin de la confesión, henchido el Duque de fe, díjole: —A aquella visión debéis vuestra salvación, que aviso del cielo fue.— En cuyo punto, sintiendo llegar el trance fatal del paso duro y tremendo, —ADIÓS, DON CÉSAR,— diciendo, lanzó el aliento vital. Y aquí del todo acabada del buen monje la misión, y el ánima encomendada, con voz exclamó mudada al darle la absolución: —¡Ve en paz! Y, si como espero, el llanto ante Dios se apoya de un corazón verdadero, —ruega a Dios, buen caballero, por el capitán Montoya!— Y dando al mundo un momento, al muerto besó en la frente, y a paso medido y lento, triste volvió a su convento el Capitán penitente.

Y ha poco había en sepultura humilde, de la maleza oculta entre las hojas, una inscripción borrada por los años, que todo al fin sin compasión lo borran. Único resto de opulenta estirpe, único fin de la mundana pompa, montón de polvo, en soledad yacía quien hizo al mundo con su audacia sombra. Y apenas pueden los avaros ojos leer en medio de la antigua losa: Aquí yace fray Diego de Simancas, que fué en el siglo el capitán Montoya.

Nota de conclusión

Y por si alguno pregunta curioso por doña Inés y opina que queda el cuento incompleto, le diré: que doña Inés murió monja cuando la tocó su vez, sin su amor, si pudo ahogarle, y si no pudo, con él. Porque destino de todos, vivir de esperanzas es: quien las logra, muere en ellas; quien no las logra, también. Conque ya sabe el curioso de mis héroes lo que fue, y sólo añadir me resta dos palabras de Ginés: Hizo en la corte fortuna, casóse al cabo muy bien con una dama muy rica y hermosa como un clavel;. y aunque dieron malas lenguas en alzarla no sé qué, ella no alzó las pestañas para al vulgo responder. Dió a Ginés un hijo zurdo, y dijo su padre de él que había nacido en casa, y en esto sólo habló bien.

Categoría:Poesías de don José Zorrilla