Thomas Henry Huxley; A Sketch Of His Life And Work

Chapter 4

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El buen sacerdote habituado a escuchar con paciencia la relación de las aflicciones de sus semejantes, oyó a la sobrina con interés tiernísimo, y después de bien impuesto del estado de alma de aquella noble criatura, apoyando las manos sobre su libro de oraciones, como para inspirarse en la caridad de la doctrina de Jesús, derramó pausadamente sobre la doliente de amor, la unción de las siguientes palabras:

-Hija mía, yo no tengo cargo alguno que hacerte. Te ha llegado el momento de cumplir con el destino de toda mujer, y amas a un hombre. ¿Te habrás engañado en la elección? No lo creo así. La pasión del amor es espontánea, y al parecer irreflexiva; pero el instinto de los corazones adiestrados en el conocimiento de lo que moralmente es bello y bueno, casi siempre es acertado, porque la buena educación, como lo es la que tú has recibido, tiene por objeto el moderar y dirigir los movimientos primos de las pasiones.

Antes de conocer al capitán han pasado delante de ti muchos jóvenes bien parecidos, elegantes y ricos, para con los cuales sólo has sido amable y urbana. Has paseado con ellos por estos mismos jardines, y les has despedido sin que llevaran de ti más que unas cuantas flores. El uno te parecía orgulloso; el otro sin talento, aquél demasiado prendado de su persona, éste con instintos comunes, y todos indignos de tu elección. Entre tantos en quienes escoger, ¿por qué has elegido al capitán? He ahí el secreto de tu corazón, secreto que tal vez lo sea para ti misma y que yo creo haber penetrado.

El capitán es rico en talento y en instrucción y camina a la gloria por la carrera del honor. El talento y la gloria, noble María, he ahí las dos aureolas que rodean al hombre que ha conquistado tu cariño y con los cuales te has deslumbrado. Y si todo es vanidad en este mundo, hija mía; si es vanidad la belleza, si el oro es vanidad, si el orgullo del nacimiento es humo vano, el saber y la fama son también vanidad; pero tienen al menos el mérito de que para alcanzarlos sea preciso hacer esfuerzos de virtud, de constancia y tener bastante fuerza de alma para despreciar los demás bienes del mundo que valen infinitamente menos. Yo te absuelvo, hija mía, por este modo de pensar, si es que he acertado a interpretar tus inclinaciones; pero sabe que mi conciencia no queda tranquila. ¡Ah! La gloria y el talento, cuanto más elevados llevan la frente ante los ojos del mundo, tanto más punzantes son las espinas que la envidia, la ingratitud, la vulgaridad les siembra en el camino. Ligándote a uno de esos seres privilegiados más grandes que sus semejantes y que resplandecen por la palabra o por el heroísmo ¿no participarás de esas mismas espinas? ¿No serías más feliz al lado de un hombre obscuro en quien las rivalidades y los celos públicos no cebaran jamás el diente y no te expusieran a seguirle en el ostracismo o a llorarle ensangrentado en un campo de batalla? ¡Yo soy, tal vez, quien te ha alejado de la dicha silenciosa y casera, dándote a beber demasiado en la copa de la poesía y presentándote espectáculos de la historia que han extraviado tu corazón del sendero de la verdadera dicha! María, esta consideración perturba mi conciencia... Si alguna vez eres desgraciada, perdóname, hija mía, la parte que haya tenido en tu infortunio... Y tú también ¡Dios mío! perdóname.

-¡Ah! Mi amado tío, jamás le llevaré a Vd. a mal que haya desarrollado mis propensiones naturales. Antes que a Vd. tuve por maestro al corazón, el cual siempre se sublevó dentro de mí en presencia de las cosas vulgares y de los hombres materializados. En cuanto a mi felicidad, no se ocupe Vd. de ella: soy feliz desde algunos días a esta parte, porque el vacío de mis aspiraciones está colmado. No hay mayor martirio que sentir el silencio del desierto dentro del alma vagabunda; que ansiar por el hallazgo en la tierra de la realidad del ser soñado. La melancolía me agostaba como una parásita asida a mi existencia, y la tristeza vana iba cambiando mi naturaleza, haciéndome desconfiada, poco expansiva, huraña. ¿Así es el hombre? me decía a mí misma, cuando observaba a los que buscaban mi conocimiento y mi trato. ¿Tan ridículo y liviano es el apoyo que la sociedad proporciona a la mujer con el título de marido? Ese que pasa la vida acariciando a un talego ¿será un esposo? El que exclusivamente se ocupa de sus caballos y sus perros, podrá ser el compañero de una mujer sensible? ¿Quién podrá tener estima por el autómata que vive entre el espejo y su sastre como entre dos graves consejeros? Todos eran ricos; pero ninguno del caudal que a mí me seduce. ¿Qué haría yo dentro de una calesa dorada al lado de un hombre estéril de corazón y de inteligencia? Pasaría humillada por entre la multitud envidiosa de mi fausto, por parecerme que iba haciendo el papel de un animal raro puesto en exhibición por el lacayo de un charlatán. ¿Con qué máscara cubriría mi vergüenza al escuchar las palabras sin sentido ni cultura de un necio? ¿Qué espinas no me mortificarían al tomar en mis manos dinero que fuese fruto de la avaricia o de la indelicadeza? ¿Soy yo actriz para aspirar al aplauso de la multitud? ¿Soy reina, acaso, para desear súbditos y aduladores? Yo quiero ser feliz, tío mío, para mí y no para el público. Quiero que mi corazón sea de uno solo; que me respeten los audaces como a cosa sagrada por pertenecer a un hombre digno. Quiero que al apoyar mi brazo en el de mi esposo, me enorgullezca sintiendo que me apoyo en la fuerza de la virtud y del talento.

Usted calla, tío mío, porque me encuentra que tengo razón y porque mis palabras son un mal reflejo de las ideas que Vd. me ha infundido. Mi gratitud será eterna hacia el maestro que me ha librado del tormento de caer llena de vida en poder de un cadáver. La mujer bien educada, está expuesta a la suerte de las cristianas hermosas que caen en poder de los berberiscos y pasan de las aguas del Mediterráneo al fondo de un harem, en donde, idioma, costumbres, religión, placeres, les son desconocidos y antipáticos. ¿Cómo es que tiene Vd. remordimiento de haber ayudado a su sobrina a escaparse de los piratas moriscos? Vaya que casi me vuelve Vd. mi buen humor. Se va Vd. poniendo olvidadizo con los años. Muy bien que ha metido Vd. los dedos en los ojos de mi tijera, cuando murmurábamos a solas de los antiguos concurrentes a la Chacra. Todavía recuerdo alguna de las chistosas ocurrencias de Vd. ¿Se acuerda Vd. de aquel gazmoño a quien llamaba Vd. Herodoto porque confundía la heroica patria de Poniatuski con la santa abogada de las muelas? D. Catón de la Mancha, es un apodo creado por Vd. para designar a aquel sibarita cincuentón, víctima de todos los apetitos, gran devoto de la humanidad y enemigo bilioso de sus favorecedores, que con los labios tiznados con las caricias de la crápula hablaba de abnegación como Graco, de virtud como un Arístides, de fortaleza de alma como un Scévola o un Sócrates, ¡y no era más que un fanfarrón!

-¿Y estás bien segura, sobrina del alma, de que el capitán no participa de las debilidades de algunos de esos tipos?

-No comprendo esa pregunta, tío amado, después de los elogios que Vd. le ha prodigado delante de mí y de mi padre. Hombre es y tendrá sus defectos: yo no he notado en él sino perfecciones, y una gran superioridad sobre cuantos jóvenes se han acercado a mí con intención de agradarme. No es el más hermoso entre ellos, por cierto; pero la belleza de su rostro no es la común: no es del exterior, sino interna. El alma mueve e ilumina su fisonomía; y los órganos de sus sentidos no parecen de una criatura de este mundo. Sus ojos no ven sino que hablan, y su voz piensa y siente al mismo tiempo que convence por la seducción de su armonía. Vd. es testigo de sus maneras: no se puede dar mayores muestras de urbanidad y de blandura que las que él me ha dado, y no obstante, he temblado delante de él, porque su inteligencia y su fuerza moral me han subyugado toda entera...

-Tú no podías sino amar así, María; con exaltación. Pero, créeme: en este mundo la felicidad es compleja. Es preciso que el alma y el cuerpo satisfechos, la una en su conciencia, el otro en su bienestar, se armonicen para constituir esa felicidad, objeto de todos nuestros desvelos y afanes. El capitán es, sin duda, digno de ti; pero es militar, la patria lo llama a la lid, "a la lid tremenda", como dice nuestro Luca, y la patria tiene un altar demasiado ancho para que se contente con pocas víctimas...

-Mi tío ¡por Dios! No continúe Vd.; no evoque Vd. el espectro de la muerte entre él y yo. ¡Horrible divorcio!... Y sin embargo, posible. Pero ya se lo he jurado: "él o Dios". Mi resolución está tomada, y espero tranquila el porvenir, porque ninguno de sus fallos me tomará desprevenida. ¡¡¡Hágase, señor, tu voluntad!!!

María pronunció estas últimas palabras de la oración por excelencia, levantando las manos y los ojos al cielo, arrojando dos lágrimas que rodaron enteras por sus mejillas y se perdieron en su seno. Apercibiéndose de la impresión producida en su tío, trató de dar otro giro a la conversación e hizo la siguiente pregunta cuya contestación le interesaba:

-¿Y será larga esa guerra emprendida en el Alto Perú?

-Hija mía, propones un problema para cuya resolución no soy yo el más aparente. Nuestra inexperiencia es grande en materias militares. El entusiasmo suple a la ciencia y el valor a la disciplina. Los licenciados se hacen generales y los oficinistas cabecillas; los artesanos infantes y los gauchos granaderos montados. Así comienza nuestra revolución armada. Pero la causa es buena. Es preciso sublevar el Perú y hacer allí amable y deseada la libertad como lo es a las orillas del Plata, para que el poder español se ahogue por sí mismo en la capital de aquel vasto virreinato, en Lima que es el Madrid del Pacífico. La masa de aquellas poblaciones es una mezcla de antigua barbarie y de preocupaciones inoculadas con la conquista. Ahora treinta años se sublevaron en odio a la raza blanca; pero no por las altas razones que motivan nuestra revolución. Ellos comprenden la libertad como las alpacas y las llamas, para vivir holgados y holgazanes al aire libre de sus cerros. Pero esa no es la libertad de Mayo, que nos exige trabajo, abnegación, virtudes. Puede ser muy bien que esos hombres resistan al bien que pretendemos hacerles. En ese caso, hija mía: la guerra puede ser duradera y peligrosa...

-Pero, bien, la razón me dice que cuando un militar ha cumplido con su deber durante algunos meses, tiene derecho a pedir un poco de descanso en sus hogares.

-Por cierto que sí.

-Pues entonces, yo tengo motivo para esperar tranquila la pronta vuelta del capitán. Los valientes burlan los peligros y la suerte les es propicia. Tío mío, deme Vd. un abrazo y la enhorabuena anticipada...

Y pronunciando estas palabras, se alzó María del asiento y obligó a su tío a seguirla hacia la casa, tomándole del brazo sobre el cual se apoyó, arrebatándole al mismo tiempo el breviario, cuyas viñetas y rúbricas coloradas examinó distraída mientras atravesaron los jardines.

Así que la sobrina y el tío se separaron, buscó éste a su hermano para comunicarle lo que pasaba en casa y concertar con él la conducta que debían guardar para con María y para con el capitán en campaña. El chacarero amaba demasiado a su hija para contradecirla en una inclinación tan vehemente, y tenía bastante buen sentido para desconocer que los obstáculos habían de darle resultados contrarios en caso que quisiese ponerlos en el camino de la voluntad decidida de una criatura incapaz de disimular sus resoluciones. Dispuesto a respetar la elección de María, no quiso, sin embargo ocultarla cuáles eran sus deseos y miras con respecto a las condiciones del hombre que él le hubiera escogido para esposo. "Habría querido, la decía repetidas veces, verte ligada a un rico propietario, ajeno a los negocios públicos, que pasase la vida entre fieles capataces que le rindiesen cuentas exactas; a un hombre como yo, de quien jamás tu madre tuvo la más leve queja. Ese hombre, fiel, casero, monótono, si tú quieres, y siempre el mismo durante los trescientos sesenta y cinco días de cada año, te haría más feliz de lo que te imaginas". Sostenía estas opiniones con toda tranquilidad, apoyándolas en consideraciones juiciosas; pero María le desbarataba todos sus raciocinios con el brillo de su imaginación y con los rasgos bondadosamente irónicos que la eran naturales. Agotada esta materia de discusión quedó establecido entre los miembros de aquella familia que la señorita había triunfado, que el capitán sería su esposo, que María tendría libertad completa para comunicarse con él, y que el padre y el tío leerían asiduamente la gaceta para tenerla al corriente de la suerte del ejército patrio.

Así que María completó su conquista e hizo imperar su voluntad, se concentró dentro de sí misma y llamó a silencio a todas las alegrías pasadas. Alejó la jaula del jilguero, abandonó los picaflores y echó un velo obscuro sobre sus instrumentos de música. Y, como si temiera que los perfumes la distrajeran de la idea fija que acariciaba en su alma, abandonó el cuidado de los jardines y guardó debajo de los muebles los vasos de porcelana en que colocaba las flores de su predilección. Veíasele, días enteros, clavada la atención sobre un libro cuyas páginas volvía sin leerlas, o bien cuando el tiempo era hermoso, recorrer los alrededores asistiendo a los enfermos pobres y repartiéndoles pan y limosnas. Una vez prolongó su paseo hasta la ciudad y bajó al locutorio de las monjas Claras, donde era Priora una anciana respetable y piadosa, tía abuela suya parte de madre. La deliciosa chacra de San Isidro, tan concurrida poco antes y tan hospitalaria, yacía hundida en la tristeza y el silencio. La vida de sus habitantes, que hasta allí se deslizaba al calor de los goces de un hogar sin nubes, parecía sorprendida repentinamente por el hielo de un invierno inesperado. Las hojas de las plantas no susurraban ya en sus tallos: caídas al suelo se quebraban con ruido funesto bajo los pies distraídos de María, de su padre, del sacerdote, las pocas veces que buscaban las abandonadas sombras de la arboleda. Las largas pláticas, los diálogos chistosos, las réplicas agudas de la discípula, las sanas y discretas advertencias del maestro; el estudio cuotidiano y la lectura de los poetas, todo había desaparecido para dar lugar al desabrimiento de una sola y permanente idea. Comían en silencio, se miraban con timidez, se huían unos a otros como si temiesen hallarse expuestos a reproches recíprocos por la causa del sinsabor de que todos participaban. El tío persistía en dudar de su talento de educacionista (¡modestia poco común en los que se dan este título!) abrigando los escrúpulos que ya conocemos por haber contribuido a desenvolver en la sobrina los instintos romanescos de su carácter. María por su lado, agravaba su pena al considerar que su situación acibaraba dos existencias que la naturaleza y el amor colocaban bajo la protección de su juventud y de sus gracias.

Sin embargo, nunca los vínculos que unían a aquellos tres seres, fueron tan estrechos como desde el momento en que sus espíritus cayeron en la aflicción. Si materialmente vivían menos en contacto que antes, si más de tarde en tarde se dirigían la palabra; no por eso se habían entibiado aquellos corazones acostumbrados a latir de acuerdo, y se amaban con tanta más fuerza cuanto que necesitaban más unos de otros para soportar y resistir las amarguras que de pronto los habían inundado. El sacerdote, más ingenioso que su hermano para distraer a María, propúsola hacer un estudio especial de la geografía americana, comenzando por la del Perú; y puede asegurarse en conciencia, que jamás geógrafo alguno desde Ptolomeo hasta Maltebrun, halló quien aprovechase tanto de sus descripciones como aprovechó María de las que le hizo su tío, de las montañas, de los valles, de los caminos al pie de los torrentes, que distinguen al suelo variado del país de los Incas. En el espacio de un mes se puso en estado de rivalizar con el barón Haenke y con el cosmógrafo Bueno, pues sabía de memoria el nombre de todos los pueblos, aldeas y cortijos que median entre Tarija y Potosí y entre este cerro afamado y la ciudad de los Reyes.

Inclinada sobre el mapa, pasaban para ella las horas como instantes, porque al través de los signos de convención que representan corrientes fluviales, mesetas, pampas y desfiladeros, descubría con imaginación a las huestes patrias en marcha, trepando las cumbres, serpenteando por los valles, reflejando la luz del trópico en sus valientes bayonetas. Figurábase que aquella familia de bravos padecía hambre y sed, y que ella tomaba en el brazo un canastillo abastecido de licores, de pan y de frutas, y en alas de su simpatía llegaba hasta ellos, reproducía el milagro de Elías y consolaba a los afligidos por el amor a la patria.

Era que allí con ellos estaba el capitán de quien un momento no se separaba la memoria; seguíalo paso a paso, en el campamento, en la jornada, en la guerrilla, en el combate que ella fraguaba en sus sueños apoyada en la pared de que pendía la carta del Perú. A veces sonreía y se erguía llena de complacencia, porque parecíale ver sobre la falda de una eminencia al prometido esposo, cabalgando sobre su obscuro, levantando en alto la espada y señalando con ella al enemigo al grito de: "¡A ellos, victoria!" Otras veces contraía las facciones como si sintiera dolor en las entrañas más nobles, porque antojábasele que el capitán, en una puna combatida por los huracanes, yacía sepultado bajo una capa de neblina fría como el hielo.

Está por demás el decir que el ausente por quien se desvelaba María la daba frecuentes noticias de su salud y de su situación por cuanto correo se despachaba del ejército para Buenos Aires. Pero hacía ya algún tiempo que no sabían nada de él en la chacra de San Isidro, cuando una tarde en que sus habitantes se hallaban disfrutando de los últimos rayos de un sol de otoño, se acercó a ellos un sirviente trayendo para el Doctor un pliego cerrado con una oblea grande cuadrada y colorada, y marcada con letras gordas impresas del mismo color, contraseña oficial de las estafetas de antaño. Tomóle el clérigo con precipitación e interés, diciendo: "reconozco en la letra del sobre la de mi condiscípulo el cura rector de Humahuaca, noticioso incansable que se pirra por comunicar malas nuevas. Quizá en esta ocasión haga tregua a su pésima costumbre". Ordenó en seguida que se encendiera la luz en su escritorio, y dando las buenas noches se despidió disimulando del mejor modo la inquietud que le inspiraba aquella correspondencia inesperada. María, no menos turbada que el tío y no menos disimulada que él, besó la mano de su padre, y se encerró en su aposento, resuelta a no perdonar súplica ni astucia hasta imponerse de las noticias del de Humahuaca que no podían menos de interesarla por venir de punto tan inmediato al teatro de la guerra.

El sacerdote, después de imponerse de la carta de su condiscípulo, apagó la luz y subió a un altillo en donde acostumbraba rezar en la noche, y hacer sus últimas lecturas piadosas. María le observaba desde la ventana de su aposento a obscuras, y llena de zozobra, de dudas y de curiosidad, ocultando con la fina bayeta de un rebozo blanco, ribeteado con cinta azul, la luz de una bujía, entró en el escritorio a registrar los papeles manuscritos que llenaban la mesa de estudio. A poco andar tropezó con la carta recién recibida y se puso a leerla con la ansiedad con que el reo se impone de la sentencia que acaban de firmar sus jueces. A los pocos renglones lanzó María un ¡ay! desgarrador y terrible, dejó caer el papel y apagó con suspiros la llama de la vela que alumbraba un trance para ella más doloroso que el de la muerte. Su amante idolatrado, el capitán de Patricios, su esposo futuro, sorprendido por una emboscada enemiga, había sucumbido a los golpes de un grupo de cobardes a la mitad de los cuales, él solo, hizo morder el polvo antes de caer bañado en la sangre que derramaba por numerosas heridas.

En el pobre corazón hecho pedazos de María estalló una tormenta, y al resplandor de uno de sus lúgubres relámpagos de despecho, concibió la idea de abandonar inmediatamente la chacra y aprovechar el rato de la noche para trasladarse a Buenos Aires y encerrarse para siempre en el monasterio, en brazos del esposo celeste de las vírgenes, ya que el que ella había elegido en la tierra no existía sino para la gloria y los recuerdos.

Así que el silencio y la obscuridad reinaron en todas las habitaciones, salió María de la suya y llamando a su perro favorito (valiente mastín de los cimarrones de la pampa) enderezó sus pasos precavidos hacia la tranquera, y tomó en medio de las más densas tinieblas el camino del alto, sin darse casi cuenta de sus acciones ni de los peligros a que se exponía en el tránsito.

A la madrugada siguiente, delante del altar en donde se celebró la primera misa en la iglesia de las Catalinas, se veía el bulto esbelto de una mujer joven, cubierto de la cabeza a los pies con un mantón obscuro, a cuyo lado jadeaba vigilante un perro blanco azorado de encontrarse en aquel sitio nuevo para él.

Concluido el sacrificio, levantóse la del manto y habló con una de las monjas por la ventanilla de la reja que da al presbiterio, y de allí se encaminó al locutorio, cuya puerta interior se abrió, y se cerró luego con ruido tras ella, como si rechinasen los goznes enmohecidos de un sepulcro.

María cumplía el juramento expresado tantas veces por ella con estas palabras: O DIOS O ÉL.

---- Publicada en la "Revista del Río de la Plata", Año 1874

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