Thomas Henry Huxley; A Sketch Of His Life And Work

Chapter 3

Chapter 34,164 wordsPublic domain

Al mismo tiempo comenzó a poblarse el aire que circundaba la cabeza de María, con una nube de picaflores de todo tamaño, zumbando, temblando y luciendo los tornasoles metálicos de sus inquietas alitas. Ni las mariposas del trópico en torno de una rosa musgosa, ni la lluvia de fragmentos de flores sobre una paloma blanca recién bajada del nido a beber el agua de la aurora, tienen punto de comparación con aquella maravilla real superior a las invenciones de los artistas. Las avecitas rumorosas revoloteaban entre los rizos de su protectora y le acariciaban la frente con el vientecillo que levantaban al volar, y bajaban después a posarse en el borde de la copa, en cuyo líquido sumergían la lengua aguda y prolongada como el pistilo de las flores de que se alimentan.

Esta escena duró como un cuarto de hora, durante cuyo espacio de tiempo, el semblante de María, serio, reflexivo y aun nublado con un ligero velo de tristeza, contrastó con la brillante alegría de los seres que la rodeaban. Un no sé qué de santa presintiendo el martirio, se esparcía sobre su fisonomía, y la rueda de los colibríes remedaba sobre su cabeza la aureola de beatitud que conquistan las mujeres célebres por la constancia en su fe. Por último, la cazadora de aves con liga de miel, arrojó al aire la que quedaba en la copa; y como si hubieran saltado las gotas del líquido transformadas en rubíes, en esmeraldas, en topacios, en granates, en conchillas de nácar y en pepitas de oro, se dispersaron bulliciosos y deslumbrantes aquellos preciosos pajarillos, creados en el mismo instante en que la naturaleza sembró en los bosques argentinos la semilla misteriosa de la flor del aire.

Cuando María regresó hacia el corredor, traía el sol de la tarde a su espalda y proyectaba una sombra fuerte y prolongada sobre la arena que caminaba con paso lento y solemne, como si se sintiera fatigada de cuerpo y de alma. Aquella sombra tocó primero los pies del capitán, colocado en el centro del corredor, y poco a poco fue cubriéndolo hasta la cabeza. El joven enamorado, exquisitamente impresionable, se conmovió como una sensitiva y todos sus poros se abrieron como para recibir de nuevo la vida; pero experimentó al mismo tiempo una sensación ingrata cuya causa se explicó más tarde a solas, con profundo dolor.

Todos sus sueños, desde el primer momento en que conoció a María, consistían en contemplarse feliz en lo futuro, unido para siempre a ella con vínculos sagrados. En sus desvelos escogía el título de "esposa" para juntarlo con el nombre de su preferida en las infinitas veces que la invocaba. Aquel contacto casual de la sombra de ella, con el cuerpo de él, habíale parecido inopinadamente, un presentimiento de desgracia, representándole como una ilusión, como el abrazo de una sombra, la posesión de su idolatrada María.

Si estas ideas, vagas y sin sentido todavía para quien las formaba, causaban la melancolía del joven en aquel sitio verdaderamente encantado ¿por qué razón la gentil y espiritual niña, rodeada del amor de los hombres y hasta del de las aves, y de todos los bienes del mundo, estaba también mustia y entristecida?

-Vaya, María, díjola el tío, advirtiendo esta situación de ánimo en su sobrina: pensativa has quedado; ¿qué te han dicho tus pajaritos?

-Muchas cosas, tío.

-¡Muchas cosas! Pero, veamos cuáles son, que no todos, como tú, entendemos el idioma de los moradores del aire.

-¡Qué curioso es Vd.! Si me pusiera a traducir mi conversación con los colibríes, disgustaría a mi señor padre, y te confirmaría en la idea de que soy una visionaria.

-No, hija mía, habla, habla. Quisiera que el capitán pasase un buen rato oyéndote soñar despierta, como acostumbras. Yo también tengo curiosidad de saber lo que te han dicho esta tarde esos bribonzuelos que se embriagan con miel; le replicó su padre con el tono más afectuoso.

-No, no, mi padre; otra vez, otra vez será. El señor capitán tiene que retirarse porque ya es tarde y el caballo le espera en el palenque.

-Señorita, Vd. me despide con mucho ingenio, le contestó el huésped; pero tiene Vd. razón de estar cansada de mi silencio contemplativo. La felicidad y la admiración, cuando son verdaderas, son mudas.

-Es verdad; tampoco hacen ruido los vasos llenos -y los corazones colmados de sensaciones, no hablan. Yo me retiro; adiós señor capitán, sea Vd. feliz.

-Ve Vd., capitán, así es mi María, incomprensible; le dijo el padre, luego que la hija llegó a la puerta del fondo de la sala a cuyo umbral se encontraban; yo la comparo a su clave cuyas teclas dan sonidos alegres como castañuelas y tristes como dobles de honras. Pero, eso sí, contenta o entristecida siempre es buena y amorosa conmigo, con su tío, con todo el mundo. No tome Vd. a desaire su ausencia anticipada: antes de llegar Vd. me decía: es preciso que tratemos bien al capitán para que nos visite con frecuencia. Y como sus deseos son leyes para mí, capitán, espero que no dejará Vd. crecer los yuyos en el camino que nos separa, al menos mientras dure la buena estación.

El capitán lo prometió así y se despidió de sus nuevos amigos con las demostraciones más sinceras de estimación.

Encerróse María en su aposento, abriendo de par en par las ventanas para que el aire libre y el ruido de los árboles se asociaran a las sensaciones que la embargaban. El peso del alma abatía sus miembros, y apenas tuvo aliento para desceñirse el cinturón, soltar sus trenzas y reclinarse en los almohadones de un sofá. Allí permaneció más de una hora, inmóvil como una estatua, con los ojos fijos en el confín del horizonte en donde se juntaban las nubes del cielo y las olas un tanto inquietas del río. La firme concentración de su mirada y los movimientos frecuentes del leve cambray que la cubría el seno, decían claramente que meditaba y sentía, y que en su cabeza y en su corazón se daban cita para resolver el problema de su felicidad, todas las fuerzas morales de aquella criatura inteligente y afectuosa. En semejante situación, juntábase en María cuanto la mujer puede presentar de encantador y cuantos atractivos dieron en el mármol los antiguos artistas a las diosas en quienes creían: el divino Rafael se habría echado a sus pies suplicándole que se prestase a ser modelo de una Venus cristiana. Pero el arte humano condenado a vivir de la rastrera imitación, estará eternamente privado de contemplar y de copiar cuadros que sólo se presentan entre misterios a los ojos de Dios, como se presentaba el de María a la media luz de la tarde.

María se sentía transformada, y a veces se palpaba a sí misma creyéndose otra, sorprendida de sentir y de imaginar cosas que jamás, ni en sueños había concebido. Por el instinto y la lectura adivinaba la existencia de lo que se llama "amor"; pero los libros que le permitían frecuentar, hablaban de este sentimiento en lenguaje trivial, risueño, análogo a aquella gastada imagen del niño ceguezuelo que hiere los corazones con flechas doradas y aprisiona con grillos de rosas.

Mientras tanto, ella se sentía iniciada repentinamente en un gran misterio. Las ideas risueñas e infantiles huíanle como sus colibríes dispersos, para dar entrada en el alma que antes ocupaban sin rivales, a los pensamientos graves, a la contemplación del porvenir, a la idea de otro mundo doméstico en que no figuraban solos su padre y su tío. Parecíale que éstos no eran ya suficientes para llenar todas sus aspiraciones, para sostenerla en el camino de la vida, para hacerla dichosa, en fin, porque la noción de la felicidad se le presentaba bajo diferentes condiciones que antes. Hasta allí había sido dueña de su imaginación, la que, sana y sin nublados, paseaba a su arbitrio y sin rémora por los objetos de su elección; y su inteligencia, como una cera, se amoldaba y contraía sin obstáculo a las materias más variadas. Ahora, una sombra con forma determinada y con nombre propio, venía sin ser llamada a colocarse no sólo delante de sus ojos, sino delante de todas sus ideas, distrayéndolas y dándoles siempre una misma dirección. El susurro de las hojas y el canto de las aves, eran para ella la voz de aquella sombra; las nubes del poniente tomaban para ella la forma de la misma sombra, y hasta la de su cuerpo la sorprendía creyéndola la imagen real de aquella visión de todos sus instantes. ¡Cuántas veces no se ruborizaba al notar que tendía los brazos maquinalmente para estrechar su ilusión, y cuando sintiéndose desfallecida de ánimo buscaba en esa misma ilusión un apoyo, y pretendía reclinarse en ella!

El más poderoso de los sentimientos, enseñoreado de María, desarrollaba en ella las facultades poéticas que constituían casi exclusivamente su naturaleza. Dentro de ella resonaban las estrofas de un poema que ninguna pluma ha acertado a escribir; y para que nada faltase a su perfección, la melancolía guiaba el ritmo y daba sus penumbras a ese poema concebido en aquellas entrañas de Musa. La producción de su alma se fue de este mundo con ella, porque hay concepciones que por demasiado bellas no pueden representarse con palabras. Pero algo podrá traslucirse de la obra por las acciones de la poetisa.

Cuando interrumpió su meditación, encendió dos bujías de cera perfumada, y las dos llamas rosadas iluminaron un cuadro al óleo que representaba la Asunción de la Virgen, llevada entre nubes en alas de una multitud de ángeles. María oró delante de aquella imagen, heredada de su madre, y en seguida, acercándose a una cómoda de jacarandá tallada a cincel e incrustada en nácar, sacó de una de sus numerosas gavetas varios útiles de costura y se puso con precipitación a plegar en forma de círculo la franja de seda celeste que había llevado de cinturón durante las dos visitas del capitán. Aquella prenda de su vestido se transformó entre sus dedos en una elegante cucarda, que era por aquellos tiempos el distintivo de los amigos de la revolución. Cada pliegue, cada puntada de aquel talismán patrio, representaba un pensamiento, una aspiración, un suspiro de María, cuyo corazón había tomado tanta parte en la labor de su aguja que quedó como si hubiera subido la falda de una montaña, y se arrojó sobre el sofá en donde de nuevo se sumergió en sus reflexiones. Estando así, acertó a entrar por una de las ventanas una de esas ráfagas locas que soplan en la alta noche, y se produjo en el silencioso aposento un sonido vago y armonioso. María tembló como una sensitiva. Parecióle oír una voz que la saludaba, suplicándola hiciese sonar la suya; porque el viento había producido aquel ruido, sacudiendo la caja de una guitarra que pendía de la pared a la cabecera del sofá. Púsose en pie y echando ansiosa la vista por la obscuridad de los jardines, descolgó el instrumento, apagó las luces que aún ardían frente a la imagen de su devoción, y exhaló su duda, su amor y su melancolía, cantando una canción cuyos versos y música nadie le había enseñado. He aquí esa especie de globulillo de aire, que se escapó de entre sus dedos, teñido con los tenues e indeterminados colores de la melancolía:

Sombra de mi vida Nube de mi sol: Era una esperanza Corrí de ella en pos, Y al ir a gozarla Nada se volvió; Cual sombra en el día Cual nube en el sol.

Sombra de mi vida Nube de mi sol, Figura velada De triste crespón; Malhechora maga, ¿Por qué obscureció, Tu sombra mi día, Tu nube mi sol?

Sombra de mi día Nube de mi sol; Imagen que pasas Diciéndome adiós; ¿Por qué despiadada Tu aliento sembró, De sombras mi día De nubes mi sol?

Sombra de mi día Nube de mi sol; Tormento de una alma Nacida al dolor; Eres mi esperanza Que se deshojó; La sombra en mi día La nube en mi sol.

Sombra de mi vida, Nube de mi sol, Funesta te agrandas A esta hora en que Dios Envuelve en la nada La luz que pasó, En sombras el día Y en nubes el sol.

La voz de María, suave y querellosa como la de las auras en el ramaje, incitó la de las avecillas cercanas, que confundiendo la luz ya pálida de los luceros con la del alba, adelantáronse a saludarla con todo el entusiasmo de sus gargantas. Para ellas era como siempre aquella aurora, la mensajera del día que con dedos de rosas hace brotar el contento de en medio de las tinieblas; mientras que para la torcaz herida que acababa de arrullar en su guitarra, era un espíritu siniestro que huía envuelto en la mortaja de la noche, dejando tras sí las tristezas de la mañana. ¡Qué contraste entre estas dos armonías; entre los gorjeos en la arboleda y el canto del aposento; entre la constante alegría de la naturaleza y el frecuente desabrimiento del alma humana! ¡Dura compensación del don de la inteligencia! El ave, es verdad, experimenta también sus dolores, puesto que los juegos de un niño o los placeres de un cazador pueden dejarla sin hijos y sin compañero. Pero en la primavera inmediata volverán a bullir en el nido los polluelos, y la dicha presente borrará completamente de la memoria del instinto el dolor de aquellas pérdidas. ¿Mas quién podrá borrar de los recuerdos de una mujer el naufragio que sufrió en su corazón, una de sus esperanzas, uno de sus sueños? La oración lavará sus remordimientos; pero las estigmas que le abrió el amor no se cicatrizarán en ella con los bálsamos del cielo.

No se mostraba aún el sol, cuando salió María de su aposento y comenzó a pasearse por los jardines, cuyas flores recién engalanadas con el rocío, se mecían sobre las ramas al soplo de los aires frescos. Pero la víctima del insomnio de una noche entera no tenía sentidos para gozar de los colores ni de la fragancia de las plantas, por en medio de las cuales pasaba distraída, indiferente, desfallecida, suspirando, casi llorosa, con el cabello suelto, y con los ojos rodeados de un tinte azul como si las lágrimas hubiesen desteñido sus pupilas. A veces caminaba de prisa; a veces, deteniéndose, levantaba la cabeza hacia arriba, y movía los labios como si orase o pronunciase algún nombre que la infundiera amor y veneración a la vez. Iba a sentarse en uno de aquellos bancos sombreados por palmas en donde en presencia del capitán había tejido la guirnalda para su jilguero, cuando sintió el galope de un caballo que se acercaba. María, sin poderse contener corrió hacia la tranquera, y apenas había andado la mitad de una de las calles del jardín, cuando enfrentó con el capitán que caminaba con paso acelerado, visiblemente inquieto, y como quien duda de si comete o no una acción reprensible.

Según las reglas de la táctica hipócrita de los salones, María debió volver la espalda a aquel atrevido que en horas desusadas violentaba las puertas que la hospitalidad más generosa le había dado a conocer. Pero ella, virtuosa y candorosa de veras, se dejó llevar de sus impulsos primos, y se dirigió hacia el hombre a quien ella había depurado de toda flaqueza en el crisol ardiente de su corazón, en donde constantemente mantenía su imagen. A fuerza de elevarse, abrazada con esa imagen, a las regiones donde su alma vivía, el capitán habíase convertido, en la mente de María, en un ser perfecto, en un caballero "destemido y sin tacha", en una idealización del talento, del valor de la virtud, en un hermano que la sociedad le traía ya que la naturaleza se lo había negado, en una porción de ella misma. Tan hondos fueron los pensamientos que le consagró desde que lo vio por primera vez, que confundiendo la intensidad con la duración, se imaginó que eran años, años de intimidad, las pocas horas trascurridas desde la entrevista al borde del estanque bajo la sombra del ombú.

-¡¡¡María!!!

-¡Capitán!

Casi a un mismo tiempo, y como dos notas unísonas, se oyeron estas dos exclamaciones que exhalaron aquellas dos almas como para confundirse en una sola. Las manos también se confundieron, y las del capitán fueron inundadas en las lágrimas y en los sollozos de María, que no podía contener su apasionada emoción.

-Perdón, mi antiguo amigo de ayer, díjole María. Piense Vd. de mí lo que quiera: la naturaleza me ha hecho mujer, pero no me ha enseñado a disimular. ¡¡Yo le amo a Vd.!!

Y como si cometiera una debilidad, y al advertirlo se sublevase en ella el noble orgullo de su pura inocencia, clavando severos los ojos en el patricio, añadió:

-Y tanto peor para Vd., capitán, si no me comprende, si juzgándome por las reglas vulgares del mundo, me toma Vd. por una conquista fácil, por una inexperta niña, fascinada por el garbo de su persona o el lustre de sus galones de oro. Peor para Vd., lo repito;... pero mil veces peor para mí, porque morirían todas mis ilusiones, se enlutaría mi alma y me vería obligada a despreciar a quien tanto estimo. Si fuesen burladas estas lágrimas que caen de mis ojos, no las volvería a enjugar ningún hombre sobre la tierra: correrían, sí, de arrepentimiento o de desesperación sobre las manos martirizadas de mi Cristo de marfil, que colocaría para siempre y sin rival, sobre mi escapulario de monja Clara. O Vd. o Dios.

-¡María, ángel mío! exclamó el capitán fuera de sí y estampando respetuosos y ardientes besos en la delicada diestra de aquella criatura verdaderamente angelical. Si Vd. me ama yo la adoro a Vd. pero no como Vd. lo merece. Yo no soy digno de ser dueño de tanta belleza y de tanta generosidad. Yo venía a pedir temblando, una mirada de compasión, una leve muestra de interés, una palabra de consuelo y de esperanza, y Vd., María, pone en mis manos su corazón deshecho en llanto. Comprenda Vd. mi felicidad: ni un instante se ha apartado de mí la imagen deliciosa de Vd. desde que la conocí. He vivido sólo para Vd., fuera de mí, como un autómata cuyos resortes dependían de la voluntad de María: sin ella yo no quiero ni la felicidad ni la existencia. Pero Vd. ha hecho de mí una criatura perfecta, lo adivino, un ser con alma semejante a la suya. A ese ser es al que Vd. ama, al que no ha temido confesar su amor y consagrárselo sin miramientos. ¡Pobre de mí, que no puedo ofrecer a Vd. sino las dotes de un estudiante y de un soldado, las virtudes del colegio y del cuartel; el agradecimiento de un hombre común, la lealtad jurada sobre un acero sin brillo aún, y una pasión sin más mérito que ser la primera que una mujer me inspira! Pero María, ¿al lado de Vd. quién no llegará a ser bueno, a acercarse a ese ideal ante cuya idea me anonado? Sí, yo seré digno de Vd. y seremos felices.

-¿Felices?... repitió María, interrogando, en un tono desgarrador de duda y de deseo. ¿Será posible, capitán, añadió con solemnidad, que se realice en este mundo y dure en él, la felicidad tal cual yo la comprendo? ¿Será verdad que con las manos asidas, como ahora las tenemos, podríamos pasar la vida amándonos?... ¡¡Imposible!!

A estas palabras trocáronse enteramente los papeles de este drama. María, gravemente serena, con el rostro inspirado de una Sibila leyendo en el porvenir, profundamente triste como presintiendo próximas desventuras para su corazón, dominaba y avasallaba el alma del capitán que se sentía niño y débil ante aquella joven sublimada por la pureza del amor recién nacido en sus entrañas. El valiente patricio, apoyado al tronco de un árbol, escondía el rostro entre ambas manos y sollozaba y derramaba lágrimas hasta el suelo, sin atreverse a mirar a aquella criatura fascinadora a quien tanto amaba y cuya paz él había turbado para siempre. El corazón se le desgarraba, porque se veía forzado a poner a prueba el de María, comunicándole una noticia que antes de llegar a la chacra se imaginaba que fuese recibida con indiferencia. Dando al fin con gran esfuerzo, una tregua a su llanto, pudo hablar y decir a María:

-Usted es la señora de mi destino, y desde ahora comienza Vd. a ejercitar su imperio. Decida Vd. Anoche he recibido orden de partir dentro de cuarenta y ocho horas para el ejército al frente de mi compañía. Compadézcame Vd. y resuelva: mi contestación la darán los labios de Vd.

Aunque semejante nueva hizo en María el efecto de un golpe eléctrico, estando, como estaba, preparada para recibir cualquier desgracia, no alteró visiblemente la serenidad que su ánimo fuerte había adquirido; y comprendiendo las tentaciones que debían agitarse en la conciencia del capitán, trató de fortalecerlo en sus deberes en obsequio al amor mismo que le profesaba.

-Capitán, le dijo, esa orden despedaza en dos nuestros corazones convertidos en uno solo, es tal vez mi muerte; pero es preciso obedecerla. Si tuviera Vd. la cobardía de desoír la voz de la patria y de las obligaciones, no sería Vd. para mí un objeto de cariño sino de aversión. Nuestro amor debe tener por fundamento la estima y ésta se alimenta con actos virtuosos. Parta Vd. capitán: deme Vd. frecuentes noticias de sus triunfos y ascensos, mientras yo pido al cielo que le guarde a Vd. de todo peligro.

-María, Vd. me arroja de sus brazos...

-No, capitán, mis brazos estarán fieles esperando a Vd., un siglo si fuese necesario...

-¿Y a quién recibiría Vd. en ellos? ¿Al viejo aguerrido mutilado, al rudo militar ennegrecido por la intemperie y la pólvora?...

-Recibiría en ellos, más apasionada que nunca, al valiente, al patriota, digno entonces de ser... mi esposo.

-María, esposa mía, adiós...

-El cielo y mi amor le protejan a Vd.

Lloraron amargamente después de este diálogo, hasta que María apartando de sí al capitán, le dijo: los valientes de su compañía esperan a su jefe -y desapareció a pasos rápidos entre las flores, puestas ambas manos en los oídos para no escuchar el galope en retirada del caballo obscuro.

Caminaba así María hacia sus aposentos, cuando saliéndole al encuentro su buen tío, con el breviario bajo del brazo, le manifestó extrañeza por hallarla tan de mañana en los jardines y con un aire visiblemente inquieto. Desde su ventana, que daba al camino, había notado la retirada a galope de un jinete que no podía ser otro que el capitán, y deseaba aclarar un misterio que se complicaba para él desde el momento en que tropezaba con su sobrina en horas en que por lo común estaba aún recogida. Por supuesto que por la cabeza del sacerdote no pasó la más remota idea desfavorable a María, cuyos sentimientos delicados le eran conocidos más que a nadie. Pero desde luego sospechó que aquellos jóvenes, a pesar de lo reciente de sus relaciones podían amarse ya, y su curiosidad bien intencionada se limitaba a saber si habían tenido o no una entrevista y qué era lo que en ella se habrían prometido recíprocamente. Averiguación que no creía difícil, porque si él tenía libertad para interrogar a su discípula, ésta por su parte confiaba demasiado en el juicio y en el cariño de su maestro para esconderle los secretos de un corazón que era en gran parte obra de aquel filósofo tolerante y cristiano.

-¿Sabes, hija mía, la dijo el tío, que acabo de ver pasar a gran galope un caballo obscuro guiado por un jinete parecidísimo a nuestro nuevo amigo, el capitán de Patricios? He supuesto que vendría a visitarnos y que se ha retraído de llamar a la tranquera por ser la hora demasiado temprana: más tarde le tendremos en casa. ¿No lo crees tú así?

-No, tío mío. El capitán no volverá a visitarnos en mucho tiempo... y quizá nunca más.

Pues no fue esa la intención que nos manifestó al despedirse la última vez.

-El hombre propone y Dios dispone, amado tío. El capitán marcha para el ejército dentro de pocas horas.

-¿Y cómo lo sabes?

-El mismo me lo ha dicho hace un momento.

Al pronunciar María estas palabras tomóle las manos al tío y se las besó bañándolas con lágrimas.

-¡María!, la dijo éste, lleno de inquietud, ¡hija mía! serénate, cuéntame lo que te pasa. Dios y el cariño que te profeso me dictarán palabras que han de consolarle. Habla, mi pobre María, habla.

María enlazó su brazo derecho al cuello de su segundo padre y caminando a par de éste con paso desalentado, le refirió menudamente cuanto acababa de pasar entre ella y el capitán, pidiéndole perdón por haberle ocultado hasta entonces los sentimientos que el joven militar había despertado en ella desde aquel lunes en que había comido en la chacra.