Thomas Henry Huxley; A Sketch Of His Life And Work
Chapter 2
Pero tú, por fortuna, te encuentras ya libre de las garras de esas enemigas de tu felicidad y de tu honra, puesto que han cedido todas a la más poderosa y noble de entre ellas, a la pasión del amor, despertado en tu alma por una mujer que crees digna de ti y capaz de velar por tu nombre. El amor es el sol de los seres creados: para todos es igual y a todos vivifica. Amor omnibus idem.
El corazón sin amor es el corazón de un cadáver. El sacerdote lo transforma en caridad y lo derrama entre los pecadores como el vino y el óleo de la Samaritana. El hombre del mundo, como tú, destina de él la parte más activa para conquistar el afecto de una mujer y para abrigar a su calor los hijuelos frutos de un santo y legítimo matrimonio.
Si María fuese como me la has pintado, digna es sin duda de tu amor. Amala, ámala mucho, a ella sola, "entre todas las mujeres", en todas las circunstancias, especialmente cuando padezca, y aun cuando (quod Deas avertat) una enfermedad inesperada viniese a desmejorar sus hechizos.
Tus facultades sensibles vagaban antes inciertas y como a obscuras en vista de un objeto en que fijarse, y por esa razón traías inquieto y desabrido el espíritu. Ahora ya has encontrado el blanco de tu cariño y desde que diste con él has recobrado la calma de que por fortuna vuelves de nuevo a disfrutar. He aquí, hijo mío, con cuánta facilidad se explican los misterios y "milagros" de nuestra pobre naturaleza. Estás enamorado, esto es todo. Sé virtuoso, para que el amor no te enseñe nunca el lado negro de sus alas. Haz de María una esposa tan pronto como te sea posible; yo les echaré la bendición y seré de los primeros en acariciar a tus hijos que serán mis nietecitos, en espíritu. Que tus amores sean tan puros como la aurora en que han nacido.
Después de escuchar este razonamiento tan lleno de caridad y de filosofía, el capitán estrechó al excelente fraile contra su corazón, bañándole el venerable rostro con dulces lágrimas, y salió de aquel lugar de consuelo, más ennoblecido, más valiente y más enamorado.
A pesar del insomnio de aquella noche, cuando a la mañana siguiente se presentó el cautivo de la chacarera al frente de sus soldados, comenzaron unos a otros a preguntarse: ¿qué tendrá nuestro capitán que parece mejor mozo, más arrogante y más cariñoso que otras veces? ¡Brava pregunta! observó un sargento que pasaba por oráculo en la compañía, -le habrán prometido el grado de mayor, y está dentro de sí celebrando sus pascuas y vislumbrando sus charreteras.
Lo cierto es que el capitán se apartó de sus subordinados, dejándoles más afectos a su persona y más dispuestos a obedecerle. Es que los destellos de la satisfacción interior, son los hilos con que se teje la red de las simpatías, y el capitán estaba satisfecho y se consideraba afortunado. Felicidad es consonante de bondad, y sólo los buenos por excelencia, han merecido en las leyendas de los santos el título de cazadores de almas.
Pero, sin embargo de la expansión que había tomado el ánimo del enamorado de María, era éste de carácter tan selecto, que sentía como rubor en hacer a los extraños testigos de una felicidad que no podía disimular, y parecíale sacrilegio y una acción de mal caballero, malgastar su alma en la atmósfera de la sociedad teniéndola llena de los perfumes de su idolatrada. Encerrado en su casa durante el día, sólo salía a respirar el aire más libre, en las noches dirigiéndose de preferencia a los poyos de la alameda en donde pasaban para él las horas sin sentirlas, contemplando el cielo retratado en el cristal del río, y recorriendo con el pensamiento el camino que conducía a San Isidro. Entregado a sus dulces imaginaciones no se encontraba capaz de abandonar aquellos lugares hasta que el reloj del Cabildo sonaba la última campanada de las doce, y las velas de los faroles comenzaban a bostezar en sus mecheros de lata. El resto de las horas hasta la madrugada también le pertenecían a María. Cuando la luz natural amortiguaba la de la lámpara del enamorado, sus rayos alcanzaban a enjugar la tinta fresca de los precipitados renglones en verso de toda medida, con que el capitán había exhalado su amor, su felicidad y sus esperanzas. Así se pasaron las noches y los días que mediaron entre la primera y la segunda visita del capitán a la chacra encantada de la Costa. Apenas amaneció el día lunes, cuando ya estuvo en pie el Asistente ocupado en acepillar el uniforme, en bruñir los estribos, y aperar con esmero el caballo oscuro del joven patricio, mientras que éste, apoyado en la reja de un balcón, dirigía, con una que otra palabra, aquellas operaciones que se hacían bajo los corredores del segundo patio de un solar heredado de padres en hijos desde el repartimiento de Garay.
En fin, en hora conveniente abrióse de par en par el portón travieso de la casa, y nuestro gallardo capitán, vestido con mayor esmero que de costumbre, tomó la dirección que ya conocemos. Pasó bajo el arco de la Recoba, el centinela del baluarte de la Fortaleza le saludó echando el arma al hombro, y siguió por la margen del río, tratando, en cuanto le era posible, mantener su caballo sobre el verde para evitar el polvo y para no caldear los vasos del obscuro favorito. El cielo estaba nublado y la mañana fresca y húmeda. Varias mujeres de color, agobiadas bajo el peso de sus bateas de ceibo, rebosando de ropa usada, descendían por las abras de las barrancas, y los patos de laguna se levantaban en bandadas para dejar libre a la espuma de jabón, el lugar que en la noche habían usurpado a los "pozos de las lavanderas". El paisaje, velado por una neblina tenue, daba cierta gracia misteriosa a la forma de los árboles, a las alturas, a los animales, y las aguas se negaban a reflejar, por feas, a las nubes parduzcas que ensuciaban envidiosas la faz del cielo. Pero, ¿qué le importaban al capitán estos pormenores de la naturaleza dignos de la atención de un artista? El paisaje, según lo ha dicho alguien que lo entendía, no está fuera sino dentro de nosotros, y en el interior del jinete del Oscuro no había ni cabía otra cosa que la imagen de la hermosa costera.
Pensando constantemente en ella, llegó aquél a la chacra como a las once de la mañana, anunciándose antes que con su propia voz, con el relincho sonoro de su caballo, a cuyas narices había llegado el olor de la flor de alfalfa de los potreros vecinos.
Aquella habitación de recreo, estaba situada sobre la barranca, dominando los bañados y en el centro de un terreno plantado de árboles y de bosquecillos de flores hasta la misma orilla del ancho corredor sostenido por maderas de labradas del Paraguay. Este corredor, excelente reparo contra la intemperie, rodeado de bancos de material, circundaba todas las habitaciones techadas con tejas rojizas. Las puertas daban a él y también las ventanas, en cuyas rejas se enmarañaban los mimbres de variadas y floridas enredaderas. Las flores del aire blancas, en cantidad infinita, formando figuras regulares y festones, ocupaban los espacios dejados en las paredes por las puertas y las ventanas y perfumaban el aire con esa fragancia tan exquisita como pasajera que todavía no sabe imitar el arte del destilador ni del perfumista.
A la puerta de la sala que correspondía al mojinete, recibieron al capitán, el padre y la hija que ya le conocían, y un venerable y urbano sacerdote como de 50 años de edad a quien fue inmediatamente presentado.
Esta vez no se habría atrevido el apasionado de María, como en la primera visita a tomarle la mano y besársela: una reserva sigilosa se había apoderado de él en presencia de aquella criatura a quien tanto amaba y se sentía torpe en la lengua y como abandonado de su ingenio, fértil de costumbre en asuntos de conversación y en rasgos de buena sociedad. Sin embargo, las pocas palabras y saludos que se dirigieron recíprocamente ambos jóvenes, mostraban a las claras cuál era el estado de aquellos corazones, y a pesar del embarazo que sentían para comunicarse ante testigos, se advertía bien que si el patricio había pasado sus días pensando en su amada, la patriota no lo había echado en olvido ni por un segundo de tiempo. Aquellas dos almas se entendían como que ya habían dialogado largamente, por medio de ciertas conocidas corrientes eléctricas, que son desde la era de los Patriarcas el telégrafo de los que se quieren bien.
-Capitán, Vd. está en su casa, y en su casa de campo; por consiguiente excuse Vd. los cumplimientos, dijo el padre de María tomando el sombrero y el rebenque del recién llegado y colgándolos a una percha destinada para ese objeto. Aquí ciframos la etiqueta en proporcionar libertad por entero a las personas que nos honran con su visita. Cuando Vd. se canse de nuestra charla, ahí está una vihuela sobre ese clave, y si no es Vd. aficionado a la música, como no lo soy yo, tendré mucho gusto en mostrar a Vd. mis injertos de frutales de Europa, y los árboles exóticos que he hecho venir de Jujuy y de Tucumán: son admirables. Tampoco le interrumpiremos a Vd. si quiere entregarse a la lectura; a bien que no faltan libros; -y señaló con la mano la puerta abierta de una habitación en cuyo centro se veía una gran mesa de escribir cargada de volúmenes de todo tamaño.
-Mil gracias, señor. Estoy seguro de que ha de parecerme corto el día para gozar de la conversación de Vds.: el aburrimiento no puede presentarse aquí donde hay tanta luz, tanta verdura y tan exquisita hospitalidad. Creo que el ideal de la vida consiste en cultivar un campo propio, sin abandonar el cultivo de la inteligencia. La nobleza del porvenir ha de tomar por escudo de armas un arado y un libro entrelazados con un gajo de palma.
-Amigo mío, está Vd. traduciendo mis sentimientos (exclamó con viveza el clérigo de la casa) y haciendo al mismo tiempo el más cabal elogio de los buenos resultados de nuestra educación clásica. ¿No es verdad que nada predispone tanto a amar los campos y sus faenas, y la "medianía dorada" del filósofo, como las obras de Virgilio y de Horacio? Y mire Vd., María piensa como nosotros: su lectura favorita es fray Luis de León, que como Vd. sabe ha imitado con tanto acierto las bucólicas del primero de aquellos poetas.
-Señor capitán, señor doctor en Cánones, dijo, tomando su ancho sombrero de paja el dueño principal de la chacra, ya se han entrado Vds. en un campo que yo no labro: con permiso de Vds. me ausento por corto tiempo, porque el capataz espera mis órdenes para despachar al pueblo unas carretas con leña: hasta de aquí a un rato.
Entre tanto, María, tenía pendientes los oídos de las palabras del capitán, mientras examinaba con aparente distracción unos cuadernos de música que acababa de recibir de España. Por su parte, el huésped feliz no apartaba un momento la vista del cuadro encantador que le presentaba aquella joven, vestida como la primera vez que la vio, de blanco y celeste, reclinada sobre el clave, tarareando en voz baja la música que recorría y dejando que sus rizos negros jugasen resaltando sobre las blancas páginas de los cuadernos.
Así que ella advirtió una interrupción en el diálogo que sostenían los dos aficionados a las letras latinas, volvióse hacia ellos, y enseñando las perlas de su boca, tímida, pero con despejo, les preguntó con afable sonrisa, si desearían matar el tiempo escuchándole un romance moderno que había estudiado la noche antes. El tío le manifestó su aprobación con la complacencia de su semblante, y el joven enamorado con un ademán de rendimiento en el cual vio claramente María que el capitán no tenía otra voluntad que la de ella.
La cantora no quiso aceptar la silla que éste le ofreció y se mantuvo de pie en el ángulo de la mesa del clave, sobre la cual colocó verticalmente la guitarra, adornada con embutidos de nácar y de ébano, de cuya materia eran también las clavijas en que se apoyaban los dedos más blancos y mejor torneados de este mundo. A los primeros arpegios de la vihuela, un pintado jilguero que trinaba en una jaula de alambre, calló repentinamente, y el capitán sintió húmedos los ojos de entusiasmo y conmovido el corazón hasta en las fibras más ocultas.
María levantó sin afectación sus ojos azules, y en actitud como de escuchar una lección del cielo, cantó el prometido romance con voz deliciosa, con sentimiento e inteligencia. A pesar de sus esfuerzos para no dejar traslucir sus emociones, dio las últimas notas no con la garganta, sino con el corazón, haciéndolas temblar a par de las cuerdas, como trinos de ruiseñor en la medianoche. Sus ojos vagos y recogidos entre sus largas pestañas, trataban en vano de disimular las chispas de diamante con que las sensaciones del alma los humedecían, y el color de sus mejillas se había ido poco a poco apagando como el de una rosa que se marchita al calor.
Temblaba el capitán en su asiento, y aparentando enjugar con su pañuelo de cambray la transpiración del rostro, lo empleaba en realidad en recoger las lágrimas que sin poderlo remediar derramaba copiosamente.
El discreto sacerdote, hombre bondadoso y sensible, estaba también conmovido ante aquel espectáculo interesante, porque sin duda, ninguno lo es tanto como el que presentan dos almas generosas y puras que se encuentran por la primera vez, después de haberse buscado largo tiempo con ansia en sus aspiraciones a la felicidad. Conociendo el embarazo y la turbación de los dos jóvenes, tomó un tono ligero y jovial y exclamó: ¡bravo! ¡bravo! has estado inspirada María. Pero ¿no es verdad, capitán, que nada tiene de propio el argumento de la letra de ese romance, cuya música no deja qué desear? Ese caballero cruzado que va a la guerra de Palestina, llora demasiado la separación de la mujer que ama, siendo así que la gloria y la religión, que son dos hermosuras eternas, le piden el auxilio de su espada. Podía Vd. encargarse de corregir esos versos, apropiándolos a las circunstancias: Vd. es militar y poeta y se desempeñará a nuestra satisfacción. Vamos a dar una vuelta por el jardín para que nos sentemos a la mesa con el ánimo alegre y con buen apetito.
María, que también deseaba mirar el cielo y las flores, saltó como una mariposa desde el umbral de la sala hasta la arena lisa de una calle formada de rosas de todo el año y de mosquetas blancas, a la sombra de un parral que techaba aquella calle en toda su extensión de cien varas. La madreselva, de fuerte y voluptuosa fragancia, enredaba vigorosa sus ramos sensuales a los pilares que sostenían el emparrado, convirtiéndolos en árboles vivaces. Varias de estas calles, como diagonales de un vasto cuadrado lleno de arboleda frutal, iban a juntarse en la circunferencia de un círculo, formando alternativamente de palmas de las islas, y de naranjos y limos poblados de hojas en todas las estaciones. Los penachos de los palmeros, a manera de brazos de gigante, se extendían hasta unirse por encima de las copas redondas de los naranjos, mezclando con agrado de la vista los variados matices que resultan de la combinación del verde subido y del amarillo pálido. Del suelo de este círculo levantaban sus vástagos y sus cálidos perfumes las plantas de resedá, de heliotropo, de toronjil y de tomillo, formando una atmósfera cargada de las esencias del Paraíso. Varios bancos de madera apoyados contra los troncos ofrecían descanso a los que paseaban el jardín [sic].
Cuando el capitán tomó asiento en uno de ellos, estaba materialmente embriagado con las exhalaciones fragantes, y loco de amor. María durante la caminata, había desplegado delante de él todas las actitudes de una gacela suelta en los prados, y al tomar las flores en sus dedos agudos como el marfil de los picos de las aves, habría merecido que se la comparase con el colibrí libando el almíbar de los azahares. La agitación al aire libre y la satisfacción interior daban realce a su hermosura, y ella lo conocía. La luz del campo comunicaba reflejos de ópalo al azul de sus ojos y tornasoles de oro a sus cabellos lustrosos. Había echado de sí completamente la anterior turbación y la timidez, y conversaba alegre y cantaba y reía, mientras sentada entre su tío y el capitán que le sostenían el buen humor, tejía una corona de flores (alrededor de una ramita de laurel) con las cortadas por ella en el paseo, de las cuales trajo colmada la falda y recogida de manera que formaban sus brazos como las dos asas de un canastillo.
-Observe Vd., capitán, el gusto artístico con que María casa los colores, dijo el sacerdote, con cierta complacencia de maestro.
-Rato ha que admiro ese talento; pero esta señorita hace algo más que matizar con gracia los colores: veo que no descuida ni las formas ni el olor, de manera que sus ramos han de ser tan armoniosos para la vista como simpáticos para el olfato.
-Capitán, contestó la tejedora de flores, pensaba no hacer partícipe a nadie de mi cosecha, pues destino esta corona para rodear con ella la jaula de mi jilguero; pero voy a hacerle a Vd. un ramito en agradecimiento por la lección que acabo de recibir de Vd.
-Las flores saben hablar, señorita, y las que Vd. me ofrece me recordarán que he pasado hoy el día más feliz de mi vida -replicó el favorecido, tomando con profundo agradecimiento el ramillete que le presentaba María.
-Será un recuerdo tan efímero como el regalo.
-Será tan duradero como mi existencia, replicó el capitán bajando la voz para que sólo llegara a los oídos de María. Esta se sonrojó un tanto, no contestó una palabra, y se dio priesa a cubrir con unos grandes pimpollos de rosa criolla la parte todavía desnuda del gajito circular de laurel. He concluido la tarea, dijo algunos minutos después. En seguida pasando la guirnalda por la cabeza y el brazo izquierdo, y cruzándola sobre el pecho, añadió: señores marcha de frente, que debe esperarnos mi padre para que nos sentemos a la mesa.
-Marchemos, mi señora sobrina la Amazona, le contestó el doctor, colocándose al lado del huésped y marchando jovial a la manera de los soldados: capitán, vamos a una batalla sin peligros.
-Yo, señor, contestó el enamorado, que como tal lo tomaba todo por lo serio, yo arrostraría a las más grandes a las órdenes de nuestra heroína. Comprendo en este momento cómo fue que una gran parte de mis jóvenes compañeros de armas de 1807 pudieron ver entre el humo de la pólvora a la virgen del cielo que les protegía: divinizaban a la mortal que cada uno llevaba en el alma apasionada como un talismán y un consuelo.
-Señor capitán, observó el tío de María; -como a poeta le perdono a Vd. la interpretación del milagro, pero como católico que soy no puedo consentir en él. Me inclino más al "romance de Rivarola", que a la prosa de Vd. sobre el particular.
María había prestado una gran atención a las palabras llenas de novedad del capitán, y había sentido latir su corazón y movérsele con violencia como en dirección hacia aquel joven de quien por momentos se iba apasionando más y más. El tío, advertido de estas impresiones había tratado de desvanecer aquella que pudiera hacer trepidar a la sobrina en sus creencias, sin dejar por eso de convenir en el fondo con la sagaz y poética conjetura expresada por el inteligente huésped.
En estas pláticas, y siempre María al frente, con su gracia y su guirnalda convertida en estandarte de amor, llegaron a las habitaciones en el momento en que el dueño de casa, después de despachar las carretas cuyo chirrío se oía ya distante por el camino de arriba, andaba buscándolos para introducirlos al comedor.
-Mis amigos, les preguntó, señalándoles la puerta de éste ¿qué tal ha estado el paseo? Pero vamos a la mesa y en ella me dirá el capitán con franqueza, qué le parecen mis jardines granadinos. Tomando el huésped el asiento que le estaba destinado y desdoblando la servilleta, paseó sin curiosidad la vista por el centro de la mesa, y contestó a la pregunta del padre de María colocado frente a él: -El elogio de los jardines de Vd. lo están haciendo ahí, con toda la elocuencia de sus matices y perfumes, las flores que llenan esos grandes vasos. Y tan hermosas son, que no temen la rivalidad de esos frutos agrupados al pie de ellas como proyectiles de guerra. En cuanto a la distribución del terreno, me parece sencillo, así como único en su especie, aquel magnífico cenador central formado con las dos especies de árboles que más se diferencian por la forma. Con razón llama Vd. "granadinos" a sus huertos, porque esta idea de entrelazar el árbol del desierto al de los azahares, ha debido venir hasta Vd. entre la sangre andaluza de su familia paterna. Puede ser también sugerida por el más milagroso de los instintos. Vd. tenía la conciencia de que merecía ser feliz, que debía ser padre y que había de darle el cielo una hija digna de vivir en el Edén, y Vd. adelantándose a los tiempos, tuvo la feliz inspiración de construir esta habitación y de plantar esos jardines como para la señorita María.
-Eso es, señor capitán, una jaula de mimbres pintados bien sahumada, como para una cotorrita, dijo ésta interrumpiendo con presteza al agudo discípulo de D. Pedro Fernández: pues sepa Vd., añadió, que más de una vez me encamino al bajo y me acerco bien a los juncos, hasta humedecer los pies en el agua, para tomar a mis anchas el olor silvestre de los camalotes, hastiada de aspirar el de los claveles y madreselvas. Y con mayor frecuencia asida de la mano de mí tío, me ando por ahí de rancho en rancho, con mi pan en el bolsillo, comiendo churrascos revueltos en la ceniza del fogón de los segadores de las Lomas. ¡Si viera Vd. qué buenas son esas gentes y cuánto me aman! Por supuesto que siempre es para mí el mejor asiento, es decir, la cabeza de vaca más entera... y la bombilla de lata menos abollada. Así, Vd. ve, capitán, que esta avecilla se contentaría con cualquier jaula con tal de gozar en ella aire bien libre, y que la dieran el alpiste con gracia y cariño.
El tío, mientras duraba este rasgo espontáneo del carácter encantador de la sobrina, se sacudía de risa y derramaba en los manteles, sin poderlo evitar, el vino que servía en las copas para asentar el primer plato. Al pasar la botella por sobre el cubierto de María, dijo, haciendo el ademán fingido de llenarle el vaso: Vino puella fuget.
-Eso es, tío amado, écheme Vd. latines y economice su néctar de Mendoza, que no ha de ser tan puro ni sabroso como éste de color de crisólitos que nos regala el Paraná con el viento Norte. Y diciendo esto, levantaba María a la altura de sus pupilas celestes, el cristal lleno de agua.
Los postres, que consistían en compotas de membrillo y ciruelas, hechas bajo la dirección de María, fueron muy elogiados por el huésped, cuyo paladar era voto, como de persona bien criada.
-No se imagine, Vd., capitán, dijo el padre de aquella, que mi hija cuide sólo de nosotros. Tiene también una familia particular para la cual destina un plato que no ofrece a nadie.
-No creo que Vds. tengan envidia del manjar de mis protegidos que consiste en miel silvestre de las islas. Y diciendo así alzó de un extremo de la mesa, una ancha copa de cristal pintado, con asas y pie de plata, y salió al corredor seguida de los ancianos y del capitán, curioso por saber para quién destinaba aquella Hebé costera la ambrosía que llevaba en la mano derecha, mientras con los dedos de la otra hacía un ligero castañeteo como llamando a los espíritus del aire. Adelantó algunos pasos bajo el emparrado, e imitando suavemente los píos del reclamo de las aves pequeñas, movió la copa sobre su cabeza en todas direcciones, como trazando un círculo mágico acompañado de signos de conjuro.
El capitán, fuera de sí, y sin poder contener los pies sobre las baldosas del corredor, como si fuesen las del suelo de un horno encendido, dirigíase hacia la hechicera, cuando ésta le detuvo, observándole que en aquella operación no podía intervenir ningún profano.