Thomas Henry Huxley; A Sketch Of His Life And Work

Chapter 1

Chapter 14,135 wordsPublic domain

Ven, que quiero llevarte A las llanas y fértiles orillas Del Paraná famoso; Allí donde se explaya voluptuoso En la alfombra sutil de las gramillas; Donde yo fui feliz, donde he dejado En mil cortezas vírgenes grabado El dulce nombre de mi amor primero, Y la pisada leve De mi tostado potro parejero, Sobre la arena que el pampero mueve. (G.)

"Mientras vivió desconociola el mundo, Yo que la conocí quedé a llorarla". (Petrarca)

A la primera luz de un día del verano de 1811, atravesaba, saludado por el centinela del piquete, el abierto espacio de terreno que hoy se llama Plaza del 25 del Mayo, un jinete joven condecorado con las insignias de capitán de Patricios. Montaba un caballo obscuro criollo de los Montes Grandes, circunstancia que nos ahorra el pintarle tal cual era, grande, descarnado, largo de cuello, delgado de manos, generoso y ligerísimo en la carrera.

Era el jinete un gallardo porteño, algo moreno de rostro, y de tan expresiva fisonomía, que aun cuando cerraba los labios, hablaba con elocuencia irresistible a los corazones por medio de dos ojos renegridos como la noche. Caminaba al tranco de su montura; y en el instante que bajaba la barranca por las inmediaciones de dos colosales ombúes, más hacia el Norte del antiguo muelle de piedra, por su actitud melancólica y por el descuido con que dejaba descansar las bridas sobre las crines de su Oscuro, con nadie habría podido comparársele con mayor exactitud que con el Hipólito de Racine, cuando condenado a la muerte por el Destino salía gobernando sus corceles por las puertas de la ciudad de Tresena.

Levantábase el sol sobre las aguas del Plata cortejado por densas nubes azules, cargadas de la humedad de la noche, como tributo a la ardiente voracidad del soberano del espacio. Algunas cabelleras, a manera de incrustaciones de ébano sobre la superficie del nácar, sobrenadaban voluptuosas al capricho de las olas y descubrían la afición al baño matutino y al aire libre, de las hermosas jóvenes, cuyos leves vestidos blanqueaban sobre el verde del bajo.

Pues bien, ni el espectáculo siempre nuevo del nacimiento del sol, ni el hallazgo de aquellas ninfas que eran de realidad y sonrosadas carnes, no fantásticas como la de los antiguos poetas, fueron bastante poderosos para hacer que el capitán volviese la vista a su derecha para mirar, arriba, el astro de nuestro escudo de armas, abajo, una porción casi desnuda del mejor tesoro que entre sus opulencias naturales cuenta Buenos Aires. ¡Tan grande era la preocupación de su ánimo!

Veamos, consultando los antecedentes, cuál pudiera ser la causa de aquella absorción mental dentro de sí mismo, de aquella indiferencia por los objetos exteriores más atractivos, que padecía en aquel momento el simpático jinete del caballo obscuro.

A la edad de veinticinco años largos, que era lo que contaba aquel joven, había experimentado ya, dos de las nobles emociones que pueden avasallar el alma humana. Discípulo de Fernández en el colegio de San Carlos y asiduo concurrente a la celda del Platón del claustro porteño, fray Cayetano Rodríguez, había tenido la fortuna de saborear en los idiomas más hermosos las creaciones de Virgilio y las de los líricos y dramáticos castellanos de los buenos tiempos del reinado de los Felipes. Habíanle entrado en el corazón entre torrentes de armonía, los conceptos más elevados, la pintura de los afectos más puros, las aspiraciones más generosas, los sueños más poéticos, los más hermosos consejos de abnegación y de desdén por las ruidosas pequeñeces del mundo, en fin, el mar entero de grandes e ideales cosas que abrazan y divinizan las musas; había contemplado lo bello.

Por otra parte, sorprendido por las invasiones inglesas en edad ya de manejar las armas, había sido de los primeros en alistarse bajo la bandera de Saavedra en el regimiento de Patricios, al lado de muchos de sus condiscípulos y amigos. De los primeros en las fatigas, de los primeros en el peligro, se señaló en toda ocasión por su disciplina y bravura; pero especialmente en las calles de Buenos Aires, saliendo a recibir, arrojado y destemido, la marcha de frente que trajeron hasta Santo Domingo las tropas aguerridas de Whitelocke.

Su corazón había latido a los nombres de patria y de honor; el silbido de las balas había acrisolado su carácter varonil, y con estas cualidades se presentaba entre los campeones de los nuevos tiempos abiertos por la revolución de Mayo.

Aquella mente y aquel corazón tan colmados, se ahogaban sin embargo, en un inmenso vacío. La gloria, los libros, la perspectiva de los grandes sucesos que se acercaban para ennoblecer nuestra historia, las emociones de los peligros en la lucha que comenzaba, nada de esto era bastante para dar firmeza a la vaga inquietud que atormentaba al alma del capitán, devorada por una melancolía profunda. Un ambicioso deseo le llevaba hacia horizontes sin término, a que nunca tocaba y que le huían como esos lagos fantásticos que las combinaciones de la luz fingen en nuestras llanuras, allí donde la aridez del terreno es más grande. Suspiraba por abrazar una impalpable nube que se deshacía en sus ojos como una neblina, tan pronto como su imaginación la dotaba de una forma y de un nombre propio.

Andaba su alma constantemente en busca de un pedazo de ella misma, desprendido sin duda, contra su voluntad, en algún ensueño de una noche luminosa de estío; y su existencia aparentemente embellecida con todos los halagos de la juventud, del talento y de buena fama, no era en la realidad sino un martirio causado por visibles verdugos. Sonaba la campana de la torre de la Recoleta, llamando a coro a los moradores de sus silenciosos claustros, cuando, inclinando hacia adelante su airoso cuerpo el capitán, hizo crujir los bastos de su apero y tomar el gran galope a su caballo por cima la verdura silvestre y húmeda de la margen del río. El brioso animal devolvía ardiente por sus anchas narices las auras perfumadas, y moviendo las coscojas del freno, entonaba, a su modo, el himno de orgullo que el caballo de todo valiente dedica a su señor en agradecimiento a la parte que le concede en la victoria. Antes era llevado por su instinto que por la dirección de la rienda; pero como en aquella misma hora había recorrido repetidas veces el mismo camino, conocía los senderos más llanos y salvaba con hábiles rodeos los pantanos y arroyos formados por la marea. Sin embargo en esta ocasión faltóle a pocas leguas el instinto y tuvo que detenerse de pronto ante un cercado tupido, formado de ramosos árboles de membrillo y espinosos rosales cargados de las flores que no tienen igual en fragancia.

El distraído jinete volvió en sí delante de aquel obstáculo repentino a su desesperada carrera, y examinando con una mirada el sitio y sus alrededores, descubrió la puerta de una habitación desde la cual le saludaba un anciano de rostro apacible y de cuerpo vigoroso, haciéndole señas que le invitaban a aceptar la hospitalidad de aquel vasto techo sombreado por un ombú secular y por un bosque en que se mezclaban los naranjos, los sauces llorones, las palmeras y las variadas especies de los afamados duraznos de las islas.

El capitán contestó cortésmente a las demostraciones del anciano, y bajando del caballo que condujo de la rienda hasta el umbral, estrechó la mano del dueño de casa, y ambos se sentaron en seguida en el extenso tronco del ombú, capaz y agradable canapé para un coro entero de bien nutridos canónigos.

Un negrillo muchacho se presentó casi al mismo tiempo trayendo la dulce y fragante preparación de yerba paraguaya, contenida en un poro renegrido, rodeado de una ancha salvilla de plata, como era de usanza entre la gente rica de aquellos tiempos. La comunidad del uso de la bombilla estableció su acostumbrada familiaridad entre aquellas dos personas que se veían por primera vez; y anudaron una sabrosa y cordial conversación sobre la fertilidad de aquellos terrenos, y sobre las noticias más recientes que corrían en la ciudad.

-Feliz Vd., decíale el anciano, que ha de llegar a ver el desenlace de la lucha en que nos hemos comprometido con la España; y más feliz todavía si participa de los peligros que ya desafían nuestros valientes paisanos del interior. ¡¡El cielo les proteja!! En este mismo lugar en que estamos he dado mi último adiós a Chiclana cuando pasaba al frente de algunas compañías de Patricios, ahora pocos meses. ¡Qué hombre tan ardiente y tan lleno de fe! "El pueblo argentino -me dijo al levantarse y tomando ya su caballo de la brida-, mostrará que todo es grande y nunca visto en el nuevo mundo, que sus hijos más que hombres son héroes, y que saben apreciar la libertad en su justo valor, pues han de conquistarla a costa de torrentes de sangre: la mía hierve por derramarse en aras de la patria". Mi contestación fue darle un abrazo contra el corazón; y al sentir latir el suyo comprendí que aquel patriota tiene un alma tan grande como prócer es su estatura.

-Le conozco, señor, dijo a su vez el capitán: he militado a sus órdenes; es un valiente lleno de serenidad y austero como un espartano. Le he oído arengar a sus soldados, y pocos como él poseen el don de comunicar el entusiasmo. Ama a su país más que a sí mismo, y deseo vivamente que me destinen mis superiores al ejército para acercarme de nuevo e imitar a ese hombre recto y rígido como su espada y su pluma.

-Por fortuna, continuó el anciano, él no es el único entre los patriotas que posea esas virtudes. La revolución ha estallado en su madurez, digan lo que quieran los timoratos y nuestros eternos tutores. Tendrá a su servicio tribunos elocuentes, publicistas acertados, y tantos hombres de guerra como varones cuenta la población del Virreinato...

Estas últimas palabras salieron de la boca del anciano al mismo tiempo que por la décima vez entraba en ella la bombilla de un nuevo mate servido por el negrillo, quien dijo a su amo, enseñando su dentadura blanca por entre una sonrisa llena de satisfacción: "ahí viene la niña".

El capitán distraído como de siempre, tenía fijos los ojos en el agua de un estanque en el cual nadaban algunas aves caseras, entre cuyas plumas vio reflejarse de pronto la imagen vaga de una mujer; especie de aparición en sus sueños mentales, que le forzó a ponerse súbitamente en pie como movido por un resorte. Con el sombrero en la mano e inclinado respetuosamente quedó cual una estatua delante de la recién llegada, mientras que ésta, contestando ligeramente con la cabeza al saludo del capitán, acariciaba al dueño de casa dándole con tiernas y sencillas fórmulas los buenos días.

El joven distraído, pudo decir que en poco espacio de tiempo había visto nacer dos veces la aurora en aquel día; la del cielo con indiferencia, y ésta de la tierra, con toda la atención que una alma impresionada comunica a los sentidos que la sirven. María, a quien el anciano presentó a su huésped como a su hija única y como el ángel de su consuelo, era, sin exageración una de esas criaturas en quienes la naturaleza se complace en derramar todas las perfecciones, así como ha querido dotar al colibrí con todos los colores del iris.

Aquel hemistiquio de Virgilio que pudiera traducirse así:

cuadrábale a las mil maravillas, y Dios sabe, si el aventajado discípulo de D. Pedro Fernández no lo repitió entre dientes tan luego como se levantó del asiento del ombú fascinado por el reflejo del estanque.

Alta de estatura, armoniosa y digna en los movimientos, sobre un busto superior en bellas proporciones a cuanto idearon los escultores griegos, admirábase una fisonomía compuesta de facciones perfectas revestidas con un cutis no igualado por la firme suavidad de las frutas ni por el rosa anacarado de las flores. Si el alma se manifiesta en los ojos, la discreción en la boca, y los rasgos principales del carácter de una persona en la forma de su nariz, puede decirse de María que sus afectos debían ser puros y blandos como el pedazo de cielo azul, que dividido en dos, formaba sus pupilas sombreadas por largas hebras de seda negra: que sus labios no eran capaces de pronunciar sino palabras veraces, sentidas y consoladoras, así como el fruto de la granada no puede destilar sino el zumo grato al paladar que mitiga el ardor de la sangre y nos recuerda la Arabia de los aromas, de la imaginación y del ingenio; que su nariz fina, transparente, bien proporcionada y flexible, al dilatarse y al contraerse, según los movimientos del pecho, era la expresión de una voluntad generosa, y de una constancia digna de la criatura destinada a hacer feliz al esposo y buenos ciudadanos a los hijos.

Como marco de este retrato hecho con cariño por la naturaleza, que es la maestra de los grandes pintores, circulaban en torno del óvalo geométrico del rostro de María los caudalosos rizos de su cabello negro y ondeado.

El mejor adorno de una mujer hermosa es su propia hermosura, desnuda de todo afeite y atavío. María seguía esta máxima de buena toilette; pero por amor a las flores y por refinado aseo, llevaba entre el ébano de su cabellera varios jazmines recién abiertos, y un vestido blanco, ceñido con una cinta de igual color al de los vivos del uniforme del capitán.

Esta coincidencia habría hecho de María la Señora de sus pensamientos, en un torneo de caballeros antiguos; pero el candor y los hechizos de esta criatura habían avasallado de veras y para siempre el pecho del valiente patricio, abriéndoselo repentinamente a esperanzas y alegrías íntimas que jamás había experimentado. Por lo común, las primeras impresiones de la pasión amorosa son amargas, y proyectan, como el sol al comenzar su carrera, largas y densas sombras. Pero en el caso presente falló la regla general, y la fisonomía melancólica del capitán se volvió alegre, agolpáronsele las palabras a la lengua, y con esa espontaneidad que tanto realza al talento natural y a la elegancia no aprendida, trabó conversación con la maga que había tenido el poder de transformarlo con solo el abrir y cerrar de sus ojos azules.

-Señorita, la dijo, aquí no puedo considerarme como un extraño, ni lejos de mi puesto. Los colores del vestido de Vd. son los de mi bandera, y por consiguiente mi honor y mi deber están en este momento bajo su sombra. Me pongo a los pies de Vd. como el más rendido de sus subalternos.

-Mil gracias, señor capitán, le contestó sonriendo con agrado la castellana de aquel castillo sin almenas: han hecho bien los patriotas en tomar esos colores por símbolo de sus aspiraciones. Comienzan la redención de un sepulcro, y en defecto del signo de los antiguos cruzados, nada es más santo que la imagen del cielo.

-Ahí tiene Vd., capitán, a María, tal cual es, bachillera y patriota bajo la dirección de mi hermano el clérigo, que se ha propuesto convertirla en el Eusebio de Montengon, con faldas, dijo el anciano con un tono equívoco, entre severo y benévolo. Yo soy un estanciero lego, continuó, y también me estoy ilustrando a la vejez, por la fuerza, como aceptaría las viruelas. ¿Creerá Vd. capitán que en esta casa no se puede dormir la siesta? Media hora después de comer ya tiene Vd. al tío y a la sobrina, revolviendo libros y leyendo en alta voz los Mártires de Chateaubriand y las poesías de un tal Meléndez, que según ellos son más dulces que los caramelos del Café de Marcos. Mi hija no toma la aguja para nada: si Vd. le examinara los dedos, hallaría en ellos señales de la pluma pero no del hilo de la costura. Amigo, no hay duda que los tiempos han cambiado, y que los tales ingleses, nos han dejado no sé qué, que anda en el aire y penetra con él por doquiera.

Al escuchar estas palabras tan características en su padre, soltó María una risa armoniosa como la flauta de un órgano, y sacando de entre los pliegues de su delantal su mano derecha que parecía un ramito de flores del aire, acarició las mejillas del anciano, dándole al mismo tiempo un beso sonoro en la frente. Movió en seguida los dedos en el aire, y dirigiéndose al capitán, le dijo:

-Señor, mi padre es hijo de andaluz y todo lo exagera con su extremada viveza. Aquí está el cuerpo del delito, y me parece que no hay en él nada que se parezca a tinta.

El capitán enajenado y absorto con tanta discreción y gracia, se adelantó, tomó la mano de María, sin darla lugar a que impidiese esta acción, y estampó en ella sus labios con veneración suprema. El seno de María se levantó visiblemente como una onda del mar, sonrojósele el rostro hasta la raíz del cabello y miró al joven diciéndole con los ojos: "es Vd. un atrevido... a quien es menester perdonar porque no está en su juicio".

El capitán era demasiado discreto y cortés para no poner término a aquella visita al aire libre, cuyo recuerdo sería en él indeleble y ocupación de todos los momentos de su existencia en adelante. Tomó su sombrero, y alargando la diestra al noble anciano, a quien amaba ya como a un padre, le pidió permiso para retirarse y para tener otra vez la ocasión de visitarle a horas más oportunas.

-Capitán, le contestó el padre de María, el lunes próximo estará aquí mi hermano a quien ha de tener Vd. gusto en tratar, hágame Vd. el obsequio de venir ese día a tomar la sopa con nosotros, y celebraremos con una copa de vino añejo mendocino la amistad que desde luego le ofrezco a Vd. con llaneza. Hasta el lunes, pues.

El joven patricio recibió las riendas de su caballo, de manos del negrillo cebador de mates, y montando con gracia y soltura sobre su Oscuro, hizo un profundo saludo a María, derramando sobre ella tal corriente del imán de sus ojos negros, que quedó como magnetizada sobre el tronco del ombú, en cuyas ramas se posaron al punto dos tórtolas silvestres que comenzaron a arrullar sus amores. María prestó a aquel canto lúgubre y apasionado mayor atención que la que hasta entonces le había concedido, aun cuando las mismas palomitas se acariciaban en el umbral de su ventana; y permaneció pensativa por muchos minutos.

El padre al volver, después de asegurada la tranquera por sus propias manos, la dijo:

-Hija mía, ¿qué te ha parecido nuestro huésped?

-Tiene todo el porte de un valiente y de un caballero; pero es preciso dar tiempo al tiempo antes de decidir sobre si merece o no nuestra amistad. Mi tío dice que a los hombres y a los libros no hay que juzgarlos por el forro: hojearemos el lunes las páginas del capitán, a quien sin duda, la naturaleza ha encuadernado con esmero. María trataba de disimular a su padre, con estas formas ligeras de lenguaje, la profunda impresión y los sentimientos nuevos producidos en ella por la persona y la conversación del gallardo mancebo.

El Oscuro no regresó al pueblo tan dueño de su voluntad como había ido hasta San Isidro. Las impacientes espuelas del capitán se dejaron sentir más abajo de la carona, y el largo cuello del criollo de los Montes Grandes fue más de una vez herido con la lonja de un rebenque manejado por mano poderosa. El jinete quería marchar tan veloz como rápidos eran en su cabeza los pensamientos que la asaltaban. Había clavado con la imaginación la imagen de María en el azul radioso de la parte sur del horizonte hacia donde marchaba, y nombrándola un millón de veces en alta voz, la alababa, la adoraba con las expresiones más ardientes y los conceptos más poéticos. Todo su ser era como un mar de alegría sobre el cual sobrenadaba su corazón aligerado de su pasada pesadumbre. El porvenir se le presentaba hermoseado con esos divinos colores que no deshace ningún prisma, que ninguna sombra empaña, y tiñen plácidamente el alma de los que aman a un mismo tiempo a la patria y a una mujer.

-¡María! ¡¡María!! Angel, lucero de mi nueva alba, ¿quién eres? ¿Dime, quién te guardaba escondida entre susurro de árboles y canto de aves para sanar mis penas? ¿Quién te hizo tan hermosa, pedazo de cielo, garza de lago tranquilo sombreado por sauces que lloran de placer? Sí, tú eres mía. ¡Ay de quien se atreviera a disputarme tu dominio! Cruz de mi espada, ¡protégela!... Y tú, mi fiel amigo, mi pobre Oscuro bañado de espuma por el cansancio, ¿así te pago mi dicha? Tú conoces el nido de mis amores -el lunes me llevarás de nuevo a él.

Tales eran las letanías de amor que decía el devoto de la virgen de San Isidro, mientras galopaba por la verde alfombra que media entre el agua y las barrancas del magnífico río.

Apenas el capitán sacudió el polvo de sus botas y de su vestido, y evacuó los quehaceres del cuartel, dirigióse al convento de San Francisco, y llamando a su portería se hizo conducir por un hermano lego, a la celda del padre Rodríguez. El enamorado novel ansiaba por derramar su corazón y consultar su estado. Necesitaba que le escuchara un amigo, y ninguno mejor al efecto que aquel que nacido con el alma de poeta, prestaba diariamente oído a los secretos de la conciencia en las rejas del confesonario. La celda del santo varón despidió al abrirse un perfume suave, emanado de las frutas maduras colocadas sobre la cornisa de un ancho estante de libros. Todos los muebles de sólida madera sin pulir, brillaban de limpieza, y en las desnudas paredes veíase por único adorno, un cuadro del Salvador, no en la cruz salpicado de sangre, sino envuelto en su túnica de Nazareno con la mano diestra levantada, bendiciendo y aleccionando a las turbas.

El dueño de aquella mansión de paz, levantó su hermosa cabeza, no encanecida aún, de sobre el libro que leía, y reconociendo al que llegaba a su puerta, se adelantó hacia él, le abrazó con ternura diciéndole:

-Hijo mío, ¿qué te trae por aquí a estas horas?

-Aquí llego, mi maestro querido, para referir a Vd. un milagro que se ha obrado en mí.

-¡Un milagro! La Providencia puede hacerlos cuando le place; pero la física experimental, mi capitancito, va disminuyéndolos en número, con lo cual cobra mayor dignidad la creencia cristiana; Nil admirari... Te escucho.

El capitán, colocado en un ancho sillón de baqueta ennegrecida por los años y el uso, después de besar la mano del sacerdote, contóle detenidamente, el estado de vaga tristeza en que se hallaba desde muchos meses atrás y la causa del inesperado consuelo que experimentaba desde pocas horas antes.

-Hijo mío, dijo el franciscano después de haber escuchado con atención la relación del joven, te encuentras en una edad peligrosa y los extravíos de la sensibilidad pueden ser en ti tanto más funestos cuanto que estás dotado de un corazón blando y de una mente feliz y cultivada. Estás en la edad de las violentas pasiones, y éstas son flores con espinas que no crecen en los terrenos cansados; buscan, al contrario, los vírgenes y fecundos para ahondar en ellos sus raíces empapadas en jugos venenosos y saludables a la vez. Ellas entran en el alma de rondón y la conmueven y enturbian y la llevan, como una arista el pampero, por todos los campos de la ambición, por todas las sombras bajo las cuales se sueña lo imposible, por entre las nubes de falsos cielos, hasta que, si no lo sujeta la razón con la ayuda de la doctrina de Jesús, nos hunden en el abismo del remordimiento, que es la imagen terrestre del infierno de la otra vida. La sabiduría única que no infunde risa, es la que consiste en dar dirección a esas fuerzas que solicitan con tanta violencia nuestra alma, así que se siente señora de sí misma. Sofocarlas del todo es un error y una contravención de las leyes morales a que estamos sujetos los hombres. Por eso no te diré que las apagues como luces, sino que las temples como a llamas que pueden devorarte. Toma la rienda de tu ambición, por ejemplo, y encamínala a descollar por tus virtudes entre tus compatriotas, por tu amor al deber, por tu abnegación al frente de los enemigos que nos disputan nuestra independencia legítima. Guarda el odio para ejercitarlo contra los perversos sin arrepentimiento, contra los hipócritas, y los avaros estériles de corazón que sólo viven para su egoísmo.