The Worm Ouroboros: A Romance

Chapter 2

Chapter 21,296 wordsPublic domain

–Vayamos en busca de los Emperadores... ¡Vayamos!

Entonces todo aquel grupo tomó un gesto sombrío. Bajaron los hombres útiles de la huaca y con sus armas hicieron grandes fosas en la húmeda arena. Cavaban con febril empeño, en tanto que los viejos habían ido a dar la voz en el campamento de los peregrinos. Muy de mañana estaba casi todo el trabajo concluido. Faltaban algunas excavaciones. Y a mediodía, bajo un Sol iracundo, la tarea quedó terminada. Unos decían cavar la tumba para la madre; otros para la novia; otros para los padres decrépitos que habían podido resistir la fatiga del éxodo. Aquel día nadie dijo una palabra. Todos pensaban en el último viaje sin temor, pero con honda tristeza. Se entregaban a meditaciones solitarias. Llegó la hora del crepúsculo y el pueblo se dispuso a morir. Con grandes esfuerzos se consiguió una cantidad de la bebida suficiente para adormecer a las mujeres y los niños. El Curaca y un grupo de amautas, ayudados por seis jóvenes fornidos, se encargarían de cubrir de tierra, de uno en uno, de dos en dos o según como quisieran emprender el viaje, a los que se amaban; y al punto en que el cielo comenzó a teñirse de rojo, empezaron a entonar el himno al Sol y la última plegaria. Los indios se dispusieron con todas sus riquezas y trajes, adornáronse con sus mejores atavíos y descendieron a los escalonados fosos. Allí sentábanse después de tomar el licor, para no sentir el ahogo del viaje y, poco a poco, iban quedándose insensibles y dormidos con una somnolencia que les hacía insensibles. La tierra iba cayendo piadosamente sobre sus cuerpos inmóviles e implorantes y a poco el piso recobraba su nivel. La tarea duró toda la tarde. Algunos, antes de bajar a los fosos, se abrazaban y despedían llorando, hasta que la tierra cubría sus cuerpos inertes.

Por fin, sólo quedaron los enterradores. Inquill no había querido enterrarse y esperaba a su amado para hacerlo. Los fornidos mozos fueron enterrándose unos a otros. Cuando Maceta dio la última paletada de tierra sobre el último quechua, volvió los ojos hacia Inquill.

Por fin, sólo quedaron Sumaj e Inquill sobre la larga extensión cubierta, y sentáronse sobre el montículo, en el cual estaba abierto el foso para Chalca. Desde allí miraron largamente el mar ilimitado y verde, cuyo ruido tenía caricias trágicas y roncas. Inquill, sin mirar a Sumaj, le cogió las manos y lloró sobre ellas.

–Pesada labor ésta, y triste y privilegiada la de mis músculos que me obliga a ser el último en ir a los dominios del Sol... De uno en uno he ido enterrando a todos los hombres y a todas las mujeres. Ya no quedamos sino los dos...

–Ahora yo... –dijo suavemente Inquill, sin inmutarse–. Entiérrame...

El indio no respondió. ¿Qué podía responder?... ¡El no podía retener a su amada porque era un sacrificio alargar su dolor! Ella debía ir a reunirse, como el pueblo que la precedía, con el Sol, en los áureos palacios luminosos.

–Te rogaría que me acompañases un rato aún en la tierra, Inquill –dijo, temblorosa, la voz desolada del indio–. Para reunirte con el Sol poco tiempo te falta, y aunque allí nos encontraremos, ¿no quisieras esperar aquí, en la tierra donde nos hemos amado?... ¿No te apena separarte de esta tierra en la que se ha deslizado tan brevemente nuestro amor?... Los palacios del Sol son sin duda maravillosos y más bellos que la tierra, pero no sé por qué yo siento una honda tristeza al dejarla.

Y sus ojos contemplaban, húmedos, el vallecito hondo y lejano cuya verdura daba una nota de regocijo a aquel campo de muerte y de dolor. Abajo, en el fondo del valle fecundo, se veía serpentear como boa plateada el arroyo brillante, entre los matorrales, pero no se oía ni un canto de ave. Allí no había sino dos almas y dos cuerpos, y nada más que ellos acusaban la vida sobre la tierra.

Abrazados caminaron unos pasos sobre el montículo, sobre aquella humanidad sepultada, caliente todavía bajo la tarde transparente y vaporosa. Pero cuando el Sol comenzó a declinar sobre el mar, Inquill miró a sus pies la fosa abierta.

–Vamos, dijo sin mirarle la doncella.

–Vamos, repitió como un eco Sumaj.

Entonces sacó de la chuspa de su cintura un cantarillo de tierra cocida con dibujos de dioses lares, y dio a beber a Inquill el licor de la paz, aquel licor que insensibilizaba y hacía dulce la muerte, que había conservado como la más preciada joya. La amada tomó la amarga bebida y descendió a la escalonada fosa, con solemnidad. Sumaj puso a su lado todos los menesteres para el viaje. Ojotas finísimas, los tachos de chicha guardados especialmente por él, las telas para abrigar su cuerpo, y en la mano el tributo para el Sol.

–Ya me voy... Sumaj, ya me voy... –dijo débilmente–, ¡Bésame! ...

De pie, los dos, sus labios se unieron en un beso largo, lento, mudo, solemne, hasta que la cabeza de Chalca se desprendió de sus labios como una fruta madura, y su cuerpo perdió la fuerza.

Cuando Sumaj dio la última paletada de tierra sobre el cuerpo de Inquill tuvo una extraña sensación. Ya no podría hablar. Nadie le escucharía. Entonces tuvo un impulso de enterrarse a sí mismo. Pero, ¿cómo se enterraría? Fue sobre la tumba de Inquill, su adorada, y lloró largamente. El Sol empezaba a caer. Entonces sintió una sensación que nunca había sentido. Por primera vez tuvo miedo. Le parecía que de las tumbas cerradas salían palabras y quejidos que se mezclaban con el rumor de las olas. El era el único sobreviviente de aquel pueblo abandonado por la generosidad divina. Quiso abrir la fosa de su amada para unirse a ella, pero el temor de interrumpir su sueño lo detuvo.

Entonces miró largamente al Sol. Vio cómo, indiferente y rojo, se iba acercando a las aguas, y cómo las sombras iban invadiendo la montaña. Un dolor, una inquietud inmensa y súbita enseñoreábanse en él. Las cosas se le presentaban transparentes y no sentía el peso de su cuerpo. Recordó que dos días hacía que no tomaba sino coca. Un adormecimiento quiso invadirlo. Se puso de pie. Bandadas de pájaros blancos cruzaron el cielo hacia regiones que él no podía imaginar y sus ideas, como las sombras, empezaron a confundirse. Un recuerdo tenaz, el recuerdo de su amada Inquill, persistía y él creía sentir su voz saliendo de la tierra, que lo llamaba. El Sol se ocultó. Y entonces tuvo la perfecta noción de su abandono. El temor de vivir sobre aquellos muertos le impresionaba hondamente, y echó a llorar de nuevo como un niño y a llamar al Sol. Insensiblemente se había echado sobre la tumba de Inquill y escarbaba y llamaba a gritos a la amada. Pero ahora ella no respondía; sus ideas se confundieron. Entonces le pareció ver que del fondo del mar surgía una luz y se apagaba. Enormes sombras, fantásticas desfilaban ante él en las olas rugientes. Y él se puso de pie y se acercó inconsciente hacia la orilla. Ya no se daba cuenta de las cosas. Entonces inarticuladamente empezó a llorar y a proferir lamentos llamando al Sol, hasta perder toda idea conexa. Avanzó entre las olas con inseguros pasos. Las primeras lo derribaron y él luchó un poco; envolviéronle otras y, en breve, sólo se oyeron palabras entrecortadas que ahogaban el ruido de las olas, mientras que el cuerpo del último quechua desaparecía.

La luna se enseñoreó azul sobre el pueblo sepulto y una ave blanca cruzó en dirección al horizonte vago, sobre la estela luminosa, en el aire tranquilo.

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