L'Illustration No. 3228, 7 Janvier 1905
Chapter 2
Alto, robusto y de gentil talante, aunque apenas aún le apunta el bozo, es, franco de alma y de jovial semblante, don Félix de Guzmán un bravo mozo. Sencillo en el vestir, mas ataviado de la corte a la usanza, de las damas alcanza, tal vez, favores, y en secreto amado es de alguna beldad, sin esperanza. Tal vez pagado él mismo de su belleza juvenil, aspira a un imposible amor que loco admira, a través de dorado idealismo. Doña Ana de Alarcón, noble doncella, es en su corazón la preferida; mas ésta, desdichada cuanto bella, a un milanés muy noble prometida por su familia está, por lazo que ate políticas discordias elegidas, aunque la fuerza del dolor la mate. Hombre es el milanés en tramas ducho, y hay quien lo juzga de su patria huido, y que ocultos amaños ha traído, y en favor de Milán maquina mucho. Bien recibido de la Corte se halla, gasta con profusión, y que no tiene con el Gobierno en sus antojos valla, dicen, y se susurra por lo bajo que mucho a España su amistad conviene, aunque cuesta creerlo harto trabajo. Don Félix, a quien nadie da pavura, y que en el milanés ve solamente una cualquier humana criatura, va adelante en su amor, harto imprudente, y prudente anduviera si a sí mismo no más se lo fiara y a su lengua pusiera un candado, que a fe que lo acertara. Mas tenía un amigo de quien fiaba sus secretos todos, que era de él como eterno compañero, sabedor de sus hechos o testigo. Joven como él, como él sin experiencia, de otros varios fiaba sus secretos y los del buen don Félix. ¡Imprudencia a que están muchos jóvenes sujetos! Contaba, pues, sus necios amoríos e inventaba amorosas aventuras, y entre sus mal fraguados desvaríos contaba de don Félix las venturas, contaba de una dama misteriosa las encubiertas citas, y contaba, en la noche silenciosa, del dichoso don Félix las visitas. Contaba cómo él solo el compañero de esas citas era, y en la inmediata calle, por si lance fatal aconteciera por acaso o por dolo, quedaba las espaldas a guardalle. Y aunque jamás nombraba la persona a quien don Félix por la reja hablaba, en tan nimias señales se paraba, que a poco que el discreto discurría, por el sitio y las señas que citaba, la casa de doña Ana conocía. Y sabedor en tanto del suceso, a él nada más don Félix suponía, y de franqueza le perdió el exceso.
En una lóbrega noche en que las nieblas ofuscan la opaca luz que la prestan las estrellas y la luna; de esas noches en que el aire con sordas ráfagas zamba, por las esquinas rasgándose y por las torres agudas; de esas noches que parece que en hondo caos sepultan al universo dormido, y el cielo y la tierra enlutan; de esas noches que recuerdan las espantosas y absurdas consejas de las nodrizas, con que a los niños asustan; noches que traen a la mente los concilios de las brujas, los conjuros de los magos y las sombras insepultas, como tales, en silencio, a pasos rápidos cruzan don Félix y el necio amigo una callejuela obscura, de la calle de doña Ana y del Real palacio junta. En silencio van los dos, porque a los dos los ocupan melancólicas ideas, cual no las tuvieron nunca. —¿Sabes lo que pienso, Félix? dijo al pararse en la última esquina el otro. —¿Qué piensas? replicó Félix. —Que es mucha necedad ir esta noche de nuestra doña Ana en busca. —¿Por qué? —Porque es imposible que ella a la ventana acuda. —¿Por qué? —Porque supondrá que con legítima excusa no vendrás en una noche en que formidables luchan airados los elementos. —Y no lo yerras, sin duda; mas ya que estamos aquí, volvernos también, en suma, sin ver si sale o no sale, también fuera en mí locura. —Como quieras. —En tu sitio queda, pues. —Félix, escucha: ¿Ves allí un bulto parado? —Qué, ¿tienes miedo? —¿Te burlas, Félix? —No; mas como veo que ese embozado te turba… —Dejémosle que se aparte. —Juzgo cosa más segura que le hagamos apartar. —¿A la fuerza? —¡Qué pregunta! Si no se aparta de grado, A ella es fuerza que recurra. —Vamos, pues. —Tú queda inmóvil, que no necesito ayuda. —Entiendo.—Y así diciendo, fuése con planta segura don Félix al embozado, que de situación no muda. Paróse a tres pasos de él, y con gentil apostura dirigióle estas palabras con voz ajena de injuria: —Hidalgo, si grave empeño tal vez no os lo dificulta, dejadme libre un momento la calle. —Y ¿qué es lo que busca en ella vuestra merced? —Busco una casa. —¿La suya tal vez? —Estime el hidalgo la cortesía que se usa con él, y responda atento, que mi paciencia se apura. —Perdone el buen caballero, y echo adelante si gusta. —Es que os habéis de apartar. —Sí haré. —Gracias.—Hizo punta el embozado hacia arriba, tomando en la calle ruta, y echó hacia abajo don Félix hasta ver por las junturas de la reja de doña Ana la luz que en el cuarto alumbra. Pasó por frente a la reja, volvió a pasar; hizo, en suma, para llamar su atención cuanto no fuera hacer pública con la presencia de un hombre de doña Ana la conducta; mas ni se abrió la ventana, ni se oyó señal alguna. Ya el corazón se le prensa de los celos con la furia, ya negros y pavorosos presentimientos le turban, y ya dudaba afanoso entre si era o no cordura el volverse o el quedarse hasta que verdad descubra, cuando hacia él, calle adelante, vio correr con gran premura a su amigo, que le dice: —¡Huye, don Félix! —¡Que huya! ¿De qué? —El milanés maldito tenía su gente oculta para dejarte pasar, y con mano más segura, encerrado en esta calle, abrirte en su centro tumba. —¿Estás seguro que es él? —Sí, Félix; sin duda alguna. —Ganemos, pues, la otra esquina, que fuera cosa harto dura morir aquí como perros a las manos de tal chusma. Pero mañana, la mía será la primer figura que a sus ojos se presente, y veremos si su astucia de su corazón desvía de mi tizona la punta. Vamos.—Y así pronunciando, a alejarse se apresuran. Mas no bien a la otra esquina tocaban, cuando a ellos juntas dos espadas se vinieron, que toparon con las suyas. Duró la lid un instante, y ya vencer se figuran, pues a estocadas los llevan los dos mancebos con furia, cuando corriendo llegaron, con las espadas desnudas, otros tres por sus espaldas. Siguió momentos la lucha, como valientes lidiando; mas ¿qué el valor les ayuda donde a traición contra ellos cinco cobardes se juntan? Cayó primero don Félix, y aunque en la tapia se escuda para lidiar cara a cara, los ojos ¡ay! se le anublan con la sangre que derrama, y a cuchilladas le abruman. Riñó como bravo el otro, mas fue inútil su bravura, pues todos en torno suyo villanamente se agrupan, y al cabo de unos momentos cayó con heridas muchas, de boca, a impulsos de un tajo traidor, sentado en la nuca. Tomaron la calle arriba los viles, y en voz confusa, unos a otros, marchando, que muertos son se aseguran.
Amanecía apenas el inmediato día, cuando sus horas de quietud serenas a don Pedro Guzmán interrumpía siniestra y tumultuosa vocería. De su casa en la puerta con aldabadas dobles, a cuyo impulso sus macizos robles resistencia oponían, pero incierta, llamaban tenazmente; y ya en tropel juntábase de gente, y ya don Pedro presto, con prisa airada y soñoliento gesto, las ropas se vestía, porque ningún doméstico lo hacía. Ya de su larga bata las puntas coge y las presillas ata; y al balcón se dirige, cuando un viejo criado que ha muchos años que su casa rige, llegó a él con semblante desolado. —Fermín, ¿qué es lo que pasa, dijo don Pedro, para ruido tanto, que parece que a hundirse va la casa? Y amargo llanto derramando el viejo, —No salgáis dijo, ¡por el cielo santo! —Mas ¿qué pasa? ¿Quién es? —Es la justicia. —Y en mi casa, ¿qué quiere? —¡Oh! Con vos nada, señor, nada con vos. —Pues, a quién busca? Fermín, sea cualquiera la noticia fin me has de decir, por desastrada que sea, dila pronto. —¡Sosegaos, señor! —¡Voto a los cielos, que valen más que el susto tus recelos!— Y tal diciendo con airado tono, dirigióse a la puerta; mas el viejo Fermín interponiéndose, con sollozos le dijo interrumpiéndose: —Vuestro hermano, señor, hoy no ha dormido dentro de casa.—Y comprendiendo al punto don Pedro lo demás, lanzó un gemido arrancado al dolor y la ira junto. Y apartando al anciano suplicante, lanzóse por los cuartos adelante. Al pie de la escalera, en hombros de unos hombres compasivos, yacía, desgarrando de los vivos el corazón, y de su muerte fiera con horrendas señales mutilado, don Félix desdichado. De siete anchas heridas por las sangrientas bocas la vida se lo huyó, y compadecidas de tan triste espectáculo, pudieran en lágrimas romper las duras rocas. La horrible escena de dolor y saña a que don Pedro se entregó, sin duda que es a mi pluma extraña: que a períodos poéticos acuda para pintarte con verdad, en vano será, ¡oh caro lector! Llama en tu ayuda tu propio corazón, y pesa el duelo que fuera en él si un padre o un hermano de modo tal te arrebatara el cielo. Con tan grande dolor, con pena tanta don Pedro de Guzmán enloquecido, largo rato anudada en su garganta sintió la voz, y se esquivó el sonido; y sobre los despojos del infeliz hermano llanto vertieron sus nublados ojos; trémula y fría separó su mano, a su dolor cediendo sus enojos; mas luego que en su mente volvieron a ordenarse las ideas, y al corazón ardiente volvió el valor, un punto adormecido, su centelleante vista, de repente tendió por el concurso enmudecido, diciendo con acento enronquecido. —¿Quién fue el traidor cobarde que en un mancebo imberbe todavía de tan salvajes iras hizo alarde? Y en derredor tendió fiera mirada Guzmán, mas nadie le repuso nada. —¿Todos, dijo don Pedro, aquí lo ignoran? ¡Todos callan! ¡Pardiez! ¿Dónde fue muerto? ¿No hallaron la verdad los que lo lloran, los que le traen a domicilio cierto? ¿Quién le reconoció? ¿Quién pudo acaso de quien le recogió guiar el paso? Volvió a tender en torno su mirada Guzmán, y nadie le repuso nada. Entonces, ya con tono descompuesto y semblante iracundo, hijo de su pesar justo y profundo, a un Alcalde de corte que con gesto impasible y severo le había oído, cuya ronda a su hermano ha recogido, dirigióse Guzmán así diciendo: —Amigo soy del Rey, y pues tan necia en los crímenes anda la justicia, sabrá el Rey que su ley se le desprecia, y que el miedo la tuerce o la malicia.— Y volviendo la espalda Guzmán, fiero pidió a Fermín su capa con su acero; viendo lo cual el juez, tras él echando, y a Guzmán de los otros apartando, díjole: —Oídme, pues, buen caballero.— Y de la estancia fuera, platicaron los dos de esta manera. {|
|} Y los dos apartándose para dejar la historia bien redonda, desde allí cada cual siguió entregándose, don Pedro a su dolor, y él a su ronda. Pero puede el discreto imaginar, que en calma no podría encerrar dentro del alma don Pedro de Guzmán este secreto, y que a vueltas y a solas andaría más segura buscando del autor del delito tan infando fiera venganza en oportuno día, y que el día fatal quedó aguardando.
Y a la mano en pocos días la ocasión le vino pronta, que quien para el mal la busca, siempre se la encuentra próxima. Seguido de un escudero por honor de su persona, y por ayuda en un caso de una asechanza traidora, por fuera de Recoletos una tarde nebulosa el de Guzmán se pasea rumiando tristes memorias. Víasele entre los árboles como una siniestra sombra, el monasterio cruzando desde una esquina a la otra, la larga espada en la cinta, embozada la persona, descolorido el semblante y con la mirada torva. Todo su exterior, en fin, revela que su alma a solas en los cálculos se abisma de meditaciones hondas, y que una idea inmutable, íntima y desoladora, lastima su inquieta mente y el corazón lo acongoja. Piensa en su hermano don Félix y en la más fácil y próspera ocasión de la venganza de muerte tan alevosa. En esto, el Prado adelante, por dos yeguas voladoras que le pacieron la grama al Guadalquivir en Córdoba, arrebatada venía sin camino una carroza, pues torpe mano, a las yeguas acosando, desbocólas. Al punto vio la impericia Guzmán, cuya generosa sangre a ayudar le impelía al que así necio se arroja; y conociendo que pronto, dejando la arena cómoda, se entraran por los vallados las dos bestias poderosas, con su escudero lanzóse por si contenerlas logra, y aquel peligro desvía de quien la muerte provoca. Los que en el carruaje vienen, gritaron en voces roncas: «¡Fuera! ¡Fuera!», por si acaso con el espanto empeoran los animales, y alcanzan caída más desastrosa. Mas a sus voces haciendo Guzmán las orejas sordas, como hombre sereno y ducho en semejantes maniobras, colocándose a ambos lados, la vista y la mano prontas caballero y escudero, al enfilar la carroza con un instantáneo arrojo asiendo las bridas rotas, a una yegua el caballero, y el escudero a la otra, consiguieron, lastimándolas, pararlas, y a mucha costa. Saltó en tierra un caballero a la más estricta moda equipado, y de presencia muy bizarra y muy airosa. Mas al llegarse a don Pedro a darle gracias, la gola le aferró con ambas manos el de Guzmán, con furiosa voz diciéndole: «¡Asesino, caiga en ti su sangre toda!» El milanés (que no era otro), que aquella sangrienta historia recordó viendo a don Pedro, dióse por puesto en la horca. Mas soltóle el de Guzmán, y treguas dando a su cólera, lo dijo: «Hacia aquí apartaos; veamos si vuestra hoja corta igualmente de cara como por la espalda corta.» Echaron a Recoletos, y de tapia protectora amparándose, sacaron al aire sus dos tizonas. Perdió el milanés la suya con muchísima deshonra, y yendo a herirle don Pedro, como una espantada zorra a quien los perros persiguen, tomó fuga vergonzosa. Indignado el de Guzmán viendo con alma tan poca a quien tan traidoramente asesina entre las sombras, echó tras él, ya resuelto a darle muerte alevosa. El milanés, conociéndolo, con intención previsora ganó a la iglesia la puerta, y la capilla más próxima. Entró tras él Guzmán, ciego, mas a una imagen devota de Cristo viéndole asido, de la mujer generosa se acordó que dio la vida al matador de Zamora. Soltó su mano la espada, con voz descompuesta y cóncava diciendo al otro, que le oye con alma y con faz atónitas: «Idos, que yo os dejo libre; válgaos la buena memoria de una mujer que por mí osó hasta acción tan heroica.»
Y saludando a la imagen con reverencia piadosa, dijo: «Hasta aquí mi venganza: ¡Dios me la tenga en memoria!» Dudándolo todavía, ve el milanés que abandona la iglesia, mas de ello al cabo sus sentidos se cercioran. Y a su carroza volviendo, por hazaña milagrosa contó en la corte el suceso, que admiró la corte toda. Y por verdadera hazaña contada de boca en boca, a don Pedro apellidaron El de la buena memoria.
Categoría:Recuerdos y Fantasías